La ‘Destrucción Constructiva’ en las Relaciones de Rusia con Occidente

El colectivo Occidente ya estaba enojado. Y es apoplético después de que el presidente Putin conmocionara a los líderes occidentales al ordenar una operación militar especial en Ucrania.

Occidente) lo percibió como una declaración de guerra: «un asalto de conmoción y pavor que afecta a ciudades en toda Ucrania».

De hecho, Occidente está tan enojado que el espacio de la información se ha bifurcado literalmente en dos: todo es blanco y negro, sin grises. Para Occidente, Putin ha desafiado considerablemente a Biden; él ha ‘cambiado las fronteras’ de Europa de manera unilateral e ilegal y ha actuado como un ‘poder revisionista’, intentando cambiar no solo las fronteras de Ucrania, sino también el orden mundial actual.

“Treinta años después del final de la Guerra Fría, nos encontramos ante un decidido esfuerzo por redefinir el orden multilateral”, ha advertido el Alto Representante de la UE, Josep Borell:

“Es un acto de desafío. Es un manifiesto revisionista, el manifiesto para revisar el orden mundial”.

Putin se caracteriza como un nuevo Hitler, y sus actos se afirman son ‘ilegales’. Se asevera que fue él quien rompió el Acuerdo de Minsk II (sin embargo, las Repúblicas declararon su independencia en 2014, firmaron Minsk en 2015 y Rusia nunca firmó el acuerdo y, por lo tanto, no puede violarlo).

De hecho, es EEUU quien ha vetado el proceso de Minsk desde 2014, y la publicación de la correspondencia diplomática de Rusia en noviembre de 2021 expuso que Francia y Alemania también tenían poca intención de presionar a Kiev en cualquier implementación significativa.

Y así, habiendo llegado a la conclusión que un acuerdo negociado, como lo estipulan los Acuerdos de Minsk, simplemente no ocurriría nunca, Putin determinó que no tenía sentido esperar más antes de implementar la línea roja de Rusia.

El difunto Stephen Cohen escribió sobre los peligros de un maniqueísmo incondicional: “el espectro de un Putin malhechor había abrumado y intoxicado tanto la imagen estadounidense de él que Washington no ha podido pensar con claridad, no solo sobre Putin, sino también sobre Rusia”.

Sí. La opinión de Cohen era que una demonización absoluta socava la diplomacia. Cohen se pregunta, ¿cómo sucedió esto? Sugiere que, en 2004, el columnista del NY Times, Nicholas Kristof, sin darse cuenta explicó, al menos parcialmente, colocó la base par la demonización de Putin. Kristof se quejó amargamente: “hemos sido engañado por el señor Putin. El no es una versión sobria de Boris Yeltsin”.

Sin embargo, la mayoría de los rusos están detrás de Putin con el reconocimiento de las Repúblicas de Donbass, que además obtuvo la autorización de la cámara alta del parlamento de Rusia para el uso de fuerzas armadas fuera de Rusia (como lo exige la constitución).

La resolución del Consejo de la Federación fue apoyada unánimemente por los 153 senadores en una sesión extraordinaria el martes recién pasado.

En su discurso a la nación, Putin habló con una amargura que muchos rusos sienten. Considera que los acontecimientos políticos posteriores a 2014 en Ucrania han sido diseñados para crear un régimen antirruso en Kiev alimentado por Occidente y con intenciones hostiles hacia Rusia.

Putin ilustró este punto:

“El sistema de control de tropas ucraniano ya se ha integrado en la OTAN. Esto significa que el cuartel general de la OTAN puede dar órdenes directas a las fuerzas armadas ucranianas, incluso a sus unidades y escuadrones separados”.

Putin también señaló que la constitución rusa estipula que las fronteras de las regiones de Donetsk y Lugansk serán como eran: “en el momento en que formaban parte de Ucrania”. Esta es una formulación cuidadosamente redactada: las fronteras de las dos repúblicas sufrieron cambios significativos después del golpe de estado de Maidan.

La declaración de reconocimiento de las republicas del Donbass estuvo acompañada de un ultimátum a las fuerzas de Kiev para que cesaran su bombardeo de artillería a través de la Línea de Control o enfrentaran consecuencias militares.

