Este artículo retoma la tradición ricardiana de entender la distribución del ingreso como la articulación de un conflicto “antagónico”, con multiplicidad de agentes y luchas, en que la historia, la política y las instituciones importan tanto como los “fundamentos” económicos. Resumen del artículo Por qué los ricos siempre siguen siendo ricos publicado en la Revista de la Cepal.

Por pertenecer a “lo político”, en este conflicto no hay soluciones meramente lógicas, sino opciones en un escenario de equilibrios múltiples. En mercados desregulados este conflicto favorecería la supremacía de las rentas no productivas (en especial las de “ineficiencia”), en desmedro de las utilidades operativas, afectando la inversión y el crecimiento de la productividad.

Además, las instituciones disfuncionales tendrían “capacidad para persistir”, transformando el régimen de dominación en un “proceso estacionario”: los impactos desestabilizadores solo tendrían efectos temporales. Para esto, cuando en democracia la oligarquía latinoamericana limita el cambio y debilita al Estado imponiendo amarres constitucionales buchanianos, rediseña sus estrategias distributivas y absorbe elementos de ideologías opuestas para mantener la hegemonía de la suya.

Introducción

(1)

En este artículo se estudia la compleja e intrigante cuestión de por qué los ricos tienden a seguir siendo ricos, sin importar la voluntad del resto de la sociedad. Para esto se retoma la tradición ricardiana de entender la distribución del ingreso como el resultado de la articulación del conflicto entre los rentistas, los capitalistas y los trabajadores (y ahora también la burocracia), donde la historia, la política y las instituciones importan tanto como los “fundamentos” económicos.

Esto es, de entenderla como la articulación de un conflicto en el cual hay una multiplicidad de agentes y luchas. Esta visión de la desigualdad se contrapone tanto con la neoclásica, y su interacción un tanto mecánica de puros fundamentos, como con aquella tradición de la izquierda donde hay solo un conflicto (la lucha de clases), y solo dos agentes (capital y trabajo) —y donde esa lucha se articula en un marco teleológico—.

Desde nuestra perspectiva ricardiana, el conflicto distributivo es por naturaleza «antagónico», por lo que en lo fundamental pertenece a la arena de «lo político», donde no hay soluciones meramente lógicas (Laclau y Mouffe, 2011).

Es una historia de opciones reales en un escenario de equilibrios múltiples (Palma, 2019a).

Además, como en esta tradición ricardiana el eje analítico está en la distinción entre las «rentas» y las «utilidades operativas», en una economía sin un Estado fuerte e inteligente (en el sentido de Mazzucato (2018)) y con mercados desregulados, este conflicto favorecería la supremacía de las rentas fáciles y no productivas (incluidas las de “ineficiencia”, esto es, las que retardan el crecimiento pues nacen de la manipulación del mercado) en desmedro de las utilidades operativas, afectando la inversión y el crecimiento de la productividad.

Esto se potenciaría en economías ricas en recursos naturales con apropiación privada de dichas rentas, pues como ellas se captan por completo en la etapa inicial extractiva, los mercados desregulados (como el de Chile) solo incentivarían lo extractivo y no la diversificación productiva.

Esta es la principal lección del “modelo nórdico”: la industrialización basada en dichos recursos requiere de un Estado que coordine la inversión en esta dirección. De lo contrario, aquellos con preferencias rentistas tendrían las de ganar en lo distributivo y las instituciones disfuncionales tendrían gran «capacidad de persistir».

Esto es particularmente relevante en el análisis de América Latina desde las reformas neoliberales y su desaceleración del crecimiento de la productividad (el promedio de la región ha estado prácticamente estancado desde 1980. (The Conference Board, 2020)).

Esta transferencia de ingresos dentro de la élite capitalista a favor de rentistas y en contra de empresarios impactaría la inversión, la absorción tecnológica y la innovación (2) .

Para Ricardo, la necesidad de distinguir entre la naturaleza de las rentas y la de las utilidades operativas era fundamental para el análisis tanto de la distribución como del crecimiento.

De hecho, para Ricardo (1959) el principal problema de la teoría económica era que Adam Smith y otros grandes pensadores, al no tratar correctamente el principio de la renta, pasaron por alto muchas verdades fundamentales, que solo pueden descubrirse después de que el tema de la renta se analice con la profundidad que requiere.

