Nicaragua: Triunfo Sandinista e Injerencia Internacional

Luego de consumada la reelección de Daniel Ortega, el gobierno de Estados Unidos, la Unión Europea y Luis Almagro decidieron desconocer las elecciones en Nicaragua, abriendo la puerta a una nueva y potencial intervención.

El 7 de noviembre se realizaron elecciones en Nicaragua, donde el sandinismo triunfó con más del 75% de los votos y reeligió como presidente a Daniel Ortega. Con un alto nivel de participación, el proceso electoral transcurrió en un plano de incertidumbre a partir de la situación política interna e internacional. Además, se eligieron 90 diputados nacionales y otros 20 para el Parlamento Centroamericano (Parlacen).

Para entender la realidad del país, dialogamos con el periodista y analista político nicaragüense Jorge Capelan y el dirigente sindical y campesino de la Asociación de Trabajadores del Campo (ATC) José Adán Rivera.

Ambos sostienen que la victoria electoral del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) cristaliza la voluntad soberana del pueblo nicaragüense contra las políticas injerencias de Estados Unidos y sus aliados.

“Fueron las primeras elecciones en las que no ha habido injerencia extranjera”, afirma Capelan. Por su parte, Rivera señala que “la palabra clave de estas elecciones es soberanía”.

El espinoso camino hacia las elecciones

La crisis política desatada en 2018 tras las protestas callejeras contra la reforma a la ley de seguridad social, sumado al fallido intento de golpe de Estado —por sectores de la oposición, medios de comunicación, empresarios y la cúpula eclesiástica—, abrieron el escenario político que decantó en las recientes elecciones.

“Se trató de una revolución de colores, que confundió durante algunos días a sectores de la población”, indica Capelan.

“Pero sus organizadores muy pronto mostraron que sus verdaderas intenciones eran las de destruir el país y no impulsar reivindicaciones sociales. Fue acertada la decisión de Daniel Ortega, de no reprimir, y abrir un proceso de diálogo y reconciliación que fue rechazado por estos sectores”.

Por su parte, Rivera indica que sectores opositores buscaban “abortar el conflicto por las malas, querían adelantar las elecciones e incluso, cuando vieron que no era posible, llamaron a la intervención norteamericana”.

Tras los sucesos del 2018, la sociedad nicaragüense quedó sumergida en una fuerte polarización social entre quienes apoyan al gobierno y quienes rechazan el proyecto liderado por Daniel Ortega y Rosario Murillo.

Las relaciones de fuerzas se reordenaron en favor del FSLN que consiguió un fuerte apoyo social, a la vez que estableció sanciones al financiamiento externo no declarado a organizaciones políticas, ONGs y fundaciones.

Así, el endurecimiento de las políticas contra la oposición, la falta de unidad de estos sectores y la detención de sus dirigentes, profundizaron las tensiones políticas y sociales.

La otra contienda que tensiona el proceso electoral ocurre en el plano internacional. La Organización de Estados Americanos (OEA) convocó días previos a los comicios a una reunión del consejo permanente para discutir sobre la situación política de Nicaragua.

En este encuentro, veintiséis países votaron para exigir la liberación de los detenidos en Nicaragua, mientras que otros siete se abstuvieron.

La Cancillería nicaragüense repudió la convocatoria en un comunicado, indicando que era una “violación al principio de autodeterminación de los pueblos y de no intervención en los asuntos internos”.

Por su parte, Estados Unidos volvió a la carga con mecanismos coercitivos como las sanciones selectivas y la supervisión de préstamos internacionales por parte de la Ley Renacer, a lo que suma la amenaza de revisar la participación de Nicaragua en el Tratado de Libre Comercio de Centroamérica.

Días antes de los comicios, simpatizantes y activistas del sandinismo también denunciaron el bloqueo a cuentas de Facebook y Twitter. Desde la multinacional META adujeron que se trataban de perfiles para atacar a opositores, mientras que el FSLN denunció censura política del gobierno norteamericano.

Participación y estrategia abstencionista

A contramano de lo que anticipaban los medios internacionales, el proceso electoral se desarrolló en un clima de tranquilidad social y con una importante afluencia. En Nicaragua el voto no es obligatorio.

Tras la victoria de la revolución sandinista en 1979, se han desarrollado elecciones de forma ininterrumpida que además destacan por el porcentaje de participación. En esta oportunidad —según los datos oficiales— alrededor del 65% de los 4,4 millones de nicaragüenses concurrieron a las urnas.

Este porcentaje se encuentra en el promedio del continente y por encima de aquellos países donde el voto no es obligatorio.

De hecho, en las elecciones presidenciales estadounidenses del 2020 en las que Joe Biden se impuso sobre Donald Trump, la asistencia a votar fue del 66,5%. Además, las elecciones contaron con 232 acompañantes internacionales procedentes de 27 países y 600 periodistas nacionales e internacionales acreditados durante el proceso electoral.

