por Francisco Herreros

Los triunfos electorales de Mauricio Macri en Argentina, noviembre de 2015; Donald Trump en Estados Unidos, noviembre de 2016; Sebastián Piñera, en Chile diciembre de 2017 y Jair Bolsonaro, en Brasil, octubre 2018; así como otros acontecimientos de la coyuntura, tales como la victoria de la opción de salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, en el referendo de junio de 2016, o la agresión mediática contra el Gobierno de Venezuela, intensificada hasta niveles inauditos, desde la reelección de Nicolás Maduro, en mayo de 2018; entre otros, han generalizado la idea de la omnipotencia de la industria de los medios de comunicación; alentada por el hecho de que todos esos desarrollos parecen obedecer a la hegemonía que establece quien domina ese territorio.

No pocos analistas afirman que dicha industria se ha afianzado como un poder global al menos tan preponderante como los estados-nación, y en muchos casos, superior en su capacidad de influencia. (1)

Sin embargo, la ecuación no es tan simple.

Por de pronto, Piñera y Macri dispusieron del monopolio de los medios, Trump ganó contra los medios y Bolsonaro hizo campaña ausente de ellos. La hegemonía mediática de Gran Bretaña se opuso con energía al Brexit, pero ante su estupefacción, lo aprobó la mayoría de los electores. Dicho predominio ha sido, hasta ahora, todavía menos decisivo respecto a la pretensión de derrocar al gobierno de Maduro.

Los casos de Trump, Bolsonaro y el Brexit registran fenómenos debidos a la emergencia de un nuevo competidor por la supremacía de la industria de las comunicaciones: las redes digitales y las prodigiosas nuevas tecnologías de la información; controladas por la extrema y peligrosa concentración de una “industria”, dominada sin contrapeso por los oligopolios de lo que los especialistas denominan GAFAM, acrónimo de las iniciales de Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft.

En ese contexto, lo nuevo de la coyuntura -y una señal de lo rápido que va todo- es el desafío que está planteando Huawei, multinacional china de alta tecnología en electrónica y comunicaciones, creadora de sistemas operativos que rivalizan con los norteamericanos, y líder en la nueva tecnología 5G, que permitirá velocidades de Internet entre cincuenta y cien veces superiores; cien veces de menor latencia o tiempo de espera, el cual bajará de cien a un milisegundo; hasta cien dispositivos conectados por celda; cobertura del 100% y reducción del 90% en el consumo de energía de la red; todo lo cual dará lugar a la denominada «internet de las cosas»; esto es, un universo donde todos los dispositivos de uso cotidiano estarán conectados en red, en tiempo real.

No sólo eso. Su orientación a conectar, vía inteligencia artificial y minería de datos, dispositivos tecnológicos con cuerpo y cerebro humano, puede definir el estándar del futuro, por primera vez no originado en Estados Unidos, desde el inicio de la era digital. Aparte de inútiles e inconducentes, las sanciones de Trump denotan ansiedad y preocupación.

La tecnología de redes digitales y las aplicaciones de las tecnologías de la información, proporcionaron el sustrato que prohijó la eclosión de las redes sociales por todo el mundo, un espacio virtual casi ilimitado, que elevó el estándar de las comunicaciones a un nuevo nivel, el de la interactividad global en tiempo real, con sus fenomenales promesas e insospechados peligros.

Entre las primeras, la aceleración del conocimiento, la emergencia de audiencias globales en conexión simultánea, con formatos enriquecidos y accesibles, y si bien todavía solo como posibilidad, la expansión de las fronteras de la democracia.

Entre los segundos, el big data, vale decir, la inconcebible capacidad de almacenamiento de información que disponen los GAFAM; o más bien, su utilización en campañas de desinformación, control sicológico de la población, intervención en procesos electorales y neutralización de proyectos históricos de cambio, así como su aplicación militar, entregada a tenebrosas y secretas agencias de combate contrainsurgente -en rigor, de defensa del orden establecido- que a pesar de su poder de facto y alcance supra-institucional, o más bien por eso, permanecen ocultas a la ciudadanía.

En el primer quinto del siglo veintiuno, la audiencia mundial asiste a fenómenos -en algunos casos, inéditos- dinámicos y multidimensionales, donde las hegemonías tradicionales o emergentes en el campo de las comunicaciones son solo parte de una ecuación todavía más vasta, compleja, e impredecible: la naturaleza humana, el conflicto político y la lucha de clases; en suma, la corriente inaprensible de la historia, en movimiento perpetuo, donde nada está determinado y en cualquier momento la crisis latente puede trastornar el frágil equilibrio inestable.

En esa perspectiva, la influencia e importancia que ha cobrado la industria de las comunicaciones no puede estudiarse al margen de la hegemonía del capital, de la que hoy desempeña dirección política y vanguardia de combate.

Hegemonía y dominio técnico

En sentido extremo, hegemonía significa lo hago porque quiero, mientras puedo. El primer principio de la hegemonía establece su invencibilidad, hasta que pierde la última batalla.

En toda etapa de la historia humana, ha dominado una minoría hegemónica, sea por armas, riqueza o religión, superioridad técnica, política o militar, dinastía monárquica, oligarquía parasitaria, conquista imperial; o lo que fuere.

Para conservar el poder las elites emplean todos los recursos a su alcance, entre ellos, la violencia, la propaganda, el chantaje, la mentira, el incumplimiento de las promesas y la corrupción. Sin embargo, ninguna de ellas lo ha sostenido más allá del tiempo que tarda la maduración de su reemplazo.

Este patrón histórico resulta de una compleja interrelación de factores; entre ellos, la lucha de los oprimidos, cuando su situación se torna insoportable, o bien, cuando por dinámicas de acumulación de fuerzas o crisis política, o bancarrota económica, competencia por recursos, incompetencia de dirección, conspiración, envidia, desgaste, hambre, venganza u odio, entre muchos otros motivos posibles, una o más fuerzas políticas emergentes desplazan al poder dominante, y asumen el relevo de la hegemonía -si la consiguen- hasta el turno en que son desplazadas en su fase de declinación, como en cada ocasión en que se inicia un nuevo ciclo.

Para Gramsci, la hegemonía es siempre la gestión de una crisis latente o manifiesta, en curso o tan solo posible:

«La hegemonía supone que de los grupos sociales a los que el proyecto hegemónico se dirige, la clase dominante espera una respuesta, una forma de activa colaboración. De ahí las distintas etapas del proceso hegemónico, que son las guerras, las revoluciones, los plebiscitos, la elecciones, etc., es decir, otros tantos momentos en que el conflicto de las clases se condensa y se resuelve, se controla y se absorbe». (2)

De esa regularidad histórica no escapa la actual hegemonía del capital, por más que controle la industria de los medios y sea propietaria de la infraestructura de las redes digitales y tecnologías de la información.

El segundo principio consiste en que el poder hegemónico no entrega jamás ganancia, ventaja, privilegio, margen, utilidad, ingreso, dividendo, provecho, prebenda, beneficio, subsidio, prerrogativa, canonjía, descuento, derecho, interés, gabela, granjería, chamba, gollete, lucro, botín, candanga, tajada, sinecura, poruñazo y un largo etcétera, sin ser obligado a hacerlo, por los conflictos que engendran sus privilegios.

La historia de la hegemonía capitalista es también la historia de su dominio técnico; a la vez causa y consecuencia de su irreprimible necesidad de revolucionar las fuerzas productivas y tensar las relaciones de producción.

Sin embargo, el análisis histórico muestra que ese dominio técnico, trasmitido al conjunto de la población, a través del sistema económico, político y cultural, no sólo no ha impedido, sino ha engendrado una entrópica antítesis de guerras, revueltas, convulsiones, y luchas, jalonadas de sangrientas jornadas de represión.

A la cuadra de la tercera década del siglo veintiuno, la disposición monopólica de la industria de las comunicaciones, le otorga una ventaja insoslayable a la clase dirigente del 0,01%, que, en último término, le permite comprar tiempo.