Todo lo anterior también se relaciona con el fenómeno de la persistencia de las instituciones disfuncionales en el pasado reciente de América Latina, en particular, con la “ley de hierro de las oligarquías”, según la cual instituciones que obstruyen el desarrollo tienden a reconstruirse (con Chile como estudio de caso).

En los Estados Unidos, por ejemplo, como describen Acemoglu y Robinson (2006), las élites terratenientes tradicionales pudieron mantener su control del sur durante un siglo después de perder la guerra civil, bloqueando con éxito las reformas económicas que podrían haber socavado su poder, y utilizando su supremacía política en el ámbito local para privar de sus derechos a los afroamericanos y volver a ejercer el control sobre la fuerza de trabajo.

Asimismo, en América Latina las oligarquías disfuncionales han sido muy eficaces a la hora de reconstruirse después de sucesivas crisis políticas. Independientemente de lo que el resto de la sociedad les haya deparado, han sido capaces de rediseñar los nuevos escenarios en algo parecido a una configuración política (political settlement, en el sentido de Khan (2018)) y estructura distributiva tipo “Sur de los Estados Unidos” posguerra civil.

El análisis tomará como caso de estudio el cómo la élite chilena ha logrado transformar con éxito su escenario preferido “estilo sureño norteamericano” en algo que se aproxima a un “proceso estacionario”, en el sentido de que impactos desequilibrantes (como, por ejemplo, el colapso económico de 1982 y el retorno a la democracia en 1990) solo han tenido efectos temporales.

Si bien la historia de América Latina está plagada de crisis, sus oligarquías han podido rediseñar los nuevos escenarios de forma tal que han logrado seguir haciendo realidad sus perennes objetivos rentistas.

En el caso de América Latina lo han hecho principalmente a través de tres canales: en primer lugar, imponiendo camisas de fuerza al estilo buchaniano en los nuevos escenarios para limitar el alcance de la transformación social, como cuando impusieron en la joven democracia chilena una constitución draconiana y una serie de “leyes de amarre”.

En segundo lugar, han tenido la suficiente flexibilidad como para poder rediseñar sus estrategias distributivas adecuándolas a los nuevos escenarios, a la vez que han logrado mantener su “acción colectiva” (collective action).

Finalmente, en tercer lugar, han absorbido hábilmente elementos de ideologías opuestas (como ahora la necesidad de tener una protección social efectiva), para así poder mantener su ideología como hegemónica en el nuevo escenario –según Gramsci (2000), cualquier ideología que aspire a conservar su hegemonía, tiene que ser capaz de hacer esto.

Sus cartas de triunfo han sido el tener la fuerza como para imponer su voluntad en el primer canal, su flexibilidad (jogos de cintura e jeitinhos) y capacidad para mantener su “acción colectiva” en el segundo, y su maleabilidad ideológica en situaciones de apremio en el tercero.

Desde la perspectiva de la flexibilidad en sus estrategias distributivas (sus “juegos de cintura”), como demuestra la experiencia chilena, la élite capitalista latinoamericana ha sido capaz (hasta ahora) de seguir con éxito una estrategia distributiva compleja que podría vincularse con lo que en la teoría de los juegos se conoce como “paradoja de Parrondo”, o una secuencia ganadora de estrategias en sí perdedoras (3).

En su formulación tradicional, esta paradoja consiste en dos juegos que tienen lugar alternativamente.

Si se analiza cada juego de forma aislada se ve que ambos son juegos perdedores si se juegan indefinidamente (es decir, tienen una expectativa negativa). Sin embargo, cuando se juegan en forma alternada, el juego compuesto resultante es, paradójicamente, un juego ganador.

En otras palabras, es posible –como en Chile– crear una estrategia ganadora con juegos distributivos aparentemente perdedores cuando se los juega en forma secuencial.

Queda por ver si en un futuro cercano la oligarquía chilena logrará hacer esto otra vez en el nuevo escenario creado por el estallido social de octubre de 2019 y la pandemia de COVID-19.

Es decir, está por verse si esta vez consigue rediseñar con éxito su estrategia distributiva (por cuarta vez desde que logró derrocar al Gobierno de la Unidad Popular en 1973), ahora reconstruyendo su régimen de dominación con una nueva agenda social basada en su recién descubierto discurso estilo “nueva” socialdemocracia europea.

