¿Dónde la Vieron?: El Infundado Triunfalismo de la Derecha

No es posible trazar un perfil adecuado del ambiente preelectoral que termina, y ensayar una proyección que pretenda consistencia y validez, acerca de las inminentes elecciones generales, sin considerar tres dimensiones o niveles de realidad.

@pancho_5274 ¿Dónde la vieron?: El triunfalismo infundado de la derecha. El único fundamento es el error de extrapolar el resultado de las encuestas. Si se consideran otras variables, el triunfo de la derecha es improbable. De doce elecciones y plebiscitos desde 1988, la coalición de centroizquierda ganó en ocho (66,6%). #elecciones2025 #votaChile #analisispolítico #JeanetteJara2026 #JeanetteJaraPresidenta ♬ sonido original – Francisco Herreros

Evidentemente, hay más, pero son las principales; sin perjuicio de que, a fin de cuentas, entre todas constituyen un sistema único e interdependiente.

El primer nivel es el de la realidad epidérmica. Es la delgada capa superficial donde campean la encuestología futurológica, la hegemonía medática, la opinología al gusto del consumidor y el supuesto expertizaje de una academia ideologizada, floja y sin calle.

El segundo nivel corresponde a la realidad política; entendida por el movimiento de las configuraciones políticas y sociales en un espacio de tiempo dado; en este caso, la interminable transición desde la nada misma hacia ninguna parte, inaugurada el 11 de marzo de 1990.

La capa más profunda, y por ello menos visible, es la lucha de clase, consistente en el conflicto de intereses, objetivo, secular e inevitable, a veces latente, en otras, manifiesto y en ocasiones violento, entre el capital y el trabajo; entre la clase propietaria de los medios de producción y aquellos cuya principal propiedad es su fuerza de trabajo; entre elites arrogantes y abigarrados sectores populares, incluidas fluctuantes y asustadizas capas medias.

En el nivel de la superficie predomina la idea, a esta altura visiblemente forzada, de la imposibilidad del triunfo de Jeanette Jara en segunda vuelta. Conforme al precepto de que la repetición de una mentira crea realidad, el sistema mediático la machaca concienzudamente, hasta el espasmo.

Carece de otro fundamento que el doble error de extrapolar a futuro los resultados de las encuentas; lo cual ostenta tanta lógica como un día nocturno, un desierto densamente poblado o un enano de gran tamaño; y encima, sumarlos de manera mecánica.

De esta manera, la sumatoria de los porcentajes de los cuatro candidatos de derecha, configuraría una suerte de cinturón de seguridad infranqueable; noción que presenta el inconveniente, para quienes así lo creen, de que se trata de un escenario ilusorio.

Más allá de las consabidas fallas técnicas y distorsiones metodológicas, la imposibilidad basal de las encuestas para extrapolar resultados electorales radica en que no están diseñadas para eso.

Una encuesta mide, pero no predice.

En términos probabilísticos, una encuesta es un estudio que fija un instante en el tiempo. Es una herramienta estadística que deduce universos amplios de una muestra pequeña, útil en una variedad de campos de aplicación, que no es el caso aquí detallar, entre las cuales no está, ciertamente, la política.

La razón principal de esto estriba en que, a diferencia de universos finitos, que intentan ser explicados mediante la síntesis de las encuestas, una elección nacional es el universo mismo, el cual, por definición, no puede ser abarcado ni contenido por encuesta alguna.

Resultado neto: al día siguiente de cualquier elección, es casi inevitable, en los medios de comunicación, encontrar el recuento de los errores de las encuestas; sin perjuicio de que en ocasiones se equivocan, y por tanto se aproximan al resultado.

No es algo, en todo caso, que inquiete al establishment dominante, o le reste credebilidad, toda vez que la encuestología futurológica, y su reciclaje por el sistema mediático, hace parte del arsenal de instrumentos de dominación. Doble contra sencillo que el lunes 24 de noviembre, apenas pueda salir, la irreductible encuesta Cadem mostrará la ventaja del candidato de derecha en el balotaje.