Pero no hay razón para suponer que esa ventaja será irremontable, vaya a clavar la rueda de la historia, o pueda impedir la continuidad de las luchas históricas en los nuevos ámbitos que promueve la aceleración del conocimiento y el desarrollo tecnológico; hasta el minuto en que esa ventaja sea neutralizada; o al menos, deje de ser decisiva.

El capitalismo ha tenido siempre la ventaja, pero no le alcanza para sostener el orden establecido en tantos puntos del planeta, ni en tan diversos conflictos, sean coyunturales o históricos, que su naturaleza ocasiona.

Numerosos episodios muestran que la lucha desde abajo, combinada con la variable tiempo, suele nivelar la ventaja técnica, sea apropiándosela, o desbordándola.

En los albores de la revolución industrial, entre 1811 y 1816, los ludistas, movimiento de artesanos ingleses del sector textil, promovieron la destrucción de las máquinas, en la errónea creencia de que eso bastaría para detenerla. El paso siguiente, fue el sindicato.

En los vagidos del capitalismo, a mediados del siglo XVI, Lautaro, joven mapuche, se fugó del campamento del Capitán General y Gobernador del Reyno de Chile, Pedro de Valdivia, y le transfirió a su pueblo el conocimiento técnico necesario, primero, para neutralizarlo, y en seguida para vencerlo.

Quinientos años después, la victoria política y militar de Cuba y Vietnam muestra que ningún poder hegemónico, por superioridad que detente en los planos técnico, económico y militar, es invulnerable a la conjugación de determinadas armas de la política que no se compran en el mercado, ni dependen de la tecnología, tales como la convicción, la decisión, la moral combativa y la lucha de mayorías.

En su fase de auge, que concluyó violentamente el 11 de septiembre de 1973, el movimiento popular chileno neutralizó la ventaja técnica del capitalismo, en materia de comunicaciones, con la fundación de periódicos, radioemisoras, e incluso, en el gobierno de Allende, la administración de estaciones de televisión (TVN y Canal 9 de la Universidad de Chile).

El golpe de Estado no apuntaba solo al cambio de gobierno, sino principalmente, a avasallar al movimiento popular, y desde ese punto de vista, no es casual que el primer bando de la dictadura de Pinochet, haya sido la clausura de la totalidad de la red de medios de comunicación en poder de partidos y fuerzas que integraban la Unidad Popular; lo cual reestableció la ventaja en ese decisivo terreno, que se ha prolongado hasta hoy.

Neutralizar la ventaja de la hegemonía del capital en el primer tercio del siglo XXI, en el ámbito de las comunicaciones, supone del partido revolucionario, las fuerzas de cambio, el movimiento popular, o quién(es) sea(n) que esté(n) dando la pelea, como mínimo, conocer y apropiarse de estas tecnologías, naturalizarlas en el trabajo cotidiano, y mostrarle a las mayorías usos y aplicaciones que faciliten la lucha.

De otro lado, no hay opción. La desconexión, indiferencia, o abandono de los espacios de la cultura y la batalla de ideas, en el ámbito de la tecnología digital, equivalen a la política de la tortuga, que esconde la cabeza, o del avestruz, que la entierra, y sólo conducen a la prolongación del dominio del capital. En política, espacios vacíos son error estratégico.

Por medio de una acumulación histórica de conocimientos, esas tecnologías llegaron para quedarse. No utilizarlas implica cumplir la profecía de quienes las concibieron con el fin de ensanchar la ventaja técnica.

Aceleración del tiempo histórico

Desde mediados del siglo pasado, la curva del desarrollo científico y tecnológico asumió un curso asintótico.

Según la curva de Buckminster (3), en 1900, el conocimiento en el mundo se duplicaba cada cien años; en 1945, cada veinticinco años y en 1975, cada doce. Actualmente, sitúa esa tasa en dos años. Expertos calculan que con el internet de las cosas, la humanidad duplicará el conocimiento cada dos días.

Con los actuales datos, imaginar la transformación social, cultural y cotidiana, en la vida de las personas, en virtud del desarrollo exponencial de la ciencia y la tecnología, no es sino futurismo especulativo; como no sea un par de predicciones triviales y tautológicas, tales como que en veinte años, el mundo será distinto, o que para entonces, las controversias, alegatos y prevenciones apocalípticas sobre las redes digitales y tecnologías de la información, en el primer tercio del siglo, parecerán juegos de niños, en un pasado remoto.

Sin embargo, cabe anticipar una coyuntura decisiva, respecto del rumbo que asumirá la humanidad, cuando enfrente la inminente encrucijada de la aceleración del tiempo histórico.

Estará fuertemente condicionada por el trepidante desarrollo tecnológico, pero se definirá en el campo donde corresponde: el conflicto político y la lucha de clases.

Por lo pronto, el sujeto de la ecuación es el trabajo.

La confluencia de distintas tecnologías –inteligencia artificial, materiales compuestos, impresión 3D, genética, energía, robótica, telecomunicaciones, tecnologías de la información, redes digitales y tecnología aeroespacial- han configurado lo se denomina cuarta revolución industrial.

Desarrollos tecnológicos acelerados en aplicaciones de inteligencia artificial, robótica y automatización de procesos, tendrán -están teniendo- impacto diferenciado en el factor trabajo, según grado de desarrollo socioeconómico, lugar en la división internacional del trabajo y nivel de organización de la clase trabajadora, entre otras variables.

Sea cualquiera su naturaleza y aplicación, el resultado último de la tecnología es, siempre, el aumento de la productividad del trabajo. Por su insaciable naturaleza de rentabilizar todo lo que se mueve, en el sistema capitalista el aumento de la productividad, sustituye, necesariamente, trabajo vivo.

Por lo tanto, el dilema central no se habrá movido un milímetro en relación a su eje.

Si el plusvalor del trabajo social multiplicado por la razón de desarrollo
científico-técnico, se lo sigue apropiando el capitalismo corporativo, monopólico y transnacional, el resultado será, inevitablemente, devaluación de la democracia, ciclos de guerras sin fin, competencia por los recursos al borde del abismo, y polarización mucho más dramática que la de hoy, entre una minoría irracionalmente rica, una reducida clase media egoísta y encapsulada, que trabaja para, y medra de, la anterior, y cada vez mayores capas de exclusión, pobreza y segregación, en un ambiente social inestable, violento y febril.

En cambio, si la lucha de los pueblos por la emancipación del trabajo, logra que ese plusvalor se manifieste en la paulatina reducción de la jornada laboral, los que persiguen perseverantemente el socialismo se habrán anotado una victoria estratégica, que los deja, como se dice ahora, en partido.

Además de su carga histórica, la reivindicación de la reducción de la jornada laboral sin recorte salarial, resulta de palpitante y sorprendente actualidad, precisamente porque es una posibilidad que abre la aceleración del tiempo histórico, a impulsos del progresivo e imparable desarrollo científico-técnico.

En la reconstrucción de un discurso de izquierda en el primer tercio del siglo veintiuno, la reivindicación de la reducción de la jornada laboral es un planteamiento de primer orden, porque se trata del derecho de los productores de ese plusvalor; y es asunto que interesa a los trabajadores de una manera directa y transversal.

De esto sigue que, aun cuando el actual poder hegemónico dispone de la ventaja tecnológica, ese resultado no está predeterminado; y que la lucha no es contra el progreso científico-técnico -por el contrario, hay que estimularlo siempre- sino contra la apropiación privada del plusvalor social generado por ese progreso.

Nuevos formatos de una lucha secular

Por virtud de la paradoja del acceso universal, en el teatro de operaciones generado por la revolución tecnológica en curso, todos los desarrollos son potencialmente posibles.

Del mismo modo en que el capital depende de la explotación del trabajo; el monopolio de la industria de las redes digitales necesita una creciente masa de usuarios, en cantidades que superaron hace rato la mediana de la población mundial.

El capital y el trabajo son tan interdependientes entre sí, como los oligopolios mediáticos y sus usuarios.

