Eliminación de Copa América: El Reflejo de una Precaria Realidad

La eliminación de Chile de Copa América fue, sin lugar, a dudas un fracaso, por más que la estrecha derrota ante Brasil, en un «partidazo», como dicen ahora relatores y comentaristas deportivos, haya mitigado el tósigo de la amargura.

Después de un bicampeonato, caer en cuartos de final, con un partido ganado -a Bolivia, por la mínima-, dos empatados y dos perdidos, es un fracaso por donde se lo mire. Eso por el lado de los resultados.

Sin embargo, desde el punto de vista del juego, el balance es positivo. El equipo recuperó esa intensidad y dinámica colectiva que había perdió en los erráticos ciclos de Pizzi y Rueda, y ofreció alta competencia a Argentina, Uruguay y Brasil.

El partido con Paraguay acredita reglón aparte, porque es parte del problema: el equipo llegó fundido.

El fracaso, por consiguiente, no es atribuible al plantel de jugadores ni a la dirección técnica. Ambos rindieron en el límite de sus capacidades y potencialidades.

Las razones del fracaso son las mismas que se invocaron, por ejemplo, el 26 de marzo de 1974, cuando por dos goles a cero, la selección de Perú eliminó a la de Chile, del mundial Argentina 78; o en la Copa América 1993, en Ecuador, cuando Chile, aún con Salas y Zamorano, fue eliminado, también por Perú, al caer por 1-0 en el último partido del grupo; o el 3 de septiembre de 1989, con el papelón mundial del «maracanazo», que significó la eliminación para el mundial Italia 90; y qué decir, de la desastrosa eliminación para el mundial 2002 Corea-Japón, primera vez del sistema de campeonato todos contra todos, en que Chile llegó último y fue derrotado por Venezuela, en el estadio Nacional.

Sucede que las causas basales no han cambiado. Una de las conclusiones que permite la inestimable oportunidad de mirar en simultáneo la Eurocopa y la Copa América, ahorra sesudas explicaciones. Más allá de que ganen empaten o pierdan, se clasifiquen o se vayan para la casa, las selecciones que prevalecen; es decir, las que siempre llegan a las instancias finales y se reparten los trofeos, son Alemania, España, Francia, Inglaterra e Italia, y un escalón más abajo, Bélgica, Holanda y Portugal; mientras que en Sudamérica, el predominio de Brasil y Argentina, en ese orden, es incontestable.

El fútbol es, por naturaleza, una tómbola con tres resultados posibles. Pero hacer bien las cosas contribuye a mejorar las posibilidades estadísticas. El fútbol de todos los países nombrados, se caracteriza, en primer lugar, por torneos de liga vibrantes y a estadio lleno; con instituciones sólidas, más que equipos de fútbol, clubes deportivos con arraigo social, y en lo principal, para efectos de este análisis, sus poderosos e intimidantes planteles se nutren tanto de un mercado hipertrofiado -que no tardará en pasar la factura- como del trabajo y la inversión en el fútbol formativo, conocido en Chile como divisiones inferiores.

La caída ante Brasil se daba por descontado. Los empates con Argentina y Uruguay exigieron un gran desgaste. Por tanto, Chile quedó eliminado por la derrota ante Paraguay. Y no podía ser distinto porque llegaron con la sobrecarga de tres partidos consecutivos, con breves intervalos de descanso; y la carga de su participación en las extenuantes y exigentes competiciones europeas, sin el debido tiempo de recuperación. .

Claro, se dirá que, cual más cual menos, los diez equipos sudamericanos y los veinticuatro europeos llegaron en las mismas condiciones.

La diferencia está en los planteles. Mientras que las selecciones de los países del primer nivel, ya señalados, disponen de dos o tres opciones por puesto, de altísimo nivel, algunos de ellos muy jóvenes, por procesos de renovación; Chile depende casi excluyentemente de lo que queda en pie de la denominada «generación dorada», o como dijo el técnico Martín Lasarte, «los viejos rockeros, que siguen tocando».

Evidentemente, por motivos económicos y demográficos, Chile jamás tendrá instituciones del volumen de Real Madrid, Barcelona, París Saint Germain, Bayern Munich, Juventus, Ajax, y Machester City o United, por mencionar algunos.

Pero eso no significa que no pueda mejorar la opción estadística y el nivel competitivo de su fútbol; mediante un trabajo serio y profesional.

