Hijo/a de Puta

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Siempre he creído que la expresión hijo/a de puta es un excelente insulto; de hecho, lo utilizo bastante.

Sin embargo, hace unos días recordé una historia que cuando sucedió no me permitió apreciar su belleza, pero ahora, al evocarla con el paso de los años, pienso que esa expresión en verdad no es un insulto, sino un halago.

Les cuento por qué.

Tenía yo como 18 años, y vivía en el pueblito chico en que crecí. En dicho pueblo había una casa de huifas (nada elegante), que todos conocíamos, y hacíamos bromas al respecto: El Falcon Crest.

Yo. evidentemente, siempre había pasado sólo por fuera.

Una noche (o quizá madrugada), con mis compañeros de la Jota habíamos ido a hacer un rayado a un muro que había en la playa a la que todo el pueblo va, y que queda a pocos kilómetros de la ciudad. Eran puros hombres, y yo.

Veníamos de vuelta de nuestra misión cumplida, y se largó un aguacero de esos que sólo son posibles en el sur del mundo.

No teníamos dónde guarecernos, porque el camino de vuelta es bastante rural. Justo íbamos pasando por fuera del mítico Falcon Crest, y a los chicos les pareció buena idea escampar ahí.

Tocaron la puerta, y nos abrió una prostituta muy gorda.

Ellos entraron, pero yo no quería, porque era casa de huifas; y me quedé ahí parada bajo la lluvia, con mucho frío.

La señora gorda desplegó una enorme sonrisa, llena de dientes de oro, y me dijo «pase mijita, no se quede mojando».

La calidez de su sonrisa me animó a entrar, pero adentro la verdad es que el ambiente era bastante tóxico y decadente.

Estaba todo oscuro, lleno de humo y viejos curados; no podía creer que YO estaba ahí.

Debo haber tenido mucha cara de acontecida, o de cervatillo asustado, porque todas las putas se me acercaron, me abrazaron, me dieron tecito, y me cuidaron hasta que pasó la lluvia y nos pudimos ir.

Ahí entendí lo que es la sororidad.

Vaya para ellas, después de más de dos décadas, mi sentido y sencillo homenaje.

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