Sin embargo, a lo largo de la noche del miércoles, la situación se siguio calentando, con fuego de artillería pesada y, el jueves por la mañana temprano, por primera vez, las fuerzas de Kiev utilizaron disparos de cohetes a través de la Línea de Control. (Alguien del lado de Kiev claramente quería una escalada, tal vez para presionar a Washington).

Putin ordenó de inmediato lo que evidentemente era una Operación Especial preparada de antemano «para desmilitarizar y desnazificar Ucrania». El ejército de Rusia anunció, un par de horas después de la ofensiva, que todos los sistemas de defensa aérea de Ucrania habían sido eliminados. Se ha confirmado una presencia aérea rusa masiva, incluidos aviones de combate y helicópteros, en gran parte del país.

Posiblemente esta operación (que Putin dijo que NO se trata de ocupar Ucrania), sigue el patrón de Georgia en 2018, cuando las fuerzas rusas se retiraron a los pocos días. Este fue el patrón también, en Kazajstán. En el caso de Ucrania, posiblemente no.

Cuando Putin habló de ‘desnazificación’ se refería a la cooptación por parte de Estados Unidos de una formación neonazi en las fuerzas armadas de Ucrania para ayudar a montar el golpe de Maidan de 2014.

La llamada Brigada Azov de neonazis había demostrado ser la fuerza de combate más efectiva para hacer retroceder a la milicia DLR en la región de Donbass. (Ucrania es la única nación del mundo que tiene una formación neonazi en sus fuerzas armadas y habrá cuentas por saldar).

No obstante, la orden de Putin, como sin duda él previó, conmocionó profundamente a Occidente con su decisiva reacción militar. Ha puesto al mundo, y a sus mercados financieros y energéticos, al límite.

De hecho, el último aspecto puede convertirse en el más destacado. En 1979, los trastornos en el Medio Oriente dispararon los precios de la energía (tal como está ocurriendo hoy) y las economías occidentales se derrumbaron.

Dondequiera que traigan los próximos días, debe quedar claro que la breve conferencia de prensa de Putin el 22 de febrero está actuando según lo previsto, como un poderoso acelerador.

La “destrucción constructiva” del antiguo Orden Global procederá más rápido de lo que muchos de nosotros habíamos imaginado. Marca el fin de las ilusiones, el fin de la noción que el orden basado en reglas impuesto por EEUU sigue siendo una opción.

¿Cómo interpretar entonces la ira extrema en Occidente?

Simplemente esto: Al final, existe la realidad. Y esa realidad, es decir, lo que Occidente puede hacer al respecto, es todo lo que importa, que al parecer es… poco.

La brutal primera constatación que subyace a la ira es que Occidente no tiene intención, y críticamente, ninguna capacidad, para contrarrestar militarmente los movimientos de Rusia. Biden ha vuelto a repetir el mantra “sin botas sobre el terreno” a raíz de las operaciones militares rusas. Y para Europa, la imposición de un régimen de sanciones a Rusia no podía llegar en peor momento.

Europa se enfrenta a una recesión con una crisis energética preexistente (que se verá enormemente agravada por la renuncia de Alemania del Nordstream 2). Y el aumento de la inflación (empeorado con el petróleo a 100 dólares) está causando nerviosismo en las tasas de interés y los bonos soberanos. Ahora la presión estará sobre Europa para que aplicará sanciones adicionales.

Habrá sanciones, y lastimarán a los europeos directamente en sus bolsillos. Algunos estados europeos están montando una acción para limitar las sanciones que podrían empeorar una recesión europea que se avecina.

Sin embargo, en un sentido muy real, el hecho es que Europa se está sancionando a sí misma (recibirá mayor daño que sus propias sanciones), y Moscú ha prometido corresponder a cualquier sanción de una manera que perjudique a EEUU y a Europa. Estamos en una nueva era. Esta perspectiva y la impotencia frente a ella deben explicar una gran parte de la frustración y la ira europeas.

Washington segura tener un “arma asesina” apuntada contra Moscú: sancionar los chips semiconductores.