En el plano comunicacional; en rigor, en los tres niveles, los candidatos de la derecha han sido los mejores impulsores de la campaña de Jeanette Jara, en la medida en que no han dejado error o torpeza por cometer.

Hay dos motivos que contribuyen a explicar el singular fenómeno.

En primer lugar, las elites, y por tanto, sus candidatos, son los primeros intoxicados por el tósigo que expele su predominio en el sistema mediático.

Es un discurso autocontenido, que se fundamenta y realimenta en el propio discurso.

En directa relación con lo anterior, la disputa por el espacio del sector, entre la derecha tradicional y la emergente y agresiva ultraderecha, que por momentos ha presentado rasgos canibalescos, ha hecho que sus candidatos hayan reemplazado el tradicional discurso de la derecha, cuidadoso de las formas, para engañar de contrabando, por una vocinglería belicosa, mentirosa y procaz; que no le habla al país, sino a un sector político, que en un pasado reciente ostentaba granítica unidad.

De esa guisa, la candidata «moderada» proclama cárcel o tumba, como Bolsonaro; uno de los kakas le echa la culpa al gobierno hasta de la caída de las hojas, en circunstancias de que, en el parlamento, su partido se opuso a todo, por sistema; mientras que el otro anda presumiendo de predestinación divina, como Milei.

Los tres apoyan sin ambages ni reservas la intervención yanqui en Venezuela, incluida la agresión militar.

Han competido por el lenguaje de la amenaza, el castigo, la culpa y el miedo.

El discurso de la derecha asusta incluso a parte de su base de apoyo, entre empleados del sector público, inmigrantes invitados por ella, o jubilados beneficiados por la reforma. En plena campaña electoral.

Los tres han hecho de la mentira sistemática un arma de la política.

Se declaran creyentes, pero parecen no temer al infierno, por cuanto atropellan consuetudinariamente el noveno mandamiento de las tablas de la ley: «no levantarás contra tu prójimo ni falso testimonio ni mentira».

Así, no vacilan en atribuirle al gobierno efectos de políticas de larga data, ocasionados por el modelo económico instalado por la derecha, ni dudan en escalar las cumbres del populismo más delirante, con propuestas carentes de lógica como reducir el gasto público, y simultáneamente eliminar las listas de espera en la salud o mejorar la seguridad, o cualquiera de sus exuberantes promesas. Total. hablar es gratis.

En la dimensión político-electoral tampoco se divisan razones que respalden la irreductible confianza de la derecha de su victoria en segunda vuelta. No es lo que dicen los números.

Desde el plebiscito del 5 de octubre de 1988, los bandos que se verán las caras este domingo 16, y el 14 de diciembre, se han enfrentado en doce oportunidades, ocho elecciones presidenciales, tres plebiscitos y una elección de consejo constitucional.

La coalición gobernante, antes nueva mayoría y previo a eso, concertación, se adjudicó seis elecciones presidenciales y dos plebiscitos, esto es, el 66,6%.

En 2013, Michelle Bachelet le propinó un palizón a Evelyn Matthei, de 62% a 37%. En 2020, el 78% de los chilenos votó por una nueva constitución.
En 2021, Gabriel Boric se impuso con holgura sobre José Antonio Kast, por 55,8% a 44,1%. En 2023, el 55,7% se opuso a la constitución del partido republicano.

La derecha, tan segura de arrasar en segunda vuelta, porque así lo predicen las encuestas, solo ha ganado en cuatro oportunidades, el 33,3%. Dos presidenciales, con Piñera, 2009 y 2017, el plebiscito de 2022, ocasión en que el 61,8% rechazó la propuesta de la convención constitucional, y la elección del consejo constitucional, de 2023, dominado por el partido republicano con 23 consejeros de 50.

