viernes, marzo 14, 2025
InicioPaísNacionalColonia Dignidad, el Cura y los Doctores

Colonia Dignidad, el Cura y los Doctores

Uno de los más atípicos y afiebrados amigos de Colonia Dignidad fue el sacerdote Raúl Hasbún, famoso, controvertido y ultraconservador predicador televisivo. Otro, el recién designado Premio Nacional de Medicina, Otto Dorr Zegers.

Colonia Dignidad, el Cura y los Doctores

Dueño de unas artes retóricas formidables, el cura Hasbún ha justificado las detenciones políticas, la tortura, ha intervenido en campañas presidenciales y se ha referido en duros términos a los opositores al Gobierno del ex dictador Pinochet.

El enclave del “profesor” Schäfer no fue la excepción. Durante las pesquisas policiales de 1998, el sacerdote acusó públicamente al Gobierno de perseguir al pobre jerarca alemán.

“Los ciudadanos contemplan con estupor e incredulidad la imposición deplorable de las fuerzas jurídico-policiales. Se pretende que Schäfer se entregue en su hogar, mas el Estado chileno no ha dicho en verdad si está cierto de los delitos de los que le acusan”, vociferó el clérigo.

Los médicos son otros grandes amigos de Colonia Dignidad. Muchos de los que ejercieron como jefes de servicios públicos en las zonas de influencia del enclave los apoyaron de forma evidente, expidiendo autorizaciones e informes favorables, haciendo la vista gorda frente a “pequeñas” irregularidades.

Otros, como el doctor Mario Mujica, estaban íntimamente implicados. El médico autorizó en 1962 el funcionamiento del cementerio en su calidad de director del hospital de Parral. Elaboró informes siquiátricos que se utilizaron contra cada colono que intentó fugarse y proveyó a la colonia de fármacos y medicamentos. Schäfer compró a Mujica una casa en Parral, que luego facilitó como cuartel para la DINA.

El doctor Marcelino Varas, de Concepción, firmó también informes siquiátricos para la colonia. Muchos de ellos se redactaron sin siquiera haber examinado al “paciente”.

El connotado siquiatra Otto Dörr fue un adepto más a la “obra benéfica” del “doctor” Schäfer.

En una entrevista del programa “Informe especial”, de TVN, en junio de 1997, Dörr declaró:

“Doy por regalado, si usted quiere, que el señor Schäfer haya sido homosexual, que el señor Schäfer haya manoseado a un niño. Pero no sería nada de raro. El hecho de que haya tenido un juicio en Alemania en esa época era absolutamente corriente”.

“Han adoptado una cantidad enorme de niños abandonados… Y después las madres o parientes de estos niños, influidos, incluso me atrevería a decir comprados por personas interesadas, han querido denunciar que este niño está secuestrado adentro”.

Hoy, Dörr, uno de los más prestigiosos especialistas de Chile, guarda silencio.

Volver arriba


Colonia Dignidad: la muerte de Karl Stricker y la amnesia de Otto Dörr

por Jan Stehle (*)

El doctor Otto Dörr, reciente Premio Nacional de Medicina, ha hecho un mea culpa afirmando que su apoyo público a Colonia Dignidad en los años noventa – e incluso hasta diciembre de 2002 (ver The New York Times del 30.12.2002: “Chile-sect thrives despite criminal charges“ – ha sido “ingenuo y torpe”, minimizando su rol y considerando su relación con el enclave alemán como “anecdótica”. Incluso se ha defendido afirmando que nunca apoyó a Paul Schäfer, sino que fue “una especie de voz en el desierto para defender a los muchos otros colonos que nada tuvieron que ver con estos crímenes”. ).

