Joaquín Gutiérrez: La Estatua de Baquedano

Ninguna acción tomada sobre una estatua es casual, sea rayarla, decapitarla, restaurarla o cambiarla de ubicación.

No sólo no son homenajes a actores históricos, sino que son objetos poseen, por sí mismos, una fuerte carga de memoria.

Parafraseando a Pierre Nora, son lugares de memoria en derecho propio. Tienen una historia independiente del sujeto representado.

Pero son, sobre todo, una forma mediante la cual el Estado busca hacer visible a nuestros ojos, y táctil a nuestras manos, la lectura oficial, “correcta”, del pasado. Por lo que siempre han sido objetos de controversia. La estatua a Baquedano no ha sido la excepción.

Por ejemplo, en plena dictadura, se discutía qué hacer con ella, debido a que entorpecía la construcción del Metro. Algunos insinuaban que trasladarla era una falta de respeto, otros que la historia debía abrir paso al progreso.

Sin embargo, hoy el problema no es el choque entre modernidad y tradición, sino que nos encontramos frente a otro ejemplo de la crisis que vive Chile como entidad política: la fragmentación de la memoria histórica nacional.

Todos quienes estudiamos los procesos de construcción de la memoria sabemos que los momentos de crisis política tienen efectos en ella, especialmente cuando se refiere a aquellos sujetos tan manoseados políticamente como son los héroes nacionales.

A grandes rasgos, han sido el medio a través el cual los actores políticos han logrado legitimarse, al presentarse como protectores, o continuadores, de los ideales asociados a ciertas épocas consideradas como representativas de una identidad nacional en su estado más puro.

Y esto no ha sido sólo un atributo de la derecha, que usualmente consideramos como la representante del nacionalismo. Por el contrario, ha sido una herramienta utilizada por todo el espectro político.

Por ejemplo, el Partido Comunista fue hasta los años 70 profundamente o’higginiano, en desmedro de otros héroes hoy más ligados a la izquierda, como Carrera y Rodríguez.

Sin embargo, como en tantas otras cosas, todo cambió durante la dictadura de Pinochet.

A partir de la conmemoración del bicentenario del nacimiento de O’Higgins, y la inauguración del Altar de la Patria, los héroes asociados al mundo militar comenzaron cada vez más, para disgusto del PC, a ser asociados con la dictadura. Hoy difícilmente pensamos en O’Higgins, a quien el historiador comunista Hernán Ramírez Necochea consideraba el héroe máximo de la nación chilena, como un modelo para la revolución marxista.

Por el contrario, hoy es sinónimo del autoritarismo de derecha. Probablemente, si no hubiera sido por el FPMR y su uso de Rodríguez, el guerrillero se encontraría en la misma situación.

¿Pero qué tiene que ver la dictadura con la estatua de Baquedano?

Dicho en pocas palabras, ella dejo en todas las estatuas de Chile una mancha más perturbadora e imborrable que un simple graffiti, pintura o rayado político. Los horrores de la dictadura han dejado el pasado nacional casi inutilizable para cualquier proyecto político que desee cambiar el modelo implantado por ésta.

Lo que nos ayuda a entender la rabia y la violencia que se ha empleado contra la estatua de Baquedano, objeto que hace visible a los ojos de los manifestantes la historia oficial de un Estado deslegitimizado, de un Ejército que no logra sacarse de encima los crímenes cometidos en dictadura y la propia, altamente cuestionable, historia del general Baquedano.

Más nos debe llamar la atención la rapidez con la que las autoridades limpian el monumento.

Esto, sumado a las críticas que escuchamos desde el Ejército o desde los políticos tradicionales de derecha y de la ex Concertación, es evidencia de la desesperación con la que se intenta proteger una lectura del pasado que la gran mayoría de los chilenos escasamente comparte.

Cada vez que el general Baquedano amanece con una nueva, y pesimamente aplicada, capa de pintura, podemos observar cómo las instituciones, en su desprestigio, intentan simular que todo, incluyendo el pasado, se encuentra en ese estado prístino al que aspiran.

Si los monumentos son la forma en que el Estado hace manifiesta la historia oficial en el plano físico, la destrucción de estos es la forma que los ciudadanos descontentos tienen de hacer manifiesta en la materialidad su propia memoria histórica, su propia interpretación del pasado.

Nunca debemos olvidar que las estatuas, como la historia, dependen del presente, y por lo tanto no son sagradas. Todo lo contrario: deben ser constantemente revisadas, criticadas, y muchas veces destruidas para comenzar de nuevo.

(*) Historiador

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