Para facilitar el acceso de esas masas, la industria de las comunicaciones y los monopolios de las redes digitales se han esforzado en reducir sus aplicaciones a un conjunto de instrucciones muy básico y elemental, al alcance de la inteligencia intuitiva de la mayoría de la población.

Al instante de hacerlo, crearon la potencialidad política que puede arrollarlos: un ejército global de usuarios empoderado de sus derechos civiles, políticos, económicos y culturales; acrecido por interacciones políticas con sentido estratégico, sobre redes digitales de comunicación.

A despecho de los ignotos peligros de la espeluznante capacidad de almacenamiento de datos y procesamiento de información de los oligopolios mediáticos, los emergentes monopolios de las redes digitales y los torvos servicios secretos; en las redes sociales y las tecnologías de la información hay enorme espacio para la acción política de escala global, el empoderamiento colectivo y la democratización de la sociedad.

En una fase dinámica de entropía política (4) o de cambio social, caracterizada por la agudización del proceso que Gramsci denomina guerra de movimientos, esos algoritmos y esa capacidad de manipulación de la conducta individual pierden sentido, del mismo modo como lo pierde una batalla de tanques dentro de un laberinto.

En esas condiciones, prevalece la capacidad de ocupación de los espacios, ventaja de las fuerzas políticas que fundan sus estrategias en la movilización de mayorías.

La masividad de las redes sociales, su acceso universal y su facilidad de uso, favorecen ese cometido.

Neutralidad tecnológica

En esta coyuntura, de confusa y peligrosa declinación, la industria de las comunicaciones ha asumido la dirección política de la hegemonía del capital, o al menos, en los hechos, es la que impone la agenda.

Ese abrumador dispositivo mediático constituye una formidable herramienta de control social; que ejerce por medio de la entropía, la desinformación, la mentira, la información falsa y la relativización de la verdad.

Mientras conserve la ventaja, la utilizará con sentido estratégico, con el fin de reproducirla y prolongarla en el tiempo; como es apenas natural.

Sin embargo, la perspectiva histórica demuestra que la ventaja técnica no es en sí -ni ha sido- decisiva en, ni invulnerable a, las luchas de los pueblos; ni le asigna a la hegemonía de turno, un minuto más del que le corresponde.

Una tecnología se naturaliza y alcanza su madurez cuanto más su acceso se aproxime a la totalidad de la población.

Es el caso de la televisión, la telefonía móvil, internet y las redes sociales, en el mundo de hoy, o la energía eléctrica y el automóvil, en la generación anterior; como en su momento lo fueron el paso de la maza al cuchillo de obsidiana, de la angarilla a la rueda, y de la ballesta al fusil.

Ninguno de sus usuarios se pregunta de dónde provienen o para dónde van esas tecnologías, a quién sirven, o quienes amasan fortunas a sus costillas. Simplemente, las usan.

Los «millenials» o generación Y -poco más de un quinto de la población mundial- no conocen el mundo desconectado, que prevalecía hasta el 6 de agosto de 1991, fecha en que se liberó al hiperespacio la primera página web…hace apenas 28 años.

La mafia mediática de Bolsonaro se sirvió de las redes para montar infames campañas de desinformación y noticias falsas, pero también las utilizó con éxito la plataforma Avaaz, en las recientes elecciones del Parlamento Europeo.

Su campaña de denuncia, sacó a la luz y dejó fuera de combate a redes de desinformación que acreditaban millones de visitas.

Para ello, organizó equipos de “elfos”, especializados en la cacería de «trolls»; capacitados para investigar la desinformación y exigir que la eliminen de las redes sociales.

Este es el testimonio de un integrante de uno de esos equipos:

«Trabajando desde una sala de redacción en Bruselas, nuestro equipo de 30 personas desenmascaró lo que 30 mil supervisores de Facebook habían pasado por alto: una cadena enorme de redes de desinformación que producía mentiras tóxicas en masa desde el corazón de Europa. Enviamos a Facebook más de 700 páginas con resultados detallados de nuestra investigación, evidenciando cómo operan estas redes, cómo se coordinan y cómo utilizan cuentas falsas para engañar a la gente. Y no solo las encontramos. ¡Hicimos que las eliminaran!
En España, Italia, Polonia, Holanda, Reino Unido, Francia y Alemania. Allá donde buscamos, generamos un impacto. En total, ¡¡Facebook retiró redes que habían acumulado 3 MIL MILLONES!! de visitas en un solo año!! ¡Lo suficiente como para llegar a cada votante de Europa más de veinte veces!». (5)

La utilización de las mismas redes digitales, por Bolsonaro y Avaaz, para finalidades exactamente opuestas, respalda la tesis de la neutralidad política de una tecnología, cuando su acceso tiende a cien.

Esto implica, desde el punto de vista de la construcción de proyecto político y la lucha social, que las redes sociales y tecnologías de la información ofrecen un horizonte de posibilidades que, en determinadas circunstancias, entre ellas, una adecuada comprensión e implementación, pueden permitir considerables avances en el desarrollo de un ethos colectivo sostenible y en la democratización de la sociedad; sin perjuicio de los peligros mencionados, y la constatación de que, hasta ahora, el anonimato de las redes sociales estimula y facilita expresiones provenientes de los rincones más sombríos e inquietantes de la condición humana.

¿Difícil? Qué duda cabe, pero ¿dónde dice que la lucha de o desde abajo es, ha sido o será fácil?

La jauría mediática

Como sugieren los ejemplos mencionados al inicio, el análisis de la influencia de la industria de las comunicaciones a la luz de los hechos de entonces y los que han seguido sucediendo en oleadas ininterrumpidas, tampoco parece conducir a la inmutabilidad, invencibilidad o invulnerabilidad del modelo que hoy las monopoliza.

En rigor, eso es imposible, si se entiende la historia como Gramsci:

«Un terreno en perpetuo cambio, donde nada está fijo pues en cualquier momento puede aflorar una nueva configuración política y social, que lucha por ser parte de la historia, y de esta manera “revolucionar” todo el sistema de puntos de referencia culturales, éticos, políticos e institucionales». (6)

La hegemonía mediática contiene en sí y refleja las mismas pulsiones, intereses, brutalidades, conceptos, conflictos y contradicciones que han caracterizado el ciclo histórico del capitalismo, desde sus primeros despuntes, con el descubrimiento de América, hasta el capitalismo tardío del primer tercio del siglo veintiuno, cuando no sólo carece de voluntad y de herramientas para remediar los males que ha causado en los planos de la injusticia social y el desastre medioambiental; sino que no puede evitar recrudecerlos.

La industria mediática hoy ocupa la primera línea del combate perpetuo al que está condenada la hegemonía capitalista para conservar el dominio.

La revolución científica y tecnológica ha hecho de la información un insumo estratégico y de las comunicaciones, un teatro de operaciones donde se disputan desde los intereses políticos locales, hasta las principales conflagraciones del tablero geopolítico mundial. No por ello dicha industria escapa a la tendencia de concentración y centralización, propia del sistema.

Un informe del Instituto de Medios de Comunicación y Política de Comunicaciones, con sede en Berlín, Alemania, indica que nueve oligopolios mediáticos, casi todos norteamericanos, concentran más del 60% de los ingresos; y el 70% de las audiencias globales; entre ellos News Corporation, Time Warner, Disney, Comcast, DirecTV, Viacom y CBS. (7)

La industria mediática de América Latina lleva esculpidas en su código genético las dos principales características de la hegemonía mediática mundial: su alta concentración en cada vez menos oligopolios, y la homogeneidad ideológica en la defensa y promoción del orden neoliberal.

Pero además comparten una característica endógena: su extrema beligerancia con gobiernos de izquierda, o partidos y organizaciones que luchan por el cambio social, e incluso con el activismo ciudadano por la democratización digital.

La industria de los medios de comunicación se ha integrado al núcleo de dirección política de la hegemonía capitalista, al costo de abandonar estándares de neutralidad en las funciones comunicativas e informativas, propios de un sistema de medios democrático, confiable y profesional, los cuales han sustituido por el sesgo sibilino del combate ideológico.

