El Miedo como Práctica Política en Chile

Las campañas del terror en la política chilena contemporánea eran un tema hasta hace poco tiempo sin historia.

Un problema que la historiografía nacional había soslayado, entre otras razones, porque estamos acostumbrados a una evaluación muy positiva de toda nuestra trayectoria política republicana y, obviamente, el uso del miedo como instrumento político representa un estigma para la evolución nacional.

También, porque la mayor parte de los estudios sobre campañas políticas y elecciones son trabajos esencialmente descriptivos, en los cuales no se plantean preguntas que permitan analizar los métodos e instrumentos de campaña, sus contenidos y estrategias.

De tal modo que la propaganda política que utiliza la amenaza y el miedo como elementos centrales, es decir una “campaña del terror”, no figuraba como tema de la historia electoral nacional.

Se trata, sin embargo, de un tema que tiene proyección, porque a partir del lenguaje y de las representaciones que formulan los candidatos, los partidos políticos y las coaliciones partidarias, entre otros actores de la realidad política, se pueden estudiar sistemas políticos y procesos electorales, pero también las características de la sociedad.

En el caso específico de las campañas del terror, éstas permiten adentrarse en factores ligados con la mentalidad, pues el miedo, sus causas y componentes, precisamente, actúan sobre aquellos elementos relacionados con el inconsciente colectivo.

¿Qué hace que una sociedad se sienta atemorizada, se angustie en determinadas situaciones e, incluso, llegue a sentir terror?

En momentos de definiciones como el que vivimos, en medio de un proceso que condicionará nuestro futuro como comunidad, cuando también vemos desplegarse discursos que apelan al miedo como recurso para influir sobre la ciudadanía, abordar el problema significa reconocer que la manipulación de la opinión tiene una larga historia, también en Chile.

La campaña presidencial de 1920

En el registro arqueológico de las campañas del terror en Chile, éstas comienzan en 1920, cuando se registra la aparición del miedo como instrumento del discurso político. En lo que posteriormente se transformaría en un lugar común de todas las campañas del terror, se acusó a Arturo Alessandri Palma, “el candidato de los pueblos”, de “agitar resentimientos sociales, promover la revolución social y alentar los odios de clase”.

Estos fueron los cargos que los adversarios de Alessandri le hicieron al entonces candidato. La imputación venía de la clase política tradicional, de la oligarquía en el poder que desde el siglo XIX controlaba el sistema político caracterizado como parlamentario.

Este grupo trató de estigmatizar a Alessandri, adjudicándole lo que llamaron “tendencias comunistas”. Además, se le acusó de tener simpatías con la revolución rusa, mostrándose ellos como “representantes de la paz y del orden”, frente a un Alessandri que atemorizaba a sus adversarios, que agitaba a la sociedad, que simpatizaba con la violencia y, esencial, cuyo triunfo se proyectaba solo traería trastornos sociales y, aún más, la anarquía.

Derechas v/s izquierdas: la campaña de 1938

Una nueva etapa en las campañas del terror, aunque con muchos más ingredientes, es la que se desarrolló el año 1938, a propósito de la elección que enfrentó a Gustavo Ross Santa María (el candidato de la derecha), y a Pedro Aguirre Cerda (del Frente Popular, el candidato de la izquierda).

En esa elección, que ganó Pedro Aguirre Cerda por una mínima diferencia, aparecieron sistemáticamente por primera vez estos dos términos que marcarían la política chilena del siglo XX: derecha e izquierda.

Entonces, al candidato del Frente Popular se le calificó de “representante de la izquierda”, en un contexto de fuerzas electorales nítidamente contrapuestas, elemento que se transformaría en una de las características de la lucha electoral que utilizó la campaña del terror como instrumento de proselitismo.

La polarización fue desde entonces una de las condiciones del uso del miedo como herramienta política. A fines de la década de 1930 también se hizo presente la sensación de crisis, un clima político tenso y polarizado en medio del cual se enfrentaron las dos fuerzas en disputa por el poder.

Característica de la campaña de 1938, fue también -y es algo que se repetirá posteriormente- la permisividad de la sociedad. Ésta estuvo dispuesta a aceptar y tolerar un lenguaje bastante violento y un libertinaje de las expresiones que tenían como objetivo fundamental disminuir sustancialmente la imagen del adversario político.

