La Dialéctica de la Naturaleza de Engels en el Antropoceno

En “El papel del trabajo en el proceso de transformación del mono en hombre” de la Dialéctica de la naturaleza, Friedrich Engels afirma: “Cada cosa repercute en la otra, y a la inversa” (Engels, 1961: 149).

Hoy, a 200 años de su nacimiento, podemos considerar a Engels como uno de los fundadores del pensamiento ecológico moderno. Si bien la teoría de la brecha metabólica de Marx tiene un lugar central en la corriente materialista histórica de la ecología, no es menos cierto que las contribuciones de Engels a nuestra comprensión del problema ecológico general son indispensables.

Estas se basaron en sus propias investigaciones sobre el metabolismo universal de la naturaleza y contribuyeron a reforzar y ampliar el análisis de Marx. Como señala Paul Blackledge en un estudio reciente sobre el pensamiento de Engels:

“La concepción de Engels de la dialéctica de la naturaleza abre un espacio desde el que se pueden entender las crisis ecológicas como derivadas del carácter alienado de las relaciones sociales capitalistas” (Blackledge, 2019: 16).

Dada la gran aplicabilidad de su comprensión de la dialéctica de la naturaleza y la sociedad, la obra de Engels puede ayudarnos a entender los desafíos cruciales a los que se enfrenta la humanidad en la era del Antropoceno y de la actual crisis ecológica planetaria.

Una carrera hacia la catástrofe

Podemos hacernos una idea de la relevancia actual de la crítica ecológica de Engels partiendo del famoso comentario de Walter Benjamin de 1940, citado a menudo por los ecosocialistas, en los “Paralipomena” (o notas al margen) de sus Tesis sobre filosofía de la historia. Dice Benjamin:

“Marx decía que las revoluciones son la locomotora de la historia mundial. Pero quizás sea al contrario. Quizás las revoluciones sean un intento de los pasajeros a bordo del tren (es decir, de la raza humana) para tirar del freno de emergencia” (Benjamin, 2006: 402).

En la conocida interpretación de Michael Löwy de la sentencia de Benjamin:

“La imagen sugiere implícitamente que si la humanidad permitiera al tren seguir su camino (trazado de antemano por la estructura de acero de las vías) y si nada detuviera su impulso hacia delante, nos dirigiríamos directos al desastre, fuera una colisión o a una caída al abismo” (Löwy, 2005: 66-67).

La dramática imagen de Benjamin de una locomotora sin control y, con ello, de la necesidad de concebir la revolución como un tirón al freno de emergencia, recuerda a un pasaje similar del Anti-Dühring de Engels, escrito a finales de los años 1870; una obra que Benjamin, como todos los socialistas de su época, conocía bien.

Ahí, Engels señalaba que la clase capitalista era “una clase bajo cuya dirección la sociedad corre hacia el desastre como una locomotora cuya válvula de seguridad está atrancada y el conductor no logra abrir”.

Era precisamente la incapacidad del capital para controlar “las fuerzas productivas, que han crecido más allá de su control”, así como los efectos destructivos sobre el entorno natural y social, lo que estaba “conduciendo al conjunto de la sociedad burguesa hacia el desastre, o a la revolución”. Por ello, “si el conjunto de la sociedad moderna no ha de perecer”, Engels defendía que “debe llevar a cabo una revolución en el modo de producción y distribución” (Engels, 1961; Engels, 2003; Marx y Engels, 1971).

La metáfora original de Engels es un poco distinta de la posterior de Benjamin, ya que habla de abrir la válvula de seguridad para impedir una explosión de la caldera, lo que era un motivo habitual de accidentes ferroviarios en la segunda mitad del siglo XIX2/. Si entendemos que el sistema está “corriendo hacia la catástrofe”, la revolución no buscaría simplemente frenar el impulso hacia delante, sino tomar las riendas de las fuerzas de producción, que están descontroladas.

En efecto, el planteamiento ecológico y económico de Engels no se basa en la idea de que hay demasiada producción en relación a la capacidad de la Tierra en su conjunto, una perspectiva que apenas existía en la época. Más bien, su principal preocupación ecológica era por la destrucción absurda que generaba el capitalismo en los entornos locales y regionales, más aún si se daba cada vez más a escala global. Las consecuencias más visibles eran la contaminación industrial, la deforestación, la degradación del suelo y el deterioro general de las condiciones medioambientales (incluyendo las epidemias recurrentes) de la clase trabajadora.

Engels también se fijó en la devastación de entornos enteros (y su clima), como la destrucción ecológica, principalmente por desertificación, que tuvo un papel preponderante en la caída de civilizaciones antiguas, y el daño medioambiental impuesto por el colonialismo en las culturas y modos de producción tradicionales (Engels, 1961: 149; Foster, 2011: 5-7; Marx y Engels, 1999: 512-15).

Al igual que Marx, Engels estaba horrorizado por los “holocaustos victorianos” del colonialismo británico, tales como las hambrunas producidas por la destrucción de la infraestructura ecológica e hidrológica en India, y la expropiación y exterminio devastadores infligidos a la ecología y el pueblo irlandés (Davis, 2017; Engels, 2003: 173; Marx y Engels, 1971, 2019: 670-74, 731). Es cierto que también podemos encontrar en estas páginas, en las que se plantea la cuestión de “revolución o ruina”, el pasaje más productivista (y en este sentido, presuntamente prometeico) de toda la obra de Marx y Engels3/.

Así, Engels declaraba en el Anti-Dühring que la llegada del socialismo haría posible “el desarrollo constantemente acelerado de las fuerzas productivas, y (…) un crecimiento prácticamente ilimitado de la producción”4/. Sin embargo, en el contexto en que escribía Engels, esto no supone ninguna contradicción.

La idea de que una sociedad futura liberada de la irracionalidad de la producción capitalista permitiría lo que para los estándares del siglo XIX se entendía como un desarrollo prácticamente ilimitado de la producción, era algo ampliamente aceptado entre los pensadores radicales de la época. Se trataba del reflejo natural del bajo nivel de desarrollo material que había en la mayor parte del mundo en la época de la Revolución Industrial, en comparación con la escala aún inabarcable de la propia Tierra.

La producción manufacturera mundial aumentaría “en torno a 1.730 veces” en los 150 años entre 1820, cuando nació Engels en plena revolución industrial, y 1970, cuando nace el movimiento ecologista moderno con el primer Día de la Tierra (Rostow, 1978: 47-48, 659-62) Además, en el análisis de Engels (igual que en el de Marx), la producción nunca se considera como un fin en sí mismo, sino más bien como un medio para la creación de una sociedad más libre e igualitaria, dirigida al proceso de un desarrollo humano sostenible5/.

