Centro Político: Una Nueva Vuelta en Redondo

El «centro político» está de vuelta por sus fueros o a lo menos, eso pretende. ¿Qué importancia real puede tener esta compulsión centrista?

Alguna vez, el «centro» representó una idea política que consistía en realizar reformas graduales y consensuadas con la derecha, sin cambiar la Constitución.

A la vuelta de treinta años, sin embargo, el resultado de esta política se expresó en mercantilización de la vida social, burocracia y autoritarismo; contaminación y destrucción del medioambiente; en endeudamiento, bajos salarios y especialmente, en un aumento de la desigualdad a niveles repugnantes.

Pese a lo anterior, antiguas glorias del centro, insisten en reivindicar contra toda la evidencia disponible, la misma receta.

¿Tozudez?, ¿voluntarismo?, ¿dogmatismo?, ¿autocomplacencia? o simplemente ¿ceguera política?

Ni siquiera todos quienes protagonizaron ese período se atreverían a sostenerlo sin ruborizarse. Menos el pueblo, sometido a la más despiadada sobreexplotación; conminado a pagar por todo con tal de tener acceso a bienes y servicios mínimos -no hablemos de calidad-.

Excluido y discriminado si no calza con la idea dominante del «emprendedor»; el «exitoso»; con el ideal «meritocrático» de la cultura dominante, coartada de los liberales para justificar el retiro del Estado, la profundización de su carácter subsidiario y fuente de frustración e infelicidad de millones.

Esa es la razón, seguramente, para que todos los protagonistas de la «democracia de los acuerdos» se estén yendo a España o no tengan ninguna relevancia ni incidencia.

La única finalidad medianamente razonable que podría tener su tozudez, es sumarse al coro de críticos de la Convención Constitucional encabezado por Piñera, que en su última alocución al país tiene la desfachatez de pontificar acerca de sus debates y augurar temibles catástrofes en caso de seguir elaborando una Constitución distinta a la actual.

Los representantes intelectuales, académicos y políticos del centro, insisten en ello -aunque suene pasado de moda- en sus recetas fracasadas e imposibles. No para reinstalarlas en el debate político sino para poner un muro que contenga, en lo posible, las transformaciones que haría posible una nueva Constitución.

De modo similar al coro de economistas críticos del programa de gobierno del Presidente Boric -quienes, para no quedar en evidencia, argumentan toda clase de limitaciones técnicas-, este nuevo «centro» oculta su conservadurismo y su nula voluntad de realizar cambios efectivos, tras un refrito ideológico que mezcla dogmas de la economía política neoliberal, consideraciones de un republicanismo conservador y especialmente máximas del sentido común dominante.

En efecto, toda la postura de este nuevo «centro político», se basa en su adscripción «ingenua» al estado de cosas actual, como una suerte de realidad natural y no como el resultado de la acción práctica de sujetos políticos y sociales.

Según esta ideología pequeñoburguesa, en sus homéricos afanes refundacionales, la Convención Constitucional está pasando por alto precisamente los datos de realidad que este sentido común neoliberal ha transformado en verdades apodícticas.

Este presunto nuevo centro no lo dice abiertamente pero en el fondo coincide con los gremios empresariales, los centros de estudio de la derecha, el Consejo Fiscal Autónomo y todo el batallón de ideólogos y políticos conservadores en su afán de preservar lo que se pueda de la Constitución de Pinochet.

Ni una sola idea nueva.

Esa ausencia de ideas, acarrea agua al molino derechista. Ciertamente, no a la derecha fanática de Kast y sus republicanos, demasiado tosca como para no parecer un retrógrado acercándose a ella.

Existe, sí, un auditorio en la derecha tradicional dispuesto a escuchar y entonar la vieja canción de la democracia de los acuerdos, la medida de lo posible, etcétera, etcétera, etcétera. El centro, en este caso, queda definido más por la radicalidad de la ultraderecha que por sus propias ideas.

Su torpeza sumada a su mojigatería, en todo caso, terminan por facilitarle el camino. Atontan a las audiencias con su letanía de recetas dizque «realistas» y su simplificación grotesca de los debates de la Convención, repetidas majaderamente a través de los medios de comunicación de masas. Por medio de la presentación distorsionada del discurso, las propuestas y las acciones del Gobierno, del Presidente, sus ministros y ministras.

En buenas cuentas, este nuevo centro, representa la comodidad del que presume su conservadurismo, con aires de gran sabiduría, como si se tratara de realismo político.

Que puede seguir esperando otros treinta años viviendo de las migajas que caen de la mesa de las transnacionales y los grupos económicos, mientras el pueblo sufre privaciones, enfermedad, inseguridad y abuso.

En la hora actual no hay mucho espacio para medias tintas. El plebiscito en que se someterá a la consideración del pueblo la Nueva Constitución tiene sólo dos opciones con consecuencias bastante precisas.

Mientras los nostálgicos de la democracia de los acuerdos trabajan afanosamente para reformar el artículo de la Constitución que les permitiría resolver en el Parlamento una fórmula que los dejara a todos contentos, el pueblo, Apruebo Dignidad, el Gobierno y los partidos que lo apoyan, deben fortalecer su unidad tras la única consigna que tiene sentido en la actualidad: defender la Convención para derrotar definitivamente al Pinochetismo y aprobar una nueva Constitución.

(*) Profesor de arte

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