La administración de psicofámacos a los habitantes de Colonia Dignidad fue una práctica sistemática, la que fue calificada como delito de lesa humanidad por la justicia chilena. Así lo hizo el ministro de la Corte de Apelaciones de Santiago Jorge Zepeda, quien tuvo a cargo la investigación de esos delitos en el enclave alemán entre los años 70 y 80 (causa Rol 4769-2009, los hechos posteriores no han sido investigados). Para el doctor Dörr, sin embargo, vincularlo a esos hechos: “es una absoluta canallada y me reservo los derechos de tomar las acciones legales que correspondan“.

Una serie de antecedentes que se exponen a continuación, hacen repensar las afirmaciones hechas por el Premio Nacional sobre su “anecdótica”, “ingenua” y “torpe” relación con el enclave criminal de la ex Colonia Dignidad.

LA MUERTE DE KARL STRICKER

A mediados de enero de 1996 trabajadores de un predio forestal situado al sur de la Colonia Dignidad, encontraron a un fatigado y atemorizado Karl Stricker Bahlke. El hombre de 59 años se había fugado de este enclave, atravesando el río Perquilauquén y ocultándose durante dos días entre los arbustos para evitar que los grupos de búsqueda de la colonia, que habían salido tras sus pasos con perros adiestrados e incluso aviones, pudieran recapturarlo.

Stricker dijo a los trabajadores forestales que se había fugado de la colonia y que no quería volver. Detectives de la PDI de San Carlos lo trasladaron a una unidad policial de San Carlos. Ahí Stricker relató que llegó a Chile en 1961 y que desde esa fecha solo había estado al interior de Colonia Dignidad “donde lo único que hacemos es trabajar” (declaración policial del 18.01.1996 en causa rol 54.097-B del Primer Juzgado del Crimen de San Carlos).

Karl Stricker era un hombre soltero que no contaba con familiares ni en la Colonia Dignidad ni en Alemania. Después de trabajar siete días por semana durante más de 30 años, se sentía enfermo, tenía fuertes dolores de estómago, y aún así los jerarcas le seguían encargando un trabajo tras otro. Desesperado por esta situación había decidido fugarse. En su declaración, relató que en años anteriores ya se había intentado fugar dos veces, tras lo cual habría sido castigado hasta borrarle la memoria: “No recuerdo las medidas que tomaron en mi contra”, afirmó.

No portaba documento de identidad ni dinero y al finalizar su declaración Stricker expresó a los policías su desesperación y miedo: “No tengo muy claro cuál será mi destino, pero lo que sí, tengo un gran temor de regresar a la Villa Baviera, ya que según mi modo de ver, en esta ocasión el hecho de haberme arrancado, es una falta gravísima […]“.

La Gobernación de Ñuble interpuso a favor de Karl Stricker un recurso de protección, siendo enviado al Juzgado del Crimen de San Carlos para ser interrogado por un juez. Sin embargo, antes, fue llevado al Hospital de San Carlos para ser examinado.

Hasta ese recinto llegó un grupo de colonos que, según nota de El Mercurio, increparon duramente a Karl Stricker, quien al comparecer ante la jueza Nilde Garfias del Primer Juzgado del Crimen, seguramente atemorizado, se desdijo poco después de su declaración policial, siendo “persuadido” por los colonos que lo abordaron para retornar al enclave alemán, con falsas promesas que jamás se cumplieron.

Al enterarse de esta noticia, los diputados José Antonio Viera Gallo y Martita Woerner interpusieron un recurso de amparo ante la Corte de Apelaciones de Talca, con el fin de garantizar la integridad física del colono. El recurso, además, tenía la finalidad de citar nuevamente a Stricker a comparecer ante la Corte para aclarar los motivos de su fuga.

Por su parte, los dirigentes de Colonia Dignidad, a través de su abogado Fernando Saenger, hicieron llegar una declaración jurada de Karl Stricker a la Corte de Apelaciones, aduciendo que Stricker se encontraba voluntariamente en la colonia. Además, adjuntaron al expediente un documento que habría sido clave para evitar una comparecencia de Stricker ante el tribunal, tal como lo solicitaban los diputados en su recurso de amparo.