Dos siglos después de su nacimiento, la profundidad de la comprensión de Engels de la destrucción sistemática del entorno social y material por parte del capitalismo, así como su desarrollo de una perspectiva dialéctica naturalista, le hace, junto con la obra de Marx, un punto de partida necesario para la crítica ecosocialista revolucionaria actual.

Como señalaba la antropóloga marxista Eleanor Leacock, Engels, en la Dialéctica de la naturaleza, trató de elaborar una base conceptual que permitiera entender “la interdependencia completa de las relaciones sociales humanas y las relaciones humanas con la naturaleza” (Leacock, 1972: 245).

La venganza de la naturaleza

Los problemas ecológicos son resultado de la interrelación entre sistema y escala. En el análisis de Engels se pone el énfasis principalmente en el sistema. En su gran trabajo La situación de la clase obrera en Inglaterra, escrito siendo aún un joven veinteañero, se fijó en las condiciones ambientales y epidemiológicas de la revolución industrial en las grandes ciudades manufactureras, en particular Manchester. Subrayó las espantosas condiciones ecológicas impuestas sobre los trabajadores por el nuevo sistema fabril: contaminación, toxicidad, deterioro físico, epidemias periódicas, malnutrición y alta mortalidad de la clase trabajadora, fenómenos asociados todos ellos con una explotación económica extrema.

La situación de la clase obrera en Inglaterra es original en su poderosa condena del “asesinato social” infligido a la población por el capitalismo en la época de la revolución industrial (Angus, 2018; Engels, 2019; Foster, 2020: 182-195). Marx, para quien el libro de Engels era el punto de partida de sus propios estudios epidemiológicos en El Capital, señalaría sobre esta base a las “epidemias periódicas” y la destrucción del suelo como pruebas de la brecha metabólica del capitalismo.

En Alemania, la manera en que Engels aborda la etiología de la enfermedad en La situación de la clase obrera en Inglaterra tuvo una influencia más allá de los círculos socialistas. Rudolf Virchow, el médico y patólogo alemán, famoso por su obra Patología celular, se refirió favorablemente al libro de Engels en su propia obra pionera de epidemiología social (Waitzkin, 2000: 71-72).

Esta comprensión de las condiciones materiales de la sociedad de clases capitalista en tanto que medioambientales, además de económicas, es evidente en toda la obra de Engels. Además, al tratar siempre de unificar las perspectivas materialistas y dialécticas de la naturaleza y la sociedad, Engels siempre llegaría a la idea de que la “naturaleza”, de la cual los seres humanos son una parte emergente, constituía la “piedra de toque de la dialéctica”: una afirmación que se entiende mejor hoy en día diciendo que la ecología es la prueba de la dialéctica (Engels, 2003: 9; Foster, 2020: 254).

En la perspectiva evolutiva-ecológica desarrollada por Engels, visible en sus trabajos de madurez como la Dialéctica de la naturaleza y el Anti-Dühring, lo que distingue a los seres humanos de los animales no humanos es el papel del trabajo en la transformación y el dominio del entorno, permitiendo al “hombre” convertirse en el “verdadero y consciente señor de la naturaleza, porque ahora [en la sociedad futura] se convierte en artífice de su propia organización social” (Engels, 2003: 280).

A pesar de ello, bajo la tendencia a un mayor dominio de la naturaleza en algunos aspectos, perceptible en el capitalismo, se esconde una tendencia sistemática a generalizar las crisis ecológicas, ya que todos los intentos de conquistar la naturaleza desafiando los límites naturales solo podrían llevar, en definitiva, a catástrofes ecológicas. Esto se pudo ver claramente ya en el siglo XIX en la devastación ecológica producida por el colonialismo. Y así se lamentaba:

“Cuando en Cuba los plantadores españoles quemaban los bosques en las laderas de las montañas para obtener con la ceniza un abono que solo les alcanzaba para fertilizar una generación de cafetos de alto rendimiento, ¡poco les importaba que las lluvias torrenciales de los trópicos barriesen la capa vegetal del suelo, privada de la protección de los árboles, y no dejasen tras sí más que rocas desnudas!

Con el actual modo de producción, y por lo que respecta tanto a las consecuencias naturales como a las consecuencias sociales de los actos realizados por los hombres, lo que interesa preferentemente son solo los primeros resultados, los más palpables. Y luego hasta se manifiesta extrañeza de que las consecuencias remotas de las acciones que perseguían esos fines resulten ser muy distintas y, en la mayoría de los casos, hasta diametralmente opuestas” (Engels, 1961: 32).

Para Engels, el punto de partida para una comprensión racional del medio ambiente debía hallarse en la famosa máxima de Francis Bacon según la cual “solo se dominará a la naturaleza obedeciéndola”, esto es, descubriendo y conformándose a sus reglas (Bacon et al., 1994: 29, 43).

Sin embargo, desde el punto de vista de Marx y Engels, el principio baconiano, en la medida en que se aplicaba en la sociedad burguesa, se usaba como una “astucia” para conquistar la naturaleza y someterla a las leyes de acumulación y competencia del capital (Engels, 1961: 152; Marx, 1993: 409-410). La ciencia se había convertido en un mero apéndice de la producción de beneficios, que consideraba los límites de la naturaleza solo en tanto que obstáculos a superar.

En su lugar, la aplicación racional de la ciencia a la sociedad en su conjunto solo sería posible en un sistema donde los productores asociados regularan la relación metabólica con la naturaleza sobre una base no alienada, conforme con las auténticas necesidades y potenciales humanos y las exigencias de la reproducción a largo plazo.

Esto apuntaba a la contradicción entre, por una parte, la propia dialéctica de la ciencia, que cada vez más reconocía nuestra “unidad con la naturaleza” y la correspondiente necesidad de control social y, por otra parte, el impulso ciego del capitalismo hacia una acumulación ad infinitum, con su incontrolabilidad innata y su despreocupación por las consecuencias medioambientales (Engels, 1961: 152).