Despliegan, sin restricción ni recato, su poderoso arsenal en el empeño de generar ambientes de convulsión social o bien, de conformismo; de desinformación o desmoralización, de ilusiones sin base o de odio a expresiones de minorías; valiéndose para ello de información falsa, campañas de desgaste, difamación, sicariato mediático y manipulación de la opinión pública, o lo que pida la necesidad de condicionamiento social; al tiempo que lo colocan al servicio de operaciones políticas orientadas a articular, promover o reconstruir opciones derechistas y/o socialdemócratas neoliberales, que garanticen la conservación del actual orden de cosas, fundado en la idolatría del mercado.

En una acción coordinada, han concentrados sus ataques sobre los líderes, a quienes aplican el argumento ad-hominem; es decir, aquella acusación que no necesita ser probada, pues para eso basta la reiteración sistemática.

De esa guisa, machacan el imaginario colectivo con la descalificación del líder como tirano, demente, ignorante, deshonesto y corrupto, y por extensión, al proceso que encabeza. La despiadada, cotidiana y personalizada agresión mediática contra Nicolás Maduro, ahorra mayores ejemplos y comentarios.

En los casos de Lula y Cristina Fernández, los grandes oligopolios mediáticos han compartido tribuna con fiscales y jueces, en la tarea de destruir esos liderazgos, comportamiento conocido como lawfare o guerra jurídica, constituida por acusaciones sin pruebas, procesos carentes de imparcialidad y condenas desprovistas de justicia; y de muy difícil defensa, dado el arraigo de la creencia en la supuesta independencia del Poder Judicial.

Recientes revelaciones acerca de la coordinación entre el juez, Sergio Moro, y los fiscales del caso Lava Jato, demuestran que en esa pantomima jurídica, la condena de Lula no es sino el cumplimiento de una auto-profecía, que califica entre los mayores fraudes jurídico-políticos de todos los tiempos.

La denuncia la hizo un periódico digital, The Intercept Brasil, (8) medio que se ha caracterizado por sus documentadas revelaciones; tal como en su estilo, ha hecho WikiLeaks, con la filtración de millones de documentos que muestran tanto la cotidiana brutalidad del imperialismo norteamericano como la desfachatez de sus agencias secretas en la apropiación ilegal de información y su capacidad de influir en la opinión pública, mediante masivas operaciones de desinformación y noticias falsas.

El proceso contra Julian Assange, asilado en la embajada de Ecuador en Londres, desde el 19 de junio de 2012, y detenido el 11 de abril de 2019, luego de que el Gobierno de Lenin Moreno lo entregó a la policía, muestra, de una parte, lo expedito que le resulta al poder dominante, recurrir al lawfare, y de otra, lo vulnerable que puede resultar el sistema ante la democratización de la información.

El desempeño de ambos medios digitales apoya la hipótesis de que cuando alcanza determinado umbral de acceso y madurez, la aplicación tecnológica se vuelve transparente para los efectos de la lucha política y la vida cotidiana; dicho esto sin perjuicio de la impagable deuda que con Assange ha contraído la comunidad mundial, por su pasividad, desidia y cobardía ante el gravísimo atentado contra la libertad de información, el derecho internacional humanitario y sus derechos más elementales, perpetrado por la apocalíptica persecución contra el director de WikiLeaks, desatada por el poder imperial, con la complicidad de lacayos, yanaconas, tribunales venales y medios de comunicación.

El caso es tan endeble, que aun cuando fuera culpable del delito sexual que se le imputa, el tiempo de reclusión, incluido el del asilo en la embajada de Ecuador en Londres, supera el de una eventual condena por delitos de esa naturaleza.

Con la sola prueba de la publicación de los documentos, los dieciocho cargos que agregó la demanda de extradición del gobierno norteamericano, por supuestos delitos de espionaje, conllevan penas que oscilan entre veinte años y presidio perpetuo.

El calvario de Assange, o más bien el origen de la brutal persecución, demuestra que en comunicaciones, lo esencial no está en la tecnología, sino en el uso que se le dé, asunto que orbita en el campo político, donde el concepto está antes que el discurso, el contenido prevalece sobre el medio, y la tecnología desempeña una función auxiliar.

En ese plano, el abandono de su responsabilidad social le ha acarreado un alto costo al sistema mediático formal, en uno de sus principales activos: la credibilidad de la opinión pública y la fidelidad de las audiencias, ambas en caída libre, como se verá a continuación.

La metamorfosis de la hegemonía mediática

Cuando todavía no termina de asentar lo que eso significa, en términos políticos sociológicos y culturales, el aceleramiento del tiempo histórico impulsado por el desarrollo científico-técnico dejó atrás el problema, al desencadenar una nueva oleada de aplicaciones que desplazó a los medios tradicionales -prensa escrita, radio y televisión- en la competencia por las audiencias, los ingresos y la influencia política.

Las ubicuas e invasivas tecnologías digitales, en especial, su aplicación en redes sociales, han generado comunidades virtuales al alcance de mayorías globales, como nunca había sucedido.

Obedecen a la inspiración de una generación de ejecutivos brillantes, audaces, arrogantes, ambiciosos y competitivos, creadores de las aplicaciones digitales y/o redes sociales más importantes de la actualidad, entre ellos, Larry Page (Google); Jeff Bezos (Amazon); Mark Zuckerberg (Facebook) y Bill Gates (Microsoft); los cuatro situados entre las diez primeras fortunas del mundo, según el ranking de la revista Forbes. (9)

En todo caso, no es que la sangre vaya a teñir el río.

Esta oligarquía digital comparte con la hegemonía mediática tradicional convicciones neoliberales, competitivas, conservadoras e individualistas; sin perjuicio de que, con seguridad, se están inter-penetrando por las típicas fusiones, absorciones y agresivas operaciones de compraventa de títulos accionarios y derivados.

Activistas por la democratización de las redes digitales han acusado fundadamente a Google, Facebook y Microsoft, de poner el big data a disposición de las agencias secretas del poder imperial, y de vender las bases de datos con la información de sus usuarios al ámbito corporativo, financiero y empresarial.

La capacidad potencial de esta industria, de influir e inducir la conducta y la psicología de la población no tiene parangón, y por tanto, aún hay pocos datos para entenderla, y menos, dimensionarla. Es más; por primera vez en la historia, la aplicación tecnológica se escapó de control del conocimiento que la produjo.

Las tres generaciones presentes en el planeta, han experimentado un cambio tecnológico jamás imaginado ni por los que vivieron hasta la primera mitad del siglo veinte.

Hasta fines de los setenta, los noticieros de televisión proyectaban notas de telecine, con base en película de celuloide, mientras los periodistas redactaban su trabajo en máquinas de escribir mecánicas, un sistema que engranaba teclado, cinta entintada, rodillo y papel.

El punto de inflexión fueron los materiales semiconductores que protegían el reingreso a la atmósfera de las cápsulas del programa Apolo, los cuales propiciaron el salto del transistor al chip, base material de la computación personal.

Casi en un salto cuántico, las redes de última generación han desplazado a los grandes medios en las preferencias de los usuarios de computadoras, tabletas y teléfonos inteligentes, así como han originado significativas transformaciones en el interior del propio sistema mediático.

Los periódicos más grandes e influyentes venden unos cuantos millones de copias, mientras que las noticias en las redes sociales circulan por miles de millones. Consecuentemente, un creciente número, entre ellos algunos de los importantes, abandonan la edición en papel y prosiguen solo en plataforma digital.