El documento: un certificado médico extendido por el doctor Otto Dörr Zegers, constata que Stricker “se encuentra en tratamiento por un cuadro depresivo muy severo y hasta el momento resistente a los tratamientos habituales”. En el mismo documento el Premio Nacional de Medicina “desaconseja absolutamente que el señor K. Stricker sea sometido en estos momentos a un interrogatorio judicial o de otro tipo”.

Posteriormente, la Corte Suprema revocó el dictamen de la Corte de Apelaciones que había ordenado practicar exámenes siquiátricos a Stricker. El recurso de amparo fue desestimado y Karl Stricker debió seguir en la Colonia Dignidad sufriendo -como supimos después- duros tratamientos y castigos, siendo vigilado las 24 horas del día por los jerarcas de la colonia y los jefes de los aparatos internos de “seguridad” y represión.

Probablemente la redacción y firma de este certificado médico no fue solo un simple favor que el doctor Dörr le hizo a los jerarcas de Colonia Dignidad para evitar que la fuga de Stricker condujera a una investigación judicial más profunda del enclave.

Varios hechos apuntan a que el facultativo, con posterioridad a la fracasada fuga de Stricker, le recetó psicofármacos durante varios años. Colonos afirman que Karl Stricker, a su regreso después de la fuga, andaba apático y con un cansancio constante, presuntamente causado por la ingesta de psicofármacos.

Un colono relata que al preguntarle a Paul Schäfer por el mal estado de Stricker, éste le había contestado:

“Stricker está bajo control de Otto Dörr y Kurt Schnellenkamp [un jerarca de Colonia Dignidad] se preocupa de él”.

A pesar de su “tratamiento” con psicofármacos durante varios años, Karl Stricker tuvo que volver al sistema esclavo de la Colonia Dignidad. El 13 de febrero de 2002 le ordenaron subir a un techo para realizar trabajos. Ahí Stricker, en circunstancias aún no aclaradas por la justicia penal, se cayó y su cabeza impactó en el cemento, falleciendo posteriormente a causa de un traumatismo encéfalo craneano.

Ante estos graves hechos, se inició una causa en el Ministerio Público, la cual se encuentra archivada hasta hoy en los estantes de la Fiscalía de Parral. Un informe tóxicologico del Servicio Médico Legal, incorporado en la causa de la Fiscalía, señala que al momento de morir, Karl Stricker estaba bajo los efectos de benzodiazepina, un hipnosedante incompatible con labores en altura.

Interrogado al respecto el 11 de diciembre de 2002 el médico y director del hospital de Colonia Dignidad, Hartmut Hopp -prófugo de la justicia que hoy reside en Alemania- declaró que Stricker había sido tratado por Otto Dörr.

Tras su intento de fuga en 1996 había empezado un tratamiento antidepresivo en Santiago, siendo atendido por el doctor Dörr, quien durante años le habría prescrito Ravotril y sulfato de litio y a partir del año 2000 el propio Hopp habría extendido las recetas para estos medicamentos.

El abogado Hernán Fernández quien lleva más de 20 años luchando contra el enclave alemán, señala:

“La esclavitud, la tortura y el sometimiento de voluntades a través de psicofármacos, son temas de violación sistemática de Derechos Humanos que no se han querido asumir por los Estados (Chile y Alemania), durante años lo he planteado, y las puertas se han cerrado. Es la hora de abrirlas, para dar justicia a la memoria de Karl Stricker y a todas las verdaderas víctimas de Colonia Dignidad”.

OTTO DÖRR Y LA DEFENSA DE COLONIA DIGNIDAD

Tras las fuertes críticas por parte de abogados de Derechos Humanos, ex-colonos, la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos y otros, ante la condecoración del doctor Otto Dörr con el Premio Nacional de Medicina, éste se defendió afirmando que todo lo que se había dicho sobre su relación con Colonia Dignidad era falso: “envié dos cartas a El Mercurio, ese es todo mi pecado“.