Fue esta profunda perspectiva crítica-materialista lo que llevó a Engels a enfatizar el sinsentido del tópico de la conquista de la naturaleza, como si la naturaleza fuera un territorio extranjero que pudiera ser sometido a voluntad, y como si la humanidad no se encontrara ya en medio del metabolismo terrestre. Tal intento de conquistar la Tierra solo podría llevar a lo que metafóricamente llamaba la “venganza” de la naturaleza, en el momento en que se cruzaran ciertos umbrales (o puntos de inflexión):

“No nos dejemos llevar del entusiasmo ante nuestras victorias sobre la naturaleza. Después de cada una de estas victorias, la naturaleza toma su venganza. Bien es verdad que las primeras consecuencias de estas victorias son las previstas por nosotros, pero en segundo y en tercer lugar aparecen unas consecuencias muy distintas, totalmente imprevistas y que, a menudo, anulan las primeras. Los hombres que en Mesopotamia, Grecia, Asia Menor y otras regiones talaban los bosques para obtener tierra de labor, ni siquiera podían imaginarse que, al eliminar con los bosques los centros de acumulación y reserva de humedad, estaban sentando las bases de la actual aridez de esas tierras. Los italianos de los Alpes, que talaron en las laderas meridionales los bosques de pinos, conservados con tanto celo en las laderas septentrionales, no tenían idea de que con ello destruían las raíces de la industria lechera en su región, y mucho menos podían prever que, al proceder así, dejaban la mayor parte del año sin agua sus fuentes de montaña, con lo que les permitían, al llegar el período de las lluvias, vomitar con tanta mayor furia sus torrentes sobre la planicie. Los que difundieron el cultivo de la patata en Europa no sabían que con este tubérculo farináceo difundían a la vez la escrofulosis. Así, a cada paso, los hechos nos recuerdan que nuestro dominio sobre la naturaleza no se parece en nada al dominio de un conquistador sobre el pueblo conquistado, que no es el dominio de alguien situado fuera de la naturaleza, sino que nosotros, por nuestra carne, nuestra sangre y nuestro cerebro, pertenecemos a la naturaleza, nos encontramos en su seno, y todo nuestro dominio sobre ella consiste en que, a diferencia de los demás seres, somos capaces de conocer sus leyes y de aplicarlas adecuadamente” (Engels, 1961: 151).

Mediante una acción consciente conforme a la racionalidad científica, los seres humanos son capaces de elevarse en buena medida sobre “la influencia de efectos imprevistos y fuerzas incontroladas”, percibiendo “las consecuencias más remotas de nuestra interferencia con el curso tradicional de la naturaleza”. Aun así, con respecto a “los pueblos más desarrollados de nuestra época”, se podía observar “una desproporción colosal entre los objetivos declarados y los objetivos alcanzados”, de modo que “prevalecen los efectos imprevistos, y las fuerzas incontroladas son más poderosas que aquellas que se han iniciado conforme a un plan”. Las economías mercantiles de clases “solo excepcionalmente habían logrado el objetivo deseado”, más a menudo dando lugar a “precisamente lo contrario”. Por ello, un enfoque racional, científico y sostenible de la relación humana entre naturaleza y sociedad era imposible bajo el capitalismo (Engels, 1961: 16, 151).

Es significativo que este mismo punto de vista general sobre capitalismo y ecología defendido por Engels sería replicado unas décadas más tarde por Ray Lankester, quien fue protegido de Charles Darwin y Thomas Huxley, amigo cercano de Marx (y conocido de Engels) y principal biólogo británico de la generación posterior a Darwin. Lankester era un socialista de tipo fabiano, que había leído y asimilado El Capital de Marx.

En su libro de 1911, El reino del hombre (que recogía su conferencia Romanes de 1905 en Oxford, “El hijo insurgente de la naturaleza”, su discurso presidencial de 1906 ante la Sociedad Británica para el Avance de la Ciencia, y su artículo “Venganzas de la naturaleza”, centrado en la enfermedad del sueño en África), Lankester insistía en que el dominio creciente del ser humano sobre la Tierra estaba dando lugar, de manera contradictoria, a un potencial creciente de desastres ecológicos a escala planetaria. Así, en su capítulo sobre las “venganzas de la naturaleza”, se refería a la humanidad como a la “perturbadora de la naturaleza”, y con ello la creadora de enfermedades epidémicas periódicas que amenazaban a la humanidad junto con otras especies.

“Parece un punto de vista legítimo”, escribía Lankester, “que toda enfermedad a la que están expuestos los animales [incluyendo el animal humano] (y posiblemente también las plantas), quitando casos muy pasajeros y excepcionales, se debe a la interferencia del hombre” (Foster, 2020: 61-64; Lankester, 2019: 1-4, 26, 31-33). Además, esto podía explicarse por un sistema dominado por los “mercados” y por “financieros cosmopolitas” que socavaban cualquier intento racional científico para reconciliar la producción humana con la naturaleza (Lankester, 2019: 31; Lester, 1995: 163-164). Más tarde, Lankester desarrollaría este argumento de manera sistemática en “El borrado de la naturaleza por parte del hombre” (Lankester, 2018: 365-369).

Como los Marx y Engels tardíos, Lankester pensaba que el reinado del hombre constantemente conducía a la humanidad al borde del precipicio ecológico, lo que podría llevar, si las condiciones naturales eran pisoteadas por la acumulación capitalista depredadora, a un declive catastrófico del hombre y su entorno natural. Si no quería destruir las bases mismas de su existencia, a la humanidad no le quedaba más opción que controlar su producción, superando los estrechos límites de la acumulación de capital y siguiendo los dictados de una ciencia racional orientada a un desarrollo coevolucionario.

La dialéctica de la naturaleza y la historia

Los planteamientos ecológicos de Engels son inseparables de sus investigaciones sobre la dialéctica de la naturaleza, de las que surgieron. Sin embargo, el primer principio de lo que acabaría conociéndose como la tradición filosófica del marxismo occidental es que la dialéctica no puede aplicarse a la naturaleza externa, esto es, que no existe eso a lo que Engels llama una “dialéctica objetiva” más allá del campo de acción del sujeto humano6/.

Las relaciones dialécticas, e incluso el objeto del pensamiento dialéctico, estarían confinados así a la esfera humana-histórica, la única en que se podría considerar que había una identidad entre sujeto y objeto, dado que la realidad no reflexiva (transfactual), fuera de la conciencia y acción humana, queda excluida del análisis7/. Pero con el rechazo completo de la dialéctica de la naturaleza en la tradición del marxismo occidental, salvo por un número relativamente pequeño de científicos de izquierdas y materialistas dialécticos, quedaron olvidadas la extraordinaria potencia de las investigaciones de Engels y la enorme influencia que tuvieron en el pensamiento evolutivo y ecológico, en las ciencias naturales y en el marxismo.