La exigencia de una definición entre una y otra posición no solo impuso al electorado, y a toda la sociedad, la necesidad de elegir entre alternativas polarizadas, también validó el uso de excesos y de descalificaciones.

Hoy el tema constitucional, como en otros momentos de la historia de Chile fue el de la sucesión presidencial o el fin de la dictadura, no es más que una excusa para desatar una nueva campaña que, una vez más, refleja el escepticismo de algunos respecto de las cualidades del sistema democrático y la escasa confianza en las instituciones republicanas.

La elección de 1938 se presentó como “evolución v/s revolución”, “orden v/s caos”, “libertad v/s violencia”, “libertad v/s totalitarismo”, y en la campaña todos los conceptos negativos se atribuyeron al Frente Popular y a su candidato.

Fue entonces cuando aparecieron algunos de los tópicos propios de las campañas del terror que la derecha seguiría utilizando en la segunda mitad del siglo XX. En esta oportunidad, además, estimulados e influenciados por un nuevo elemento que en la campaña presidencial de 1920 aun no se había dado, como lo fue la presencia del escenario internacional en la política local.

Ello a propósito de la Guerra Civil Española, que había enfrentado a los republicanos contra los nacionalistas y que había tenido consecuencias de gran impacto en la sociedad chilena.

Entre otras razones, porque se presentó a los republicanos españoles y al Frente Popular como una coalición política que, de llegar al poder, no solo iba a traer el caos y todo lo asociado a él, sino que además iba a perseguir a la Iglesia Católica.

Temor que se nutría también con lo ocurrido en México a raíz de la Guerra Cristera. Sin olvidar el factor que fue el avance de los fascismos en Italia y Alemania, siempre presente entre los actores en la lucha electoral.

La derecha presentó la elección como un momento épico, de definiciones, “sin paralelo para el futuro democrático de Chile”, y Pedro Aguirre Cerda fue mostrado como una amenaza, un elemento que provocaría una tempestad social y traería un futuro catastrófico.

Los autodenominados elementos del orden, el Partido Conservador, Gustavo Ross y la derecha, precisamente, buscaban evitar esta situación.

Es un momento decisivo, en el cual la izquierda, el Frente Popular y Pedro Aguirre Cerda, aparecen representando el cambio, al que la derecha reacciona y hace frente con una campaña del terror.

Las campañas de 1958 y 1964

Una nueva etapa en la evolución de las campañas del terror, ahora con un discurso bastante más sofisticado, y con las variantes propias de la época, se produjo a raíz de las elecciones presidenciales del año 1958, que enfrentaron a Salvador Allende y a Jorge Alessandri y, en especial, en la campaña presidencial del año 1964, en medio de un contexto internacional imposible de obviar como lo fue el de la Guerra Fría, y en la que compitieron Eduardo Frei Montalva y Salvador Allende.

Elección que Marcelo Casals, en su libro La creación de la amenaza roja. Del surgimiento del anticomunismo en Chile a la «campaña del terror» de 1964 (Santiago, LOM Ediciones, 2016), ha abordado con rigor y analíticamente.

En ambas elecciones los medios tuvieron una actuación determinante, pues se difundieron intensas campañas proselitistas en los periódicos y en las radios. Otro elemento inédito fue el financiamiento externo de las campañas políticas y, también, el uso de la televisión como elemento de propaganda.

Ejemplo de los contenidos y características de la campaña del terror del año 1964 son las imágenes como las que presentamos.

En la primera de ellas aparece el uso de la dimensión internacional al mostrarse a Fidel Castro, el líder de la revolución cubana, dando instrucciones a Luis Corvalán, uno de los jerarcas del Partido Comunista de Chile, e integrante de la coalición Frente de Acción Popular que apoyaba a Salvador Allende.

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Fidel Castro aleccionando a Luis Corvalán.

La prensa, tanto como la caricatura que ofrecemos, mostraba a Fidel Castro como un elemento central, y por lo tanto decisivo, en la campaña de Allende y en lo que Chile llegaría a ser en el futuro en caso de triunfar el candidato de la izquierda.

La dimensión internacional, la Guerra Fría, se utilizó para animar y estimular la sensibilidad anticomunista que la campaña del terror traspasó a la sociedad como miedo al comunismo representado por Allende.