No obstante, al revisar la prensa de 1994 a 2002, aparecen otros hechos que ligan a Otto Dörr a la red de protección de Colonia Dignidad, que con su férreo rechazo al Decreto 143, con el que el gobierno de la época pretendía quitar la personalidad jurídica a la “Sociedad Benefactora y Educacional Dignidad”, logró dar continuidad al enclave, y con eso a los crímenes que allí se cometieron.

En 1994, el actual Ministro de Justicia y Derechos Humanos y entonces senador por la Región del Maule, Hernán Larraín, anunció la creación de un “Comité de Asesores de la ex-Colonia Dignidad” para defender al enclave frente a las acciones del gobierno. Este comité estuvo integrado, entre otros, por el doctor Otto Dörr, los médicos Santiago Soto y Felix de Amesti, los empresarios Hernán Briones y Pedro Lizana y la ex ministra de Justicia de la dictadura, Mónica Madariaga.

En ese mismo año 1994, el doctor Dörr defendió su apoyo a Colonia Dignidad en el diario La Época.

Dos años y medio más tarde, luego de los allanamientos ordenados al enclave alemán, Dörr dijo que “la historia está a favor de Colonia Dignidad”. Y agregó: “Hay colonos que vivieron la guerra y estuvieron prisioneros en Rusia y, en ninguna parte se los trató de la manera vejatoria como lo hizo la policía chilena”.

En otra entrevista publicada por revista Ercilla en 1997, el doctor Dörr afirma: “Yo he estado a lo menos cinco veces en el hospital, recorriéndolo, he pasado el día ahí conociendo hasta el último rincón con la doctora Seewaldt y el doctor Hopp […]“. Y sobre Dörr, el reportaje señala que “su conocimiento y relación con Colonia Dignidad se remonta a 1967, cuando se desempeñaba en el Hospital Psiquiátrico de Concepción. Entonces, recuerda, comenzaron a llevarle pacientes que ellos no podían atender en su hospital por carecer de esa especialidad”.

Es el propio doctor Hopp quien afirma que Otto Dörr participó en los tratamientos a Karl Stricker.

Karl Stricker hoy está muerto y es un hecho objetivo que su fuga no fue una enfermedad, sino su búsqueda incesante de libertad desde ese campo de concentración, tortura y esclavitud que fue Colonia Dignidad, en dictadura y en sucesivos gobiernos democráticos.

La Fiscalía de Krefeld (Alemania) actualmente investiga al doctor Hopp por su posible responsabilidad en lesiones causadas a colonos a través de la administración indebida de psicofármacos. Muchas de las víctimas hoy siguen sufriendo por el daño causado. Para ellos la pregunta si entre los responsables existió maldad, ingenuidad o torpeza es secundaria: es una realidad por la que se debe responder, ética y legalmente.

Las víctimas exigen el esclarecimiento de los hechos, la determinación de las responsabilidades y medidas de reparación acordes al daño sufrido. Si el doctor Otto Dörr hubiera participado en la prescripción de psicofármacos a colonos, aún de manera “torpe o ingenua“, podría hacer un aporte al esclarecimiento de los crímenes comunicándose, por ejemplo, con una delegación de la justicia alemana que a fines de abril visitará Chile.

Entre ellos estará el fiscal superior de la Fiscalía de Krefeld, Axel Stahl, quien actualmente investiga la participación del doctor Hartmut Hopp en la administración indebida de psicofármacos a colonos con resultado de lesiones.

Entonces, más allá de los intercambios epistolares o declaraciones por la prensa para defender su ética profesional en entredicho, el Premio Nacional de Medicina 2018 debe dar las respuestas sobre una realidad que la conciencia ética de los ciudadanos del país reclama y que la justicia alemana hoy investiga.

RESPUESTA DEL DOCTOR OTTO DÖRR A CIPER

Ante los graves hechos expuestos en esta columna por el cientista político alemán Jan Stehle, del Centro de Investigación y Documentación Chile-América Latina, CIPER se comunicó con el doctor Otto Dörr y le preguntó si recordaba haber tratado al colono Karl Stricker y haber redactado el documento que aquí se exhibe y que fue presentado en la Corte de Apelaciones de Talca por los abogados de la Colonia Dignidad.

