Historias Mínimas: Así Pasa la Vida, tan Callando

Me pidieron que escribiera sobre la vida que me tocó vivir así es que aquí van estos garabatos.

Ahorita que estoy en los descuentos me cae la chaucha de tantas cosas; por ejemplo, el cabro que cantaba esos versos de Machado que dicen “se hace camino al andar” y yo, que he andado un buen trecho, se me viene encima de sopetón esta tremenda verdad.

Me doy cuenta del caminito que dejé donde se confunde el misterio y las circunstancias. Claro pues, ¿es que todo estaba escrito ya? No sé, tal vez en la palma de mano o en esas cartas con monos bonitos.

O sólo fueron casualidades no más, que todo se dio porque tenía que ser así, como piezas de dominó, donde la que viene de atrás tumba a la de adelante y ésta a la que sigue hasta no dejar ni una en pie.

Bueno, dejo de hablar leseras para contarles algo del empedrado de la vida.

Mi pobre abuela se quedó viuda por los años 30 del siglo pasado y tuvo que arreglárselas con ocho críos, seis hembras y dos machos. Menos mal que, como toda mujer, fue previsora y tenía sus ahorritos. Con ellos compró una casa en el Cerro Alegre de Valparaíso y echó a todos los cabros a trabajar, hasta la más chica se ocupó puertas adentro.

Los muchachos al puerto como cargadores. Ahí no aguantaron mucho. Se los llevó la pelá tempranito: a mi tío Alfonso le cayó una carga en el lomo. Accidentes fatales muy comunes en las faenas portuarias en esos tiempos; cero seguridad para la estiba. Por eso que muchas veces la gente de la orilla se emputecía y salía a la calle a reclamar, derribando lo que se les pusiera por delante. Del tío quedó la pura foto de cuando hizo el servicio militar.

Su hermano Enrique, después de la pega, se dejó encandilar por el brillo de las luces de la bohemia porteña hasta que se perdió. Nunca más se supo de él. Así es que quedaron puras chiquillas haciendo frente al temporal, seis para ser más exacto más la abuela.

Así estaban las cosas cuando llegué a este mundo, en 1951. Todas las tías o estaban criando o trabajando, incluyendo a mi madre que aportó con doce vástagos. El tema en esos tiempos era cómo parar la olla, por lo que la abuela empezó con la crianza de gallinas, cabras, patos, conejos y pavos. Agréguele perros y gatos como invitados.

Nacimos y crecimos en un patio donde los únicos sonidos eran cacareos, el zapateo de los conejos, el balido de las cabras, ladridos, gruñidos de perros y gatos. Los más divertidos eran los pavos: Oiga, hinchaban sus plumas, sacudían un moco que les colgaba del pico y daban vueltas en círculos haciendo un canto muy de ellos, como folclórico.

El gallo despertándonos arriba del techo, como siempre. En esos años, las familias proletarias no tenían radio, menos teléfono, auto para qué hablar. Las mamás parían en la casa. Teníamos cocina a leña y la tarea del día era subir el cerro por chamizas y palos secos.

Y un día sucedió algo que nos cambió la vida. Fue como Cristóforo Colombo descubriendo América; pero para nuestra niñez fue otra cosa. Resulta que a una de mis tías el patrón le regaló unos muebles. Le dijo si acaso los quería o sino los dejaría en cualquier parte. Los muebles eran de madera y hechura fina, de la altura de un ropero más o menos.

Según el futre, estaban pasados de moda y los iba a cambiar por unos modulares importados desde las Europas que incorporaban radio AM, FM y tocadiscos. Imagínese usted, dama o caballero, la empleada, mi tía, abrió los ojos y dijo al tiro que bueno y, de pasadita, bajó al mercado para arrendar tres mulas; una para cada mueble.

