Apostillas a la Reciente Entrevista de Jean Luc Mélenchon a la Revista Ballast

El candidato presidencial de la izquierda francesa, Jean Luc Mélenchon, expone interesantes opiniones en la entrevista que, realizada por la revista Ballast el pasado 15 de enero del presente año.

Éstas, dada su heterodoxia, obligan a una lectura atenta a quienes, desde una mirada opuesta a los nacionalismos tan estrechos como nocivos, nos ocupa el devenir del mundo.

El solo título de Revolución Ciudadana, por su impronta, abarcadora de un amplio espectro social, denota un esfuerzo por superar antiguos conceptos conductores de las jornadas revolucionarias del pasado inmediato, al deshacer la distinción entre masas y vanguardias. Haciendo gala de la honestidad que debería caracterizar a todo hombre de izquierdas, Mélenchon -lo confiesa- toma este concepto del discurso de líderes de la nueva izquierda latinoamericana como el ex Presidente ecuatoriano Rafael Correa, con lo cual reafirma su orientación trotskista que, como su mentor, permanece atenta a las posibilidades de una revolución mundial, valora los esfuerzos diversos y vías específicas que generan realidades diversas a las de los países de Europa.

A partir de la constatación de una clase obrera cada vez más reducida en los países industrializados del primer mundo, y casi inexistente en la mayoría de los países africanos y de América Latina, sobre todo a partir del desmantelamiento del sector secundario de la economía iniciado el experimento neoliberal en Chile, el cofundador de Francia Insumisa, consciente de que un marxismo atento y enriquecido por todos los aportes del devenir social(1) no puede quedar fosilizado por esquemas ortodoxos, únicos y mecánicamente aplicados a escenarios tan contradictorios en sus diferentes estadios evolutivos, señala como primera interrogante a resolver la siguiente: ¿quién es el actor revolucionario en cada época? Resuelto este debate, esa identificación será la que dé origen a las formas de organización que ese actor y su escenario real posibiliten, sin centros de dominio que, como vaticanos ideológicos, dictaminen dónde sí o donde no es posible intentar una transformación socio económica y política profunda.

La necesaria conexión mercantil del Imperio Global, ha puesto en manos de sus cada vez más insumisos consumidores, unas redes sociales cada vez más difíciles de censurar. Así, cuanta más gente conectada más capacidad de movilización popular, sin la otrora necesaria convocatoria de las consignas partidistas.

A pesar de la erosión moral que deja la inoculación neoliberal tras décadas de individualismo, Mélenchon destaca el hecho de que sectores crecientes del “pueblo” conforman colectividades como expresión de una necesidad planetaria de generar redes de resistencia o de sobrevivencia antisistema, aspirando a cuotas crecientes de control local, levantando sus propios símbolos unitarios o, en su ausencia, las mismas banderas nacionales, sin que ello constituya una reivindicación chauvinista sino un mensaje que le dice a los gobernantes ¡Nosotros somos el país! ¡Recuperaremos lo que es nuestro! ¡Váyanse todos! Mensajes de identidad emancipadora que desafían a los grupos aún hegemónicos.

El entrevistado valora también la expresión pueblo, dada su gran amplitud, al posibilitar la inclusión no sólo de todos los trabajadores, sino también de jóvenes, estudiantes, pobladores, pueblos originarios, minorías étnicas, diversidades sexuales y las demandas feministas, en vez de aquellas vanguardias sustitutivas que, en el pasado inmediato, se demostraron como expresiones sobrevivientes del despotismo ilustrado recordándonos la conocida sentencia borbónica de “todo para el pueblo pero sin el pueblo”.

A propósito de esta cuestión, Mélenchon nos recuerda el anticipatorio calificativo de sustitucionismo, acuñado por León Trotsky en el contexto de la revolución rusa de 1905, para referirse a prácticas anti democráticas en que el Partido sustituye a la clase, el Comité Central sustituye al Partido y, consecutivamente, el Secretario General sustituye al Comité Central del Partido. Este sustitucionismo habría de expresarse mayoritariamente en el contexto revolucionario de 1917 frente al dilema de quién debía ser el principal actor y conductor de la toma del poder; los soviets o el partido bolchevique. Así, también la sustitución inmediata de la Asamblea Constituyente en marcha, abortó la legitimidad democrática necesaria para el proceso, convirtiendo la consigna de todo el poder a los soviets en letra muerta, y a la Unión Soviética en una farsa autoritaria, al arrebatar al Congreso Panruso la posibilidad de redefinir los destinos del enorme imperio construido por los zares.