Esta fue su respuesta:

“Es perfectamente posible que yo haya extendido ese certificado. Recuerdo a esa persona (Karl Stricker). Lo atendí como paciente privado en mi consulta. No lo atendí al interior de la Colonia Dignidad, él pagaba su consulta. Nunca atendí a un paciente dentro de la colonia. Las veces que estuve al interior de la colonia fue por visitas sociales, invitado con mi familia por el doctor Hartmut Hopp. Recuerdo que solo una vez fui hasta allá solo, como intérprete de un grupo de la BBC.

Lo que usted me pregunta sobre ese certificado, es perfectamente posible, pero no recuerdo el hecho preciso. Esa persona (Karl Stricker), tenía un cuadro siquiátrico que no puedo revelar por razones obvias. Y muy posiblemente, por esa razón, pude haber aconsejado que no declarara”.

(*) Cientista político alemán

Fuente: Ciper

Volver arriba


Gerardo Varela: las redes empresariales del guardián del liberalismo que llega a Educación

por Eduardo Valenzuela Chadwick (*)

El desarrollo al cual nuestras sociedades buscan acceder no tiene que ver solamente con el crecimiento del PIB, los equilibrios macroeconómicos, la estabilidad política, la construcción de autopistas urbanas, o incluso con las políticas sociales para superar la pobreza o con una imagen país en la que las élites dominantes buscan proyectarse. Todos estos factores pueden existir. Pero podemos mantenernos en una estructura arcaica de reproducción social cuyo fundamento sea el autoritarismo.

Uno de los aspectos críticos -que nos pone a uno u otro lado de la modernidad, es de orden cultural- tiene que ver con la capacidad que como sociedad tengamos para reelaborar la imagen de nuestro pasado y de construir un proyecto de futuro, en el cuál, si bien no todos tengan que reconocerse, ya que se trataría de una forma de totalitarismo, todos y cada uno tengan un lugar.

Una sociedad moderna es aquella en la que una mayoría de la población pueda reconocerse en una matriz común que sea el resultado de una interpretación de la historia reciente o de un proyecto de país compartido; a eso se le llama el contrato social.

La ciudadanía chilena no ha sido capaz de pasar a esta etapa del desarrollo, después de las tres o cuatro últimas décadas de fracturas múltiples y traumatismos históricos, aunque esto no es una fatalidad. Todavía se enfrentan en el espacio público memorias que son irreconciliables entre sí y que dividen en dos grandes bloques a la nación.

Esto constituye un handicap al desarrollo, es una fuente de violencia larvada, porque estas memorias se construyen sobre la base de la negación del otro. Una muestra de madurez de nuestra democracia sería que, pasado el tiempo de la historia oficial, el de las memorias negacionistas, y aquel en el que las víctimas han podido expresarse, comenzara a escribirse una historia de los acontecimientos, con bases y análisis documentados. Sopesando los argumentos y las subjetividades, de los unos y los otros.

En este contexto, cabe interrogar cuál es el estatuto de ciertos saberes en la construcción de una memoria común. Es la razón por la cuál he querido dirigirme al siquiatra -de una notable trayectoria- Otto Dörr Zegers, en relación con su intervención en Colonia Dignidad.

“Los conozco y me gustan” declaró al diario “The New York Times”, hace algunos años, refiriéndose a este centro neurálgico de la dictadura militar. “Su ideología es un poco anacrónica, como la de los menonitas de Estados Unidos, pero nada justifica las mentiras, sincronizadas, que han inventado sobre ellos”, agregó.

¿Qué dice hoy Dörr sobre este reducto de antiguos nazis en donde ejerció su profesión de médico-siquiatra y que defendió públicamente en los medios de comunicación nacionales e internacionales?