Cada una de las tres estrategias distributivas anteriores, por exitosas que hayan sido, tenía una vida útil limitada después de la cual se transformaban en contraproducentes; de continuar su implementación, se habrían convertido en estrategias perdedoras.

El secreto del éxito distributivo de la oligarquía en el largo plazo ha sido precisamente su capacidad para cambiar su estrategia distributiva a tiempo (manteniendo su cohesión interna), mientras conserva su ideología como hegemónica.

De volver a hacerlo, se confirmaría cuán “estacionaria” es la naturaleza del actual régimen de dominación en cuanto a su capacidad de absorber cambios y sobresaltos sin alterar su estructura fundamental, es decir, logrando que el impacto de dichos cambios sea solo temporal.

De lo contrario, significaría que el estallido social de octubre de 2019 pasaría a los anales de la historia chilena como el hecho que finalmente logró un efecto permanente en la estructura concentradora y excluyente del régimen oligárquico chileno.

Es decir, sería el impacto que redefiniría la configuración política y estructura distributiva chilena en algo afín a un proceso tipo “raíz unitaria”, en el cual la fuerza de un impacto no decaería con el tiempo. De esta forma, la oligarquía perdería su gran capacidad histórica de revertir el cambio a su favor.

Como mi análisis de la desigualdad proviene de la tradición ricardiana de entenderla como el resultado de la articulación política del conflicto distributivo –en que la historia, la política y las instituciones es lo que realmente importa–, mi análisis hace hincapié en Gramsci más que en Kuznets, en Hirschman más que en Solow, y en Mazzucato, Amsden o Pérez más que en interpretaciones tradicionales de la relación entre la tecnología y la desigualdad.

El énfasis reside en la especificidad de procesos endógenos más que en las fuerzas fundamentales del universo.

Lo más importante para ello son cuestiones como qué es lo que contribuye a la formación de las creencias colectivas.

¿Cómo surgen los distintos tipos de consensos hegemónicos? ¿Cómo pueden cambiarse? ¿Por qué los conflictos «antagónicos» se asocian con la formación de fuertes identidades políticas, en las que se invierte tanta energía libidinal?

Es decir, mi forma de entender la desigualdad se relaciona más con la ideología que con la tecnología; con la capacidad de agencia más que con la estructura (siempre que aquellas sean capaces de comprender la estructura); con la articulación discursiva más que con el determinismo económico; y con la voluntad más que con accidentes históricos (de los que habla Piketty (4)). En definitiva, con el combatir (con determinación keynesiana) las “fallas distributivos” creadas artificialmente en la esfera de la producción, en lugar de rendirse a la desigualdad mercado al estilo de la “nueva” izquierda en Europa y América Latina.

Como se analiza en el anexo A2 (y en detalle en Palma, 2019a), si bien en Europa los Gobiernos hacen esfuerzos titánicos de redistribución mediante impuestos, transferencias y deuda pública, parecen tener pocos problemas para dejar que grandes agentes distorsionen los mercados a su favor, creando en forma artificial la necesidad de dicho gasto faraónico en protección social (equivalente a aproximadamente a un cuarto del PIB si se incluyen todos sus elementos).

Todas estas complejidades hacen que el análisis de la desigualdad sea particularmente difícil, puesto que se trata de un fenómeno complejo y de seguro, sobredeterminado, lo que significa que nuestra modesta comprensión de su dinámica en el mundo real (a pesar del progreso reciente) sea una de las flaquezas analíticas más importantes del análisis económico actual (5).

De hecho, Krugman (2011) identificó la creciente desigualdad en los países desarrollados y el eterno desempeño económico insuficiente de América Latina como los dos desafíos analíticos más importantes actualmente en economía. Sin embargo, desde mi punto de vista, el desafío analítico real es entender la interacción entre los dos fenómenos, tanto en las economías maduras como en las economías emergentes, dado que las economías de altos ingresos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ahora están empeñadas en replicar tanto la desigualdad implacable como el eterno desempeño insuficiente de América Latina. Como decíamos, el análisis de Ricardo facilita esta tarea.