La evolución histórica política posterior a octubre de 1917, sin desmerecer su heroísmo y sus notables avances condujo, como sabemos, a una inevitable guerra civil, a un gobierno de partido único, a la burocratización verticalista, a una democracia meritoria y obsecuente, así como al abandono por la recientemente fundada Tercera Internacional del objetivo de la revolución mundial, una vez impuesta la tesis staliniana del socialismo en un solo país al interior de la organización comunista, opción comprensible como expresión pragmática tras el conflicto fratricida, del comunismo de guerra y la NEP pero que, tras derrotar la tesis de la revolución permanente y ante el tardío llamado unitario de los Frentes Populares, hizo que Trotsky ya en el exilio, calificara a Stalin como el gran organizador de derrotas.

Mélenchon, al condenar las formas burocráticas sustitutivas de la democracia popular en las otrora repúblicas populares del “socialismo real”, sin decirlo expresamente, nos conduce a un debate en gran medida pendiente al interior de las izquierdas, aquel que permite una clara distinción entre fines y medios, optando claramente -en su caso-, por procesos participativos que hagan identificable socialismo con democracia.

Así, resulta coherente la condena del entrevistado a los excesos de la violencia revolucionaria, cuando señala que inevitablemente llevan al desprestigio, al desencanto desmoralizador o al fracaso. Ello que nos retrotrae a los apoyos y cuestionamientos de la teoría del foco guerrillero de los años sesenta o a las recurrentes acciones voluntaristas de grupos autodesignados como las vanguardias de unos pueblos que los ignoran, pero que terminan recibiendo el impacto de las masivas represalias a los actos realizados en su nombre. Conocidas son todas las represalias sangrientas que en su correspondiente época tuvieron los atentados fallidos contra Napoleón y contra Pinochet, cobrando víctimas en todo el espectro de sus opositores, sin mellar mínimamente el poder de esos tiranos. Para qué decir de la “Operación retorno” del MIR, que el dirigente galo cita como ejemplo de un acto frío y suicida, sin garantía alguna de éxito y que dio como triste resultado el sacrificio de los mejores cuadros revolucionarios de ese movimiento, aquellos militantes que, por su experiencia, eran fundamentales para el trabajo popular, mientras quedaban en pie los burócratas, esos que, ilustradamente, dispusieron del tiempo para reacomodarse a las circunstancias, buscando resolverlo todo desde el Estado.

Si a ejemplos voluntaristas más universales hubiera que recurrir como ejemplo de esta idea, tengamos presente que el matar policías no suprime al represivo Estado policíaco, ni el asesinato de ministros o de príncipes herederos por los anarquistas, bastaban para eliminar la monarquía: el magnicidio de Sarajevo en 1914, como acción resultante de un legítimo y comprensible sentimiento separatista, trajo el resultado de más de diez millones de soldados muertos y más de veinte millones de heridos y mutilados entre combatientes y población civil como balance de la Primera Guerra Mundial, sin olvidar que dejó la simiente revanchista para una peor réplica en la Segunda.

Hoy inmersos en el espectro ideológico deconstruccionista de una posmodernidad confusa y refleja, intentamos transitar entre el acopio de nuestras persistentes esperanzas y el de nuestros fracasos, provocados por el espejismo de tantas aparentes oportunidades históricas en las cuales, “el asalto al cielo” siempre denotaba más de una condición o recurso esencial faltante, lo que hace de nuestra pretendida práctica dialéctica algo más parecido a una actitud ecléctica, cuando abordamos la reflexión de aquello que Mélenchon plantea como una obsolescente superación de los partidos políticos, pertenecientes éstos a la época del periódico, del ferrocarril o de la telefonía fija mientras -como desmentido a aquellos elementos modernizadores de la comunicación de ideas- la coordinación e interconexión inmediata de los autonomistas se ve facilitada hoy por la tecnología digital con mensajes de texto y videos instantáneos, que hacen de cada usuario un reportero si así lo desea, facilitando la relación política horizontal y posibilitando acciones inmediatas, que parecen no necesitar del racionalizado programa político ni un manejo mínimo de la teoría orientadora.

