Compelido por circunstancias inopinadas, y el impulso de conocer la undécima región, la única que no había tenido el placer, un buen día de estos me embarqué en el crucero de los pobres, hasta el mismo Puerto Aysén, por rutas que, guardando distancias y proporciones, no tienen nada que envidiarle a las del coronel Kurtz, o del capitán Willard, en su persecución. (1)

El crucero de los pobres remite a la travesía que dos veces por semana realiza la barcaza Queulat, entre Quellón, puerto al sur de la isla Chiloé, y Puerto Chacabuco, terminal portuario en la undécima región, al fondo del fiordo Aysén; recorrido de 269 km lineales, o 145,2 millas náuticas, a través del golfo del Corcovado, los canales Moraleda y Puyuhuapi, y fiordos que conectan minúsculas localidades de colonos irreductibles; que en condiciones normales, toma 63 horas de navegación ida y vuelta, y nueve horas de recalada en el destino, lo cual permite recorrer con facilidad la corta distancia que lo separa de Puerto Aysén.

Sin embargo, para la tripulación del Queulat, y la gran mayoría de los pasajeros, el asunto no va por el lado del turismo.

Es parte de un sistema de transporte subsidiado; concepto a pormenorizar luego, que ofrece los servicios de cabotaje, pasajeros y vehículos, incluyendo camiones de gran tonelaje, a localidades en extremo aislamiento, algunas de ellas de historia muy reciente, que de otra manera no tendrían conexión con la civilización ni con el Estado de Chile.

Me pregunté qué diablos hacían camiones de gran tonelaje en una ruta marítima hacia comunidades aisladas. La respuesta llegaría por sí, pocas horas más tarde.

El Queulat tiene capacidad para 300 pasajeros, 55 vehículos y 480 toneladas de carga.

Dos variables, una endógena y la otra exógena, contribuyeron a singularizar la experiencia.

La primera, la acometida de la aventura, deliberadamente con información reducida al mínimo, con el fin de permitir la máxima asimilación sensorial.

La segunda, la improbable combinación de mar calmo y horizonte resplandeciente, casi sin nubes, durante las 63 horas de travesía, condiciones meteorológicas que cualquier navegante habitual del golfo y los canales adyacentes, sabe muy infrecuentes; más aún en otoño tardío, a pocos días del solsticio de invierno.

No es que el invierno no sea bienvenido; por el contrario. Solo que el sol, con una suerte de sinestesia, consigue que el paisaje cante. Como fuere, el resultado redundó en una epifanía de paz y naturaleza, que me propuse compartir, a través de las módicas prestaciones de un celular corriente.

El barco zarpó el sábado, a las 23:00 hrs. Después de cinco horas de navegación, la primera parada es Melinka, capital del archipiélago de las Guaitecas. El barco pasa de noche, o de madrugada, cuando los pasajeros intentan dormir en una de las 292 butacas de la vasta sala común, en el entrepuente.

Salón de pasajeros del Queulat.

De súbito, un estrépito despertó a tirios y troyanos, algunos de los cuales llegaron a saltar en sus asientos. Se trataba de un operativo anti-droga, en el que participaban Carabineros, agentes de la PDI, policías navales de la Armada y funcionarios de Aduanas.

Todos los pasajeros fuimos conminados a permanecer en los asientos, luego de dejar bolsos, mochilas, maletas o cualquier forma de equipaje en los pasillos, donde eran auscultados por el olfato de un perro especializado, un labrador de nombre Omar.

Para hacerla corta, desembarcaron esposados siete individuos, la mayoría muy jóvenes; porcentaje significativo, si se considera que el número total de pasajeros no pasaba del centenar.

Las primera escalas

Luego del sobresalto, y con las primeras luces del alba, empezó a desplegarse un paisaje de inenarrable belleza.

Unas cuatro horas después, por un golfo del Corcovado sorprendentemente calmo, el barco tocó tierra en el puerto Raúl Marín Balmaceda, la localidad más antigua de la región; fundada en 1889 con el nombre de Bajo Palena, en la isla Los Leones, delta del río Palena, en el sureste del golfo de Corcovado, con una población de 239 habitantes, según el censo de 2017, hoy unos 350.

La actividad económica se relaciona con la extracción de recursos del mar, principalmente bentónicos, tales como algas y pelillo; mariscos y crustáceos, y pesca artesanal. Presenta un incipiente desarrollo turístico activado por grupos esporádicos de turistas extranjeros, que, cautivados por la belleza del lugar, pasan la voz. El comercio es reducido, puesto que solo abastece a la demanda local. Con todo, cuenta con hosterías, camping, restaurantes, posta, Carabineros, correo y señal telefónica.

En la galería, la imagen del camión resuelve el misterio. Es cierto que descendió del barco, pero sólo hasta la dársena, donde distribuyó carga a pedido. Luego, volvió a embarcar, hasta quedar vacío, dos o tres puertos después.

