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Los restos mortales de Pablo Neruda han sido sometidos a varias experticias científicas para establecer si fue envenenado por las armas biológicas usadas durante la dictadura del general Augusto Pinochet. Así lo denuncia el periodista y escritor italiano Roberto Ippolito en su libro “Delito Neruda”.

Clostridium Botulinum es el nombre de la bacteria de la cual se deriva la toxina letal encontrada, durante la última exhumación, en una muela de Pablo Neruda, Premio Nobel de literatura. Los restos mortales del poeta chileno han sido sometidos a varias experticias científicas para establecer si fue envenenado por las armas biológicas usadas durante la dictadura del general Augusto Pinochet. Así lo denuncia el periodista y escritor italiano Roberto Ippolito en su libro Delito Neruda.

Neftalí Ricardo Reyes Bazoalto, conocido como Pablo Neruda, fue despedido de esta vida con cuatro funerales: el 25 de septiembre de 1973 se celebró el primero en un Chile en llamas, 14 días después del golpe perpetrado por la junta militar encabezada por Pinochet que a sangre y fuego, derrocó el primer gobierno socialista elegido democráticamente en América Latina.

Más de 2.000 personas desafiaron la dictadura para acompañar el cortejo fúnebre. El ruido de las sirenas militares ahogó el recitado que de sus versos hacían los chilenos mientras portaban en hombros al poeta muerto.

Las begonias, los claveles y las rosas rojas se abrieron paso frente a la boca de los fusiles que apuntaban al féretro. El holocausto chileno se había iniciado. Escaseaban los ataúdes. Antes del inicio del toque de queda, se encontró un cajón pequeño en el que Neruda no entró con los zapatos puestos. Lo enterraron entonces descalzo y en una cripta prestada.

Un año después tuvo lugar el segundo funeral. Los restos fueron desalojados de la tumba ajena y trasladados a un discreto nicho en el mismo Cementerio General de Santiago de Chile. Hubo necesidad de esperar el final de la dictadura para el tercero. Esta vez, un funeral de Estado y solemne. Se cumplió su deseo de ser enterrado en el jardín de su casa de Isla Negra, frente al océano Pacífico.

En el último, en el año 2016, amigos y familiares lo acompañaron en el viaje desde su plácido descanso en Isla Negra hasta una fría mesa de la sede del Instituto de Medicina Legal en Santiago de Chile, donde sus despojos fueron analizados con técnicas de genética microbiológica.

Pruebas falsas

El escritor italiano Roberto Ippolito recoge en su libro los indicios médicos, políticos y jurídicos que rodean el misterio de la salida de escena del poeta. Revela que nunca realizaron la autopsia. El acta de defunción es irregular, escrita a mano con tres caligrafías diferentes y firmada por Roberto Vargas Salazar, el urólogo de Neruda, quién se encontraba fuera de la capital y por lo tanto no habría podido producir el dictamen médico.

De otra parte, la historia clínica jamás se encontró. Tampoco hay rastro de que le hubieran sido ordenados y menos aún efectuados los exámenes forenses para determinar las causas del deceso. El doctor Sergio Droper, médico de la clínica privada Santa María, donde Neruda estaba hospitalizado, administrada por militares, ordenó a María Araneda, jefe de enfermeras del cuarto piso, que le pusiera una inyección.

El poeta murió seis horas después.

Según la investigación de Ippolito, existe constancia de la colaboración del doctor Droper y de la enfermera Araneda con la DINA, la temible policía secreta del régimen de Pinochet.

La causa oficial del fallecimiento, descrita en el certificado de defunción número 622 es la de “Caquexia por metástasis de cáncer de próstata”. Significa que el tumor maligno le habría provocado desnutrición, deterioro general y la muerte.

El escritor italiano cita las entrevistas de varios testigos que aseguran que si bien Neruda padecía de cáncer en la próstata y también de flebitis, no se encontraba en estado terminal.
Fue hospitalizado por una fiebre alta.