Martin Baron, director de The Washington Post, resumió el punto:

“Los periódicos en papel no van a sobrevivir. Vivimos en un mundo digital dominado por el teléfono móvil. La gente lee las noticias mientras camina por la calle, espera el autobús, o hace cola en el supermercado. La mayoría de ciudadanos, y especialmente los jóvenes, recibe la información de manera digital y a través de las redes sociales. Esa es la realidad, y tenemos que vivir en ella. Obviamente los periódicos existirán por un tiempo, pero lo cierto es no hay muchas evidencias de que el papel vaya a ser el futuro. Y sin embargo, sí que hay muchas evidencias de que el papel puede no ser el futuro. Ha llegado el momento de reconocer que nuestro sector está cambiando a fondo y rápidamente. Tenemos que lidiar con esa realidad”. (10)

Los riesgos de la hiperconexión

El origen de las redes sociales remonta a 1995, cuando el ingeniero industrial estadounidense, Randy Conrads creó el sitio Classmates.com, con la propuesta de que la gente contactara con ex-compañeros de trabajo, colegio o universidad.

En 2001 apareció Ryze.com, la primera red para empresarios sobre internet. Luego, en 2002 nació Friendster, un portal para citas online, paradójicamente víctima de su éxito, debido a que la tecnología de entonces fue incapaz de procesar la elevada demanda de servicios.

Para llenar ese vacío, en 2003, Tom Anderson lanzó MySpace y Mark Zuckerber, Facebook, en 2004; proyectos a los que entonces apenas se les prestó atención. Desde ese momento, iniciaron un ascenso sostenido, imparable, que las ha transformado en el nuevo paradigma de las comunicaciones.

Su fenomenal suceso radica en que se trata de servicios que permiten a personas conectarse con otras personas, en el espacio virtual, con el fin de compartir contenidos en formatos multimediales; comunicarse con otros usuarios, sea en tiempo real o de manera asíncrona; generar comunidades sobre intereses afines o similares, cualquiera sea su tipo, y crear nuevos contenidos a partir de las interacciones de los propios usuarios; con acceso aparentemente gratuito y de manejo fácil e intuitivo.

Sus principios funcionales se basan en dos teorías que, curiosamente, pierden validez por separado.

La primera es la teoría los seis grados de separación, según la cual, cualquier persona en la tierra está conectada con cualquier otra, por una cadena de no más de seis intermediarios.

En esta idea, cada persona conoce una media de cien personas, entre amigos, familiares y compañeros de trabajo o de estudios. Si cada uno de esos amigos o conocidos se relaciona con otras cien personas, el individuo inicial puede llegar a diez mil personas, si pide a sus amigos que pasen el mensaje a sus amigos.

Estos diez mil individuos son contactos de segundo nivel, que el individuo inicial no conoce, pero que puede conocer si sus amigos y conocidos lo ponen en contacto, a través de la red social.

Si esos diez mil individuos conocen a cien personas cada uno, la red se ampliaría a un millón de personas conectadas en un tercer nivel, a cien millones en un cuarto nivel, y a diez mil millones en un quinto nivel; o sea, más que la población mundial. Esto permite concluir, a los adeptos de esa teoría, que con las tecnologías actuales, en seis pasos se podría enviar un mensaje a cualquier individuo del planeta.

Si bien la teoría no ha sido formalmente demostrada, en 2011 Facebook realizó un estudio denominado “Anatomy of Facebook”, sobre la base de sus entonces 721 mil miembros activos, alrededor del 10% de la población mundial, con el fin de determinar el promedio de eslabones entre un usuario y otro cualquiera.

Los resultados mostraron que el 99,6% de pares de usuarios estuvieron conectados por 5 grados de separación, o más precisamente, por un promedio de 4,75 eslabones.

La segunda es la denominada Ley de Metcalfe, la cual postula que el valor de una red de telecomunicaciones aumenta proporcionalmente al cuadrado del número de sus usuarios. En otras palabras, una red con el doble de nodos permite hacer cuatro veces más cosas, y una de cuatro veces el número de nodos, dieciséis veces, la cantidad de sus aplicaciones, y así sucesivamente. .

El propio Metcalfe explicaba su teoría con el ejemplo del fax, una tecnología hoy en desuso: una única máquina de fax es inútil, pero su valor se incrementa con el número de máquinas en servicio, debido a que aumenta el número de personas con las que se puede comunicar.

Si se aplica el principio a las redes sociales se obtiene que su utilidad aumenta con el incremento de la cantidad de usuarios.

Esa es otra explicación de su éxito arrasador, que las ha convertido en el medio de comunicación más utilizado en el planeta, y la tecnología de más rápida penetración en la historia.

Sin embargo, en el plano cultural, que encuadra las costumbres de las personas, la generalización de las redes sociales ha traído consigo una serie de efectos inesperados.

Aquello que los medios consideran información importante, apenas merece mención en las tribus de las redes sociales.

A la inversa la sobredosis de información banal pulveriza lo que se tiene por noticia, y a partir de la proliferación de las fake news, -noticias falsas- incluso lo que se tiene por cierto.

Algunos autores usan el neologismo “infoxicación” para explicar el fenómeno en cual la cantidad de información que reciben los usuarios los abruma, supera, y satura.

El exceso de información se correlaciona con la permanente activación, lo cual genera estrés y agotamiento mental y puede traer consecuencias en la vida cotidiana, tales como incapacidad de concentración, disfuncionalidad social, o dificultad para relajarse y disfrutar de otros aspectos de la cultura y la convivencia social, tales como la lectura, el cultivo de las artes o el deporte, y la relación con la naturaleza.

La sensación de acumular cada vez más mensajes por responder, páginas o sitios web por consultar, o conversaciones por participar, conduce a una suerte de círculo vicioso: cada movimiento lleva a un nuevo espacio virtual que abre nuevas y adictivas posibilidades de explorar.

En ese cuadro, el usuario ya no discrimina cuál es la información que le sirve, ni sabe para qué la busca, pero ya no es capaz de detenerse.

En opinión de Melinda Davis, investigadora norteamericana, la irrupción de estas tecnologías supone el riesgo de trastorno de «desrealización»”, un progresivo abandono de la realidad física como hábitat primordial de la especie humana, y su migración al espacio cerebral, síndrome que acarrea serias disociaciones en la vida cotidiana. (11)

El usuario híper-conectado pierde referencia respecto a criterios de valor acerca de lo es socialmente necesario, y corre el riesgo de aislarse en una burbuja, donde resultan mucho más interesantes las peripecias de sus círculos de amistades virtuales, que las inquietantes noticias del mundo real, tales como legislaciones que recortan derechos, corrupción generalizada, amenazas de guerras, crisis económica, y el ominoso telón de fondo de la violencia delictual.

La información personalizada es altamente adictiva, toda vez que la eligió el propio usuario y por tanto, evita lo que le desagrada, y circula en las tribus en las que está suscrito, lo que a su vez retroalimenta la sensación de pertenencia.

En ese espacio auto-contenido, no existe interacción dialógica, no interesa lo que dicen otras tribus; ni, en rigor, lo que sucede en el resto del planeta. Cualquiera que exprese una idea o concepto que no coincida con la verdad de la tribu, es agredido, escarnecido y ridiculizado.

La atomización de las comunicaciones en redes virtuales personalizadas puede conducir a la pérdida de la visión de conjunto; al descrédito del método científico; a la indiferencia ante el conocimiento acumulado, a la pulsión de los instintos y a la degradación de la ética.

Se da la paradoja de que nunca como ahora ha habido tanta información disponible en las redes digitales; y sin embargo, en proporción, pocas veces se han registrado semejantes márgenes de ignorancia y analfabetismo funcional.

Esa paradoja es a su vez el resultado de otra paradoja, ya anotada: en este vertiginoso primer tercio del siglo veintiuno, la aplicación tecnológica va adelante de la teoría.

El capitalismo de vigilancia

Los algoritmos (12) empotrados en los sistemas de las redes sociales y aplicaciones cotidianas, como la telefonía móvil, televisores y computadores, recopilan información de la interacción con el usuario, como por ejemplo, los datos que éste debe proporcionar para descargar la aplicación, o acciones del mismo, como presionar íconos y botones, al estilo del conocido, simbólico y en apariencia inocente like.

