La Inevitable Caida de Mikhail Gorbachev

El 26 de diciembre de 1991, los presidentes de las repúblicas soviéticas de Rusia, Boris Yeltsin, Ucrania, Leonid Kravchuk, y Bielorusia, Stanislav Shushkévich, acordaron formalmente la disolución de la URSS.

Los treinta años pasados, que han visto la aplicación de las terapias de choque neoliberales como mecanismo de restauración capitalista y la transformación de la burocracia soviética en una nueva clase capitalista de oligarcas enriquecidos con la expropiación individual de lo que habia sido la propiedad colectiva que habían gestionado hasta entonces, no ha cerrado el debate sobre la naturaleza social y política de la URSS.

El debate sigue abierto entre las distintas interpretaciones como una problemática central del marxismo.

En 1992, Ernest Mandel, entonces el principal dirigente de la Cuarta Internacional, aventuró este balance provisional de una coyuntura de casi imposible predicción, pero que terminó en el peor de los escenarios posibles.

Un fracaso inevitable

El intento de reformar el régimen burocrático soviético emprendido por Mikhail Gorbachev estaba condenado al fracaso. Esto confirma la imposibilidad de un intento de autoreforma por parte de la burocracia.

El fracaso de Gorbachov está en consonancia con el de Tito, Jruschov, Mao o Dubcek. La burocracia soviética es demasiado vasta, sus redes sociales demasiado fuertes, la red de inercia, rutina, obstrucción y sabotaje sobre la que descansa es demasiado densa como para debilitarla decisivamente con acciones desde arriba.

Su remoción exige la iniciativa y acción de decenas de millones de trabajadores, es decir, una verdadera revolución popular desde abajo, una revolución política antiburocrática. Gorbachov fue incapaz de desencadenar una revolución así, ni tampoco quiso hacerlo. Su objetivo era preservar el sistema mientras lo reformaba profundamente.

El rumbo de Gorbachov hacia una reforma radical del sistema no fue, en primer lugar, el resultado de ninguna elección ideológica. Fue el resultado de condiciones objetivas inevitables, de la crisis cada vez más profunda del sistema en el que estaba sumida la URSS desde finales de los años setenta.

Los principales signos de esta crisis fueron:

* La continua caída de las tasas de crecimiento, que se mantuvo por debajo de las de EEUU durante más de una década;

* La imposibilidad en estas condiciones de mantener al mismo tiempo el impulso de modernización de la economía, la carrera armamentista con el imperialismo, un aumento constante, aunque modesto, de los niveles de vida de las masas y el mantenimiento y expansión de los privilegios de la burocracia. Al menos dos, si no tres, de estos objetivos tuvieron que abandonarse.

* El fracaso, predicho por Trotsky en la década de 1920, de la conversión de la industrialización extensiva en intensiva. Esta conversión exigió dar prioridad a problemas de calidad antes que de cantidad, cálculos exactos de costes, transparencia de los mecanismos económicos y la creciente soberanía de los consumidores. Todo lo cual es incompatible con la dictadura burocrática;

* El inicio de una pronunciada regresión social, expresada particularmente por la existencia de 60 millones de pobres y el marcado deterioro del sistema de salud (incluyendo durante varios años una caída absoluta de la esperanza media de vida);

* La pérdida de toda legitimidad política por parte del régimen, con la aparición de amplios sectores de oposición (técnicos, escritores, jóvenes, nacionalidades oprimidas y trabajadores actuando hasta cierto punto de forma independiente);

* Una crisis ideológica y moral muy profunda que la burocracia ya no pudo controlar.

* La derrota de Gorbachov es sobre todo la derrota de la perestroika económica . Mal concebida desde el principio, cambiando de rumbo varias veces, combinando objetivos cada vez más contradictorios, la perestroika acabó desmantelando la vieja economía dirigida sin sustituirla por nada coherente.

Del estancamiento al declive económico

Después de varios saltos mortales, el declive económico siguió al estancamiento a partir de 1990. La inflación galopante contribuyó a precipitar la caída. Los vínculos entre empresas comenzaron a deshacerse. Los bienes de consumo desaparecieron de los circuitos oficiales de distribución, siendo gradualmente monopolizados por diversas mafias y el libre mercado, donde se vendían a precios desorbitados.

El ingreso mínimo esencial en Moscú a principios de 1991 era de 200 rublos mensuales por persona, que todavía estaba cubierto por el salario mínimo. En octubre de 1991, la renta mínima básica había ascendido a 521 rublos, según cálculos de los sindicatos.

Alrededor del 90% de los moscovitas recibían menos de esta suma. Desde entonces, la situación ha empeorado. Y ahora tenemos las masivas subidas de precios del 2 de enero de 1992. Ante este progresivo deterioro de las condiciones de vida de amplias masas, Gorbachov perdió por completo su base popular.