Este proceso de “latinoamericanización” de la OCDE, que ya analicé en Palma (2011 y 2016b), y luego en Palma (2019a), se asemeja a un proceso de “cerrar brechas al revés” (reversed catching-up) de las economías de altos ingresos con las del trópico. La naturaleza de las actividades económicas pudo haber cambiado desde Ricardo, pero el bajo rendimiento económico (en especial el de la productividad) resultado de un incremento de la desigualdad liderado por las rentas no productivas (incluidas las de ineficiencia) y en contra de las utilidades operativas no lo ha hecho.

Y no hay que olvidar que en el modelo de crecimiento de Ricardo el “equilibrio de largo plazo” ( steady state) es uno en el cual los salarios se estancan, los capitalistas no obtienen ganancias operativas y las rentas se llevan la tajada del león. El paradigma tecnológico, los mercados financieros y las instituciones habrán cambiado, pero el “equilibrio de largo plazo” que se visualiza en América Latina y la OCDE en torno a esta trilogía es igualmente tóxico tanto para la desigualdad como para el crecimiento y la democracia.

Sin embargo, la especificidad de las configuraciones políticas y las estructuras distributivas de América Latina no se relaciona solamente con desigualdades autoconstruidas artificialmente que ahogan el crecimiento, sino también con la forma en que las élites capitalistas de la región (dejemos la cuestión de si realmente son capitalistas para más adelante) han demostrado una notable “capacidad de persistir” frente a todo tipo de crisis, incluso cuando ellas tienen relación directa con sus formas rentistas e ineficientes de acumulación.

Hasta ahora la pandemia ha aportado un ejemplo más de este fenómeno: si bien la actividad económica y el nivel de vida de tantos han quedado diezmados, la mayoría de las grandes fortunas (especialmente las financieras) han seguido expandiéndose como en los mejores momentos (Palma, 2020a).

Además, con la pandemia, esta asimetría entre la capacidad de la oligarquía de permanecer siempre a flote, pase lo que pase, cueste lo que cueste, y la vulnerabilidad del resto de la sociedad ha echado a retroceder mucho de lo que se había conseguido en estos últimos años en América Latina en cuanto a la reducción de la pobreza y las pequeñas mejoras en la desigualdad.

El problema fundamental de la economía política en América Latina es que no hay muchas maneras de remodelar la estructura de un sistema con tan poca entropía. Es difícil rediseñar la estructura de nuestra sociedad y economía de modo que pueda avanzar en el tiempo si los fundamentos de estatu quo tienen que permanecer invariables, de modo que los de arriba puedan continuar apropiándose de una parte ingente del ingreso nacional –y por hacer el tipo actividades que hace–.

El principal problema con un sistema de este tipo es que tiene que dedicar tanta energía a intentar “detener” el tiempo que queda poca para moverse hacia adelante.

Una hipótesis analítica clave planteada aquí es que la experiencia de América Latina demuestra que en lugar de pensar (en términos neoclásicos) en los posibles efectos concretos que algunos factores bien conocidos (como la tecnología o la educación) pueden tener en la desigualdad, sería más esclarecedor intentar comprender las expresiones concretas que estos factores tienen en la desigualdad. Algunas de las piezas del rompecabezas distributivo pueden ser las mismas en distintas experiencias de desigualdad, pero la forma en que encajan puede variar (a veces, significativamente).

Es decir, la especificidad de la desigualdad en América Latina proviene de las formas particulares en que se han manifestado sus luchas distributivas, las distintas estrategias que han adoptado las oligarquías para hacer frente a dichas luchas y superarlas temporalmente (el tema principal de este artículo) y los nuevos desafíos distributivos creados por este proceso.

Algunos continúan atribuyendo la desigualdad de América Latina a las instituciones coloniales de hace 500 años, como el sistema de la “mita” (servicio público obligatorio de la población indígena) y la “encomienda” (que recompensaba a los conquistadores con el trabajo de algunos grupos específicos de los pueblos conquistado) (6).

Otros, como en muchas narrativas neoclásicas, la analizan de una manera que se asemejan a la física newtoniana; es decir, con metodologías del determinismo mecánico y las causalidades simples (estilo física del siglo XIX, pero con signo “$”) (7).

Hay quienes llegan a culpar a la falta de grandes guerras, ya que supuestamente en los países de la OCDE y en algunas de las economías asiáticas emergentes de la primera oleada de industrialización solo fue posible mejorar la distribución del ingreso después de grandes conflictos (Scheidel, 2017; Piketty, 2014).