En un rango de entre 100 y 250 likes, un algoritmo puede trazar un perfil bastante aproximado de cada usuario, compuesto por el cruce de datos como sexo, edad, estado civil, nacionalidad, nivel de estudios, origen étnico, historia familiar, gustos, preferencias, condición económica, orientación sexual, situación tributaria, opciones políticas y religiosas, coeficiente intelectual, aficiones, adicciones y un largo etcétera.

El origen de la fórmula se atribuye a Sheryl Sandberg, a la sazón encargada de publicidad de Google, quien observó que la superposición de la información derivada del algoritmo con los datos personales de los usuarios, ofrecía una proyección muy interesante acerca de quién deseaba qué o necesitaba cuánto, de forma que concibió ponerlo en conexión con un anunciante que recorría el camino inverso: sabía a quién se dirigía y qué pretendía venderle.

Entre 2001 y 2004, los ingresos de Google se dispararon casi en 3.600%. En 2008, Sandberg fue contratada por Mark Zuckerberg para Facebook, de la que actualmente es directora ejecutiva, y desde entonces el modelo se difundió como el estándar de estos nuevos oligopolios híper-millonarios.

Las cifras son pasmosas. Tan solo a modo de ejemplo, Facebook, la mayor red social del mundo, con 2.320 millones de usuarios activos, reportó ingresos por US$55.013 millones en el ejercicio 2018, y utilidades por US$22.112 millones, un incremento de 39%, pese a escándalos como el de Cambridge Analytica.

Los ingresos por publicidad en telefonía móvil representaron un asombroso 93% del total de los ingresos publicitarios de la compañía. (13)

El toque de Midas del siglo veintiuno se llama minería de datos.

El modelo consiste en que dispositivos, aplicaciones y redes entregan servicios aparentemente gratuitos, a cambio de registrar la información del usuario, la que venden después a toda empresa que requiera esas bases de datos, para incrementar sus ventas, paradójicamente, con el consentimiento del incauto, al menos en letra chica, puesto que en algún momento de la instalación o suscripción, debe ejecutar alguna acción que implica aceptación de las condiciones y términos de uso.

El engaño es doble: cuando el usuario entrega sus datos a cambio de servicios, aparentemente gratuitos, y luego cuando esos datos son utilizados para elaborar perfiles que engendrarán predicciones, que a su vez se trocarán en dinero.

Es el circuito de lo que algunos autores han denominado «capitalismo de vigilancia», donde los medios de producción son las vidas de las personas sobre la infraestructura digital, puesto que generan una nueva forma de plusvalor: los datos personales.

El modelo genera riqueza porque formula predicciones del comportamiento de los usuarios, entre ellas, y principalmente, en el consumo, lo cual estimula las ventas en toda la cadena de valor: anunciantes, instituciones del sector financiero, industrias, empresas de servicios, aseguradoras, comercio, tiendas por departamentos, hoteles e incluso, últimamente, partidos políticos.

En esta tesis, el capitalismo ya no se basa solo en la fuerza de trabajo de la clase trabajadora sino también en la información que aporte cada individuo respecto a su sistema de toma de decisiones para votar, interactuar en sociedad y consumir.

En consecuencia, no solo concentra capital, tierra y fuerza de trabajo sino también información, sin que el usuario apenas se entere. Es la contradictoria capacidad del capitalismo digital, de hacer sentirse libre a la generación más vigilada de la historia.

El talón de Aquiles del capitalismo de vigilancia –en rigor, de todo modelo capitalista- radica en lo que Marx denominó capital ficticio.

Salta a la vista que la industria de las comunicaciones, los oligopolios mediáticos y los monopolios de las tecnologías de la información, generan y mueven miles de billones de dólares en sus ejercicios contables.

En nerviosas pulsiones, a menudo histéricas, los trasmiten a mercados financieros, bolsas de valores, bancos de inversión, agencias calificadoras de riesgo, fondos mutuos, capitales golondrina, y en general, a toda empresa, emprendimiento o especulación que apunte al anatocismo; o sea, lucrar con el lucro.

Esa es, simultáneamente, su particular debilidad: se trata de capital inorgánico, asimétrico y desfasado de los flujos de la economía real; que expresa más inflación de valor, que valor en sí.

Sobreacumulación de capital inorgánico y actividad económica deprimida, proporcionan las condiciones ideales para la tormenta perfecta: la crisis recurrente del ciclo capitalista.

Las exuberantes cifras de los oligopolios mediáticos y los gigantes de la comunicación digital contribuyen a arrojarle combustible a esa hoguera, y añadir presión a la burbuja.

La mentira como arma de desinformación masiva

Fenómeno no menos inquietante, asociado a la masificación acelerada de estas nuevas tecnologías, es la degradación de lo que la epistemología y las representaciones colectivas tienen por verdad.

Si bien los medios de comunicación acreditan larga data como factor de influencia en tiempos electorales y definición de inclinaciones políticas y culturales de la sociedad, las redes sociales aportan una masividad que generaciones anteriores no hubiesen osado imaginar.

Las campañas de noticias falsas, las dudosamente célebres fake news, fueron profusamente utilizadas en el Brexit, y en la campaña de exponentes de la derecha más beligerante, tales como Trump y Bolsonaro, que ven en la democracia un peligro para los mercados, la familia, el orden y las buenas costumbres.

El objetivo de los monopolios de la comunicación, las huestes filo-fascistas y los ejércitos de la desinformación, coinciden en el objetivo de generar un ríspido ambiente de desconfianza, una crisis latente de segundo orden, que dificulta la participación ciudadana, y la ahuyenta de la democracia.

La breve experiencia existente indica que cuando eso sucede, el extremismo fanático prolifera y cunde por las redes.

Numerosos estudios demuestran que ni las personas más instruidas son inmunes a las noticias falsas, y que los mayores de 65 años son más propensos a propagarlas.

La necesidad de certezas, tan cara al pensamiento conservador, y de las que otrora se ufanaban los grandes medios, hoy es demolida por esos mismos medios, en función de oscuras pulsiones del sistema, en su incesante necesidad de incrementar las ganancias, conquistar las audiencias y obstruir cualquier avance democrático.

El filósofo mexicano Fernando Buen Abad aborda el tema con autoridad:

“Lo que se publica -o lo que se silencia- tiene la marca de los grupos de «inteligencia», públicos o privados, que operan dentro y fuera de los medios de información. Ahí se cuecen los datos, su extensión, su profundidad su calidad y su cantidad. Ahí se definen los temas y se define el “canon” informativo obligatorio que una sociedad requiere para su desempeño cotidiano. Pero, bajo el capitalismo, que ha convertido la información también en mercancía, secuestrada para tribulaciones políticas o mercenarias, el ‘canon’ (el conjunto mínimo obligatorio de información) no obedece a la producción social de conocimiento colectivo sino a la lógica de la ignorancia de mercado”. (14)

En su opinión, desinformar no sólo es suspender la transmisión de datos. Equivale también a deponer el canon social informativo, en función del capricho de los fabricantes de noticias, que redactan libelos deformados, al servicio de una ofensiva contra la consciencia de los auditorios, que entrega una visión -o noción- de la realidad sesgada, desfigurada y manipulada:

“Es un fraude de punta a punta. No es una ‘omisión’ más o menos interesada o tendenciosa…no es una ‘falla’ del método; no es un accidente de la lógica narrativa; no es un incidente en la composición de la realidad; no es una ‘peccata minuta’ del ‘descuido’; no es una errata del observador; no es miopía técnica ni es, desde luego, ‘gaje del oficio’. Es lisa y llanamente una canallada contra el conocimiento, un delito de lesa humanidad. Es como privar a los pueblos de su Derecho a la Educación”.

La información falsa no es una novedad en el campo político, como bien lo sabe la potencia imperial. El hundimiento del acorazado Maine en 1898, es un clásico en la materia: una operación de falsa bandera enfilada a justificar la intervención norteamericana en la guerra de la independencia de Cuba contra España.

Y ¿qué otra cosa que una monstruosa campaña de mentiras y desinformación fue la agresión mediática contra el Gobierno de Salvador Allende, liderada por El Mercurio y financiada por la CIA, en el trienio1970-73?

