Chile en el Centro de la Historia

La izquierda chilena tiene derecho a celebrar y estar contenta. A la derecha no la derrotó ningún ente abstracto. Lo que desfondó a la Concertación no fue una coincidencia. Fue el pueblo organizado y, en su corazón y eje, la amplia diversidad de la izquierda organizada.

I.

La imagen del modelo de sociedad fundado por la Dictadura y perfeccionado por la Concertación, más allá de las especificidades técnicas, está en bancarrota. Ya no queda nada del masivo orgullo de ser el “alumno ideal” del consenso de Washington de la región. No hay ninguna mayoría dispuesta a defenderlo. Ni siquiera una minoría. La derecha está derrotada y en el piso, sus vocerías se desfondan y las que nacen son vociferantes delirios fascistas incapaces de construir algún tipo de articulación social. No es solo ella, en tanto partidos políticos, sino que cualquier tipo de defensa de la preeminencia política de la razón empresarial.

En la situación actual, quien se disponga como escudo del Chile pinochetista será barrido. Basta ver cómo fueron arrasados el arco de renegados democratacristianos y ex socialdemócratas devenidos en candidatos corsarios a la constituyente. Así las cosas, el tono de la disputa está claramente a la ofensiva. Es una actitud masiva e impugnatoria en que el populismo se confunde con el clasismo. Al menos por ahora, habrá que vivir con eso. El arco de las futuras contiendas se reduce a la salida de un insalvable neoliberalismo. Hoy empieza la pelea por incidir en la construcción de lo que viene después.

II.

La participación es un tema ineludible, pero no de la forma como lo imagina el moralismo institucionalista: la abstención es solo un dato, nunca una agencia, ya que desde 1999 ha probado tanto su existencia como su impotencia. Ha mostrado ser incapaz de lograr algo más que gatillar la culpa: esta es la real tragedia de quienes no participan a modo de protesta. Por eso, aunque es tentador, la izquierda radical necesita evitar dos polos extremos respecto a la abstención. Por un lado, la práctica condescendiente de llamar a no criticar la abstención popular sino que a entenderla; por el otro, la defensa del voto y las instituciones como valor en sí mismo. Al vaciamiento de la participación política -no sólo electoral sino también en todo tipo de organizaciones de defensa popular- y su origen en la anti-política oligárquica debe seguirle una propuesta de solución, no recriminaciones ni sermones. Si estamos de acuerdo en que una necesidad fundamental de cualquier estrategia socialista y de masas es desarrollar una cultura política popular, lo que queda es el tedioso trabajo de emprender campañas de alfabetización política. No se nace sabiendo cómo criticar, unir, organizar, conspirar, luchar y vencer, en ese orden; pero hay pocas cosas más importantes para la victoria que aprenderlo. Por eso, si bien el rechazo a la política y la desconfianza radical en las instituciones políticas son entendibles, no son capaces de ofrecer camino emancipatorio. En el mejor de los casos, son una posición defensiva. Pero no podemos olvidar que votar sólo tiene sentido cuando es parte de una estrategia de liberación.

III.

La Concertación se acabó. Esta elección puede explicarse de muchas formas, algunas positivas en cuentas para la DC o el PPD, pero lo cierto es que los golpes tanto totales como puntuales son muy fuertes. Han sido superados en constituyentes y se han visto sobrepasados por la bandera del cambio en los municipios. Más allá de eso, están desbordados por todos los costados como alternativa para cambiar Chile y combatir a la derecha. Hace años, pero nunca tan masivamente como el 15-16 de mayo de 2021, la Concertación era vista como un muro de contención para el cambio: los amigos del pueblo siempre dispuestos a venderlo por algunas monedas. Ayer ese muro cayó. No queda nada. La Concertación, y con ella los últimos soportes materiales de la política de la Transición, está en ruinas. Solo quedan el PS, su historia y su enorme militancia y despliegue territorial de masas. El mundo socialista enfrenta ahora dos posibilidades reales. En una, la izquierda alcanza la mayoría en la Constituyente y es gobierno en el 2022. En la otra, sirve de escudo izquierdo canalla a un nuevo pacto de los poderosos, con los restos moribundos de la Democracia Cristiana y ante la inutilidad absoluta de los políticos de la derecha, que incluso acuden a sus intelectuales orgánicos con sus cantos de cisnes para perpetrar un asalto restaurador de la moderación estéril e impotente, cordura y madurez mediante. Por ello, se debe desahuciar la idea de una primaria amplia de toda la oposición. Hacerla sería darle un último balón de oxígeno a esta última alternativa, uno que sería intolerable para las masas que han confiado en la izquierda este fin de semana recién pasado. La épica que requiere el momento nos obliga a dejarlos caer.

