por Francisco Herreros
El empate a un gol frente a Estados Unidos fue un pésimo negocio para el fútbol chileno.
En efecto, una derrota probablemente sacaba a Reinaldo Rueda, pero este empate con gusto a nada -también probablemente- dejará las cosas como están.
Y ese es el problema.
No se trata de una reacción infantil o pasional contra un técnico, más allá de su opaca campaña y módica estadística, que en trece partidos registra cinco victorias, cuatro derrotas y cuatro empates; en todo caso, marca no inferior a otros técnicos de similar mediocre desempeño.
Ni tampoco una crítica a la ausencia de diseños y dibujos tácticos, que, las más de las veces, obedecen a las modas conceptuales del periodismo futbolero.
O a su visible desorientación, que no se decanta ni por la renovación, ni por la apuesta de atrincherarse en los nombres individuales de la «generación dorada».
Ni a su indefinición por una base estable de jugadores, puesto que para eso son las etapas previas, de partidos amistosos.
El actual problema de Chile ni siquiera pasa por Rueda, un técnico que no ha desarrollado empatía ni deportiva ni personal con el medio local, y por lo que parece, tampoco logró establecer un liderazgo neto, en el habitualmente difícil camarín chileno, donde las principales figuras disponen de fueros difíciles de entender.
En rigor, más que la contratación de Rueda, que es solo un efecto, el problema del fútbol profesional chileno radica en su abismante falta de visión estratégica y conducción, elemento que se suma a la endémica debilidad estructural e institucional de sus clubes afiliados.
Que un personaje tan rocambolesco como Sergo Jadue, haya ocupado la testera del organismo del fútbol profesional chileno, ahorra mayores comentarios.
Y ni siquiera hay claridad sobre los dineros perdidos; situación que recuerda la gran quiebra del fútbol chileno, bajo el mandato de Rolando Molina, mientras Ambrosio Rodríguez era, simultáneamente, Procurador General de la República y Presidente del Club Universidad de Chile, ya emancipado de la universidad.
Tampoco se supo exactamente cuánto fue el dinero que se extravió en ese nauseabundo laberinto.
El punto es que el fútbol chileno se debate entre dos caminos, sin decidirse por ninguno.
El primero es aquel del desarrollo deportivo. Supone instituciones fuertes, por más que parezca obvio, con ingresos mayores a los gastos, y especialmente, con un eficiente desarrollo de la cantera propia, vale decir, el trabajo en divisiones inferiores.
No como gasto, sino como inversión.
En tanto integrantes de la mediocre oligarquía local, los dirigentes del fútbol rentado chileno son incapaces siquiera de concebir una estrategia de semejante vuelo, naturaleza y envergadura.
Por tanto, sólo les queda apostar a la ruleta de los resultados.
Esto quiere decir, contratar un técnico -generalmente de alto costo- que elige lo que considera mejor del momento, y prepara dispositivos tácticos que pueden funcionar, en abierta dependencia de la imprevisibilidad de la dinámica de un deporte colectivo como el fútbol, o no, en virtud de esa misma dinámica, u otras parecidas.
Pero eso también exige cierta destreza.
En 2007, la dirigencia de la Asociación Nacional de Fútbol Profesional, ANFP, entonces encabezada por Harold Mayne-Nicholls, se anotó un pleno con la contratación de Marcelo Bielsa, acaso el único entrenador del ciclo que propuso -y algo avanzó- en un proceso de identidad futbolística, en el cual los jugadores mostraron que no estaba sobre sus capacidades.
El lamentable desenlace de la elección, primero de Jorge Segovia y luego de Sergio Jadue en la ANFP, en 2010, determinó la salida de Bielsa.
Pero, al menos, este último leyó bien la dirección del viento, y -salvo el paréntesis de Borghi, que presenta notable simetría con el ciclo de Rueda- contrató a un técnico tan obsesivo como Bielsa, Jorge Sampaoli, que se jactaba de perfeccionar ese estilo.
Mal no le fue, pero no quiso ni pudo sobreponerse a la estrepitosa caída de Sergio Jadue.
Nunca quedó suficientemente establecido a qué llegó a la ANFP Arturo Salah, militante burocrático del consorcio Fútbol S.A.
Hay quienes plantean que su administración se redujo a repartir la venta del CDF, salvar a Sergio Jadue y contratar a Reinaldo Rueda.
A pesar de haber sido futbolista -a lo mejor por lo mismo- Salah no comprendió la demanda del hincha chileno, de profundizar en la propuesta de Bielsa y Sampaoli.
Entonces, en enero de 2018 eligió a Reinaldo Rueda, en lugar de Eduardo Berizzo, técnico que al estar libre a la sazón, hubiera costado un tercio de la plantilla de Rueda.
Tampoco era problema de precio: Berizzo es un reconocido seguidor de la escuela de Bielsa, del que fue además, técnico asistente.
La gestión de Sebastián Moreno, de continuidad de Salah, de cuya mesa fue secretario general, parece moverse en la misma clave de inconsistencia.
En rigor, la única culpa de Rueda ha consistido en retroceder once años, y volver al fulbito intrascendente, lateral, carente de explosión y chispa, sin sorpresa ni profundidad, que descansa únicamente en la calidad individual y la inspiración de sus jugadores.
Si el fútbol chileno carece de estructura, su dirigencia se equivoca por sistema y produce pocos jugadores de primer nivel…
¿…qué cabe esperar, sino el regreso a la mediocridad?
Eso ya es evidente hace rato, con los menos que discretos resultados del fútbol chileno en las competencias internacionales de clubes, v.gr. Copa Sudamericana y Copa Libertadores de América.
Rueda contribuyó a mostrar que el retroceso también llegó al nivel de selección, a contramano de la denominada «generación dorada», que está llegando a su fin sin recambio a la vista.
A esta altura, Rueda sale sobrando, sin perjuicio de que Moreno lo avaló hasta la Copa América.
A mayor permanencia, mayor costo.
Una nueva decepción en la Copa América no sería más que la consecuencia lógica de todo lo anterior.


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