Las actuales operaciones de fake news comparten un par de rasgos característicos de las campañas de desinformación de los medios tradicionales.

Entre ellas, la comunidad de intereses. En ambos casos la información falsa es un insumo de combate del partido de la gobernanza y una variada gama de expresiones conservadoras, entre ellas, fundamentalistas refractarios, halcones de la guerra y hordas neofascistas, con el mismo propósito: destruir todo lo que sea percibido como una amenaza a la estabilidad del sistema y el orden constituido.

Y también, el equívoco. La desinformación y las noticias falsas se fundamentan en medias verdades, peores que las mentiras completas, dada su dificultad de desmentir; más aún cuando el desmentido aumenta la circulación de la noticia que pretende desmentir.

Lo nuevo es la universalización de las audiencias. Una considerable proporción de la población mundial dispone de telefonía móvil, lo cual simplifica la conexión de millones de circuitos que llegan, literalmente, a la palma de la mano de miles de millones de personas en el mundo.

Hoy, una campaña de noticias falsas es fácil y económica; basta con saber hacerlo. Además, el anonimato es como el oxígeno al fuego en las fake news: las impulsa con viento de cola.

Las campañas mediáticas de desinformación en los medios tradicionales necesitan exhibir, aunque más no sea en el nivel simbólico, ciertas apariencias de trazabilidad.

Las campañas de fake news en redes sociales ni siquiera se plantean esa restricción. Pero, como se verá a continuación, antes se pilla al mentiroso que al cojo.

Gran Hermano al teléfono

La intromisión en la vida privada de las personas, propia del Gran Hermano, aquí y ahora, ha cobrado considerable desarrollo en el espionaje, inteligencia política, doctrina militar y combate contra-insurgente.

WikiLeaks documentó el espionaje a través del dispositivo «Ángel que llora» (Weeping Angel), integrado a televisores “inteligentes» de la multinacional surcoreana Samsung, diseñado en colaboración con el MI5, servicio de inteligencia del Reino Unido. Básicamente, el dispositivo simula un falso modo apagado, mientras graba las conversaciones en la habitación y las envía en línea a un servidor secreto de la CIA. (15)

En la última generación de iPhones, Siri, el asistente online de Apple escucha lo que se dice a su alrededor y lo envía a la sede de la empresa. Lo mismo hace Alexa, de Amazon. La empresa Bose, especializada en auriculares, fue denunciada por recopilar datos personales de los usuarios, sin permiso, a través del programa bose connect. La aplicación de Uber estuvo a punto de ser eliminada de la Apple Store porque espiaba a los usuarios incluso aun si se desinstalaba y se formateaba el aparato.

Ejemplos sobran porque el espionaje en línea es técnicamente sencillo.

Normalmente se utilizan «puertas traseras» –backdoor-, consistentes en secuencias especiales de código de programación, capaces de bloquear los sistemas de seguridad del algoritmo con el que se accede al sistema, vulnerabilidad que permite entrar en un servidor, página web o red local sin ser detectado. Esos accesos sirven para espiar y grabar conversaciones en línea, correos electrónicos, llamadas telefónicas y cualquier tipo de comunicaciones sobre internet.

En 2013, los documentos filtrados por el ex-analista de inteligencia Edward Snowden revelaron que la Agencia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos, NSA, disponía de puertas traseras que le permitían acceso a los servidores de las nueve mayores empresas de tecnología digital, incluidas Facebook, Google, Microsoft y Yahoo.

La NSA administra también el proyecto Echelon, la mayor red de espionaje e intercepción de comunicaciones electrónicas de la historia.

Controlada por una comunidad de servicios de inteligencia de Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, puede capturar comunicaciones por radio y satélite, llamadas telefónicas, faxes, correos electrónicos; en general, cualquier señal del espectro radiofónico, originada en cualquier punto del planeta.

Echelon intercepta unos tres mil millones de comunicaciones por día. Enormes servidores almacenan esos datos, y aplicaciones de última generación, se encargan del análisis automático, procesamiento de datos y clasificación de la información.

Inicialmente desarrollado para espiar las comunicaciones militares de la Unión Soviética y sus aliados, actualmente Echelon se utiliza indistintamente para fines de combate contra-insurgente, o al narcotráfico, inteligencia política y diplomática, espionaje económico e invasión de privacidad en escalas insospechadas por la ciudadanía.

Hay aplicaciones especialmente diseñadas para el trabajo de inteligencia policial y militar.

Snowden reveló que la NSA recolecta información de correos electrónicos, videos, chats, fotografías, transferencia de archivos y detalles sobre perfiles en redes sociales por medio de un programa de vigilancia masiva llamado PRISM.

Otro es Tearline, una plataforma para servicios de inteligencia, diseñada por Chris Rasmussen, analista de la Agencia Nacional de Inteligencia Geoespacial, cuya particularidad radica en el trabajo colaborativo; vale decir, el rendimiento de la aplicación se incrementa en la medida del uso y los aportes de los agentes.

En 2015, la agencia periodística Ciper reveló que la PDI adquirió, en US$2,85 millones, un programa denominado Phantom, a la empresa italiana Hacking Team, un sistema de vigilancia masiva con capacidad de acceder a toda la información de celulares y computadores.

Funciona a través de un «troyano», variedad de software maligno que permite una serie de acciones dentro de un dispositivo, sea teléfono móvil, tableta, computador portátil o computador, sin autorización ni conocimiento del usuario; tales como monitoreo de todo lo que hace, escribe, o fotografía; copia de sus contactos, claves secretas e, incluso, toma de control de la cámara y GPS, sin importar el lugar, tipo de conexión o de plataforma a la que se espía, esta sea Windows, Mac, iOS, Android y otros. Si el dispositivo se encuentra apagado, el sistema sigue recabando datos, y los envía una vez que se conecta a internet. (16)

Carabineros hizo lo propio, en clave de sainete. Lo intentó con el dudosamente célebre software Antorcha y la no menos grotesca Operación Huracán, montaje que apuntó a inculpar a líderes mapuche de delitos terroristas, mediante el expedito procedimiento de inocular en sus teléfonos móviles, supuestas conversaciones de mensajería electrónica…en formato de texto plano.

Esa torpe operación de «inteligencia» resultaría cómica, de no mediar la gravedad de la extralimitación de la función policial, la impunidad subyacente y el atropello de los más elementales derechos de los inculpados.

Viene al caso consignar que después de la estridente zalagarda inicial, un discreto velo de silencio mediático ha protegido la intimidad de los autores directos e intelectuales del montaje; ex generales Bruno Villalobos y Gonzalo Blu; ex mayor Patricio Marín; ex capitán Leonardo Osses y el impostor ex supuesto experto informático de la desaparecida Unidad de Inteligencia Operativa Especializada Araucanía, UIOE, Álex Smith Leay.

Del robo de datos a la manipulación electoral

La operación política por el Brexit, y las campañas presidenciales de Trump, Macri, Piñera y Bolsonaro, tienen en común haber utilizado la última generación en programas de predicción –o más bien, manipulación- electoral, que combinan minería de datos, análisis cuantitativo, psicología conductista, comunicación estratégica, marketing electoral y georreferenciación, entre otras disciplinas.

La mitología en boga le atribuye la paternidad a Cambridge Analytica; sin perjuicio de que la tecnología estaba suficientemente madura como para haber prescindido de personajes como Steve Bannon, Robert Mercer, Aleksandr Kogan y Christopher Wylie, y de que muchas otras empresas ofrecen productos y servicios similares.

Según esa narrativa, este último, un genio incomprendido de la programación, descubrió, como sucede frecuentemente, casi por casualidad, la correlación que se puede extraer, entre variables tales como la minería de datos, bases de datos demográficos, costumbres de consumo, rasgos de personalidad, estadísticas electorales, gustos, preferencias y lugar de residencia; en función de la predicción electoral y la propaganda política personalizada.