La fuerza impulsora fundamental detrás de la política exterior de Gorbachov fue el imperialismo para salvar el barco que se hundía. Esto llevó a acuerdos regionales contrarrevolucionarios a expensas de las revoluciones centroamericana y cubana, y las luchas de liberación en Sudáfrica y el mundo árabe.

En esto, Gorbachov no hacía más que continuar la larga historia de traiciones a la revolución internacional por parte de Stalin, sus sucesores y sus acólitos: la traición de las revoluciones española, yugoslava y griega, la traición de las oportunidades de avances revolucionarios en Francia y Italia en 1944-48 y 1968-9, y las traiciones de las revoluciones china, vietnamita, cubana (en la primera fase) y portuguesa.

Sin embargo, si era ilusorio esperar que Gorbachov tuviera éxito, también sería un error cerrar los ojos a los cambios profundos y positivos que tuvieron lugar en la URSS bajo Gorbachov.

Estos cambios se resumen esencialmente en la glasnost o, si se prefiere, en la extensión sustancial de las libertades democráticas de que disfrutan en la práctica las masas soviéticas.

Estas libertades son, por supuesto, limitadas, parciales y no garantizadas constitucionalmente y se han combinado con rasgos autoritarios que se acentuaron en el último período del reinado de Gorbachov. Pero estas libertades democráticas eran bastante reales.

Surgieron muchos partidos, asociaciones políticas, agrupaciones sociales y organizaciones de trabajadores independientes. Apareció una prensa completamente fuera del control de la censura del partido. Se llevaron a cabo manifestaciones públicas, a menudo de gran envergadura.

Hubo un número creciente de huelgas. Se organizaron elecciones que ofrecían a los votantes una opción de candidatos con orientaciones políticas genuinamente diferentes.

Negar que este fue un cambio colosal para las masas en comparación con los regímenes estalinista y post-estalinista, y describir al régimen de Gorbachov como “totalitario”, equivale a embellecer la dictadura estalinista.

Bajo Stalin hubo millones de presos políticos. Bajo Gorbachov había menos que en Estados Unidos, Gran Bretaña, el Estado español o Israel. Bajo Stalin, todas las huelgas fueron reprimidas sangrientamente. Bajo Gorbachov, ninguna huelga fue reprimida sangrientamente.

Esta visión errónea de la realidad política en la URSS es el resultado de una concepción ultraizquierdista de las variantes de los regímenes políticos. En esta concepción sólo existe una distinción: el poder de los soviets y la dictadura burguesa fascista o de inclinación fascista. Todas las formas intermedias desaparecen de la vista.

Los golpistas de agosto de 1991 querían limitar severamente o incluso suprimir las libertades democráticas que existían en la realidad. Tenían la intención de suprimir el derecho de huelga y las organizaciones de trabajadores independientes. Por eso había que oponerse al golpe de Estado por todos los medios disponibles. Y es por eso que el fracaso del golpe de Estado debe ser alabado.

Esto significa que las masas trabajadoras de la ex-URSS deben ahora emprender una lucha en dos frentes: por la defensa, extensión y consolidación de las libertades democráticas, por un lado, y por el otro, contra la privatización. Abandonar una de estas dos luchas centrales sería sacrificar los intereses fundamentales de la clase trabajadora.

No hay posibilidad de desarrollo y victoria de la revolución política en la ex-URSS sin que la clase trabajadora recupere su capacidad de organización de clase política independiente de masas. Este objetivo, a su vez, sólo puede realizarse mediante un largo período de aprendizaje, del desarrollo de las luchas y del surgimiento de una nueva vanguardia.

Sin las libertades democráticas en realidad, este proceso será mucho más largo, más difícil y tendrá menos posibilidades de llegar a una conclusión exitosa. Y sin tal revolución política, la restauración del capitalismo es inevitable a largo plazo.

Gorbachov no fue derrocado por una movilización de masas. Tampoco fue derrocado por una ofensiva del imperialismo o de las fuerzas burguesas internas. Ha sido derrocado por un ala de la burocracia dirigida por Boris Yeltsin.

Yeltsin: un hombre del aparato

Yeltsin, al igual que Gorbachov, si no más, representa una facción en los niveles superiores de la nomenklatura. Yeltsin, por todo su pasado y educación, es un hombre de aparato. Sus dotes de demagogo populista no permiten modificar este juicio. Si hay algo que distingue a Yeltsin de Gorbachov es que es menos propenso a la evasión, más autoritario y, por tanto, más peligroso para las masas.

La gente dirá que, a diferencia de Gorbachov, que siguió llamándose a sí mismo socialista de alguna manera vaga, Yeltsin ha defendido abiertamente la restauración del capitalismo. Esto es verdad. Pero las profesiones de fe no nos bastan para hacer una valoración de los políticos. Tenemos que mirar qué sucede en la práctica y qué intereses sociales sirven.