El fotógrafo brasileño, Evandro Teixeira, quien se encontraba en Chile para documentar el golpe, logró retratar a Neruda en la clínica, primero con vida y después muerto. Según su testimonio, lo vio ingresar emocionalmente golpeado, pero el hombre que captó en la imagen se nota en pleno uso de sus facultades.

La circunferencia de la correa que sujetaba el pantalón con el cual fue sepultado permaneció intacta, y se pudo determinar que en el momento del deceso pesaba entre 89 y 91 kilos, hechos que contradicen la presunta desnutrición de la versión oficial.

Las páginas del libro del escritor italiano destacan la lucidez de Neruda cuando ingresó a la clínica Santa María. El embajador de México en Chile, Gonzalo Martínez Corvalán, lo visitó y le informó que su gobierno le ponía a disposición un avión para que viajara y se exiliara en el país azteca. Después de varias dudas aceptó la invitación y le dio a su esposa, Matilde Urrutia, la lista de las pertenencias y objetos que debía empacar. Le pidió poner a salvo los manuscritos de su autobiografía, Confieso Que He Vivido, y entregárselos al diplomático mexicano.

Desde la clínica, en la habitación 406, dirigió los preparativos del viaje, previsto para el 24 de septiembre. Pero no alcanzó a embarcarse. Murió un día antes, a los 69 años de edad. Su exilio fue en la eternidad.

Bibliocausto chileno

Tres días después del golpe, los militares habían allanado su casa en Isla Negra. Durante el operativo, Neruda le dijo al capitán: “abra los ojos, busque bien, capitán”. Este le preguntó: “¿buscar qué?”. Le respondió: “la poesía.” La buscaron y la encontraron. Sus versos ardieron, por subversivos, en las calles de Santiago.

En los allanamientos solo bastaba encontrar 20 Poemas de Amor, Canto general, Los Versos del Capitán u otras obras nerudianas para quemar la entera biblioteca, torturar y encarcelar a sus dueños. Pero no solo fueron incineradas las obras del poeta, también alimentaron las hogueras los volúmenes sobre el cubismo, movimiento estético de inicios del siglo XX, que a los militares les olió a Cuba. Así como algunas obras cuyo título de portada terminaba en las últimas cinco letras de la palabra comunismo, tales como hedonismo, darwinismo y nihilismo.

Sin embargo, los militares salvaron otros ismos, los ejemplares titulados franquismo, nazismo, fascismo y falangismo, rescatados y llevados a engrosar los 55 mil volúmenes de la biblioteca personal del general Augusto Pinochet. Por su parte, profesores, estudiantes, lectores comunes y corrientes tuvieron que carbonizar o enterrar sus propios libros para evitar la persecución.

Neruda no alcanzó a vivir para respirar el humo de sus versos devorados por el fuego. No pudo constatar cómo el “apagón cultural” fue un arma primordial de la dictadura.

El poema flotante

Cuando Neruda tenía 30 años ejerció como cónsul de Chile en España. Allí vivió en carne propia la crueldad de la Guerra Civil. Su poemario España en el corazón es un conmovedor homenaje a las víctimas, entre ellas sus amigos poetas Miguel Hernández y Federico García Lorca, masacrados por las milicias franquistas.

La Guerra Civil terminó en 1939 con más de medio millón de exiliados que huyeron, entre otros países, a Francia. Neruda convenció al gobierno chileno de entonces para que acogiera algunos. Obtuvo el visto bueno, pero sin la financiación para costear la travesía. Consiguió para ello numerosas donaciones privadas; una, la del pintor Pablo Picasso.

Logró reparar un viejo barco, el “Winnipeg”, donde viajaron 2200 refugiados españoles, 250 niños incluidos, quienes iniciaron una nueva vida en Chile. Treinta y cuatro años después, muchos de ellos volverían a ser exiliados por el golpe militar. Esta historia es el tema de la última novela de Isabel Allende: Largo Pétalo de Mar.