Incapaz de ver la relación de la dialéctica con la naturaleza material, la tradición filosófica del marxismo occidental tendió a relegar tanto la ciencia natural como la propia naturaleza externa al ámbito del mecanicismo y el positivismo. El resultado fue una brecha entre la corriente dominante de la filosofía marxista después de la Segunda Guerra Mundial y la ciencia natural (y entre el marxismo occidental y la concepción materialista de la naturaleza), justa e irónicamente en el momento en que el movimiento ecologista estaba surgiendo como una fuerza política fundamental8/.

Para restablecer los hallazgos del materialismo histórico clásico en este ámbito hay que recuperar, en alguna medida, la concepción de Engels de la dialéctica de la naturaleza9/. Esto supone, a su vez, oponerse a las críticas superficiales y a menudo poco trabajadas de la comprensión de Engels de la dialéctica de la naturaleza, que suelen polemizar con las tres leyes generales de la dialéctica que derivó de G. W. F. Hegel y a las que da una nueva significación materialista:

1) la transformación de la cantidad en cualidad y viceversa;
2) la identidad o unidad de los opuestos,
y 3) la negación de la negación (Engels, 1961: 178).

Por ejemplo, Peter T. Manicas, cuando escribe sobre la “filosofía de la ciencia de Engels”, se queja del carácter “prácticamente vacío” de estas leyes (Manicas, 1999: 77). Sin embargo, en el análisis de Engels, estas no se entienden como leyes fijas y estrechas en un sentido positivista, sino más bien, dicho en terminología más actual, como principios ontológicos generales, concebidos dialécticamente, del mismo tipo que proposiciones básicas como el principio de uniformidad de la naturaleza, el principio de perpetuidad de la sustancia y el principio de causalidad. De hecho, el enfoque de Engels de la dialéctica supone en varios sentidos un desafío a la comprensión de estos principios tal como se concebían en la ciencia de su época10/.

Quizás la valoración más sucinta y penetrante de las contribuciones de Engels a la dialéctica de la naturaleza hecha por un científico natural pueda encontrarse en un panfleto de 1936 titulado “Engels como científico” por el célebre científico marxista J. D. Bernal, profesor de física y cristalografía de rayos X en el Birkbeck College de la Universidad de Londres.

Bernal describe a Engels como un filósofo e historiador de la ciencia, a quien “no se puede considerar un aficionado” dada la amplitud de contactos científicos que había desarrollado en Manchester, y que había alcanzado un nivel de análisis que superaba ampliamente el de los filósofos de la ciencia profesionales de su época, como Herbert Spencer y William Whewell en Inglaterra y Friedrich Lange en Alemania (Bernal, 1936: 1-2).

Según Bernal, tras la profunda comprensión de Engels del desarrollo histórico de la ciencia de su tiempo, había una percepción dialéctica en la cual “el concepto de naturaleza se consideraba siempre en su conjunto y como proceso” (Bernal, 1936: 5). En esto, Engels había retomado críticamente una idea de Hegel, entendiendo que tras la presentación idealista del cambio dialéctico en la Lógica había procesos que podrían considerarse como propios de la naturaleza, tal como se recogen en la cognición humana.

Al comentar la primera de las tres leyes dialécticas o principios ontológicos que Engels había tomado de Hegel (cómo cambios en la cantidad pueden conducir a transformaciones cualitativas, y al contrario), Bernal subrayaba su carácter fundamental para el pensamiento científico natural. “Con una perspicacia notable, Engels dice: ‘Las llamadas constantes de la física no son en general más que la designación de puntos nodales donde la adición o sustracción cuantitativa del movimiento trae consigo un cambio cualitativo en el estado del cuerpo en cuestión’… Apenas estamos empezando a entender ahora la justicia de estas observaciones y el significado de estos puntos nodales”. En este aspecto, Bernal subrayaba la referencia de Engels a la tabla periódica de Dmitri Mendeleev como ejemplar de las transformaciones cualitativas que surgen de cambios cualitativos, así como a la cercanía de las nociones básicas de Engels con descubrimientos que darían lugar a la teoría cuántica (Bernal, 1936: 5-7; Engels, 1961: 44). El enfoque de Engels, como señalaba el matemático británico marxista Hyman Levy, apuntaba ya al concepto de “transición de fase” que se utiliza en la física moderna (H. Levy, 1938: 30-32, 117, 227-228).

Hoy en día sabemos que este principio dialéctico se aplica también a la biología. Por ejemplo, el aumento de la densidad de la población en microorganismos (un aumento cuantitativo) puede llevar a un cambio en la expresión genética, llevando a la formación de algo nuevo (un cambio cualitativo). Según se incrementa la población de bacterias, las señales (químicas) emitidas por cada organismo se acumulan hasta un nivel que activa a los genes, llevando a la producción de una fase de biofilm mucilaginoso en el cual se insertan los organismos. Los biofilms pueden estar compuestos de una variedad de organismos, y los sujetan a prácticamente cualquier superficie, desde tuberías de agua a rocas en arroyos, desde los dientes a las raíces en la tierra11/.

La segunda ley de Engels, la interpenetración de los opuestos, es más difícil de definir en un sentido operativo, pero también tiene una importancia fundamental para la investigación científica. Según la explicación de Bernal, remitía a dos principios conectados: 1) “todo implica su opuesto” y 2) “no hay líneas rígidas y fijas en la naturaleza”. Engels ilustraba el segundo punto refiriéndose al famoso descubrimiento de Lankester de que el cangrejo cacerola (Limulus) era un arácnido, parte de la familia de las arañas y los escorpiones, una revelación que había asombrado al mundo científico y echado por tierra clasificaciones biológicas anteriores (Engels, 1961: 11, 192; Foster, 2020: 56, 249; Lankester, 1881: 504-48, 609-49).

En su aplicación de este principio dialéctico a la física y a la cuestión de la materia y el movimiento (o la energía), Bernal defendía que “Engels se acercó mucho a las ideas modernas de relatividad” (Bernal, 1936: 7-8; Levy, 1935: 107-108). La noción de Engels de unidad de los opuestos a menudo se considera en la dialéctica marxiana contemporánea como referida al papel de relaciones internas en las cuales al menos uno de los términos es dependiente del otro (Bernal, 1936: 7; Foster, 2020: 242). Como el propio Engels observó, el reconocimiento de que las relaciones mecánicas con “su rigidez imaginada y validez absoluta han sido introducidas en la naturaleza por nuestra mente reflexiva” es el meollo de la concepción dialéctica de la naturaleza (Bernal, 1936: 7; Engels, 2003: XXXVII).

