¿America Para Los Americanos?: ¡Claro! ¿Why Not?

La cosa es así: este continente tiene muchos problemas, pero el más estrafalario, aunque tampoco el más importante, convengamos, es su nombre, América. Casi una marca comercial que se usa para cobrar, pero rara vez pagar, royalties (derechos de autor).

Como todo el mundo sabe, el uso de ese nombre se origina como homenaje a un tipo más bien siniestro, Americo Vespucio que, antes de viajar con Colón, fue agente de un tal Juanoto Berardi, que se dedicaba a la trata de esclavos y el armado y aprovisionamiento de barcos, una actividad que había crecido considerablemente a lo largo del siglo XV luego de que se localizara en Guinea una mina de oro.

Vespucio fue el primer agrimensor del saqueo colonial, pero si en vez de él hubiese sido ese tal Juanoto el acompañante de Colón, los europeos probablemente hubieran establecido que el continente se llamara Juanoto.

Son capaces de eso y mucho más, allá abajo en el Norte. Y aquí, entre múltiples genuflexiones, coloridos festejos, peluquines sudados y delirios de grandeza, como de costumbre, de aceptarlo pese al riesgo de chanzas y subversivas rimas populares que permite el nombre de Juanoto (siendo «roto» el más ingenuo).

Cuestión que hubo un largo tironeo por la marca «América» y finalmente algunos se apropiaron del nombre acumulando, sin querer queriendo, una constipación simbólica de proporciones continentales. Larga y sórdida historia, el caso es que hay un territorio, ubicado entre lo que llaman Canada y los Estados Unidos Mexicanos, país que también está en el norte del continente, que se llama a sí mismo «América» o, para complicar las cosas, Estados Unidos de NORTE América, nunca se sabe.

Un importante trauma de identidad, porque encima lo usan en su himno, hay un capitán America, son mentores de la OEA, Organización de Estados Americanos, tienen la sede del BID, Banco Interamericano de Desarrollo, el American way of life.. en fin, la lista de americanidades es larguísima.

El resto del continente somos, para ese sistema estatal y sus agencia públicas y privadas, «las» américas, un vasto territorio que, al sur y -«úf!», se lamentan- al norte del Río Grande, estaría lleno de sospechosos latinos.

Raro, porque el unico lugar en el mundo donde tal vez se podría escuchar latín es en alguna oficina perdida del Vaticano, mientras que en todas partes del continente se hablan muchas lenguas originarias y las introducidas, como el castellano (mal llamado «español»), portugués, holandés, francés e inglés, aparte de las híbridas, como el créole.

Así que tampoco América «latina» es buena idea. Muchos dirán que ya es una tradición tan arraigada que ya nada se puede hacer y que no hay laxante que alcance para lograr una indolora evacuación de esa pesada herencia simbólica.

Pero no es así.

La propuesta es la siguiente: ofrezcamos a esa asociación llamada actualmente estados unidos, EEUU, el nombre – ¡finalmente!- de América en forma exclusiva y excluyente, forever, para siempre, y el resto, ya más ligeros en nuestro andar cotidiano, nos llamamos como querramos. Puede ser Abya Yala, claro, pero también podríamos cambiar de nombre cada mes.

A cambio de esta desinteresada cesión definitiva de derechos América, la administración de los USA simplemente se compromete a… NADA! ¡En serio! Es un regalo, c’est un cadeau, a gift, capisci?

¡Sin contraprestaciones! No strings attached! Take it! Vamos, acepten, you can! ¡Llamen AHORA!

Pero… hay un punto crítico: esto se arregla solo si, antes, su tan diversa población multicultural acepta, por simple mayoría, esa denominación.

Si la rechazara, el nombre América, aplicado a cualquier territorio o marca comercial, deberá migrar, lentamente pero sin pausas ni quejas, al gran cementerio de objetos absolutamente inútiles o, más apropiadamente, a la memoria de la criminal adicción al saqueo, la acumulación y el consumo conspicuo.

¿Por qué tomamos la iniciativa, en síntesis? Por el karma que arrastra. Algo parecido nos pasa con el sillón presidencial de Rivadavia, el tipo que empezó a endeudar a la Argentina hace casi dos siglos.

Cualquiera que se sienta desde en esa presidencial poltrona se transforma, al poco tiempo, en un activo tomador y pagador compulsivo de deudas ilegítimas.

Ese sillón, ergo, debería ser donado como leña, lo que de ninguna manera resuelve el problema de fondo, porque la astuta y oportunista capacidad del sistema capitalista consiste en adaptarse a los cambios de nombre y escenografías.

Incluyendo, si fuera el caso, el de América por Abya Yala.

La cuestión es que la doctrina Monroe, origen de la siniestra expresión «America para los americanos», no se arregla ni con pintura (o pixeles) ni con laxantes.

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