Estos son Santo Domingo, Melimoyu y Puerto Gala, ya en el canal de Moraleda.

Puerto Santo Domingo marca el límite entre la eco-región valdiviana chiloense y el bosque sub-antártico patagónico. Por tanto, es abundante en diversos arboles nativos, tales como Tepú, Ciruelillo, Canelo y Arrayán, entre otros.

Por canales y fiordos adyacentes no es infrecuente avistar ballenas azules y jorobadas, orcas y delfines, chilenos y australes.

Puerto Santo Domingo, Undécima Región

Melimoyu es un pequeño asentamiento, de unas veinte familias, entre el seno Gala y la bahía Melimoyu, a los pies del volcán del mismo nombre. Obedece a un movimiento migratorio de la década de los 80 y 90 del siglo pasado, el último intento de colonización que se establece en remotos litorales de la región, el cual incluye la fundación de Puerto Gala y Puerto Gaviota, de perfiles legendarios, comunidades cuya única conexión con el exterior es la barcaza Queulat.

La casi exclusiva actividad del asentamiento es la pesca artesanal.

Entretanto, la belleza escénica de la navegación por el canal de Moraleda me tenía sobrecogido, de forma que registraba imágenes de manera compulsiva.

Consciente de la limitación técnica de la cámara, y con el objeto de representar el punto de vista subjetivo del viajero, en el caso del video escogí el formato de planos largos, de en torno al minuto de duración, sin otro movimiento que espaciados paneos.


Entrada la tarde, ya en el ocaso del primer día, el barco atracó en Puerto Gala, cuya fascinante historia se narrará en la recalada de regreso. Mientras, valgan este video y galería.

Estragado por la mala noche anterior, y la intensidad del día, no bien la nave se puso en movimiento, caí en un sueño profundo, que se prolongó hasta las 10:00 hrs. del lunes, una hora después de haber recalado en Puerto Chacabuco. Por tanto, nada supe de las escalas Puerto Cisnes, Puerto Gaviota y Puerto Aguirre.

Puerto Chacabuco es el principal terminal portuario de la Región de Aysén. Se localiza en el extremo oriental del fiordo de Aysén, a una distancia de 15 km de Puerto Aysén.

Tiene una población de 1.600 habitantes, aproximadamente, y su economía depende de la actividad portuaria, pesca, acuicultura y una incipiente actividad turística, enfocada al ecoturismo y la pesca deportiva.

Así lo registró el lente de mi celular.

Recuperación de la función del Estado

Hasta no hace tanto tiempo, un taxi particular cobraba $5.000 o $6.000 la carrera hasta Puerto Aysén, distante 15 kms. Ahora, es posible hacerla por $700, en un minibus o furgoneta van, de particulares adscritos al sistema de transporte subsidiado, del Ministerio de Transportes y Telecomunicaciones.

La denominada “Ley Espejo” tiene origen en 2009, en el primer gobierno de Bachelet, cuando parlamentarios regionalistas condicionaron su aprobación a la ley de subsidio al Transantiago, a un financiamiento equivalente, distribuido en regiones.

De esa guisa, la ley generó un presupuesto de igual monto que el subsidio al Transantiago, pero orientado a mejorar las condiciones de transporte y conexión en regiones, especialmente hacia y desde localidades aisladas y remotas.

Sin embargo, todos los presupuestos serán iguales, pero hay algunos más iguales que otros.

Según la Serie Historica Años 2017-2021 Información de Ejecución Presupuestaria, de la Dirección de Presupuestos, DIPRES, del Ministerio de Hacienda, el presupuesto del Subsidio Nacional al Transporte Público, del año 2021, ascendió a $963.020.525.000; con un aporte fiscal de $938.293.387.000.

Por lejos el mayor gasto es el ítem Transferencias al Sector Privado, ascendente a $896.955.988.000, esto es, un 93,1%.

El subsidio al Transantiago alcanzó a $238.922.964.000, y el Subsidio Especial Adicional al Transantiago, a $226.348.070.000; en total $465.271.034.000, un 48,3%.

El Subsidio Nacional al Transporte Público se empinó a $177.613.363.000, un 18,4%.

El Programa de Apoyo al Transporte Regional, establecido en el Artículo N°5 de la Ley N°20.378, o Ley Espejo, llegó a $16.129.879.000, apenas un 1,6%, mientras que el Fondo de Apoyo Regional, la otra vía para subsidiar al transporte regional, a $17.171.318.000, 1,7%; en total $33.301.197.000, 3,3%.

A la luz de estas cifras, es evidente que el chancho está mal pelado; con el habitual sesgo pro-empresarial y centralizador, característico de la república neoliberal.

Como sea, y aunque en escala mezquina, el subsidio al transporte hacia localidades remotas representa el retorno a la concepción de Estado tutelar, donde el objeto de la actividad no radica en la rentabilidad de la inversión, sino en el servicio en sí; en este caso, transporte a comunidades y asentamientos humanos, hacia y desde zonas aisladas, única conexión con el resto del país.