Oiga, tremenda trifulca para meterlos en la casa. Entre los más fortachones los agarraron y probaron hasta que dieron con el encaje y fueron a parar al patio. Una vez puestos allí vino la advertencia; el grito amenazador – “nadie debe acercarse ni meter mano en ellos y al que pille hurgueteando le va a llegar!”-

La advertencia duró poquito entre tantos diablillos: a los días ya sabíamos que uno tenía puertecitas que guardaban unas cosas redondas y negras en estuches de cartón con dibujos. A la semana nos alucinó la cubierta con perillas metálicas, brillantes, como de oro; nuestros ojos se reflejaban en ellas y reíamos para callado. Después tomamos esas cosas redondas y jugamos a tirarlas para que volaran como platillos hasta que llegó un hermano mayor y paró el chacoteo.

El empezó a armar y a darle sentido a cada tornillo, manija o perilla que traía esta joya de madera y metal. Agregó una manivela al costado del gran mueble y le dio vuelta y vuelta.
Después nos dijo que esos platillos se llamaban discos y puso uno de ellos sobre la cubierta: tomó un brazo con aguja en la punta posandola en aquella cara circular llena de surcos negros y ¡no me va a creer!: el patio se llenó de sonidos extraños, nunca antes oídos. De repente, era como si el hombre que ofrecía leche de burra estuviera dentro del mueble, o la tía Mercedes, cuando se bañaba con baldes de agua fría.

Primero fue susto, sorpresa y después risas y tallas. Pero, al final, esos sonidos nuevos que se llamaban música (y clásica para más remate, según los más entendidos) la fuimos entendiendo y sintiendo. Ya no fueron los patos ni las gallinas que nos envolvían en sus cacareos diarios, fueron voces masculinas y femeninas más instrumentos como el piano, la flauta, el violín por nombrar algunos.

Un día escuché a un hermano cantar “Una furtiva lagrima” en el baño. Le salía bien pero nunca como a Jussi Bjórling en el “disco”. Cuando el vibrante violín de Paganini irrumpía lleno de energía, como picaflor en el jardín, las gallinas levantaban el cogote preguntándose ¿qué pájaro será ese? El pavo se resignaba a la manera de Madame Butterfly en la letanía del desamor. Y los conejos, pobrecillos con sus orejotas, en esos días andaban estresados, sobre todo cuando a alguien se le ocurría poner la Obertura de 1812.

Para mí que los timbales sonaban para ellos como escopetazos en cacería.

Un domingo cualquiera venía de pichanguear en el barrio y la casa estaba a oscuras, pero con música. En el patio una de mis tantas hermanas, sentada en una banca, taciturna, escuchaba la tercera sinfonía de Beethoven. Ya iba en el segundo movimiento con su “Marcha Fúnebre”. Ella giró la cara para no mostrarse presa del sentimiento que le provocaban aquellas construcciones musicales.

Desde esos tiempos nuestro hogar no fue el mismo de antes. Había música, magna música en los pasillos, las escaleras, en el lavadero, en el balcón que da a la bahía. Éramos cautivos de un mundo espiritual desconocido, así como cuando Cristóforo Colombo quedó amarrado a la exuberante belleza del Caribe y las costas del sur.

Y todo porque a un futre se le ocurrió cambiar sus muebles, sus artefactos musicales, para estar a tono con su clase. Nunca pensó que con ese generoso acto iba a provocar una revolución en nuestro patio.

Ya estamos en el 2021. Mañana iré al supermercado por alitas de pollo para unas sopas, un poco de huachalomo y papas para el “segundo”. Todo envasado,que me dice usted.
Y en la tarde ese sol que se cuela en la habitación dejara mi rostro con la mitad sombría y somnolienta que me hará viajar y sentir ladridos, cacareo o balidos de un mundo que se fue y que a ratos añoro sentado en la ventana que da a unos estacionamientos con cámaras y semáforos.

Y sin darme cuenta, en la quietud de los recuerdos, una furtiva lágrima rodará por las arrugas del tiempo.

10 de Mayo 2022, Quilpué, Chile.

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