martes, junio 16, 2026
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Historias de la Llama Olímpica

La antorcha olímpica es uno de los símbolos más reconocibles de los Juegos Olímpicos, si no el que más. Pero es curioso señalar que no pertenece a su parafernalia original, sino que se creó con bastante posterioridad al inicio de los mismos y tampoco por iniciativa de Pierre de Coubertin, que sí ideó el emblema, bandera y juramento olímpicos.

En cierto modo su institución podría considerarse casi como casual, pues partió de la idea del arquitecto holandés Jan Wils, que en su diseño del estadio olímpico de Amsterdam 1928 incluyó una torre y se le ocurrió que podría situarse un pebetero sobre ella, para encender una llama que ardería mientras durasen los Juegos.

El elemento figuró también en los Juegos de 1932, pero pese a que la ceremonia inaugural, dirigida por el director de superproducciones de Hollywood Cecil B. De Mille fue especialmente fastuosa, la misma no incluyó una ceremonia especial de encendido.

Todo el proceso que hoy en día asociamos a la llama, su encendido en Olimpia por medio de los rayos solares y su traslado procesional a la sede de los Juegos, culminando con el encendido del pebetero como señal de inicio de las competiciones, data de cuatro años después, de Berlín 1936 y, pásmense, de una idea aprobada y avalada por el genial, en su diabólica perversidad, propagandista nazi Joseph Goebbels ,si bien la aportación original de Carl Diem, uno de los grandes investigadores sobre olimpismo de la historia, era inofensiva.

Diem, personaje relevante de la organización de aquellos Juegos y al que los nazis habían querido expulsar por sus vinculaciones judías, había descubierto que una ceremonia de los Juegos griegos era una carrera hacia el altar de Zeus Olímpico, en la que el vencedor recibía el derecho a encender el fuego sagrado, e ideó el proceso que hoy conocemos, para encender la antorcha y traladarla a la antorcha a Berlín.

Goebbels, sin embargo, lo vio como elemento básico para reivindicar la ‘germanidad’ de unos Juegos que antes había llamado ‘infame festival judío’: Según la historia, el pueblo de los dorios llegó a Grecia desde el norte hacia el año 1.200 A.C, y fue fundamental para la eclosión su civilización y por tanto, de la creación de los Juegos. Para los nazis, si llegaron del norte es que eran germánicos.

 

Así, para el nazismo los Juegos eran germánicos, porque eran griegos, y la civilización griega era en origen germánica. El pebetero fue encendido por un atleta, Fritz Schilgen, elegido por la perfección de sus rasgos nórdicos.

Pasada la debacle de la II Guerra Mundial la tradición del encendido en Olimpia y su viaje a la sede fueron recuperados, naturalmente sin carga ideológica (aunque en el desfile inaugural de Londres 48 se recomendó a las delegaciones no saludar levantando el brazo) y, paulatinamente, se fueron enriqueciendo y añadiendo detalles que confirman, casi, una historia olímpica por sí misma, pues dio lugar a una liturgia propia.

Homenajes y simbolismos

Así, el encendido de la antorcha y sobre todo sus últimos relevos han sido con frecuencia escenario de homenajes y simbolismos de enorme significado: en 1952 Finlandia se vengó de la descalificación como profesional del gran Paavo Nurmi haciéndole ser el último portador de la antorcha.

En 1964 Yoshinori Sakai, nacido en Hiroshima el día de la explosión de la bomba atómica, encendió el pebetero en Japón. Enriqueta Basilio lo hizo en Mexico 68 como primera mujer en ostentar el honor.

En Montreal 76 lo hicieron Stéphane Préfontaine y Sandra Henderson, representantes de los anglo y francocanadienses, que luego se casarían. Moscú 80 eligió al baloncestista Sergei Belov, héroe de la polémica final de Munich 72 ante Estados Unidos, quizá a manera de ‘zas en toda la boca’ a los boicoteadores USA.

En Los Angeles 84 y Atlanta 96 los USA eligieron a dos míticos atletas negros, Rafer Johnson y Mohamed Alí, como símbolo de la superación -al menos teórica- de los conflictos raciales. Lo mismo sucedió con la australiana Cathy Freeman en Sídeny 2000.

En Seúl 88 el último relevo lo hizo Sohn Kee-Chung, vencedor del maratón en 1936, obligado a representar a Japón, que por entonces invadía Corea, y a adoptar el nombre de Kitei Son. China eligió para Pekín 2008 a Li Ning, el triunfador de la vuelta de su país a los Juegos, en 1984, con seis medallas.

En Atenas 2004 Nikolaos Kaklamanakis, oro en vela en Atlanta 96, fue llamado urgentemente para la ceremonia después de que el atleta Konstantinos Kenteris, inicialmente previsto, se diera a la fuga para no pasar un control antidopaje.

Anécdotas

El encendido y viaje de la antorcha ha dado también lugar a multitud de sucesos y anécdotas. La Llama olímpica ha viajado en barco (ya en Berlín 1936), en avión (ya en 1952, con un extintor al lado por si ‘creaba problemas’), a caballo (Estocolmo, Juegos Ecuestres, 1956) se transformó en señal vía satélite (1976) y fue al espacio (1996 y 2000), aunque en este caso sólo la antorcha apagada y bajo el mar (Sidney 2000).

Activistas de diversas causas consiguieron apagarla en varias. En los Juegos de Invierno de 1952 los noruegos rechazaron su encendido en Olimpia, alegando que la paternidad de los deportes nórdicos era suya. Se hizo en el hogar del pionero del esqui Sorge Nordheim, en Morgedal.

En cuanto al encendido, tanto los progresos técnicos como el empeño en superar la originalidad y espectacularidad de las ceremonias precedentes han dado lugar a inolvidables momentos del olimpismo, no exentos de anécdotas. En 1956 la vestimenta del joven Ron Clarke resultó chamuscada por las llamas.

En 1992 el arquero Antonio Rebollo encendió el pebetero con un inolvidable tiro a más de 100 metros («la flecha pasó por encima», cuenta «podía haberla metido dentro, pero hubiera averiado el mecanismo»).

En Cortina d’Ampezzo 56 el patinador que llevaba la antorcha por la pista de hielo del estadio tropezó con un cable del montaje televisivo y cayó.

En Lillehammer 94 fue un saltador de esquí quien la introdujo en el estadio, en Sidney 2000 se encendió a través de un círculo de fuego que Cathy Freeman trazó sobre el agua y en Pekín 2008 Li Ning ‘caminó’ a través del aire para encenderla.

Pero no son sólo héroes y leyendas olímpicas quienes han tenido relación con la antorcha olímpica: miles de ciudadanos más o menos anónimos la han tenido en los relevos realizados a lo largo de los años. Incluso una vez, en Montreal 76, el pebetero fue encendido por un desconocido: un empleado del estadio, que con su mechero, reavivó el fuego después de que una tempestad apagase la llama original.

Fuente: Marca

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