La negación de la negación, la tercera ley dialéctica informal de Engels, que, como apunta Bernal, parece tan paradójica en su propia formulación, trataba de indicar que todo lo que hay en el mundo, en el curso de su desarrollo histórico o evolución en el tiempo, está destinado a generar algo distinto, una nueva realidad emergente, con nuevas relaciones materiales y niveles emergentes, a menudo por el efecto de factores recesivos o elementos residuales, previamente superados pero que aún se conservan en el presente. La existencia material en su conjunto puede entenderse como tendente a una jerarquía de niveles organizativos, y el cambio transformador a menudo supone el tránsito de un nivel organizativo a otro, como de la semilla a la planta12/.

El desarrollo de las llamadas propiedades emergentes se considera hoy como un concepto biológico y ecológico básico. En un contexto ecológico ocurre cuando comunidades de especies interactúan de manera que producen nuevas características, a menudo imprevistas, que surgen del comportamiento de las distintas especies de la comunidad13/. Una finca de cuatro hectáreas con una combinación de cuatro especies (una policultura) puede tener un rendimiento mayor que cuatro hectáreas dedicadas a cultivos de cada especie por separado. Esto puede ocurrir por diversas razones: por ejemplo, un mejor aprovechamiento del sol y el agua, o un daño menor a los insectos en el terreno con policultura.

La coevolución de los organismos también produce nuevas propiedades. Así, en el tiempo evolutivo, los insectos que se alimentan de hojas de plantas conducen al desarrollo de numerosos mecanismos de defensa en las plantas. Por ejemplo, la producción de químicos que inhiben el ataque del insecto, y la emisión de químicos que atraen a organismos (a menudo pequeñas avispas) que ponen sus huevos en el insecto, que morirá cuando se desarrollen los huevos. Pero el toma y daca continúa. En al menos un caso, el del gusano del tabaco, la avispa debe además inocular un virus que desactiva el sistema inmune del gusano para que los huevos de la avispa puedan desarrollarse. La evolución está constantemente creando cosas diferentes, a veces radicalmente diferentes, según interactúan los organismos. En algunos casos, esto lleva a cambios fundamentales en ecosistemas enteros, y al auge de nuevas especies dominantes en determinados entornos. Como escribió Engels, la emergencia, en el sentido de “la negación de la negación, ocurre realmente tanto en el reino vegetal como en el animal” (Engels, 2003: 126).

Según Bernal, en tanto que historiador de la ciencia, Engels hizo observaciones notables respecto a las tres grandes revoluciones científicas del siglo XIX: 1) la termodinámica, o las leyes de conservación e intercambiabilidad de las formas de energía y de la entropía, 2) el análisis de la célula orgánica y el desarrollo de la fisiología, y 3) la teoría de Darwin de la evolución basada en la selección natural mediante variaciones innatas (Bernal, 1936: 8-10; Engels y Marx, 2006: 41). Como observaría más tarde Ilya Prigogine, ganador del Premio Nobel de Química de 1977, el gran descubrimiento de Engels fue reconocer que estas tres revoluciones en la ciencia física “desechaban el paradigma mecanicista” y se “acercaban a la idea de un desarrollo histórico de la naturaleza” (Prigogine y Stengers, 2005: 289-290).

Según la presentación de Bernal, entre las preocupaciones de Engels estaba la búsqueda de una “síntesis de todos los procesos que afectan a la vida, la ecología animal y la distribución biológica” (Bernal, 1936: 4). Lo que hacía posible esta síntesis era su concepción del cambio y movimiento dialécticos, enfatizando la complejidad de las interacciones materiales y la aparición de nuevos poderes emergentes, en un proceso de origen, desarrollo y declive. “La idea central del materialismo dialéctico”, declaraba Bernal, “es la de transformación. La tarea fundamental del materialista dialéctico es la explicación de lo cualitativamente nuevo”; descubriendo las condiciones que gobiernan la emergencia de una nueva “jerarquía organizativa” (Bernal, 1937: 90, 102, 107, 112-117).

A este respecto, la aportación original de Engels fue utilizar su concepción dialéctica de la naturaleza para arrojar luz sobre los cuatros problemas materialistas del origen que quedaron después de Darwin:

1) el origen del universo (que Engels insistía en que fue un autoorigen, como en la hipótesis nebular de Immanuel Kant y Pierre-Simon Laplace);
2) el origen de la vida (en el cual Engels refutó la noción de Justus von Liebig y Hermann Holtz de una eternidad de la vida y señaló en su lugar al origen químico, centrándose en el complejo de compuestos químicos que subyacen al protoplasma, en particular las proteínas);
3) el origen de la sociedad humana (en el cual Engels llegó más allá que ningún pensador de su época al explicar la evolución de las manos y las herramientas a través del trabajo, y con ellos el cerebro y el lenguaje, anticipándose a descubrimientos posteriores en paleo-antropología);
y 4) el origen de la familia (donde defendió la base matrilineal original de la familia y el surgimiento de la familia patriarcal con la propiedad privada)14/.

De esta manera, insiste Bernal, Engels había anticipado o prefigurado muchos de los desarrollos de la ciencia materialista: “Engels, que saludó el principio de la conversión de una forma de energía en otra, también habría saludado la transformación de materia en energía. El movimiento como el modo de existencia de la materia [el gran postulado de Engels] habría adquirido así su verdad definitiva” (Bernal, 1936: 13-14).

Como señala Bernal en otra parte, Engels “vio más claramente que la mayor parte de físicos distinguidos de su época la importancia de la energía y su inseparabilidad de la materia. Ningún cambio en la materia, declaraba, podría darse sin un cambio en la energía, y viceversa. La sustitución del movimiento por la fuerza, que Engels defiende en toda su obra, será el punto de partida de la crítica de la mecánica del propio Einstein” (Bernal, 1949: 362).

Y, sin embargo, la perspectiva ecológica amplia que emana de la dialéctica de Engels constituye el descubrimiento más importante de la Dialéctica de la naturaleza y la razón por la cual es tan importante una vuelta a la manera de razonar de Engels. Como defendía Bernal, una de las contribuciones cruciales de Engels fue su crítica de la noción de la conquista humana de la naturaleza. Engels hace un diagnóstico muy potente de la incapacidad de la sociedad humana, y en particular del modo de producción capitalista, para prever las consecuencias ecológicas de sus acciones, identificando ya “las consecuencias físicas no deseadas de la interferencia del ser humano con la naturaleza, como la tala de bosques y la desertificación” (Bernal, 1949: 364-365).