Centro de desaparecimiento de personas, escuela de tortura, estructura organizada para satisfacer las prácticas pedófilas del líder, control de los internos con sicofármacos, el mayor escondite de armas del país, centro de seguimiento y archivos ilegales, lugar de descanso de los jerarcas de la dictadura, entre otras cosas. Todo esto fue la “obra de beneficencia” que Dörr protegió con su saber médico a pesar que, desde el comienzo de los años 60, hubo claros indicios de la naturaleza de esta organización, que no pudieron salir a la luz gracias a los grupos de protección que se organizaron en torno a ella.

¿Sabia el doctor Otto Dörr lo que ocurría allí adentro? ¿No observaba nada extraño en su práctica médica? ¿No escuchaba los rumores y los testimonios, cada vez más contundentes? ¿Por qué siguió protegiendo a Colonia Dignidad hasta bien entrados los años 90? ¿Por qué calló entonces? ¿Y, ahora, cuando las evidencias y el aparato judicial finalmente toman cartas en el asunto, por qué calla todavía?

El respaldo que muchos civiles -como abogados y políticos- pudieron brindar es de una naturaleza diferente de las de un médico que goza del prestigio que él goza y cuyas opiniones están validadas por el área de competencia en que ejerce. Un abogado defiende a sus clientes, un político a sus electores, esto no los absuelve moralmente, pero la sociedad está acostumbrada a que oculten parte de la verdad para defender sus intereses particulares y les otorga, por lo tanto, un crédito relativo.

Pero Dörr no solamente es médico, es decir, ejerce una profesión en la cual el cuerpo social deposita la confianza del saber científico. Además, ejerce como siquiatra e interviene en el espacio público a partir de la legitimidad que le otorga el estatus ligado con su especialidad: legitimidad de intervenir no sólo en los cuerpos y en los metabolismos cerebrales.
La sociedad se inclina y le otorga prerrogativas excepcionales para evaluar las conductas de los individuos, establecer límites a la libertad individual, más allá de los cuales la sentencia médica declara a un individuo enfermo y lo puede privar de su libertad individual y de su responsabilidad cívica o penal, como es el caso de Pinochet.

Este es un poder siempre difícil de administrar, porque sin desvianza social, la sociedad estaría fijada de una vez y para siempre. Sin embargo, la sociedad cambia, evoluciona, a veces con rupturas, y lo que era inaceptable o patológico ayer se vuelve la norma del mañana. Esta es la razón por la cuál, el estatus que le otorga el saber en el cuál Dörr se inscribe, puede servir para fijar hechos sociales en el ámbito de la normalidad, siendo que en realidad son patológicos, como el caso de Colonia Dignidad.

Otto Dörr es jefe de servicio del Hospital Psiquiátrico de Santiago, miembro de número del Instituto de Chile, integrante del consejo directivo de la Universidad Diego Portales, profesor universitario, entre otras cosas.

¿Cómo influyeron sus tomas de posiciones públicas en relación con Colonia Dignidad en su práctica médica, en la formación de especialistas y en su participación en la construcción del saber en nuestra sociedad?

En términos generales, ha tomado tiempo para que estas situaciones puedan ser ventiladas. Para que la responsabilidad moral en este tipo de hechos pueda ser reclamada más allá que en los tribunales, han sido necesarias que las garantías del Estado de Derecho sean reforzadas y que la sociedad acepte que se le pidan cuentas a quienes ejercen el poder.

El saber, hemos visto, es una forma muy eficaz del ejercicio del poder. Por eso esta interrogación. La democracia es una tarea sin fin. Para defenderla tenemos que profundizarla, parar a medio camino es condenarla. Es por esta razón que el silencio de Otto Dörr en relación con Colonia Dignidad debe ser cuestionado.

(*) Sociólogo
Fuente: La Nación
Miércoles 15 de febrero de 2006

Volver arriba

RELATED ARTICLES

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

- Advertisment -

Most Popular