Bitácora de Viaje: Bajando P’a Puerto Aysén en el Crucero de los Pobres

El criterio de utilidad social sobre el lucro reduce el precio del servicio. Así, el pasaje de Quellón a Puerto Chacabuco sale $19.500. Un auto normal paga $90.000, menos que el costo del mismo trayecto por la carretera austral, y asaz más rápido.

Según la página de la División de Transporte Público Regional, actualmente el Ministerio de Transportes subsidia la operación de servicios de transporte de zonas aisladas en los modos terrestre, marítimo, fluvial, aéreo y lacustre; que benefician a más de 400 mil personas, con frecuencias establecidas por contrato y tarifas rebajadas.

Es uno de los pocos ejemplos de política pública rescatable del ciclo del modelo neoliberal; al punto que ha sido sostenido por los sucesivos gobiernos, sin excepción, ni mayores cuestionarios ni modificaciones.

Esto no quiere decir que no existan soluciones más eficientes.

Es probable que del análisis de los números fluya que resulte más conveniente y económico una empresa pública con esa exclusiva finalidad, que el actual sistema mixto, donde el Estado subsidia a operadores formales de locomoción para que efectúen recorridos que sin ese apoyo, serían inviables o lo serían con tarifas muy altas; naturalmente empresas con intereses mas afines a su rentabilidad que al desarrollo de las comunidades a las que sirven.

Puerto Aysén y después…

Puerto Aysén es la capital de la provincia de Aysén. Se ubica a orillas del río Aysén, 3 km al interior del fiordo de Aysén. La ciudad tiene una población estimada de 27.000 habitantes, la segunda en importancia en la región, después de la capital regional, Coyhaique, a 60 km de distancia.

De vuelta a bordo, el Queulat emprendió puntualmente el regreso, al atardecer del lunes. En el sentido inverso, la primera escala es Puerto Aguirre, a cuatro horas de navegación por el fiordo de Aysén.

Se encuentra emplazado en el litoral sur de la isla Las Huichas, del archipiélago del mismo nombre, ubicado en el canal Ferronave, contiguo al canal Moraleda; entre la boca del fiordo de Aysén por el sur y el canal Puyuhuapi, al norte.

Puerto Aguirre forma una pequeña conurbación con otras dos localidades situadas inmediatamente al este del pueblo, en la misma ribera sur de la isla Las Huichas: Estero Copa y Caleta Andrade. En el conjunto de esta conurbación, genéricamente denominada Puerto Aguirre, habitan poco más de dos mil personas.

Las principales actividades económicas son la pesca y la acuicultura, además del turismo. Los cultivos agrícolas son casi inexistentes, salvo por algunos pequeños huertos familiares de papas, debido a que la primera población que se estableció ahí, era mayoritariamente de origen chilote, y conservó rasgos de esa identidad cultural.

El pueblo cuenta con gimnasio, centro cultural, dos escuelas, cancha de fútbol, retén de Carabineros, capitanía de puerto de la Armada, radio local, aeródromo, dos postas de salud, antena repetidora de televisión abierta, cierta infraestructura turística y comercio básico diverso.

Hacia medianoche, el barco arribó a Puerto Gaviota, comunidad pesquera en la Isla Magdalena, en la parte suroeste de la isla, en el punto de encuentro de los canales Moraleda y Puyuhuapi.

El pueblo surgió como consecuencia de los sucesivos «boom» de recursos marítimos, tales como las algas bentónicas, el loco, el bacalao y la merluza, en las dos últimas décadas del siglo veinte.

La mayor parte del territorio de la isla fue declarado Reserva Forestal en 1967 y Parque Nacional en 1983, dado su gran valor ecoÌógico y patrimonial, con el objetivo de preservar la avifauna del lugar, entre ella, una de las mayores pingüineras de la región, con una población estimada de 60 mil parejas de pingüinos magallánicos, que año a año, regresan a nidificar en las mismas cuevas.

La declaración de Parque Nacional no fue impedimento para que, desde comienzos de 1980, pescadores artesanales que recorrían el litoral, ocuparan terrenos de forma paulatina en áreas pertenecientes al Sistema Nacional de Areas Silvestres Protegidas, SNASPE.

El sector fue primero un puerto cholguero y luego, un asentamiento permanente, por sus cualidades para “fondear” embarcaciones de gran calado.

Actualmente la Corporación Nacional Forestal, CONAF, carece de plan de manejo para el Parque Nacional Isla Magdalena, ni mantiene personal o infraestructura dentro de su perímetro

Los únicos residentes de la Isla son los habitantes de Puerto Gaviota, quienes reivindican su derecho de seguir habitando estos parajes, con la debida protección del Estado.

El Queulat, que anuncia su presencia con prolongados bramidos de sirena, los cuales rebotan y reverberan por fiordos y canales vecinos, es parte de la respuesta de éste.