Otros destacados científicos socialistas británicos de los años 1930 y 40 quedaron igualmente impresionados por las advertencias ecológicas de Engels. Para el gran bioquímico e historiador de la ciencia Joseph Needham, podría decirse que a Engels “no se le escapaba nada”. Engels señalaba, en palabras de Needham, que “puede llegar un día en el que la lucha del ser humano contra las condiciones adversas de nuestro planeta se haga tan severa que haga imposible la continuidad de la evolución social”, refiriéndose a una posible extinción de la especie humana (Engels y Marx, 2006: 12; Needham, 1948: 214-215).

Para Needham, un punto de vista tan crítico que se oponía a la hipótesis del progreso lineal, también servía para iluminar el extraordinario desperdicio y destrucción ecológicas de la sociedad capitalista, donde se cultivaba café para alimentar las calderas de las locomotoras. Esto planteaba la cuestión de una “interpretación termodinámica de la justicia”, dado que la alienación de la naturaleza (incluyendo la alienación de la energía), como había planteado Engels, estaba echando a perder las posibilidades humanas reales en el presente y en el futuro (Engels, 2011; Needham, 1948: 214-215).

El biólogo J. B. S. Haldane (una de las dos figuras británicas destacadas, junto con R. A. Fisher, en la síntesis neodarwiniana, que reconcilia la biología darwinista con la revolución en la genética) consideraba a Engels como la “fuente principal” de la dialéctica materialista. Comparando a Engels con Charles Dickens respecto a la revolución industrial, Haldane enfatizó que Engels vio más allá y profundizó más. “Dickens tenía un conocimiento de primera mano de estas condiciones (de pobreza y contaminación). Las describió con gran indignación y en todo detalle. Pero su actitud era más de compasión que de esperanza. Engels vio la miseria y la degradación de los trabajadores, pero vio más allá. Dickens nunca sugirió que si habían de salvarse debían salvarse ellos mismos. Engels vio que esta manera no solo era deseable, sino también ineludible” (Foster, 2020: 391; Haldane, 2015: 199-200).

El reconocimiento de la importancia de la dialéctica de la naturaleza de Engels ha llegado hasta nuestra época. Los biólogos de Harvard, Richard Levins y Richard Lewontin, dedicarían a Engels su ya clásica obra El biólogo dialéctico, inspirándose extensamente, aunque también críticamente, en su análisis (Richard Levins y Richard Lewontin, 1985). El paleontólogo y teórico evolutivo Stephen Jay Gould, colega en Harvard de Levins y Lewontin, observaría que Engels hace la mejor defensa del siglo XIX de la idea de una coevolución del gen y la cultura, y por ello la mejor explicación de la evolución humana en la época de Darwin, dado que la coevolución del gen y la cultura es la forma que deben tomar todas las teorías coherentes de la evolución humana (Gould, 1988: 111-112).

Fue el desarrollo por Engels de la dialéctica de la emergencia lo que acabaría demostrándose más revolucionario. Neddham se apropió de la importancia ontológica, epistemológica y metodológica de esta perspectiva en su propio análisis pionero de los niveles integrativos (de emergencia) en El tiempo: el río refrescante (un título que hace referencia al gran materialista de la Antigüedad, Heráclito):

“Marx y Engels tuvieron la audacia de afirmar que [el proceso dialéctico] se da de hecho en la propia naturaleza en evolución, y que el hecho admitido de que se da en nuestro pensamiento sobre la naturaleza se debe a que somos, y nuestra mente lo es también, parte de la naturaleza. No podemos considerar la naturaleza más que como una serie de niveles de organización, una serie de síntesis dialécticas. De la última partícula al átomo, del átomo a la molécula, de la molécula al agregado coloidal, del agregado a la célula viviente, de la célula al órgano, del órgano al cuerpo, del cuerpo animal a la cooperación social, se completa la serie de niveles organizativos. Nada más que energía (como llamamos ahora a la materia y el movimiento) y niveles de organización (o las síntesis dialécticas estabilizadas) han sido necesarios para construir nuestro mundo”15/.

Engels en el Antropoceno

Es algo ampliamente admitido en la ciencia actual (si bien no aún oficialmente) que la era geológica del Holoceno, que comenzó hace casi 12.000 años, llegó a su fin en los años 1950, y ha sido desplazada por la era del Antropoceno.

El comienzo del Antropoceno fue ocasionado por la Gran Aceleración de los impactos antropogénicos en el medio ambiente, hasta el punto que la economía humana ha llegado a ser comparable en escala con los principales ciclos biogeoquímicos del planeta, resultando en una brecha de los límites del planeta que hacen del Sistema Tierra un lugar seguro para la humanidad (Angus, 2016; Foster et al., 2010: 13-18; Hamilton, 2017).

El Antropoceno representa lo que Lankester había llamado “el reinado del hombre”, en el sentido crítico que él le daba: la humanidad es cada vez más un perturbador del medio ambiente natural a escala planetaria.

De este modo, a la sociedad no le quedaba más opción que buscar una aplicación racional de la ciencia, y con ello abolir un orden social en el cual la ciencia había sido relegada a un mero medio por el que “se procuraban tesoros y lujos a los capitalistas” (Lester, 1995: 164). Lo que esto quiere decir, en los términos más contundentes de Engels (y Marx), es que la condición para una regulación racional del metabolismo entre la humanidad y la naturaleza, y con ello una aplicación racional de la ciencia, es la transformación del modo de producción y distribución. Cualquier otro camino invita a una acumulación de catástrofes (Foster, 2011: 1-2, 15-6; 2020: 64, 286-7).

La ecología de Engels alcanza su mayor pertinencia en el Antropoceno. Es ahora cuando la interdependencia de todo lo que existe, la unidad de los opuestos, las relaciones internas, el cambio discontinuo, la evolución emergente, la realidad de la destrucción de los ecosistemas y el clima, y la crítica de las nociones lineales de progreso pueden ser todas ellas vistas como fundamentales para el propio futuro de la humanidad y la Tierra tal como la conocemos. Engels era muy consciente de que en las concepciones científicas modernas “el conjunto de la naturaleza está ahora fusionado con la historia, y la historia solo se diferencia de la historia natural en tanto que proceso evolutivo de organismos autoconscientes” (Engels, 1961: 201).

Mientras la humanidad estuviera alienada de su propio trabajo y del proceso de producción, y con ello de su metabolismo con la naturaleza, esto solo podía llevar a la destrucción de la naturaleza y la sociedad. El crecimiento cuantitativo del capital llevó a una transformación cualitativa de la relación humana con la propia Tierra, lo cual solo una sociedad de productores asociados podría abordar racionalmente. Esto se relaciona con el hecho de que un modo de producción cualitativo determinado (como es el capitalismo) estaba asociado con una matriz específica de demandas cuantitativas, mientras que un modo de producción transformado cualitativamente (como el socialismo) podría tener una matriz cuantitativa muy diferente.