“Este sería el equivalente moderno de un embargo petrolero del siglo XX, ya que los chips son el combustible crítico de la economía electrónica”, argumenta Ambrose Evans Pritchard en el Telegraph : “Pero esto también es un juego peligroso. Putin tiene los medios para cortar los minerales y gases críticos necesarios para sostener la cadena de suministro de chips semiconductores de Occidente”.

En resumen, el control de Moscú sobre minerales estratégicos claves podría darle a Rusia una influencia similar al dominio energético de la OPEP en 1973.

Aquí yace el segundo hilo de la frustración de Europa: el reconocimiento tácito que la política de Biden en Ucrania es el fracaso de toda la diplomacia occidental (todo este proceso no asumió los problemas subyacentes de seguridad de Rusia); a esto hay que agregar el torpe manejo de Alemania de la cuestión de Nord Stream 2, que condenarán a la Unión Europea a años de declive económico y sufrimiento.

La tercera vertiente es más compleja y se evidencia en el grito de indignación de Josep Borrell:

“Rusia y China son dos potencias “revisionistas” que intentan cambiar el orden mundial actual.

El ‘miedo’ europeo se basa no solo en el contenido de la declaración conjunta de Beijing, sino probablemente en que nunca antes el presidente Putin había pronunciado un discurso ante el pueblo ruso.

Ha nombrado a los estadounidenses como enemigos de Rusia en términos inequívocos: “promesas estadounidenses sin valor”; “intenciones americanas letales”; “los discursos estadounidenses: mentiras”; “las acciones americanas: intimidación, extorsión y chantaje”.

El discurso de Putin presagia una gran fractura. Parece que los europeos (como Borrell) apenas se dan cuenta del punto de inflexión que representa este discurso. Se enmarcó en torno a Ucrania, pero el tema de fondo, es la decisión de Rusia y China de cambiar para siempre el equilibrio geopolítico y la arquitectura de seguridad del mundo.

El reconocimiento de las repúblicas de Donbass fue la manifestación de esta decisión geoestratégica anterior. Es el primer despliegue práctico de esa ruptura con Occidente (nunca absoluta, por supuesto), y la revelación que Rusia ha adoptado medidas ‘técnico-militares’ diseñadas para forzar una separación del globo en dos esferas distintas. El primero fue el reconocimiento de las repúblicas; la segunda fue el discurso de Putin; y el tercero, la orden de una ‘Operaciones Especial’.

Ellos, el Eje Rusia-China, quieren la separación. Esto se podría lograr a través del diálogo (lo que es poco probable, ya que el principio central de la geopolítica se define por la no comprensión deliberada de la ‘otredad’). O debería lograrse mediante una competencia por una “dolor creciente” hasta que un lado u otro se doblegue. Por supuesto, Washington no quiere creer que los presidentes Xi y Putin dicen lo que dicen, y creen que, de todos modos, Occidente tiene un dominio en el campo de la imposición del dolor.

En términos menos diplomáticos, Rusia y China han llegado a la conclusión que ya no es posible compartir una sociedad global con un Estados Unidos empeñado en hacer cumplir un orden global hegemónico diseñado para ‘parecerse a Arizona’. Putin quiere decir lo que dice: Rusia está de espaldas contra la pared, y no hay ningún lugar al que Rusia pueda retirarse ahora, para Rusia es existencial.

Cuando Occidente se niega a pensar que Putin ‘habla en serio’ (lo que garantiza el consiguiente fracaso de la diplomacia) sugiere que esta crisis nos acompañará durante al menos los próximos dos años.

Es el comienzo de una fase prolongada y de alto riesgo de un esfuerzo liderado por Rusia para cambiar la arquitectura de seguridad europea a una nueva forma, que Occidente rechaza actualmente. El objetivo ruso será mantener las presiones, e incluso la latencia de una guerra, para hostigar a los líderes occidentales para que entiendan que hay que la seguridad debe ser simétrica para ambas partes del conflicto.

En última instancia, después de una lucha dolorosa, Europa buscará la reconciliación. Estados Unidos será más lento: los halcones de Beltway intentarán redoblar su guerra contra Rusia. Y será la situación económica y de mercado occidental la que finalmente determinará el ‘cuándo’.

(*) Diplomático británico, fundador y director del “Conflicts Forum”.

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