Puerto Gaviota

El diseño del viaje hace que en los dos sentidos se pase por Puerto Cisnes de noche cerrada, cuando la mayor parte de los pasajeros duerme, lo cual es una lástima, pues es un destino interesante.

Es una pequeña ciudad costera en una bahía del canal Puyuhuapi, junto a la desembocadura del río Cisnes y frente al parque nacional Isla Magdalena, a 33 km del cruce con la Carretera Longitudinal Austral.

La localidad tiene una población aproximada de 2.500 habitantes, cuya actividad principal es la pesca artesanal, seguida por el sector servicios y comercio.

El crecimiento demográfico y urbano ha permitido la llegada de productos y servicios más vinculado a ciudades urbanas que a pueblos rurales.

Cuenta con alojamientos y alimentación para turistas, infraestructura municipal, colegios, comercio, una estación de combustibles, telefonía celular e internet, correos, hospital y Carabineros.

Bitácora de viaje: Bajando pa' Puerto Aysén el el crucero de los pobres
Puerto Cisnes de día: lo que el viaje en la barcaza no permite ver.

Ya con las luces de la madrugada del martes, emerge lo que no se quisiera ver por estas límpidas aguas, flanqueadas por riscos, volcanes y glaciares milenarios, cubiertos de naturaleza intacta y bosques que descienden hasta el mar: jaulas instaladas por la industria salmonera, que después de haber depredado Chiloé y aguas interiores de la décima región; va diseminando el reguero de contaminación por el litoral de las regiones undécima y duodécima, sin que el Estado intervenga, y ante la indiferencia de la población, que lo tiene por sinónimo de desarrollo.

Hay que estar mal de la cabeza, o tener una escala de valores altamente ideologizada, para considerar desarrollo una actividad extractivista, dañina para el medio ambiente y sustitutiva del cultivo bentónico y pesca artesanal, que sustenta a una población de esforzada colonización de territorio nacional remoto, y quiere permanecer en él; a diferencia de los inversionistas de las salmoneras, que exportan utilidades a sus países de origen, donde enfrentan regulaciones ambientales mucho más severas que en la república neoliberal, y se retiran a la primera dificultad, o cuando consideran amortizada su inversión, o ante cualquier desplante regulatorio.

El incremento de concesiones a empresas salmoneras en los canales Moraleda y Puyuhuapi, ha traído consigo los conocidos y denunciados daños al medio ambiente: escape de salmónidos, especie exótica extremadamente voraz; abuso de antibióticos, antiparasitarios y otras sustancias químicas; propagación de enfermedades y sus agentes causales; alteración de ambientes bentónicos debajo de las jaulas; acumulación de residuos en el fondo marino, derivados de alimentos no consumidos, fecas y mortalidad de salmónidos; desechos industriales que las empresas abandonan en los fiordos, tales como jaulas, plásticos, boyas, cabos, etc.; presión pesquera sobre especies silvestres para producir harina y aceite de pescado utilizados como alimento de salmónidos, e interacciones negativas directas e indirectas con mamíferos marinos, aves y especies en delicado estado de conservación.

La imparable fuga hacia la nada

El espasmódico y no pocas veces trágico poblamiento, de los canales Moraleda y Puyuhuapi, entre las Guaitecas, el litoral norte del continente, el parque Nacional Isla Magdalena por levante, y Puerto Chacabuco por el sur, es uno de los episodios más intensos, dramáticos y desconocidos de la historia reciente del país.

Siempre con apego a distancias y proporciones, fue un movimiento migratorio interno, que obedeció a las mismas causas y razones que la conquista del salvaje oeste norteamericano; el éxodo de los que sobran hacia la Colombia profunda, o la marcha al Brasil interior de los bandeirantes.

Es la imparable fuga hacia adelante de los desplazados del sistema, aquellos que, tras evaluar que no tienen nada que perder, salvo la vida, se lanzan ciegamente hacia un futuro ignoto, al precio de incendiar las naves.

Puerto Gala, a pocas millas náuticas de distancia, representa el arquetipo de ese movimiento, el último de importancia en la región, que además inseminó el canal de Moraleda, en las últimas dos décadas del siglo pasado, con los pequeños asentamientos Santo Domingo, Melimoyu y Puerto Gaviota.

Bitácora de viaje: Bajando pa' Puerto Aysén el el crucero de los pobres
Localización de los principales asentamientos del litoral norte de Aysén. Entre paréntesis se muestra el año de fundación de cada localidad.
Puerto Gala, en la isla del mismo nombre.
Puerto Gala

Ese movimiento migratorio representa algo así como la entropía del proceso de liberalización económica del último tercio del siglo veinte, origen de lo que hoy se conoce como extractivismo.

Comenzó en el seno de Reloncaví y el archipiélago de Chiloé. Primero fue la fiebre de la extracción de algas, como luga y pelillo; luego, el bacalao y la guerra del loco, y ya entrados los noventa, el «boom» de la merluza austral.