Engels defendió que el capitalismo estaba “despilfarrando” los recursos naturales del mundo, entre ellos los combustibles fósiles (Engels, 2011). Señaló que la contaminación urbana, la desertificación, la deforestación, el agotamiento del suelo y el cambio climático (regional) eran todos ellos el resultado de formas de producción no planificadas, descontroladas y destructivas, que se daban en la sociedad mercantil capitalista. Al igual que Marx y Liebig, señaló al tremendo problema de alcantarillado de Londres como una manifestación de la brecha metabólica, que extraía los nutrientes del suelo y los mandaba con billete de ida a ciudades superpobladas donde se convertían en fuente de contaminación (Engels, 1887).

Subrayó el carácter de clase que tenía la expansión de epidemias periódicas como el cólera, el tifus, la fiebre tifoidea, la tuberculosis, la escarlatina y otras enfermedades contagiosas que estaban afectando a las condiciones de la clase trabajadora, junto con la malnutrición, el sobretrabajo, la exposición a productos tóxicos y accidentes laborales de todo tipo. Señaló, basándose en la nueva ciencia de la termodinámica, que el cambio histórico ecológico era irreversible y que la propia supervivencia de la humanidad estaba amenazada en último término16B. Sobre las actuales relaciones de producción y el medio ambiente, dijo que nuestra sociedad se enfrentaba al dilema de ruina o revolución. El asesinato social de trabajadores en medios urbanos y las hambrunas de la Irlanda e India coloniales se consideraban como ejemplos de la explotación extrema, la degradación ecológica, e incluso el exterminio de poblaciones enteras que se encuentra bajo la superficie de la sociedad capitalista17/.

Sobre todas estas bases, Engels, como Marx, defendió que el metabolismo humano con la naturaleza debería ser regulado por los productores asociados en conformidad, o en coevolución, con las leyes naturales descubiertas por la ciencia, satisfaciendo las necesidades individuales y colectivas. Una tal aplicación racional de la ciencia, sin embargo, era imposible bajo el capitalismo.

Ni siquiera el propio desarrollo era controlable en el capitalismo, pues este se basa en el beneficio privado e individual. Para aplicar un enfoque científico racional e integrador, conforme con las necesidades humanas y con la sostenibilidad de las condiciones medioambientales, hacía falta una sociedad en la que pudiera llevarse a cabo un sistema de planificación a largo plazo en función de los intereses de la cadena de las generaciones humanas18/.

En el análisis de Engels está implícita desde el comienzo la noción de lo que podríamos llamar el proletariado medioambiental. Así, mientras el capitalismo se preocupaba por la economía política del capital, la clase trabajadora en sus momentos de mayor opresión, y también de radicalidad, se preocupa por el conjunto de la existencia, partiendo siempre de las necesidades elementales. Calificar los objetivos de los trabajadores como una economía política de la clase trabajadora, como hizo Marx en una ocasión, quizás no sea erróneo, pero sería más correcto en la terminología actual decir que los trabajadores, en sus luchas más revolucionarias, están tratando de crear una nueva ecología política de la clase trabajadora, preocupada por su entorno y sus condiciones de vida básicas, lo que solo puede alcanzarse sobre una base comunal (Marx, 1973: 10).

Fue esto lo que quedó tan bien recogido en La situación de la clase obrera en Inglaterra de Engels, donde denunció sistemáticamente la contaminación del aire y el agua, las alcantarillas infectadas, la comida adulterada, la malnutrición, los productos tóxicos en el trabajo, los accidentes frecuentes y la alta morbilidad y mortalidad de la clase trabajadora, señalando la lucha por el socialismo como la única vía de progreso.

Lo cierto es que La situación de la clase obrera en Inglaterra plantea cuestiones que en el Antropoceno vuelven a un primer plano. Las obras de juventud de Engels tendrían una influencia duradera sobre Marx, que le llevarían a señalar las epidemias periódicas y la destrucción del suelo como manifestaciones de la brecha metabólica. Muchas páginas de El Capital fueron dedicadas a tratar de actualizar los análisis epidemiológicos de Engels unas décadas más tarde (Foster, 2020: 197-204). Hoy en día, en el contexto de la pandemia de la covid-19, estos análisis tienen una importancia renovada como un punto de partida para la larga revolución hacia un mundo ecosocialista. Eso sí, para desarrollar estos análisis es necesario explorar una ciencia (y arte) dialéctica basada en la idea de la compleja unicidad de la humanidad y la naturaleza.

Todo está en venta

Engels admiraba la poesía de Percy Bysshe Shelley, a quien consideraba un “genio”. En su juventud escribió acerca de “una ternura y originalidad en la representación de la naturaleza que solo Shelley puede lograr”.

Al inicio del Mont Blanc de Shelley, encontramos una dialéctica de la naturaleza y la mente no muy distinta de la de Engels:

“El interminable universo de las cosas

Fluye a través de la mente, y discurren sus rápidas olas,

Ahora oscuras; ahora rutilantes; ahora reflejando las tinieblas;

Ahora prestando esplendor, cuando desde manantiales escondidos

La fuente del pensamiento humano trae su tributo

De aguas; con un sonido solo en parte suyo”

(Thomas Shelley, 1914: 528).

Como Shelley, que en Queen Mab escribió acerca de la alienación de la sociedad burguesa respecto a la naturaleza y el amor (“todo está en venta: la propia luz del Cielo / es venal; de la tierra los espléndidos dones del amor”(Thomas Shelley, 1914: 773)19/), Engels vio la necesidad profunda de una reconciliación de la humanidad con la naturaleza, que solo una revolución podría traer.

(*) Editor de la revista Monthly Review y autor de una larga lista de obras relacionadas con el marxismo y el ecologismo.

Traducción de Alex Merlo para Viento Sur

Notas y referencias:

1/ El autor querría agradecer a Fred Magdoff su ayuda con varios puntos de este artículo.

2/ Las explosiones de calderas de loco-motoras debido a válvulas de seguridad defectuosas o mal colocadas eran comu-nes a mediados del siglo XIX. Los fabricantes de locomotoras, trabajando bajo presión, a menudo calzaban o ator-nillaban las válvulas de seguridad, que acababan atascándose o no pudiendo abrirse (Hewison, 1983: 11, 18-19, 36, 49, 54-56, 82, 85, 110).