La monótona insistencia de muchos en atribuir la enorme desigualdad en América Latina a factores exógenos o a la simple trayectoria histórica (path dependency) es como usar un par de tijeras para cortar un nudo analítico que no consiguen deshacer.

A su vez, es desafortunado que Piketty (2014), en su primer libro y el más influyente, al basarse innecesariamente en la teoría neoclásica del crecimiento (el de la participación de los factores), llevara en la dirección analítica equivocada el debate sobre el aumento de la desigualdad en la mayoría de los países de la OCDE, desde Reagan y Thatcher.
Básicamente, en su teoría neoclásica, de haber demasiado de algo bueno –en su análisis, dos cosas buenas: mucha inversión y alta elasticidad de sustitución entre factores (flexibilidades productivas)– terminará por haber, lamentablemente, una mayor desigualdad. ¡Sería difícil imaginar un esquema que pudiese idealizar aún más la desigualdad! (8) .

En cambio, como hemos argumentado Stiglitz (2012) y yo (Palma 2011, 2016a y 2019a), la desigualdad es una opción entre alternativas perfectamente factibles en un mundo de equilibrios múltiples.

Como argumentó Sartre (2004), nada revela de forma más clara quiénes somos en realidad que las decisiones que elegimos tomar; esto ciertamente es el caso de la desigualdad.
La conclusión, como indica el título de Palma (2016a), es que cada país se merece la desigualdad que tiene.

Sencillamente ya no es creíble seguir afirmando que en cuanto a la desigualdad somos espectadores inocentes, a merced de factores “externos” (9).

Hay que rechazar los determinismos mecánicos y las causalidades simples e insistir en nuestra libertad y responsabilidad últimas. “Yo soy mi libertad”, dice un personaje de una de las obras de Sartre (Sartre, 1946). Cada acto se define a sí mismo y ningún acto de esta naturaleza puede atribuirse a los así llamados factores exógenos. La cita clásica por
antonomasia sobre este tema nos la da Shakespeare en un discurso de El Rey Lear:

“¡He aquí la excelente estupidez del mundo; que, cuando nos hallamos a mal con la Fortuna, lo cual acontece con frecuencia por nuestra propia falta, hacemos culpables de nuestras desgracias al sol, a la luna y a las estrellas; como si fuésemos villanos por necesidad, locos por compulsión celeste; pícaros, ladrones y traidores por la fuerza de los
astros; beodos, embusteros y adúlteros por la obediencia forzosa al influjo planetario, y como si siempre que somos malvados fuese por empeño de la voluntad divina. ¡Admirable
subterfugio del hombre libertino, cargar a cuenta de un astro su deshonesta condición!” (Shakespeare, s. f.)

Al menos parece que finalmente se está convirtiendo en “sentido común” (en la perspectiva de Gramsci) el hecho de que la creciente distribución mercado que ha caracterizado el panorama mundial desde Reagan y Thatcher ha sido una falla distributiva autoconstruida. Warren Buffett lo explica de manera clara y sucinta: “Claro que hay lucha de clases, pero es mi clase, la clase de los ricos, la que está impulsando esta guerra. ¡Y la estamos ganando!” (Véase Stein, 2006).

En cuanto a la creciente desigualdad, ¿los fundamentos? ¡Qué fundamentos!

Básicamente, si existiera la “mano invisible” de Adam Smith (Smith, 1776) y fuera lo que guiara la asignación de recursos, este implacable aumento de la desigualdad, sobre todo la desigualdad mercado (véase el anexo A2), no podría haber tenido lugar, porque las compulsiones del mercado no la hubiesen permitido. Sus cimientos fueron hechos artificialmente a medida.

De hecho, ya es casi aburrido tener que repetir que la creciente desigualdad mercado es una falla distributiva artificial, una simple distorsión de mercado; es como si alguien en el circo, cuando el mago corta a una mujer por la mitad, dijera: “¡es solo un truco!”.

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(*) Doctor en Economía por la Universidad de Oxford y en Ciencias Políticas por la Universidad de Sussex. Ha sido Profesor de Econometría, Macroeconomía, Desarrollo e Historia Económica en la Facultad de Economía de la Universidad de Cambridge desde 1981. También es Profesor de Economía en la Universidad de Santiago.