Precisamente, la «generación dorada», lo más parecido a un proceso de largo plazo que ha tenido el fútbol chileno, lo demuestra.

Sucede que en el marasmo de las eliminatoria de 2002 y 2006, durante el oscuro período de Reinaldo Sánchez, en la ANFP, el técnico José Sulantay tuvo ocasión de hacerse cargo de la selección sub-20, en 2003, con miras al campeonato sudamericano de 2055, y las clasificatorias para el mundial de Holanda. Cumplió ambos cometidos. Llegó cuarto en el sudamericano y se clasificó para el mundial, donde cayó en octavos de final, ante el equipo local.

Pero más que los resultados llamaron la atención, el estilo dinámico de juego, con despliegue en toda la cancha, polifuncionalidad y presión sobre la pelota; un estilo, por fin, y nombres como los de Claudio Bravo, Jorge Valdivia, Jean Beausejour y Humberto Suazo, y luego, en el mundial, Matías Fernández, Gonzalo Jara, Marcelo Díaz y Carlos Carmona. ​

En su segundo ciclo, la selección sub-20 consiguió el cuarto lugar en el Sudamericano Paraguay 2007, y la clasificación al Mundial de Canadá, donde llegó al tercer lugar -también en el podio de los mejores registros históricos del fútbol chileno a nivel internacional, junto al tercer puesto del mundial del 62, y la Copa Libertadores, de Colo Colo en 1991- tras caer el semifinal por 0-3 ante Argentina, y vencer por la mínima a Austria por el bronce. A los anteriormente nombrados, se sumaron Alexis Sánchez, Arturo Vidal, Mauricio Isla y Gary Medel.

El detalle, es que Chile celebró el bronce como oro, mientras que Argentina obtenía su sexto título, después de los de 1979, 1995, 1997, 2001 y 2005.

En 2007, se sucedieron varias situaciones. Harold Mayne Nichols llegó a la presidencia de la ANFP, quién contactó al hasta el año anterior entrenador de la selección Argentina, Marcelo Bielsa, que a su vez se sintió atraído por el potencial de esa generación de jugadores jóvenes, de fútbol dinámico, que había obtenido el tercer lugar en el mundial de Canadá.

Lo demás es historia. Con 33 puntos, 20 en segunda rueda, Chile se clasificó al mundial Sudáfrica 2010, donde cayo en octavos de final por 0-3 ante Brasil. Pero mucho más que eso, el estilo de juego impreso por Sulantay, fue continuado y mejorado por Bielsa, en el plano sicológico, pues les transmitió la mentalidad de que con disciplina y trabajo, podían competir sin complejos contra el más pintado.

Eso es lo que el hincha valora, y no olvida de Bielsa. Acaso una de las razones remotas de la asombrosa impopularidad de Piñera radica en el indirecto despido de Bielsa, a quién nunca le perdonó haberlo dejado con la mano tendida, mediante el expediente de torpedear a Mayne Nichols, e imponer al esperpéntico y corrupto Sergio Jadue, en 2011.

Después de la salida de Bielsa, vino el insulso paréntesis de Claudio Borghi. Con la opción comprometida en las clasificatorias para el mundial Brasil 2014, fue sucedido por Jorge Sampaoli. Carente de la dimensión humana y pedagógica de Bielsa, logró, sin embargo, re-encarrilar al seleccionado chileno en la senda del juego colectivo, dinámico e intenso.

Clasificó en forma directa al mundial, donde llegó segundo en el grupo, ganando a Australia y España, y perdiendo con Holanda, y en octavos de final fue eliminado, una vez más, por Brasil, esta vez en definición a penales.

Después de la oscura renuncia de Sampaoli, en medio de la debacle por la corrupción en la ANFP, solo ha habido mediocridad en la selección mayor y en la conducción de la ANFP.

Con Juan Antonio Pizzi, la «generación dorada» fue eliminada del mundial Rusia 2018, y con Reinaldo Rueda, los restos de ella quedan con la clasificación muy comprometida para el mundial Qatar 22. Está por verse si la recuperación del ritmo futbolístico en la Copa América ya finalizada para Chile, obedece a la mano de Lasarte, o a la naturalización de un padrón de juego, de un grupo de futbolistas que se conoce hace años, y se desempeña en el fútbol de primer nivel de Europa.