Los resultados demostraron de manera contundente el apoyo social del sandinismo con un 75, 92% de los votos. En segundo lugar, quedó el PLC con el 14, 15% y le siguen el CCN con 3.30%, la ALN con 3,15%, el APRE con 1,78% y el PLI con el 1,70%. Los datos indican que el bloque opositor aglutinó alrededor de un 24 % de los votos.

Para los entrevistados fue evidente el fracaso de la estrategia de los sectores que llamaron a no ir a votar.

“El abstencionismo fracasó, el pueblo nicaragüense conoce su historia y tiene una profunda vocación democrática. A pesar de que empresarios amenazaron a trabajadores con despedirlos si llegaban con el dedo marcado por la votación, y curas que en sus sermones decían que no había a quién votar, la gente se movilizó”, explica José Rivera.

Jorge Capelan agrega:

“Siempre hay un 25% o 30% de personas que no van a votar, como pasa en muchos países. Sólo hay entre un 6% y 11% del electorado opositor que todavía está bajo el influjo golpista. Si tomamos al total del electorado disponible para ejercer su derecho podemos decir que casi un 60% está comprometido con la institucionalidad democrática, entre un 6% y 11% apoya a los sectores destituyentes, y a un 25% y 30% les resulta indiferente”.

El dirigente de ATC afirma que hay dos tipos opositores en Nicaragua: los que están apadrinados por el extranjero y los que no. “Creo que en los próximos años se va a fortalecer un sector opositor nacional y progresista que respete los marcos institucionales pero, por sobre todo, los derechos conquistados por el pueblo como son la educación y salud gratuita, como derechos humanos”.

Actualmente hay siete dirigentes opositores detenidos y en proceso judicial que habían manifestado sus intenciones de ser candidatos a presidente. Estos son acusados de atentar contra la soberanía nacional y/o lavado de dinero, y fueron denunciados por financiamiento extranjero ilícito a través de organismos como la USAID y la NED (Estados Unidos), o la Fundación Soros y la AECID (Europa).

Entre las detenidas se encuentra Cristiana Chamorro, hija de la expresidenta Violeta Barrios.

Apoyo interno y repercusiones internacionales

Consultados sobre los logros del sandinismo, Rivera y Capelan indican que el pueblo nicaragüense tiene memoria de lo que fue la larga noche neoliberal entre 1990 y 2006.

“Con la vuelta de Daniel Ortega al gobierno se empezó a empoderar a los sectores que habían sido beneficiados con la reforma agraria en los 80`, se les dio título de propiedad, se resolvió el problema de los apagones eléctricos y del agua potable, se declaró gratuita la educación, se mejoró el sistema de salud. Hubo un fuerte crecimiento económico durante el primer gobierno del sandinismo a partir de un modelo tripartito de Estado, Sindicatos y Empresarios”, explica Capelan.

“Hoy Nicaragua produce el 90% de los alimentos que consume teniendo como objetivo la soberanía alimentaria, hubo un cambio en la matriz energética y hoy producimos el 98% de la electricidad del país y 75% es energía limpia”.

El dirigente campesino José Rivera agrega:

“Nicaragua tiene importantes organizaciones campesinas y obreras, el movimiento cooperativista es fuerte. Hay que seguir por este rumbo, industrializando al país y fortaleciendo la economía popular”. Además, Rivera considera que uno de los logros expresado en el resultado electoral es que la juventud mostró un importante apoyo al sandinismo.

Las repercusiones internacionales tras los comicios no tardaron en llegar. El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, trató de “pantomima” al proceso eleccionario. La Unión Europea declaró ilegítimas las elecciones y el Secretario General de la OEA, Luis Almagro, pidió su anulación. Entre los países que se alinearon con estas posturas están España, Alemania, Costa Rica, Ecuador y Chile, entre otros.

Como contrapartida, los gobiernos de Rusia, Venezuela y Cuba saludaron el resultado electoral y criticaron la postura norteamericana. El expresidente boliviano Evo Morales Ayma declaró:

“Saludamos al digno pueblo de Nicaragua que en una demostración de coraje y madurez democrática eligió al hermano Daniel Ortega como presidente constitucional pese a la campaña de mentiras, chantaje y amenazas de EEUU. El triunfo de Ortega es la derrota del intervencionismo yanqui”. El Grupo Parlamentario de Izquierda (GPI) del Parlamento Centroamericano también expresó su apoyo a Nicaragua, resaltando los logros sociales y económicos de su gobierno.

El día posterior a las elecciones y en aniversario del fallecimiento de fundador del FSLN, Carlos Fonseca Amador, el mandatario Daniel Ortega se dirigió al pueblo de Nicaragua afirmando:

Nosotros insistimos: nuestro compromiso es con la Paz, así como nuestro voto fue por la Paz, y el Pueblo nicaragüense se volcó votando por la Paz”.

(*) Integrante del Observatorio de coyuntura en América Latina y el Caribe (OBSAL), que impulsa el Instituto Tricontinental de Investigación Social.

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