Con el agotamiento de los recursos, y la competencia desleal de la pesca industrial, el movimiento migratorio enfiló hacia el sur de Las Guaitecas, por el canal de Moraleda, donde se asentaron en bahías y caletas que ofrecían algún abrigo a la navegación y las duras condiciones climáticas.

Era la época, entre trágica y heroica, de los campamentos de plástico, de improvisados caseríos en medio de las islas, dónde llegaban pelilleros, mariscadores improvisados, pescadores de la merluza, aventureros y prófugos de la justicia, y trabajadores expulsados de sus lugares de origen por la falta de trabajo, atraídos por los ciclos de los recursos marinos. Las enfermedades eran frecuentes, debido al frío, el barro, la eterna humedad y el hacinamiento. En esas playas no había agua potable, alcantarillado, energía eléctrica, postas de salud, escuelas, nada.

El far west de los campamentos de plático

El antropólogo e historiador, José Bengoa, registra el siguiente apunte de viaje:

«Canales y canales, fiordos y bosques de lengas que llegan hasta el agua del mar. El espectáculo era impresionante. Miles de iglúes brillaban con la luz del sol, carpas plásticas improvisadas dónde vivían familias completas. Gente de Valdivia, de Osorno, incluso de más al norte se habían aventurado en los canales en busca del pelillo, después del loco, la “fiebre del loco” y finalmente de la pesca de la merluza austral comprada por los españoles, como la “merluza española” y servida en la mesa del turismo europeo como “merluza a la vasca”. (2)

Bitácora de Viaje: Bajando P’a Puerto Aysén en el Crucero de los Pobres
En estas condiciones vivían los primeros colonos de Puerto Gala y Puerto Gaviota.

En el trabajo para el Magister Náutico y Marítimo, de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica de Valparaíso, Puerto Gala; ciudad de aguas, su autora, Leslie Krebs, señala:

«El Far West Criollo o la localidad de Gala, nace desde una situación meramente marítima-económica, que buscaba la conquista de la merluza austral en un mundo nuevo, solitario, de hombres solos que buscaban una oportunidad para surgir, pernoctaban en ranchos de plásticos, estaban aislados de la civilización, era un mundo sin leyes ni reglas, con mucha violencia, muchos duelos y asesinatos, pero luego se convierte en una localidad constituida, ordenada y con reglas, una localidad conquistada y fundada». (3)

En su libro, Aysén carta del mar nuevo, Ignacio Balcells, escribe:

“De repente, atorados entre los troncos de los árboles, aparecieron unos volúmenes que la lluvia plateaba. ¡Una aldea de polietileno! De uno de esos prismas deformes salía humo por la rajadura que hacía de entrada. Adentro, un viejo sentado…echando unos palos negros al fuego, nos hizo acomodarnos en los otros catres que ocupaban casi toda la superficie cubierta por la carpa… Los goterones que caen dentro de un bosque golpeaban por fuera la piel cebrada y translúcida de la carpa, se deslizaban por sus faldones y, entrando por pliegues y hoyos de puntales, empapaban las frazadas y cuanto atochaba el suelo de ese cobijo masculino. Al centro, el fuego de tepú verde combatía miserablemente contra el frío, pero nos reunía”.

Bitácora de Viaje: Bajando P’a Puerto Aysén en el Crucero de los Pobres

Otro estudioso del fenómeno, el profesor Alejandro Marín Lleucún, anota:

«Puerto Gala y Puerto Gaviota son los pueblos de fundación más reciente en nuestro país. Sus orígenes los podemos encontrar en la década de 1980 y obedecen a un proceso de migración espontánea, generado por la explotación de la merluza. Esta primera etapa de poblamiento se ve reflejada en el nomadismo de su población flotante, pero también en una serie de hechos de violencia, de los cuales se tiene poco conocimiento, aunque han servido para estigmatizar ambas localidades». (4)

El autor distingue tres etapas de ocupación de estos espacios territoriales: migración espontánea, sedentarización y reconocimiento legal por parte del Estado.

Las dos primeras etapas estuvieron signadas por la violencia, impuesta por la ley del más fuerte y la ausencia del Estado, como suele ocurrir en todo proceso migratorio, coyuntura que alcanza su máximo nivel de expresividad en las novelas baratas del lejano oeste.

Al respecto, Marín identifica tres tipos de violencia: violencia directa, física o psicológica; violencia estructural, originada por estructuras, normalmente institucionales, que impiden la satisfacción de necesidades mínimas, y violencia cultural o simbólica, encargada de legitimar a las anteriores.

En su opinión, los tres tipos de violencia predominaron en las dos primeras etapas de poblamiento de esta última frontera.

En la primera etapa, los residentes de esas precarias caletas, estuvieron inmersos en la violencia directa, la cual era vista como algo normal dentro de sus vidas.

Las relaciones sociales ocurrían en los llamados campamentos de plástico, distribuidos en diversas caletas, que cobijaban esta masa migratoria, de manera esporádica o permanente, conforme las rutas de la merluza o las temporadas de pesca.

