domingo, julio 14, 2024
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La Economía Post Crisis, o el Fin del Consenso Neoliberal

Por Robert Skidelsky (*)

En la elección del Parlamento Europeo de mayo de 2014, los partidos euroescépticos y extremistas ganaron el 25% del voto popular. Las victorias más resonantes se registraron en Francia, el Reino Unido y Grecia. Estos resultados fueron amplia y correctamente interpretados como una señal del grado de desconexión entre una elite europea arrogante y los ciudadanos comunes.

Más inadvertidos, porque son menos obvios desde un punto de vista político, son los murmullos intelectuales de hoy, cuya manifestación más reciente es el libro Capital in the Twenty-First Century del economista francés Thomas Piketty, una acusación fulminante a la creciente desigualdad. Tal vez estemos siendo testigos del inicio del fin del consenso capitalista neoliberal que ha prevalecido en todo Occidente desde los años 1980 y que, para muchos, condujo al desastre económico de 2008-2009.

Particularmente importante es el creciente descontento de los estudiantes de economía con los programas universitarios. El descontento de los estudiantes importa, porque la economía ha sido durante mucho tiempo el faro político de Occidente.

Este descontento nació en el «movimiento económico post-autista», que comenzó en París en 2000, y se propagó a Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda. La principal queja de sus seguidores era que la economía convencional que se les enseñaba a los estudiantes se había convertido en una rama de las matemáticas, desconectada de la realidad.

La revuelta progresó poco en los años de la «Gran Moderación» de los 2000, pero revivió luego de la crisis de 2008. Dos vínculos importantes con la red anterior son el economista estadounidense James Galbraith, hijo de John Kenneth Galbraith, y el economista británico Ha-Joon Chang, autor del éxito editorial “23 Things They Don’t Tell You about Capitalism” (23 Cosas que no te cuentan sobre el capitalismo).

En un manifiesto publicado en abril, estudiantes de economía en la Universidad de Manchester defendían una estrategia «que comienza con presentar fenómenos económicos y luego les brinda a los estudiantes una caja de herramientas para evaluar de qué manera las diferentes perspectivas pueden explicarlos», en lugar de con modelos matemáticos basados en presunciones irreales.

Notablemente, Andrew Haldane, director ejecutivo para Estabilidad Financiera en el Banco de Inglaterra, escribió la introducción.

Los estudiantes de Manchester sostienen que «la corriente convencional dentro de la disciplina (teoría neoclásica) ha excluido toda opinión disidente, y podría decirse que la
crisis es el último precio de esta exclusión. Enfoques alternativos como la economía post-keynesiana, marxista y austríaca (así como muchos otros) han quedado marginados. Lo mismo puede decirse de la historia de la disciplina». En consecuencia, los estudiantes tienen escasa conciencia de las limitaciones de la teoría neoclásica, mucho menos de las alternativas a esta teoría.

El objetivo, según los estudiantes, debería ser «conectar las disciplinas dentro y fuera de la economía». La economía no debería estar divorciada de la psicología, la política, la historia, la filosofía y demás. Los estudiantes son específicamente proclives a estudiar cuestiones como la desigualdad, el papel de la ética y la justicia en la economía (a diferencia del foco prevaleciente en la maximización de las ganancias) y las consecuencias económicas del cambio climático.

La idea es que este tipo de intercambio intelectual ayude a los alumnos a entender mejor los fenómenos económicos recientes y mejorar la teoría económica. Desde este punto de vista, todos saldrían beneficiados con la reforma de los programas de estudio.

El mensaje más profundo es que la economía convencional es, por cierto, una ideología -la ideología del libre mercado-. Sus herramientas y presunciones definen sus temas. Si asumimos una racionalidad perfecta y completa en el funcionamiento de los mercados, estamos impedidos de explorar las causas de los fracasos económicos en gran escala.

Desafortunadamente, esas presunciones tienen una profunda influencia en la política.

La hipótesis de mercados eficientes -la idea de que los mercados financieros, en general, evalúan los riesgos de manera correcta- brindó el argumento intelectual para una amplia desregulación de la banca en los años 1980 y 1990. De la misma manera, las políticas de austeridad que Europa utilizó para combatir la recesión del 2010 en adelante estaban basadas en la idea de que no había más recesión que combatir.

Esas ideas estaban emparentadas con las opiniones de la oligarquía financiera. Pero las herramientas de la economía, como se las enseña hoy en día, ofrecen poco margen para investigar los vínculos entre las ideas de los economistas y las estructuras de poder.

Los alumnos «post-crisis» de hoy tienen razón. ¿Entonces qué mantiene en funcionamiento el aparato intelectual de la economía convencional?

Para empezar, la enseñanza y la investigación económica está profundamente inmersa en una estructura institucional que, como sucede con todos los movimientos ideológicos, recompensa la ortodoxia y castiga la herejía. Los grandes clásicos de la economía, desde Smith hasta Ricardo y Veblen, no se enseñan en las aulas.

El financiamiento para la investigación se asigna sobre la base de la publicación en diarios o revistas académicas que abrazan la perspectiva neoclásica. La publicación en estas revistas también es la base de cualquier promoción.

Es más, se ha convertido en un principio rector que cualquier avance hacia una estrategia más abierta o «pluralista» en cuanto a la economía presagia una regresión a modos de pensamiento «pre-científicos», de la misma manera que los resultados de la elección del Parlamento Europeo amenazan con revivir un modo más primitivo de la política.
Sin embargo, las instituciones y las ideologías no pueden sobrevivir por simple conjuro o recordatorios de horrores pasados. Tienen que enfrentar el mundo contemporáneo de la experiencia vivida.

Por ahora, lo mejor que puede lograr la reforma de los programas de estudio es recordarles a los alumnos que la economía no es una ciencia como la física, y que tiene una historia mucho más rica de la que se puede encontrar en los libros de texto estándar.

En su libro “Economics of Good and Evil” (La economía del bien y del mal), el economista checo Tomáš Sedlá?ek demuestra que lo que llamamos «economía» no es más que un fragmento formalizado de una gama mucho más amplia de pensamiento sobre la vida económica, que va desde la épica sumeria de Gilgamesh hasta las metamatemáticas de hoy.

Por cierto, la economía convencional es una destilación lastimosamente estrecha del saber histórico sobre los temas que aborda. Debería aplicarse a cualquier problema práctico que pueda resolver; pero sus herramientas y presunciones siempre deberían estar en una tensión creativa con otras ideas vinculadas al bienestar y al florecimiento humano. Lo que se les enseña a los estudiantes hoy ciertamente no merece ese status imperial en el pensamiento social.

(*) Profesor Emérito de Economía Política en Warwick University y miembro de la British Academy en historia y economía. Miembro de la Cámara de los Lores. Autor de una biografía de John Maynard Keynes.
 

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