El autor de Delito Neruda recuerda que a partir de esa acción humanitaria, y por ser miembro del Partido Comunista Chileno, Neruda quedó en la mira de los servicios secretos estadounidenses. Este hecho está documentado en los archivos de la Casa Blanca, desclasificados en 1999 durante la presidencia de Bill Clinton, donde se lee que el poeta era uno de los vigilados especiales de la CIA.

El dossier contiene las pruebas de la financiación y asesoría de Estados Unidos para derrocar la democracia y violar los derechos humanos en Chile. En esas páginas ─ ahora libres de censura ─ sobre las heridas abiertas de América Latina, está el capítulo en el cual el FBI admite haber descubierto que, aún antes del golpe, los militares fabricaban armas químicas y bacteriológicas que emplearon después contra los opositores al régimen de Pinochet.

Los prisioneros políticos de la Cárcel Central de Chile fueron usados como conejillos de Indias para comprobar su eficacia. Encontraron que funcionaban.

En el Complejo Químico Industrial del ejército chileno se producía gas sarín, talio utilizable y numerosas bacterias y toxinas como las encontradas en los restos del poeta durante su última exhumación.

El gobierno chileno en deuda con el poeta

El ex chofer de Neruda, Manuel Araya, denunció ante los tribunales en 2011 que el poeta había sido envenenado por la dictadura. Declaró ante los jueces que “la junta militar temía que se convirtiera en el jefe de la oposición en el exilio”.

La Comisión de Derechos Humanos del gobierno chileno presidido por Michelle Bachelet, más un grupo de científicos de 16 países, tras minuciosos análisis, descartaron que el cáncer de próstata hubiera sido la causa del fallecimiento del poeta:

“Resulta probable y posible la intervención de terceros en su desaparición”, concluyeron.

Paradójicamente, mientras la comunidad literaria internacional se ha movilizado y pide continuar con rigor la investigación para desentrañar los enigmas que envuelven el final del “Príncipe de los poetas”, grupos feministas chilenos se oponen a que el aeropuerto de Santiago de Chile sea rebautizado en honor de Pablo Neruda.

Apoyadas por el movimiento internacional “Mee to”, consideran que es hora de dejar de idolatrarlo. Una de sus representantes, la artista Carla Moreno, lo define como un machista y un racista porque hace 92 años violó a una de sus empleadas domésticas cuando era diplomático en Ceylán, actual Sri Lanka. Lo cuenta él mismo en su autobiografía Confieso Que He vivido.

No le perdonan, además, que hubiera abandonado a su hija Malva Marina, nacida de su primer matrimonio con la holandesa María Antonieta Hagenaar. La niña sufría de hidrocefalia.
Según las acusadoras, el famoso padre las dejó cuando la pequeña tenía dos años y jamás se ocupó de sostenerlas económicamente. La primogénita murió en Holanda en 1942, a la edad de ocho años.

Las feministas españolas Yera Moreno y Melani Penna han pedido asimismo que se impida enseñar su obra en las escuelas.

El premio nobel peruano Mario Vargas Llosa califica la actitud de las feministas como la “nueva inquisición”. “Con ese tipo de aproximación a una obra literaria, no hay novela de la literatura occidental que se libre de la incineración”, escribió en su columna del periódico El País, de España.

El autor del Delito Neruda, el italiano Roberto Ippolito, hace caso omiso del lado oscuro del escritor. No menciona para nada las incriminaciones contra uno de los poetas más populares del siglo XX. Después de 47 años de su dudosa muerte natural, pide al gobierno chileno que pague los cuarenta mil dólares que faltan para que laboratorios especializados de Canadá y Dinamarca examinen las muestras de tierra de la tumba y aclaren de qué modo la toxina letal llegó hasta la muela del poeta.

Será el último paso para que Pablo Neruda pueda cerrar el telón y descansar en paz, en su casa, frente al turbulento océano Pacífico.

Foto: Big Bang News

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