Por Javier Castillo
Las naciones y sus principales instituciones recurren a sofisticadas mitologías para afrontar la pérdida de legitimidad que el ejercicio pragmático del poder, el tiempo y el olvido imprimen sobre ellas. No obstante, en periodos de grandes transformaciones, la carga simbólica de estos mitos termina por servir al curioso fin de socavar la legitimidad de los proyectos colectivos que los originaron y, con ello, a la instauración de una nueva mitología.
Este fue el caso del derrumbe de los socialismos reales y la instauración de un orden global en que la palabra Estado se asocia indefectiblemente a una pesada e ineficiente carga burocrática; es la cuestión detrás del juicio histórico que ha puesto al Estado de Chile en el banquillo de los acusados e impulsado un innovador nacionalismo mapuche; y probablemente sea también el asunto de la crisis de valoración pública y legitimidad de los llamados liceos emblemáticos ante la avanzada reformista de los últimos años.
Erguidos en baluarte y último bastión de la educación pública, los liceos emblemáticos han sobrevivido a largas décadas de deliberado deterioro de la educación pública.
Este periodo de resistencia ha estado marcado por un discurso que deposita en ellos la posibilidad de mantener vivas las características de una educación pública decimonónica, para una élite encargada de dirigir los destinos del país. Así reza uno de los emblemas del Instituto Nacional y, probablemente, también los de otros establecimiento similares.
Sin embargo, hace varios decenios que ese no es su horizonte. Basta observar la composición social de su alumnado, su infraestructura y nivel de inversión, y compararlos con los de los más conspicuos colegios privados, para darse cuenta que ahí no estudia la élite de este país.
Así las cosas, la idea de que en los liceos emblemáticos reside algo del espíritu elitario de la educación pública del siglo XIX no es más que un mito que ha facilitado, en parte, su sobrevivencia. Entre sus aulas derruidas, sus profesores mal pagados y sus empobrecidos estudiantes ese mito hace carne, determinando que año tras año varios miles de los mejores estudiantes de colegios pobres compitan por ingresar a ellos para mejorar sustantivamente sus chances de ingresar a la universidad.
Detrás de la memoria mítica de algunos de sus notables egresados habita el pragmático, aunque no por ello menos importante, objetivo actual de los liceos emblemáticos: ser una de las pocas plataformas de movilidad social que ofrece la sociedad chilena.
La efectividad del mito descrito en el párrafo anterior radica, fundamentalmente, en dos aspectos: crear una esperanza que motiva al esfuerzo y congregar en la misma aula a un conjunto de buenos estudiantes que se benefician del llamado “efecto pares”.
Visto desde otra óptica, lo que opera en el caso de los liceos emblemáticos es la racionalidad de los actores –estudiantes y sus familias- que, aprovechando los incentivos contextuales, maximizan sus posibilidades de éxito personal y, con ello, ayudan a mantener vivo el mito de los colegios de los cuales egresaron.
Ahora bien, la progresiva inclusión del ranking escolar en el mecanismo de ingreso a la universidad y el fin de la selección por mérito académico han afectado la viabilidad del proyecto de los liceos emblemáticos e invertido el sentido del discurso que se construye en torno a ellos. Mientras el ranking perjudica las posibilidades de acceso a la universidad de quienes se cambiaron a uno de estos establecimientos con ese objetivo, el fin de la selección arriesga el motor que permite maximizar esa posibilidad: la convivencia en una comunidad escolar de alto rendimiento.
Por ambos motivos, en el uso de la misma racionalidad que los llevó a cambiarse de colegio, los estudiantes de liceos emblemáticos llevan varias semanas protestando contra estas medidas. Tales manifestaciones constituyen el motivo para que, desde diversos sectores de la opinión pública, particularmente de aquellos favorables a las reformas mencionadas, comience a emerger un discurso que subvierte el sentido del mito que rodea a estos establecimientos. De ser el último refugio de los valores de la educación pública que se desea recuperar, han pasado a ser una comunidad de privilegiados y egoístas. Lo que el mito ayer ensalzó, hoy es motivo de escarnio y vergüenza pública.
En una contingencia política atravesadas por tendencias igualitaristas, particularmente en el ámbito educativo, la existencia de un reducido puñado de liceos públicos de alto estándar que, en los hechos, oficien de plataforma para la movilidad social se ha tornado inaceptable. Aun cuando sus estudiantes provienen del mismo sector social que se intenta beneficiar con las transformaciones ya mencionadas, algunos connotados expertos en educación no han tenido reparos en catalogar las protestas de los estudiantes de liceos emblemáticos como “pataleta de la élite” (ver nota).
Sin importar que hayan estado entre los mejores de sus colegios de procedencia y que aun viniendo de hogares sin mayor capital cultural logren buenos resultados en pruebas estandarizadas con marcado sesgo socioeconómico, no han dudado en sugerir que el nivel de exigencia de estos colegios no es el que se creía, pues su promedio de notas es significativamente más alto que el del resto del sistema escolar.
Poco importa que cerca de un 30% de los estudiantes del Instituto Nacional sean vulnerables (ver reportaje), cifra similar a la de otros emblemáticos, son parte de una élite que debe desaparecer. No es relevante que la forma más prudente de evaluar la exigencia de estos establecimientos no sea comparando sus notas a las del resto del sistema, sino las de sus mismos estudiantes antes y después de ingresar a ellos.
Constituyen un modelo de educación que debe erradicarse de raíz y, para ello, atizar el mito de educación de élite que los rodea y levantar otro, el de cuestionable nivel de exigencia, no revisten mayor problema. La memoria heroica de los liceos emblemáticos ya no tiene una legitimidad que defender y el fantasma de una nueva fábula, la de los privilegios inmerecidos, recorre sus viejas aulas.
Las grandes transformaciones históricas derriban algunos mitos y levantan otros. Hoy, ante el mayor cuestionamiento a nuestro modelo educativo de las últimas décadas, estamos frente a uno de esos momentos. En ese sentido, el derrumbe de los viejos estandartes de la educación pública puede ser inevitable y, tal vez, necesario. No obstante, a los técnicos detrás de estos cambios es necesario exigirles que vayan más allá de la construcción mitológica y dirijan sus dardos al logro de objetivos reales. Específicamente, a señalar y afectar los intereses de la única educación de élite que existe en Chile, la de los colegios privados; y evitar hacer de la redistribución de cupos universitarios entre sectores populares y medios una épica por la justicia educativa.
Fuente: Red Seca