Se promovió un tajante contraste entre el “bien” y el “mal”, resultado de lo cual la elección de 1964 se presentó como un verdadero plebiscito entre libertad y tiranía; democracia y totalitarismo; garantías políticas (Frei) versus opresión (Allende); progreso v/s decadencia; bienes, capitalismo y sociedad de mercado v/s confiscación, vejación y otra serie de calamidades.

La campaña del terror, la de Frei y de la derecha que entonces lo apoyó, se manifestó como una cruzada nacional, en pro de Chile, versus el candidato de la izquierda que obedecía los dictámenes del comunismo internacional; que se estaba vendiendo o entregando definitivamente a Cuba, China y la Unión Soviética.

La Guerra Fría jugó un papel determinante, se trataba de salvar a Chile del peligro comunista. A través de la prensa se desplegaron imágenes de fusilamientos en las que se preguntaba a los chilenos:

“¿Es el paredón el futuro que quieres para tu padre, tu hermano, tu amigo?”, acompañado de un mensaje muy dramático, casi épico: “¡Faltan 22 días!”

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Así se fue construyendo una imagen que pretendía provocar miedo a Allende y lo que éste supuestamente representaba. Utilizando fondos internacionales proporcionados por agencias estadounidenses, se activó la sensibilidad anticomunista, creando una reacción emocional de temor a través de la prensa y de la radio.

Se articuló un discurso en el que las representaciones potenciaban el miedo de la sociedad de masas, otro elemento fundamental en los sesenta, y que implicó utilizar técnicas de persuasión, como lo manifiestan los avisos que reproducimos.

Se aprovecharon y difundieron estereotipos asociados al comunismo, imágenes que generaban un efecto social de terror. Acompañadas o reforzadas con preguntas dramáticas, juicios categóricos y opciones drásticas.

Los plebiscitos durante la dictadura militar

Nuevas versiones de la campaña del terror, ahora con el aprovechamiento de medios masivos de comunicación que como la televisión habían ampliado su cobertura, fueron las desarrolladas durante la dictadura de Augusto Pinochet a propósito de las consultas de enero de 1978, de 1980 y, en toda su magnitud, a raíz del plebiscito del SÍ y el NO del año 1988.

Para el plebiscito del año 1988, muy sintomáticamente, las únicas opciones posibles fueron un SÍ y un NO, con todo el significado que estas palabras tienen para el común de las personas. Para las fuerzas que apoyaban el SÍ, y por lo tanto a Pinochet, el NO representaba el caos, la anarquía, el regreso a una época que todos repudiaban, y que no era otro que el pasado democrático del país asociado al régimen marxista de la Unidad Popular.

En los meses previos al plebiscito del 5 de octubre de 1988 circularon en Santiago y otras ciudades numerosos panfletos que muestra cómo se representó a la oposición a Pinochet, algunos de los cuales reproducimos.

En el primero aparece el dirigente de las fuerzas democráticas por el NO, Ricardo Lagos, junto al comunista Luis Corvalán y a la “encarnación misma del mal” en esa época, el socialista Carlos Altamirano.

Los textos son muy gráficos y no requieren mayor explicación: “Los marxistas controlan el NO. Socialistas, Comunistas, Miristas, Rodriguistas. La vieja y siniestra Unidad Popular. ¿Cree usted que esta es una buena compañía?”

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Son frases, imágenes y representaciones dirigidas al electorado de centro y destinadas a provocar inquietud, real temor respecto de las fuerzas políticas, democráticas, que apoyaban la opción NO. Un intento por demonizar a la Concertación Democrática haciéndola aparecer poco “democrática” y nada de “confiable”. De ahí la interpelación a la ciudadanía: “Piénselo y decídase”, “aún es tiempo” de optar por el SÍ.

Avisos publicitarios en el que la opción NO se representa como el caos, mientras que la alternativa SÍ a través del verde esperanza y el orden, ambos frente a una familia que debe tomar su decisión, fueron ideados y difundidos a través de la prensa por los partidarios del SÍ. Al igual que por medio de panfletos en los que se ofrecía una brutal contraposición entre ambas posturas.

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La opción NO asociada con el caos, las colas, los desórdenes, la demagogia, la inflación, el estatismo, las tomas, las intervenciones y el desempleo, todos, además, equivalentes a una bomba.

Mientras que la postura del SÍ se mostraba como sinónimo de orden, abastecimiento, proyección, propiedad, libertad, exportaciones, desarrollo, justicia, trabajo y salud. Todo junto a una recreación de la estrella con los colores patrios.