El masivo arribo de aventureros, prófugos de la justicia y trabajadores desplazados, aumentó el hacinamiento en los campamentos, y junto con ello, los problemas de convivencia. A modo de ejemplo, durante el boom de la merluza, Puerto Gala llegó a albergar unas cinco mil personas, mayoritariamente hombres, sin familias constituidas; en rigor, un far west en una isla perdida en los canales del fin del mundo.

El contacto entre las caletas, y al interior de ellas, era escaso, pues el desconocimiento y la competencia dificultaban la creación de lazos de confianza.

Había que ser duro, o estar desesperado, o espoleado por una pasado infame para soportar el hambre, el frío, la incertidumbre y la violencia, ambiente que casi se puede palpar en los siguientes relatos testimoniales recogidos en el trabajo de Marín:

«Había mucha gente que no habías visto nunca, pero si eras de tal parte, eso te ayudaba y se hacían los grupos; estábamos los cabros de Osorno, y andábamos juntos con los de Temuco…(A. Álvarez)».

«Existía esa convivencia por vista; ni hola, sino que la mirada, este gueón es quellonino, este gueón es lenguino, este gueón es Coquimbo (…) y cada uno formó sus caletas (…) tú no te podías meter en su caleta, cachai, porque había pesca (V. Coronado.)».

«Cuando llegamos, tuvimos que quedarnos en una parte sólos, porque había mucha gente que no era muy agradable (…) habían personas que tu no sabías de dónde era y de repente se enojaban porque tú lo mirabas y esos no te preguntaban ninguna cosa y derecho a medir la cordura (L. Díaz.)».

«Cuando había conflicto, era cuando eran grupos pequeños había un poco de debilidad, pero cuando veían que había un poquito de peso no molestaban (…) algunas personas que andaban solas, eran más vulnerables, a ese tipo de cosas. Por ejemplo, cuando lo encontraba solo, otro que era más aniñao le pegaba o le ponía algunos un corte o algo parecido (L. Bracho)».

«Hubieron robos de motores (…) se robaban las embarcaciones, de repente en la mañana uno quería ir a su embarcación y ya no estaba (…) todas esas cosas sucedieron por inseguridad, gente que manejaba plata igual porque a veces se quedaba dos o tres meses (…) tenía que andar la plata en el bolsillo no más, porque el rancho le hacían un corte y entraban (A. Sánchez).

«El día sábado 17 de febrero de este año, alrededor de las seis de la tarde al llegar del lugar de faenas y revisar mi cama debajo de la almohada donde tenía guardada quince mil pesos (…) grande fue mi sorpresa al comprobar que el dinero había desaparecido, entonces, yo de inmediato sospeché en el individuo en el cual habíamos dado hospedaje y que se conocía como el «tajo» (…) yo le dije que tenía que devolverme el dinero y él se molestó (…) yo traté de apaciguarlo (…) él salió de tras mío y me cruzo antes de llegar al bote y saco el cuchillo (…) yo le gané al quien vive (Causa Rol N° 6.989, Febrero 1990, Foja 7).

«En circunstancias que se encontraba en compañía de su hermano y otro pescador artesanal, en una rancha que lo habitan como casa habitación, llegaron hasta allí otros dos individuos desconocidos los que se encontraban en estado de ebriedad y a raíz de una discusión los agredieron con golpes de palos, puños y pies, así mismo le ocasionaron heridas con unos cuchillos, ocasionándoles la muerte (Causa Rol N° 8.025, Noviembre 1991, Foja n°1)».

A su turno, el pescador N.G, citado en el trabajo de Krebs, recuerda de aquella época:

«…los primeros años de extracción de merluza, la abundancia de hombres y de dinero no fue una mezcla afortunada, esta época es recordada como peligrosa, incluso podríamos decir que es recordado como un tiempo ‘barbárico’, como en el tiempo de las cavernas…, como volver 100 ó 150 años atrás. La única comodidad era el fuego… se formaban bandas de pescadores. Dentro de éstas, la más recordada es ‘La embajada’, un grupo de entre 10 y 15 pescadores que compartían rancho, se protegían entre ellos… siempre andaban con navajas… el gran problema era el excesivo consumo de alcohol… La plata que se ganaba, se tomaba. A veces terminaba en pelea y se mataban… Acá estaba revuelta la cosa, acá había gente que andaba arrancada incluso de la justicia…».

No solo eso. Entre los períodos de sedentarización y reconocimiento del Estado, se abatieron sobre los sufridos colonos, dos nuevas calamidades.

La sobreexplotación de la merluza y su posterior veda oscurecieron el escenario de la pesca artesanal. La falta de trabajo, generó un proceso de migración inverso, de retorno a sus lugares de origen.