En una de las contorsiones más espectaculares y menos estudiadas de la política chilena, en el plebiscito el plebiscito de 2023, el 55,7% rechazó la propuesta del consejo constitucional, Fue la segunda derrota al hilo de José Antonio Kast.

De esa manera, un tanto grotesca, concluyó el proceso constitucional originado por la revuelta social de 2019-20, escamoteado por la casta política con el Acuerdo por la Paz Social 15 de noviembre de 2019, firmado de manera individual, en contra de la opción de su partido, por Gabriel Boric.

El resultado neto es el actual limbo constitucional, que, por lo bajo, contradice el fetiche de que las instituciones funcionan.

Más allá de lo que dice la historia, en la campaña presidencial de 2025, la derecha chilena ha hecho todo lo necesario para perder.

De entrada, en el momento en que la coalición gobernante logra un inédito pacto electoral de siete partidos, desde la DC al PC, la derecha se divide en tres candidaturas, y hasta cuatro, con el candidato residente en Estados Unidos.

El tósigo del triunfalismo del sistema mediático les impide calibrar que esas candidaturas no representan el 60% del electorado, como predicen las encuestas, sino que se mueven en un espacio de suma cero, donde la ventaja de uno ocurre a expensas de los demás.

Peor aún, es inevitable, pues ya no se trata de diferencias coyunturales, sino de proyecto. Como sea, cuando despierten del sueño, se largarán a conspirar.

Campaña adentro, la atmósfera de disputas entre sus fracciones ha predominado sobre la formulación de propuestas y proposición de programas.

En la vereda del frente, la candidata del Partido Comunista, ha hecho exactamente lo contrario. Desde la empatía, conecta con necesidades sentidas de la gente: pensiones, ingreso vital, seguridad; al tiempo que acredita solvencia técnica, experiencia de campo y capacidad de negociación.

Dicho aún más directo, confrontados en segunda vuelta, Jeanette Jara es mejor candidata que José Antonio Kast por varios órdenes de magnitud, quien, por lo demás, ha experimentado dos contundentes derrotas consecutivas.

Desde ese punto de vista ¿cómo podría sorprender que Jara gane en segunda vuelta, sobre todo si saca una considerable ventaja en primera vuelta, como todo parece indicar?

Menos aún, si se incorpora en el análisis la dimensión profunda de la lucha clases.

En ese terreno, cada vez que una elección ha representado la confrontación entre el autoritarismo y la reacción contra democracia, ha triunfado la democracia: el plebiscito de 1988, en 1999, para frenar a Lavín, el plebiscito de 2020, la victoria de Boric, en 2021, para detener a Kast, y el plebiscito de salida del 2023, que rechazó la constitución de Kast a lo cual se debe agregar, por derecho propio, la revuelta popular de 2019.

¿Por qué el 14 de diciembre debiera ser una excepción?

Más aún cuando, desde 1999, nunca ganó un balotaje el candidato que llegó segundo.

Claro, la derecha dispone, para la segunda vuelta, el recurso de la campaña del terror amplificada por la prensa hegemónica, que logró bloquear una nueva constitución, en el plebiscito de 2022.

Pero de tanto ir al agua, el cántaro termina por romperse. Desde la generación “millenium” en adelante, la campaña del terror encuentra cada vez menos menos terreno donde asentarse.

Si los datos del presente análisis son correctos, la(s) derecha(s) no tiene(n) cómo ganar el próximo gobierno.

Sin embargo, no cabe descartar el realismo mágico, como el triunfo de Milei en las recientes elecciones argentinas, o el rechazo a la reforma constitucional votada por el 78%, apenas dos años antes.

Para concluir, una reflexión estrictamente personal: triunfe la candidata de la coalición de centro izquierda, o el candidato de la ultraderecha, no están en juego las matrices del sistema. Pero ese es tema de otro análisis.

(*) Director #RedDigital.cl

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