3/ Sobre la noción de productivismo extremo, y en este sentido prometeísmo, así como su casi total ausencia en el pensamiento de Marx y Engels, ver Foster, 2009: 226-229.

4/ Engels, 2003: 279. Hay que señalar que, para Marx y Engels, las fuerzas productivas se refieren a algo más que la simple tecnología. Marx insiste en que el instrumento o fuerza de producción más importante son los propios seres humanos. Así, la expansión de las fuerzas productivas se refiere a la expansión de las habilidades y poderes productivos humanos (Baran, 1969: 59; Marx, 2010).

5/ Sobre el desarrollo humano sostenible como un marco que guía el pensamiento de Marx y Engels, ver Burkett, 2005: 34-62.

6/ (Engels, 1961: 178) La crítica a la dialéctica de la naturaleza de Engels tiene sus orígenes en la nota al pie 6 de Historia y conciencia de clase de Georg Lukács, si bien Lukács, como explicaría más tarde, nunca abandonó totalmente la noción de una “dialéctica meramente objetiva”, y defendería una dialéctica naturalista, más basada en Marx que en Engels, en su obra posterior. Sin embargo, el rechazo de la dialéctica de la naturaleza se convirtió en axiomático para el marxismo occidental desde el comienzo de los años 1920, terminando de asentarse en el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial (Jacoby, 1983: 523-526; Lukács, 1972: 24, 207). Sobre el conflicto general en torno a Engels en el marxismo contemporáneo, ver Blackledge, 2019: 1-20.

7/ Como ha defendido Roy Bhaskar, la necesidad de considerar lo intransitivo o el ámbito de la transfactualidad requiere una distinción entre lo epistemológico y lo ontológico, en contra de la ten-dencia de buena parte de la filosofía contemporánea (incluyendo la tradición del marxismo occidental) de promover la falacia epistemológica, propia del idea-lismo, en la que se subsume la ontología en la epistemología. Atenerse a esta falacia epistemológica haría imposible cualquier ciencia natural o materialismo coherente (Bhaskar, 2008: 397, 399-400, 405).

8/ Esto se puede ver en El concepto de naturaleza de Marx de Alfred Schmidt, publicado en 1962, el mismo año que Silent Spring de Rachel Carson. El trabajo de Schmidt, originado en la Escuela de Frankfurt (influido en parte por sus mentores Max Horkheimer y Theodor Adorno), en su mayor parte negaba la dialéctica de la naturaleza y cualquier reconciliación de la humanidad con la naturaleza, justo en el momento del surgimiento del movimiento ecologista moderno (Schmidt, 1970).

9/ Este y los siguientes seis párrafos están adaptados de Foster, 2020: 379-381.

10/ (Dilworth, 1994: 223-247). El principio de uniformidad (o uniformitarismo), a menudo asociado a Charles Lyell, fue cuestionado por el concepto de evolución de Darwin, si bien el gradualismo de Darwin rebajó el conflicto. Stephen Jay Gould y el paleontólogo Niles Eldredge desafiarían este principio de manera mucho más radical en su teoría del equilibrio puntuado en los años 1980 (York y Clark, 2011: 28, 40-42). La noción tradicional de perpetuidad de la substancia fue cuestionada en la época de Engels por el desarrollo del concepto de energía en la física. Respecto a estos dos principios ontológicos y el principio de causalidad, donde trata de la interrelación compleja entre causa y efecto, las leyes o principios ontológicos de la dialéctica de Engels no solo recogían los cambios revolucionarios que se estaban dando en la ciencia de su época, sino que en varias maneras prefiguraban descubrimientos posteriores. Respecto a la concepción de Engels de la causalidad, ver Engels, 1961: 195.

11/ Este párrafo fue escrito por Fred Magdoff. Ver también Magdoff & Williams, 2017: 215.

12/ Las tres leyes informales de la dialéctica de Engels guardan relación con la emergencia, en particular la primera y tercera. La tercera ley, la negación de la negación, como dice Roy Bhaskar en Dialectics: Pulse of Freedom, “plantea la cuestión de las ausencias ausentes y el resurgimiento de elementos de la realidad perdidos o negados. Bernal desarrolló un análisis de la negación de la negación en términos del papel de residuos que vuelven a emerger y transforman las relaciones a través de procesos evolutivos complejos” (Bhaskar 2008: 150-52, 377-78; Bernal 1937: 103-4).

13/ Este párrafo y el siguiente han sido redactados por Fred Magdoff.

14/ Richard Levins y Richard Lewontin escribieron que “el materialismo dialéctico se había centrado [necesariamente] en algunos aspectos escogidos de la realidad. A veces hemos enfatizado la materialidad de la vida contra el vitalismo, como cuando Engels dijo que la vida era el movimiento de “cuerpos albuminosos” (por ejemplo proteínas, ahora diríamos macromoléculas). Esto parece contradictorio con nuestro rechazo del reduccionismo molecular, pero refleja simplemente momentos distintos de un debate donde los principales adversarios eran en primer lugar el énfasis vitalista en la discontinuidad entre el mundo inorgánico y el vivo, y después el borrado reduccionista de los saltos de nivel reales” (Lewontin y Levins, 2007: 103).

15/ (Needham, 1948: 14-15). Engels escri-be: “Es justamente la modificación de la naturaleza por el hombre, y no solo la naturaleza como tal, lo que constituye la base más esencial e inmediata del pen-samiento humano” (Engels, 1961: 196).

16/ Sobre la comprensión de Engels de la termodinámica, ver Foster y Burkett, 2017: 137-203.

17/ Sobre Marx y Engels y el exterminio y degradación ecológica en la Irlanda colonial, ver Foster y Clark, 2020: 64-77.

18/ Engels dejó claro que la regulación racional de la relación humana con la naturaleza, y por ello la aplicación racional de la ciencia, solo era posible con “una revolución completa del modo de producción vigente hasta ahora” (Engels, 1961: 53). Sobre la alienación de la ciencia bajo el capitalismo, ver Mészáros, 1975: 101-102. El papel de la ciencia bajo el capitalismo se clarifica también en la noción de Richard Levins de “naturaleza dual de la ciencia” (Levins, 1996: 103-104). La incontrolabilidad del capital se teoriza en Mészáros, 2000: 713.

19/ Thomas Shelley (Shelley, 1914: 773). Marx describió a Shelley como “básicamente un revolucionario”, una apreciación que Engels compartía (Eleanor Marx Aveling, 1975: 4).

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