En paralelo, el Estado, que a la sazón gestionaba concesiones a la industria salmonera en los canales, tomó nota de esas ocupaciones de territorio. En palabras de Bengoa:

«Fue la segunda gran oleada, recién al final del siglo veinte, de gente que colonizó Aysén, ahora por el mar. Claro está, que ocurrió lo mismo que un siglo antes. El Estado desde Santiago comenzó a rematar las islas para la naciente industria del salmón. Dar concesiones de mar. Los poderosos se interesaron. Llegaron a verlas y ¡otra vez!, estaban llenas de gente. “Ocupantes ilegales” les volvieron a decir».

En consecuencia, la autoridad resolvió erradicar esas ocupaciones, con magros resultados, a juzgar por lo que sucede hoy, y testimonios volcados en el trabajo del profesor Marín:

«Ellos lo que querían era que nosotros salgamos de aquí, no nos querían ver acá, como dos veces vinieron a la casa, la Armada nos decía, en ningún momento ustedes pueden hacer una casa aquí, porque esto es fiscal, ustedes no pueden quedarse aquí, así que van a tener que retirarse (…). Pasaban disparando, asustando a la gente (…) aquí cuantas veces pasaron disparando (…) (Coronado-Salas).

«Nos estaban sacando por la fuerza, nos aplicaron la fuerza a las personas, a la propiedad de los pescadores, ranchos de madera, nos botaban las puertas. Si a nosotros nos sacaban por la fuerza, nosotros íbamos a volver al mismo lugar (…) (G. Cristi).

El triunfo de los que luchan

Al final prevaleció lo que en todo movimiento migratorio que alcanza algún grado de éxito.

Los más resilientes, lúcidos y resueltos, emprendieron el camino de la organización. A la vez, cambiaban las tornas en el proceso de poblamiento. El sentido de la migración se invirtió. Una vez colapsada la pesca de la merluza, la migración golondrina volvió sobre sus pasos o emprendió un nuevo destino; entre ellos, rufianes, malandrines y matones.

En su reemplazo empezó a llegar la familia de los que resolvieron establecerse y se organizaban para luchar.

Los residentes de las distintas caletas unieron fuerzas e hicieron frente común en sus exigencias de derechos básicos al Estado; el principal de ellos, permanecer en el hogar tan duramente conquistado

De esa guisa, en esos puertos improvisados empezaron a aflorar casas más sólidas, en alguna parte se construyó un un muelle, o en otra, una escuelita o la posta, y así.

En esa crucial etapa, tan importante como la autogestión, fue el apoyo espiritual, el emprendimiento de proyectos de desarrollo y la mediación ante el Estado, del sacerdote italiano José Antonio Ronchi Berra, misionero de la Obra Don Guanella, un personaje de perfiles mitológicos en esos remotos parajes, representado en la película “La fiebre del loco”, por el actor Hugo Medina.

Por 27 años recorrió cada rincón de las islas, incluyendo las localidades más apartadas, donde no había caminos ni aparecían en los mapas. Para romper ese aislamiento, tuvo la visión de instalar antenas de radio y repetidoras de televisión, que por primera vez conectaban esos remotos sectores con el resto de la región.

Generó proyectos productivos y sociales apoyado por el sistema de víveres por trabajo; que conseguía desde Europa, por medio de la iglesia italiana. Construyó capillas, albergues, talleres para trabajos de artesanía, lanchas, muelles y cuanta infraestructura estimara necesaria para el desarrollo de cada localidad.

Más importante aún, fue la defensa de los pobladores ante el Estado, y la prédica incansable acerca de la legitimidad de sus demandas. Sobre la influencia del misionero en la sedentarización temprana de esos remotos poblados, Krebs apunta:

«Hubo una voluntad y una épica de fundación, los ranchos de nylon dieron lugar a mejoras construidas mediante subsidio estatal, se logró instalar un circuito de luz eléctrica alimentada por un generador central; lo que hace la vida más cómoda y estable. La construcción de pasarelas (se posan sobre el suelo de roca, fango o agua, creando la calle), de la Iglesia, la escuela-internado y la posta, entre otros, fueron parte de la estrategia de este Padre, él trata de consolidar, de instaurar y lo hace también a través de la Palabra, la palabra a través de la telefonía, instala antenas de radio en muchos lugares, en otras palabras, la conectividad está dada a través de la palabra en las radios, no por un camino físico, palpable».

En 1994 se le concedió la nacionalidad chilena, en reconocimiento a su dilatada obra en favor de los habitantes más pobres y aislados de la zona austral.

La prolongada y esforzada lucha de los pobladores, alentada por el sacerdote, culminó el 21 de agosto de 1999, ocasión en que el Estado reconoció esos poblados, y los asignó a la comuna de Puerto Cisnes.

El «cura rasca», como le decía la feligresía, no estaba para verlo, pues falleció el 17 de diciembre de 1997, a la edad de 67 años, en Santiago. La Ley nº 19.782, de enero de 2002, autorizó la construcción de tres monumentos y la constitución de un museo y archivo en su memoria. Sus restos descansan en Puerto Aysén.

