El Poder Centauro

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“Digamos primero que hay dos maneras de combatir: con las leyes; o con la fuerza. La primera es distintiva del hombre; la segunda de la bestia. Pero como a menudo la primera no basta, es forzoso recurrir a la segunda”. Nicolás Maquiavelo.

En el entendido que la sociedad humana es un organismo vivo, encontramos largos periodos de consensos políticos-institucionales interrumpidos por abruptos quiebres; o como en el caso de nuestro país, donde el consenso neoliberal fue ideológicamente impuesto con violencia y consolidado luego de la recuperación de la democracia, podemos señalar que vivimos un consenso en descomposición.

El logro del consenso a partir de la ruptura se obtuvo a través de la acción de las minorías que han obtenido el poder del Estado para someter a las mayorías por medio de los aparatos coercitivos, en primera instancia, y luego mediante el uso de los aparatos ideológicos estatales como la educación, leyes de distinta índole y la instalación de un nuevo régimen político producto de la Constitución de 1980.

En paralelo, esa minoría, propietaria del dispositivo del medios de comunicación de masas, en el nivel de la sociedad civil, logró constituir un discurso circular, que se internalizó en la existencia cotidiana.

El escenario de crisis permanente en Chile se encuentra de manifiesto en el modelo económico, que ni aún en periodos de expansión y crecimiento fue capaz de garantizar paz social y satisfacer derechos sociales fundamentales. Esto profundiza la brecha de clases, pues diluye a la mal denominada “clase media” y arroja a los/as trabajadores/as a la precarización.

La crisis es ya institucional, porque el Estado está paralizado por el freno neoliberal, mientras la corrupción se generaliza. los espacios institucionales son ocupados mediante el cuoteo; esto es, siguen operando los poderes fácticos.

Y, por cierto, está la crisis del conjunto del sistema político, por baja representatividad, alta reprobación ciudadana e incapacidad de sostener mayorías estables, lo que termina por mermar la capacidad de ejercer gobierno.

Un lugar común es decir que las crisis son una oportunidad. A veces es cierto, pero también las crisis son un precipicio sin fondo que arrastra a millones a la desesperación y al sin sentido de no poder encontrar salida. Es el camino de la irracionalidad política.

La violencia es deliberada en aquellos que defienden sus privilegios, ese uno por ciento que controla la economía del país, y el partido del orden, un abanico que va desde neofascistas a la autodenominada centroizquierda.

Esta violencia no necesariamente es física, en este momento obedece a una planificación, que busca crear incertidumbre y un clima de caos social, para generar violencia espontánea de aquellos que no encuentran satisfacción inmediata a sus demandas y necesidades básicas.

Las mayorías insatisfechas, que se sienten sin representación y repudian la representatividad de los diversos actores políticos institucionales, no observan el sistema político desde la perspectiva tradicional de eje horizontal compuesto por el centro, la derecha e la izquierda, precisamente por la crisis de representación y representatividad de toda la institucionalidad y porque dichas categorías se han en parte diluido.

Lo que visualizan es un eje vertical de clase política de privilegiados y pueblo menoscabado.

En síntesis, la clase dominante y el sector político que la representa tienen un plan de distintas etapas, en función de los resultados que se vayan observando. Entre ellas, crear un clima de inestabilidad social, fundamentalmente con énfasis en seguridad pública; estimular demandas en esa dirección; desprestigiar la Convención Constitucional; mentir sobre la Nueva Constitución y campaña por el rechazo en el plebisito de salida del 4 de septiembre, mucho anbtes del plazo legal.

Luego, hacer claudicar al gobierno de su programa, aprovechando para ese efecto el empate en el senado entre la derecha y el un oficialismo reducido a Apruebo Dignidad, y y disperso, si consideramos a los senadores que pertenecieron a la Concertación.

Hablamos de un senado que se resistirá a morir, por lo cual no será extraño ver senadores demócratas cristianos, socialistas o independientes trabajando por el rechazo.

Faltan, entonces, definiciones profundas que provengan desde el gobierno. O se apoya en la institucionalidad de la cual usufructa la minoría, con el riesgo de profundizar la brecha de desconfianza entre elite y la ciudadanía; o se sostiene en la mayoría electoral que le dio el voto. En ese caso, debe explicar el camino, sus dificultades y el horizonte a alcanzar.

Es obvio que de triunfar la opción rechazo, la crisis se agudizará, porque no habrá forma de canalizar y satisfacer demandas de derechos bajo esta forma de Estado. Por eso, en última instancia los sectores dominantes saben que pueden recurrir a la institucionalidad para iniciar una seguidilla de acusaciones constitucionales para terminar por derribar al gobierno.

Leyes y violencia juntos, el centauro mitológico es el sentido del poder y la acción de está poderosa minoría.

La única flecha que puede paralizar el poder centauro de la minoría es la política.

La caída de las instituciones es la fase final del discurso circular de antaño. Vale decir, se requiere construir políticamente una nueva forma de existir social, pero ya no la forma de las minorías que han detentado el poder para sostener sus intereses, sino desde las mayorías que se expresaron hastiadas en octubre de 2019 y lograron instalar un proceso constituyente.

Por cierto, el primer paso para un nuevo discurso circular, ahora de mayorías, es el triunfo del apruebo.

(*) Profesor

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