Notas:

(1) Agradezco a Alex Cobham y Andy Sumner por sus valiosas contribuciones a mi trabajo sobre la desigualdad. Muchos amigos y colegas, en particular Javier Núñez y la vieja guardia de estudiantes de doctorado de Cambridge han contribuido enormemente a mi trabajo sobre este tema. También lo han hecho (entre otros) Mariana Chudnovsky, Camila Cociña, Jorge Fiori, Juliano Fiori, Daniel Hahn, José Antonio Ocampo, Cristóbal Palma, Carlota Pérez, Ignês Sodré, Lance Taylor, José Valenzuela y Robert Wade. Carlos Díaz Alejandro fue un maestro. Este artículo está dedicado a Diego Armando Maradona, “el Pelusa”, un símbolo de nuestra cultura latinoamericana, con todos sus triunfos y derrotas, con su fuerza vital como su poder de autodestrucción (el tema de este artículo no es una excepción). Se aplican los descargos habituales.

(2) Véase Palma (2019b).

(3) Véase Parrondo (1996).

(4) En su primer y muy influyente libro, para Piketty no existe una tendencia natural a la disminución de la desigualdad ni siquiera cuando un país alcanza la madurez económica. En su modelo neoclásico (por necesidad, mecanicista), se supone que la creciente desigualdad es inherente a una economía capitalista con independencia de su configuración política y nivel de desarrollo (Piketty, 2014). En su opinión, se necesitaron accidentes como las dos guerras mundiales y una gran depresión para perturbar este supuesto patrón (véase un análisis de este tema en Palma (2019a, apéndice 2). Sin embargo, en su siguiente contribución (Piketty, 2020) finalmente quita importancia al papel de factores exógenos como los accidentes históricos y acentúa el de la ideología.

(5) Para algunas contribuciones recientes, véanse Atkinson (2015); Bourguignon (2017); Galbraith (2016); Milanovic (2016 y 2019); Ocampo (2019); Palma (2011, 2016a y 2019a); Piketty (2014 y 2020); Scheidel (2017) y Taylor (2020)

(6) Para Williamson (2009) —y con razón— la supuesta persistencia monótona de la desigualdad en América Latina es solo un mito.

(7) No debería sorprender, entonces, que la mayoría de los análisis neoclásicos de la desigualdad en América Latina no logren explicar por qué es mucho mayor allí que en muchos países de ingresos medios en lugares como Asia, el Norte de África, la antigua Unión Soviética y Europa Oriental (entre otros), aunque algunas de las cuestiones que destacan parecen apuntar en la dirección opuesta. Por ejemplo, prácticamente todos los países anteriores suelen tener incluso más rigideces y fallas de mercado que América Latina; tienen una estructura relativa de precios, unas instituciones y un capital social que son aún menos “correctos”; tienen derechos de propiedad sobre los activos físicos e intelectuales que están menos demarcados y se hacen cumplir en menor medida; tienen unos sistemas educativos que están aún más segmentados, y los pobres suelen salir incluso más malparados; discriminan por razón de género y de raza incluso más que en América Latina; tienen una escasez aún mayor de mano de obra cualificada; sus democracias son incluso de más “baja intensidad” y con más problemas de “gobernanza”, y dependen aún más de los contactos políticos, el amiguismo (cronysm) y la corrupción para lograr el éxito en los negocios. Pero, a pesar de todo esto, esos países son menos desiguales que América Latina (a veces de manera significativa).

(8) Para leer una crítica del análisis neoclásico de Piketty, véanse Rowthorn (2014); Taylor (2014 y 2020); Harcourt (2015), y Palma (2019a, especialmente el apéndice 2).

(9) Kaldor (1955) fue el primero en conjurar el hechizo mecanicista neoclásico de los determinantes de la desigualdad en su análisis del modelo Harrod-Domar, que provocó una fuerte reacción de Solow (1956). Mientras Kaldor abordaba el problema de la inestabilidad en el modelo de Harrod-Domar introduciendo cambios endógenos en la distribución del ingreso entre salarios y rentabilidad del capital, Solow argumentaba que era absurdo pensar en una distribución eficiente de los ingresos que no estuviera automática (y mecánicamente) determinada por el valor de las productividades marginales.

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