Fue sin duda una victoria importante, pero la lucha dista de haber terminado; sin perjuicio de que fue conseguida solo por una mínima parte de las decenas de asentamientos instalados en fiordos y canales del litoral norte de Aysén; vale decir, los que desfilan ante la vista de los pasajeros del crucero de los pobres: Santo Domingo, Melimoyu, Puerto Gala y Puerto Gaviota.

Bitácora de Viaje: Bajando P’a Puerto Aysén en el Crucero de los Pobres

El «boom» de la merluza obedeció a la pulsión del libre mercado, de incrementar al máximo la explotación de los recursos marinos, especialmente la merluza austral. El sector pesquero artesanal fue excluido de los beneficios y ventajas que obtuvo la industria pesquera, porque no era considerado competente, dentro del sistema capitalista (La Parra & Tortosa, 2003, p. 62).

La pesca artesanal permanece en prolongada crisis, debida a la doble tenaza de la pesca industrial y la industria salmonera, lo cual ha deprimido la actividad comercial y la provisión de servicios en la cuenca del canal de Moraleda.

La pesca industrial desregulada de la merluza austral, primero saturó el mercado local, con la consiguiente baja en el precio, y luego, sobreexplotó el recurso hasta su colapso.

La industria salmonera contamina las aguas, obstruye la pesca artesanal e impide la reproducción de las especies bentónicas.

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Pescas industrial y artesanal en el canal de Moraleda

Esta competencia desigual ha generado el éxodo de la flota artesanal hacia sectores cada vez más lejanos e inseguros. Lo pueden hacer porque conocen los canales, saben de mareas y cómo navegar en bote. Es gente recia que puede aguantar la soledad, el trabajo pesado y las exigencias de esta existencia nómada entre el dédalo de islas, canales y fiordos.

Es también una competencia desleal, puesto que, mientras los pescadores artesanales intentan satisfacer sus necesidades básicas, pretenden permanecer en sus caletas y usan tecnologías no lesivas al medio ambiente, como arpones, buceo, espineles, redes y trampas; las pesqueras industriales tienen por objetivo la plusvalía y la rentabilidad de la inversión, no sienten particular arraigo con la región, la que abandonan no bien merma el recurso, y utilizan tecnologías fatales para la sostenibilidad del ecosistema, como la pesca de arrastre, con palangre o cerco, así como el faenamiento de los productos a bordo.

La lucha de los pescadores artesanales no puede terminar hasta que el Estado abandone su rol subsidiario y reestablezca la justa competencia entre ambos sectores; lo cual se consigue con facilidad si se aplica con rigor la reserva de las primeras cinco millas marinas a la pesca artesanal, y se elimina la frase «aguas interiores del territorio marítimo chileno» de la actual ley de pesca, lo cual, en la práctica, sacaría a la flota industrial de los canales.

Por tanto, el problema no es técnico, sino político.

Naturalmente, corresponde que el Estado facilite la conexión de esas localidades, a través del trasporte subsidiado, pero seguirá en deuda con sus pobladores, mientras no nivele la cancha, de la manera descrita, y asuma que sus derechos valen tanto como los del más empingorotado de los propietarios o armadores de las pesqueras industriales.

Remata Bengoa:

«En Aysén hay pedazos de todo el país, que nos representa, que es una amalgama de todas nuestras culturas. Les costó tanto llegar, sin duda sufrieron muchos sinsabores, que el espacio del país que construyeron tienen todo el derecho a cuidarlo, protegerlo, quererlo y hacer que sea respetado».

No hay tiempo que no se acabe

Cumplido el imperativo ético de rescatar y hacerle justicia a este reciente, palpitante y desconocido fragmento de nuestra historia reciente, reanudo la narrativa gráfica del tramo final del inolvidable viaje.

Tras la última recalada en Puerto Raúl Marín Balmaceda, el barco emprende la salida a mar abierto. La aventura empieza a quedar a la espalda.

Sin embargo, nos aguardaba todavía una sorpresa: la conmovedora e insuperable sensación de plenitud que entrega un atardecer despejado en el golfo del Corcovado, que luce como una bruñida y resplandeciente llanura azul, mientras el sol se recorta en un horizonte libre de nubes.

Es noche cerrada. Quellón a la vista. Fin del viaje

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Al final, para no dejar ninguna cuenta pendiente, un acto de justicia con Quellón. Es común en la isla, escuchar que Quellón en feo. Están equivocados. Quién piense así, no sabe comprender su adusta belleza.

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Notas:

(1) Referencia a la película Apocalipsis Ahora, de Francis Ford Coppola, y por extensión, al relato breve El Corazón de las Tinieblas, de Joseph Conrad.

(2) Bengoa, José; Las carpas de plástico transparente en los fiordos de Aysén

(3) Krebs, Leslie; Puerto Gala; ciudad de aguas

(4) Marín Lleucún, Alejandro Puerto Gala y Puerto Gaviota (1985-1993): Una mirada desde el triángulo de la violencia; profesor de historia y geografía e investigador de la Sociedad de Historia y Geografía de Aysén.

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