Los números corroboran esta trayectoria zigzagueante: mientras que la selección de Bielsa alcanzó un rendimiento de 60,1% en 51 partidos, producto de 28 victorias, 15 derrotas y 8 empates, la de Sampaoli se elevó al 68,1% en 44 partidos, con 27 ganados, 8 perdidos y 9 empates.

El rendimiento de las selecciones de Borgh 46,9 %, Pizzi 47,91% y Rueda, 44,88%, muestra que están, claramente en un escalafón inferior.

Lasarte acredita el 47,62% en 6 partidos, con 2 ganados, 4 empatados y uno perdido, pero es un balance muy prematuro.

Del tercer lugar en el ranking de la FIFA, en 2016, Chile descendió al actual puesto 19.

En suma, Chile seguirá atrapado en el sube y baja de los resultados, y en la dimensión que le corresponde, es decir, la banda entre el 40% y 50% del rendimiento, mientras no corrija métodos y procedimientos al alcance, que se pueden hacer menos con inversión que con visión de largo plazo, gestión proba y profesional, y desarrollo de las divisiones inferiores.

Establecer el estilo que mejor se adapta al jugador chileno, siempre dentro de los parámetros del fútbol moderno, no depende tanto de de los recursos, como de la convicción de llevarlo a la práctica, y la elección de un cuerpo técnico capacitado para irradiar influencia hacia el plano formativo, tanto a nivel de selección, como de clubes. Es lo que está haciendo Bielsa con el Leed’s United, sin ir más lejos, en un ciclo de largo plazo. Por ejemplo, al momento en que se contrató a Reinaldo Rueda; a un costo considerable, estaba libre Eduardo Berizzo, ayudante de Bielsa en su paso por Chile, y tan obsesivo como él. Es decir, por mucho menos dinero, se pudo optar por la continuidad de ese estilo. No es accesorio consignar que está al mando de Paraguay, que le ganó a Chile 2-0 casi sin despeinarse.

Mejorar el campeonato también es un objetivo que no depende de los recursos económicos, sino de la capacidad de gestión, la organización de los torneos, y fundamentalmente, de la calidad el espectáculo.

En Chile la asistencia promedio es muy baja, prueba que ello no se logra. Subsiste el conflicto entre asistencia y televisación. Incluso más, los dirigentes de la ANFP, vendieron la gallina de los huevos de oro, el Canal del Fútbol, a cambio de un plato de lentejas que asegura el pan hoy y nuevas deudas mañana. En países de fútbol exitoso, la televisión es una extensión natural del espectáculo, que contribuye al desarrollo global del negocio.

Ordenar las competencias en formatos claros y definidos, que estimulen la competitividad, tampoco requiere de recursos. ¿Cuántos formatos ha tenido la competencia del fútbol chileno, desde 2.000 a hoy?. Al menos seis, para volver finalmente al principio, un torneo todos contra todos, en dos ruedas.

Es evidente la necesidad de reforzar el trabajo con divisiones inferiores. Se dirá que en este reglón se necesitan recursos, y es verdad. Pero con toda seguridad, es más rentable invertir en fútbol formativo, que contratar jugadores extranjeros de segundo y tercer nivel, para apuntalar una competitividad, cuyo pilar fundamental debería ser el tiraje de jugadores jóvenes.

A modo de ejemplo, desde 2.000 a hoy, sólo ocho equipos chilenos han llegados a octavos de final de la Copa Libertadores, 4 a cuartos de final y una semifinal, entre los peores rendimientos de los torneos de la Conmebol, a nivel de Bolivia y Venezuela.

Los clubes debieran ser capaces de construir una infraestructura no sólo de un estadio donde jugar de local, sino de instalaciones deportivas de diversa índole, abiertas a la comunidad, con el fin de ampliar la base societal.

Nada que no se haga en Argentina, para no ir muy lejos, y nada que no se haya aconsejado o discutido, en los últimos cincuenta años, en cada eliminación del fútbol chileno de alguna competencia internacional.

Y como nada se ha hecho, el fútbol chileno reflejó en la Copa América, su precariedad estructural.

Los destellos de la generación dorada alcanzaron para que, ante la apretada derrota ante Brasil, los relatores y comentaristas deportivos reflotaran la añeja sentencia que ironiza con los famosos trinfos morales: jugamos como nunca y perdimos como siempre.

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