IV.

Los excelentes resultados de la lista del pueblo, que se debe especificar en su carácter respecto del “fenómeno” del apoyo a los independientes, habla de un crecimiento difuso de la organización popular por la base. La izquierda debe dialogar y fundirse con eso, pues es resultado directo de las ondas largas de impugnación de clases populares, organizadas y con mucha creatividad, y de aquellas nuevas sociabilidades surgidas de la revuelta de 2019 en franca expansión. Allí están las mejores y más dinámicas fuerzas autónomas de las clases populares con una disposición clara al enfrentamiento, y exigiendo una apertura democrática de la política. Allí está la urgencia y la oportunidad de producir un espacio político más grande que el FA y el PC donde coordinar los esfuerzos por derribar lo viejo y construir lo nuevo.

V.

La izquierda tiene derecho a celebrar y estar contenta. A la derecha no la derrotó ningún ente abstracto. Lo que desfondó a la Concertación no fue una coincidencia. Fue el pueblo organizado y, en su corazón y eje, la amplia diversidad de la izquierda organizada. Las victorias fueron rojas, diga lo que diga la prensa canalla. Se debe señalar nuestra victoria, y abrocharla en las segundas vueltas de gobernadores que faltan. Sin culpas, asumiendo que pronto debe volver a trabajar y que siempre estamos atrasados. Pero también que vamos lejos. El FA revive, el PC mejora, los movimientos ambientales y feministas se suman a las cuentas alegres del fin de semana. En los escaños reservados para pueblos indígenas, notables y belicosas dirigentas mapuche toman el liderazgo, como Natividad Llanquileo y la Machi Francisca Linconao. La organización popular de la revuelta encuentra una incipiente expresión política en una diversidad contestataria al régimen transicional que se desploma incrédulo ante la evanescencia de sus cerrojos autoritarios. Es más el resultado de una apuesta desde la base que un premio: la apuesta por la reforma profunda y democrática.

VI.

Sin embargo, no podemos repetir el error grave de abandonar el proceso constituyente por los premios inmediatos de las coyunturas electorales. Es el proceso más relevante, dinámico y trascendente, y se debe convivir con una posibilidad creciente de ser gobierno. No es casualidad que haya sido en esa, y no tanto las otras tres elecciones del fin de semana, donde se expresó con mayor claridad el nuevo panorama que inaugura la revuelta del 2019. Debemos ser capaces de fundir ambas cosas, la utilidad de disputar elecciones y la capacidad de identificar la contradicción central donde nuestros golpes duelan más, en una sola gran campaña por transformar Chile. En mayo del 2020 dijimos ir por todo, e ir por todo debe ser la consigna de este año también. Una nueva constitución y un nuevo gobierno que conduzca su instalación para un nuevo Chile. La construcción de una nueva sociedad, imperfecta y sin duda todavía más acá del capitalismo que de su final, pero, esa es la apuesta, con mejores herramientas y conocimientos para luchar por el poder; será hecha con lo que hay. No sobra tiempo para esperar lo que falta. El momento es ahora y estamos en el centro de la historia: somos protagonistas y artífices del desalojo del neoliberalismo fundado por la violencia ochentera de banqueros y dictadores. Hoy más que nunca es el momento de tomarnos en serio.

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