La interpelación, la obligación de definirse frente a un opción maniquea es clara: “Tomó su decisión: Avancemos juntos a un futuro TODAVÍA mejor”.

En otra representación de la opción NO, los partidarios del régimen de Pinochet, esencialmente la derecha, muestran a sus opositores, la Concertación Democrática, asociados con la violencia, deformando su eslogan, “La alegría ya viene” a través del uso de una bomba y la alusión al gobierno de la Unidad Popular.

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Naturalmente la opción NO se mostró entonces asociada a todo tipo de palabras de connotación negativa, en un intento, que finalmente resultó inútil, por desprestigiar esa postura.

¿Y cómo reaccionaron los opositores de Pinochet ante una campaña que por lo demás ya llevaba años? A través de la esperanza representada por un arcoiris, con un eslogan de campaña optimista como el de “la alegría ya viene”, y del humor como estrategia para enfrentar el miedo y contrarrestar la campaña del terror oficialista.

El NO ofreció el arcoiris, y una refrescante y positiva visión de futuro en caso de que la ciudadanía optara por la Concertación.

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Utilizó el sarcasmo, la ironía y en definitiva el humor para menoscabar la imagen de un Pinochet que no ofrecía muchas garantías de respetar la voluntad ciudadana. Por eso se le mostró, como lo hizo una de las caricaturas de Guillo aguda e ingeniosamente, afirmando: “si no arrasamos, arrasamos”.

Mientras los creativos del NO aprovecharon los pocos minutos de televisión existentes para la campaña insistiendo en el tópico de la alegría y en lo positivo que resultaría para el país volver a la democracia; en la franja del SÍ, siguiendo el libreto de la demonización de los partidarios del NO, se ofreció un atentado terrorista que se produjo tal como si se estuviera filmando una película.

El hecho fue aprovechado por los opositores de Pinochet para, en una caricatura de Guillo mostrarlo representando todos los posibles papeles de una producción cinematográfica imaginaria, ironizando así como los pronósticos que la campaña del SÍ hizo respecto de un eventual triunfo de las fuerzas democráticas.

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Mientras la campaña del SÍ enfatizó los antagonismos, la exclusión, la descalificación, un discurso cerrado, la diferencia entre nacionales; la propuesta del NO realizó una campaña inclusiva, convocadora, alegre, aludiendo al futuro común de todos los chilenos, un discurso abierto, para una sociedad donde estaba todo por hacerse.

La historia posterior es conocida, aunque no tanto un hecho muy representativo de la “confianza” que un sector del país, la mayor parte de la derecha y quienes apoyaban a Pinochet, mostraban entonces, como muchos también hoy, sobre el proceso democratizador que el triunfo del NO hizo posible.

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En los primeros meses del gobierno de Patricio Aylwin en muchos vehículos apareció una pegatina en la que se leía algo como: “yo no tengo la culpa, voté por Buchi”, la que muy pronto desapareció a raíz de la más que correcta gestión del nuevo gobierno.

La historia muestra que el miedo como instrumento de la lucha política chilena se encuentra en lo esencial asociado al temor de la derecha, a su desesperación frente a un futuro que aprecia como una fatalidad, también a una reacción motivada por su propia angustia ante el cambio y la pérdida del poder y de la cual también participan sectores de clase media.

Frente a lo que se percibe como amenaza se ha creado un enemigo interno y un escenario crítico de no optar la sociedad por sus criterios, posturas y preferencias electorales. Pronóstico que, una y otra vez, las experiencias de las última décadas y ante los más diversos temas, muestran fallido.

Hoy el tema constitucional, como en otros momentos de la historia de Chile fue el de la sucesión presidencial o el fin de la dictadura, no es más que una excusa para desatar una nueva campaña que, una vez más, refleja el escepticismo de algunos respecto de las cualidades del sistema democrático y la escasa confianza en las instituciones republicanas.

Se trata de una forma de degradación del sistema político, entre otras razones, por fundarse en medias verdades, en mentiras y en la exacerbación de la polarización y las soluciones extremas.

Es decir, todo lo contrario de la política que, con los disensos propios de toda democracia, debería promover la búsqueda de acuerdos y la convivencia pacífica como, la historia también lo muestra, ha sido una de las vocaciones más persistentes entre la ciudadanía nacional.

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