sábado, junio 15, 2024
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El Juego de la Derecha y la Centroizquierda Complaciente

Por Oscar Azócar (*).

Algunos firmantes del Acuerdo por la Paz Social y una Nueva Constitución, acusan a los comunistas de hacerle el juego a la derecha y poner en riesgo la victoria en el plebiscito del 26 de abril.

El ex ministro Francisco Vidal (PPD) declaró:

“Los grupos extremos aportan a asociar el apruebo con la violencia (…) si continua el desorden público, la ciudadanía será más sensible a comprarse el discurso de la derecha”.

Aludiendo a la Unidad Popular agregó:

» Cuando el maximalismo domina en la izquierda, la historia demuestra que al final gana la derecha”.

Los chilenos estamos habituados a que la derecha, para defender sus intereses, mienta y falsee la historia.

Pero resulta menos entendible que esas argucias provengan de sectores opositores.

Es cierto que un desafío principal de la oposición es ganar el plebiscito del 26 de abril, y dar paso a una nueva Constitución que reemplace la impuesta por Pinochet y por quienes hoy gobiernan con Piñera –y además mantenida por todos los gobiernos después de 1989, a excepción del de la Nueva Mayoría, que impulsó un incipiente debate constituyente al final de su periodo.

Hoy, gracias a la lucha de millones de chilenos que irrumpió el 18 de octubre del año pasado, se instaló la exigencia de cambios sociales y políticos, incluyendo una nueva Constitución. Que ese clamor popular es absolutamente mayoritario, lo reflejan las movilizaciones, las encuestas y la consulta nacional municipal del 15 de diciembre.

Nueva Constitución, aprobada en una Asamblea Constituyente, y en su defecto Convención Constitucional elegida en su totalidad, con paridad de género, escaños reservados para los pueblos originarios y representantes del mundo social.

Sin embargo, en medio del levantamiento popular, partidos políticos que días antes se habían comprometido públicamente con una nueva Constitución aprobada por una Asamblea Constituyente, se unieron a la derecha y firmaron el 15 de noviembre el ya mencionado acuerdo, a pretexto de la unidad nacional y de la supuesta amenaza de un golpe de estado.

Sostuvieron así a un gobierno a punto de caer, que solo cuenta con el apoyo de un 6% de la ciudadanía, en una operación de salvataje similar a la que se llevó a cabo en su momento para sacar de prisión y traer a Chile al dictador Pinochet.

Hoy ha quedado claro quienes son los que le hacen el juego a la derecha, pues inmediatamente después de la firma del acuerdo por una nueva Constitución, ésta se puso en campaña para mantener la actual, desatando una campaña del terror que anuncia caos y todo tipo de calamidades en caso del “apruebo”, uniéndose tras ese objetivo todos sus partidos, incluyendo aquellos que al comienzo se pronunciaron demagógicamente por una nueva Constitución.

Recurren para ello a su poderío mediático, al alineamiento de los gremios empresariales en la Enade, a la represión policial, a los funcionarios públicos, que Piñera ha anunciado que están autorizados para participar en la campaña por el plebiscito.

Los sectores opositores mencionados le ayudan a la derecha a colocar en el centro la condena a la violencia y la mantención del orden público, que en esencia significa condenar la movilización, a pesar que está comprobado que es el gobierno el que descarga la violencia contra las manifestaciones populares, por más pacíficas que ellas sean, incluso contra quienes asisten a los partidos de fútbol, como en el asesinato por Carabineros del barrista del Colo Colo, Jorge Mora, asesinato que una jueza ha calificado de “a lo más, conducta negligente justificada”.

Quienes le hacen el juego a la derecha son los que no quieren reconocer que si hoy tenemos avances, después de décadas de consenso y conciliación con la derecha, es gracias a la lucha popular, no a la firma de acuerdos espurios. Como quedó de manifiesto en ocasión del plebiscito de 1988, los obstáculos que coloca la derecha no se pueden derribar solo con el voto.

Lo único que garantiza cambios reales es el fortalecimiento de la movilización social.

En cuanto a las desafortunadas acusaciones de “maximalismo” referidas a la Unidad Popular, hechas en el 50º aniversario de su victoria, se pretende argumentar su inviabilidad como proyecto político, cediendo ante la justificación que hace la derecha del golpe de estado.

En términos más generales, no se tolera una política independiente de la izquierda, que en toda su historia siempre ha estado vinculada a la lucha y la movilización de los sectores populares.

La Unidad Popular no fue una experiencia “maximalista” inviable. Fue un salto audaz, pero factible, empujado y apoyado por una corriente mayoritaria por cambios anticapitalistas, con base en los trabajadores y propagada en las capas medias, en el mundo cristiano, en un sector de las Fuerzas Armadas y al interior del propio Partido Demócrata Cristiano, donde en esa época predominaban sectores que propiciaban una “vía no capitalista de desarrollo” y la alianza con la izquierda.

La Unidad Popular nació del voto y de la lucha social, de las huelgas y paros nacionales de los trabajadores, las tomas de terrenos de los pobladores sin casa, las movilizaciones de los campesinos por la reforma agraria, el movimiento por la reforma universitaria. Fundió el movimiento social al accionar de los partidos de izquierda, creando hegemonía en torno a sus valores y concepciones.

Salvador Allende -símbolo de lealtad, valor, consecuencia, cumplimiento del programa prometido al pueblo-, fue candidato a la presidencia de la República porque dentro de la Unidad Popular las fuerzas políticas mayoritarias eran revolucionarias y de izquierda.

Como dijera Luis Corvalán al rechazar la posibilidad de una candidatura de Tomic:

“Se habían ahondado las diferencias y desacuerdos con el gobierno de Frei Montalva y su partido, se había radicalizado el pensamiento político del pueblo, la Unidad Popular había crecido y las condiciones le eran a ella de tal manera favorables que habría sido absurdo que levantara o apoyara un candidato que no fuera de sus filas”.

Hay que participar del plebiscito de abril y ganarlo. Por cierto, abstenerse de participar también es regalarle espacios a la derecha.

¿Acaso alguien ha escuchado decir a los grandes empresarios que no votarán en el plebiscito?

Ellos se jugarán a fondo para no ser derrotados.

Por eso, la victoria en el plebiscito de abril será con el voto y con más movilización social.

(*) Sociólogo, miembro del Grupo de Análisis de Coyuntura y Tendencias

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