Lo expuesto a partir del segmento señalado por el entrevistado, no exime por cierto, de los errores a que pueden conducir los espontaneismos e improvisaciones porque, evidentemente, el entrevistado introduce una contradicción con su postura anterior, cuando, luego de reivindicar la idea revolucionaria de sustituir al Estado por su carácter dominante, pasa enseguida, a valorar operativamente esta supra estructura como el gran ente organizador, poniendo en duda la necesidad de su reemplazo. Este tema se muestra como la principal contradicción entre la teoría marxista y la práctica de los marxistas una vez en el poder, situación en donde, por necesidades de una productividad con altas metas, al optar por una economía centralmente planificada, necesariamente terminan fortaleciendo al Estado burgués que debían sepultar.

Así, el ejemplo histórico más evidente de que para una redistribución socialista había que llegar a marcha forzada a niveles de producción capitalista, en un espacio que aún no alcanzaba este modo de producción, lo da la revolución bolchevique. Allí, ante el escaso desarrollo y débil presencia de este modo de producción sólo en Petrogrado y Moscú, y su ausencia absoluta en las amplias regiones del antiguo imperio ruso, los bolcheviques debieron acometer –y lo consiguieron en tiempo record con un gigantesco costo en vidas humanas– el desafío de construir a la par capitalismo y socialismo (2), lo cual habría sido imposible sin robustecer burocráticamente un aparato estatal obsecuente a los dictámenes del nuevo “padrecito de los pueblos”; pero en nombre del partido.

Mélenchon desdice su argumento doctrinario cuando, hablándole a los nuevos rebeldes, desafectados políticamente y seducidos por el anarquismo, señala que los partidos políticos han quedado superados, que no hay un centro de toma de decisiones, pero a continuación pone dudas en la tarea histórica de superar el Estado cuando, a renglón seguido, nos habla de la necesidad de una economía mixta, como el sistema que combina la planificación ecológica desde municipios, sindicatos, cooperativas e incluso organizaciones empresariales, con grandes proyectos diseñados desde el Estado. Es decir reconoce que la economía sólo puede implementarse a partir de un rayado institucional superior, que pueda orientar esa sinergia hacia objetivos compartidos por el conjunto de la sociedad.

Concordamos con Mélenchon cuando señala como inaceptable la idea de un régimen de partido único. La revolución permanente necesita de la contradicción, ese ambiente propicio que sólo existe allí donde tiene expresividad la diversidad; energía social de ideas que anima democráticamente los debates. Luego y proclive a una renovación conceptual, dice que prefiere colectivismo a socialismo, sin reparar en que los crímenes masivos del stalinismo se justificaron en nombre de una colectivización forzosa, para señalar como soporte de esa recuperación conceptual que “la palabra ya está madura para reaparecer”.

¿Puede haber procesos transformadores sin la presencia conductora de un líder que aúne las capacidades del Estado y o de la sociedad civil? A esta interrogante, Mélenchon responde reivindicando de manera positiva la presencia del líder como un imán carismático que, por la confianza que dispensa une y conduce.

Concordando con el aporte anímico y emotivo que otorga esa presencia necesaria y precaviéndonos de no caer en los sustitucionismos que anticipaba Trotsky, incluido el culto a la personalidad, nosotros sostenemos como una práctica insustituible para evitar esas nefastas prácticas aún sobrevivientes, el fortalecer la conciencia de los ciudadanos a la par de las instituciones y sus prácticas democráticas, no sustituyendo partidos sino superando a los existentes, para reemplazarlos como resultado de la natural obsolescencia a que está sujeto todo cuerpo social; tengamos presente que todo tiene un plazo de caducidad, dada la corrupción implícita en la transformación permanente descubierta por Laplace para el ámbito de la Naturaleza, obsolescencia de la que no escapan las instituciones. Al respecto recordemos lo que dice Engels, parafraseando al Mefistófeles del “Fausto” (escena 3 de la tragedia de Goethe), en Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana: “todo lo que existe merece perecer”(3).