Desde este punto de vista, Yeltsin y sus aliados en la liquidación de la URSS a favor de la «Mancomunidad de Estados Soberanos» representan una facción de la nomenklatura distinta de las fuerzas burguesas propiamente dichas (esencialmente las «lumpen-millonarias», la nueva burguesía), aunque puedan superponerse en los márgenes.

Los casos más típicos son los de los presidentes de Ucrania y Kazajstán que, junto con Yeltsin, han “traicionado a Gorbachov” (según frase de este último) para liquidar la URSS.

Ambos eran líderes del aparato estalinista en estas dos repúblicas al comienzo de la era de Gorbachov. Ambos continúan dependiendo de la KGB local, apenas modificada. Al principio, ambos jugaron un juego de espera, o incluso apoyaron el golpe. Ambos han utilizado la revuelta legítima de las masas de su región contra la opresión nacional para convertirse en «líderes nacionalistas».

Su cinismo se manifiesta en su disposición a asociarse, al menos por el momento, con Yeltsin y sus acólitos, que son auténticos chovinistas de la Gran Rusia.

Lo que estamos viendo en la ex-URSS es una lucha triangular entre: facciones en la cima de la nomenklatura; fuerzas directamente restauracionistas, es decir, burguesas en el sentido social del término; y las masas trabajadoras.

Estas tres fuerzas son distintas y actúan en la sociedad de acuerdo con sus propios intereses distintos.

Son posibles nuevos golpes de estado. Es muy posible que Yeltsin pierda popularidad rápidamente, dadas las políticas antiobreras y antipopulares que está siguiendo. Detrás de él se puede ver la siniestra figura de Vladimir Shirinovsky, el LePen soviético, que busca inspiración al mismo tiempo en Stalin, el Zar y Pinochet; tiene el apoyo de un ala del ejército y es furiosamente gran ruso, xenófobo, antisemita y racista. Su popularidad no debe subestimarse.

Hoy no nos enfrentamos a una situación revolucionaria o prerrevolucionaria en la ex URSS. Sin duda, la clase trabajadora es infinitamente más fuerte que sus adversarios, mucho más fuerte que en 1917 o 1927. Al mismo tiempo, el estalinismo está, como siempre lo hemos predicho, en proceso de colapso.

Pero para que sea derrocado por una revolución política, la clase trabajadora debe actuar como una fuerza política independiente, lo que no es el caso hoy.

Debido al enorme descrédito en el que han caído las ideas mismas del comunismo, el socialismo o el marxismo por culpa de la dictadura estalinista, el vacío creado por la profunda crisis ideológica/moral de la sociedad soviética no puede ser llenado actualmente por la clase trabajadora.

Esta es activa, pero solo para fines inmediatos a corto plazo y de forma fragmentada y discontinua. La derecha tiene la iniciativa política.

El hilo roto de la historia

Contrariamente a nuestras legítimas esperanzas hasta 1980-81 (el primer ascenso de Solidarnosc), el hilo que va desde la revuelta en el campo de trabajo de Vorkuta y el levantamiento de Alemania del Este de 1953 a través de la revolución húngara de 1956 hasta la «Primavera de Praga» y los primeros pasos de Solidarnosc polaco se ha roto. Llevará tiempo restaurarlo.

¿Significa esto que una restauración duradera del poder de la nomenklatura o una restauración real del capitalismo son los resultados más probables? Para nada. Son tan improbables como un avance rápido hacia una revolución política.

Ciertamente, el gobierno de Yeltsin ha dado algunos pasos iniciales hacia la restauración capitalista. Pero existe una gran distancia entre el principio y el final de dicho proceso.

Para una restauración real del capitalismo, una extensión de la economía mercantil, que sigue estando hoy menos desarrollada en la ex-URSS que en la época de la Nueva Política Económica de la década de 1920, no es suficiente. Los grandes medios de producción e intercambio también deben convertirse en mercancías.

Esto requiere al menos $ 1 000 000 millones, una suma que no está disponible en las condiciones actuales, ni en Occidente ni en la propia ex URSS.

También es necesario que la fuerza de trabajo sea sometida a las leyes del “mercado laboral”. Esto implica unos 30 a 40 millones de desempleados y una caída del nivel de vida del orden del 30 al 50%; esto encontrará una feroz resistencia.

La eventualidad más probable es un largo período de descomposición y caos.

Nuestra modesta pero real esperanza debe ser que en este período la clase obrera soviética pueda reconquistar gradualmente su independencia de clase. La tarea principal de las fuerzas socialistas pequeñas y fragmentadas es vincularse con los trabajadores y ayudarlos a superar los obstáculos para ese fin.

(*) Economista marxista belga, fue autor de obras fundamentales como el Tratado de Economía Marxista (1962), El Capitalismo Tardío (1972) y Las Ondas Largas del Desarrollo Capitalista (1978 y 1995). Como dirigente de la IV Internacional fue autor de numerosos libros y artículos de análisis y crítica política, entre ellos este de 1992.

Fuente: Marxists’ Internet Archive

Traducción para Sin Permiso de G. Buster

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