¿Cómo resolver aquellas inevitables contradicciones que observamos en dirigentes políticos, en procesos ocurridos o en desarrollo? Desde este lado del mundo y sin renunciar a nuestro originario acervo teórico y de experiencias, reivindicamos el derecho irrenunciable a que los pueblos opten por los caminos específicos que marquen sus propias realidades. En un contexto de tercera vía revolucionaria, heredera de los entonces países tercermundistas, no alineados con los bloques de la guerra fría, continuamos apostando por las vías específicas que, como construcciones artísticas, puedan fertilizar el espacio global de construcciones democratizadoras, superando los vaticanos ideológicos del pasado, tal como hiciera la vía chilena hacia el socialismo, ese camino propio con sabor a vino tinto y empanadas, y cuyo norte era la construcción de una república democrática de trabajadores, legado histórico de la Unidad Popular y del Presidente Allende.

Mélenchon cuestiona un capitalismo neoliberal donde el poder financiero comanda todas las actividades de la sociedad. Luego, sin proponerse la abolición de la propiedad privada, se abre a la posibilidad de una “sociedad económica basada más en la propiedad colectiva que en la propiedad privada, más en la planificación que en el mercado, y que parta más de las necesidades que de la oferta.”

El eclecticismo del más izquierdista de los hombres públicos de Francia, tiene, evidentemente, el gran mérito de no pretender señalar la línea a seguir a ningún movimiento o partido de la vieja Europa ni del Nuevo Mundo. Es así como reconoce la especificidad del Partido de los Trabajadores del Brasil y propone para Francia iniciativas que, como parte de un proceso constituyente, resultan coincidentes con las que se debaten al interior de la Convención Constitucional chilena como: los “referéndums de iniciativa ciudadana RIC”, semejantes a nuestras iniciativas populares de ley, “referéndums revocatorios de los cargos públicos”, el derecho a voto libre, es decir voluntario, a partir de los 16 años de edad y obligatorio a partir de los 18, así como, teniendo muy en cuenta los votos blancos, si estos llegan a un 50% o más, la elección se declare nula.

Finalmente en una autocrítica al eurocentrismo, Mélenchon dice que, acostumbrados a explicar cómo se construye el socialismo, los europeos lo hacen recorriendo todos los rincones del mundo, sin haber sido capaces de implementarlo ni siquiera en un país de la Unión Europea, por ello sigue con interés las iniciativas y experiencias de lucha que surgen en la periferia. Ojalá esta actitud, valorativa devuelva a los condenados de la tierra (4), la saludable confianza para reanudar la tarea inconclusa de construir su propia historia.

NOTAS
1.- Declaración de Principios del Partido Socialista de Chile.

2.- Edward Hallet Carr, Historia de la Rusia Soviética. La Revolución Bolchevique (1917-1923) Inglaterra 1950 y publicada en castellano por Alianza Editorial, Madrid 1972. Tres Tomos. En el primero de ellos, Capítulo 5: Las dos revoluciones, el prestigiosos historiador británico y, sin duda, el más grande especialista en el tema, expone el dilema de los bolcheviques partiendo de la caracterización evolutiva del enorme territorio heredado del imperio zarista, de tener que optar según se lo calificara, entre acometer la revolución democrático burguesa o la socialista proletaria. Págs. 121 a 140.

3.- Friedrich Engels, “Ludwig Feiuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana” en C.Marx y F.Engels. Obras Escogidas. Editorial Progreso. Moscú, pág. 618. Sin fecha de impresión.

4.- Franz Fanon, “Los condenados de la tierra” Argelia 1961. Obra publicada clandestinamente el año en que su autor moría de leucemia, y que fuera prohibida por el gobierno de Francia por atentar contra la seguridad del Estado, a pesar de lo cual la lucha de la resistencia anti colonial argelina obtuvo finalmente su independencia.

Fanon describe las formas que asume el colonialismo, denuncia la actitud vasalla de algunos dirigentes de países africanos y apela a la necesaria unidad entre intelectuales revolucionarios y el desheredado campesinado africano, único protagonista de la unidad libertaria de ese continente.

(*) Profesor de Estado en Historia y Geografía. Magíster en Historia y Ciencias Sociales.

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