Steve Bannon, presidente ejecutivo de la ultraderechista red de noticias Breitbart, asesor directo de Trump, y Robert Mercer, multimillonario de fondos de alto riesgo y donante del Partido Republicano, socios en Strategic Communication Laboratories, SCL, consultora británica contratista de la defensa del gobierno norteamericano, creyeron en la visión de la Wylie y crearon Cambridge Analytica, con el objetivo de acumular masas de datos, provenientes de redes sociales, y mediante metodología militar, y operaciones de información, enfocarlas en campañas políticas y electorales.

Para la captura de datos, Kogan, psicólogo de la universidad de Cambridge, e integrante de Global Science Research, GSR, desarrolló la aplicación «This is your digital”, que a pretexto de una encuesta con fines académicos, extrajo la información de más de 50 millones de perfiles de usuarios de Facebook.

Cambridge Analytica elaboró un algoritmo que correlacionaba esa información, y creaba perfiles psicológicos y políticos sofisticados de los usuarios. Luego, les enviaba mensajes políticos diseñados a partir de sus inclinaciones, a objeto de cambiar o moldear sus posturas, respecto de determinado certamen electoral. Un proceso de ingeniería informacional que se transformó en «una máquina de propaganda», en palabras de Wylie.

Esa información se utilizó en propaganda personalizada y campañas de desinformación y noticias falsas, primero en el referendo sobre el Brexit, y luego en las campañas electorales de Donald Trump, Mauricio Macri, Enrique Peña Nieto, Víctor Yúschenko, presidente de Ucrania y Uhuru Kenyatta, presidente de Kenia, entre otras doscientas elecciones en todo el mundo.

El diputado Eduardo Bolsonaro reconoció que Bannon asesoraría la candidatura de su padre a la presidencia.

Aterrado por las proporciones del monstruo que había contribuido a crear, en marzo de 2018, Wylie sufrió un colapso emocional que lo movió a develar lo que había detrás de las campañas de noticias falsas y un nuevo tipo de propaganda política personalizada.

“Es una locura. La compañía ha creado perfiles psicológicos de 230 millones de estadounidenses. ¿Y ahora quieren trabajar con el Pentágono? Es como Nixon en esteroides “, le dijo a la periodista Carole Cadwalladr del diario The Guardian, en el reportaje que develó el escándalo. (17)

Sobre la campaña de Trump, señaló: «Sabíamos a qué tipos de mensajes sería susceptible una persona y dónde iría a consumir este contenido. También sabíamos cuántas veces debíamos enviarle ese contenido, para lograr que cambiase su forma de ver el tema». (18)

El escándalo fue de tales proporciones, que Bannon y Mercer cerraron Cambridge Analytica menos de un mes después. Uno de los principales nudos de la polémica dice relación con la responsabilidad de Facebook en la masiva fuga de datos.

Como es apenas natural, Facebook ha sostenido invariablemente que la filtración de datos personales de sus usuarios constituye una violación de sus condiciones y términos de uso.

Sin embargo, el diario The Guardian informó que Facebook había tenido conocimiento de esta violación de seguridad durante dos años, pero no hizo nada para proteger a sus usuarios; porque, en rigor, no es una filtración de datos muy distinta a la que vende la propia compañía para empujar propaganda comercial a los perfiles de sus usuarios.

El pasado 7 de julio, la Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos, FTC, le aplicó una multa de US$5.000 millones, la mayor en la historia del organismo regulador. Impertérrito, Zuckerberg declaró que la pagaría sin chistar, y que había provisionado fondos para el efecto.

Al igual que en todos los casos reseñados, la tecnología digital aplicada a la política llegó para quedarse.

Más allá del escándalo de Cambrige Analytica, el sentido común hegemónico asumió que no hay razón para que las capacidades de segmentación de públicos y personalización, propias de la industria del marketing, para vender productos y servicios; en sinergia con bases de datos electorales, demográficas, geográficas y socioeconómicas, no puedan ser utilizadas en contextos políticos y campañas electorales.

Como anota sagazmente la periodista cubana, Rosa Miriam Elizalde:

“La lucha en las urnas es cada vez menos un terreno dirimido por voceros, periodistas y comunicadores para convertirse en un espacio interdisciplinar donde convergen filósofos, economistas, matemáticos, informáticos, especialistas en marketing y toda suerte de profesiones que despliegan de manera quirúrgica las mentiras, usan clandestinamente los datos personales, se valen de industrias ilegales para inflar la interacción digital y apelan permanentemente a los mensajes emocionales y al sicariato político en las redes”. (19)

En opinión de esta autora, conviven dos paradigmas en comunicación política:

“Una, lineal, des-complejizada y unidireccional, que se piensa en términos de difusión y en la que los destinatarios son tratados como masa sin rostro. Y otro enfoque que se concentra en el destinatario, en sus emociones y reacciones, y libera a la comunicación de su vestimenta paternalista y vertical, para pensarla desde una visión estratégica y de construcción de sentido compartida, en función de objetivos políticos”.

La hegemonía mediática hace uso intensivo, extensivo, indistinto y simultáneo de ambos enfoques.

Los partidos siempre han tratado de conocer a su electorado; con el big data, pueden hacerlo con un nivel de detalle que no tiene precedente.

En Chile, InstaGis proporcionó a la campaña de Sebastián Piñera un mapa de votantes, con dirección y comuna de las personas, según padrón auditado 2016; perfil de preferencias políticas y grupo socioeconómico, para un universo que, según información pública, residan en una manzana que haya sido censada el 2002.

El software de InstaGis –empresa que recibió $1.400 millones de Corfo– es capaz de identificar RUT, domicilio y preferencia política de una persona, y de cruzarlas con otras variables, a pedido del cliente. .

Aunque su uso no es ilegal, estas herramientas aprovechan los vacíos de una norma que, en virtud de la ley que regula el lobby, terminó favoreciendo el negocio del tráfico de datos personales en lugar de proteger la privacidad de los ciudadanos.

En las primarias de la derecha, Felipe Kast trabajó con la empresa Artool, de Jorge Selume Aguirre. Kast llegó segundo, detrás de Manuel José Ossandón, pero algo en el desempeño de Artool llamó la atención del comando de Piñera, de forma que lo contrató en agosto de 2017, literalmente, en tierra derecha de su campaña presidencial.

Actualmente, Selume se desempeña como director de la Secretaría de Comunicaciones del Gobierno, SECOM.

La ciberguerra mundial ya empezó

El Cibercomando de Estados Unidos, (USCYBERCOM), es uno de los diez comandos unificados de las Fuerzas Armadas, bajo el mando del Departamento de Defensa.

Las operaciones de información, junto con las maniobras de tierra, mar, aire y espacio integran la nueva doctrina militar estadounidense, denominada campo de batalla de cinco dimensiones.

Creado el 23 de junio del 2009, su misión consiste en el “uso de técnicas informáticas con el objetivo de velar por los intereses de Estados Unidos o sus aliados”. Esto incluye la protección directa de sistemas informáticos, respuesta rápida frente a ataques enemigos e incluso – o más bien- ejecutar ataques para proteger dichos intereses.

Su Fuerza de Misión Cibernética tiene una planta de 6.200 funcionarios, agentes operativos y especialistas en electrónica, informática y comunicaciones, encuadrados en 133 equipos de tarea.

El crecimiento de su presupuesto, desde US$120 millones en 2010, a US$ 7.000 millones en 2018, refleja su ascenso en la consideración de los halcones de la guerra, diseminados en las estructuras de la defensa, los centros políticos neurálgicos y las relaciones exteriores del Gobierno de Estados Unidos.

Desde que Donald Trump llegó a la Casa Blanca, el Cibercomando dispone de carta blanca, casi sin restricciones.

El Cibercomando trabaja en estrecha relación con la NSA. Tanta, que comparten sede en Fort Meade, Maryland, y director; actualmente, el general de división del Ejército, Paul Nakasone, quien reemplazó al almirante Mike Rogers, de la Armada, en mayo de 2018. No obstante, tienen una clara división de trabajo: el Cibercomando se encarga de las operaciones, mientras que la NSA es la responsable del espionaje.

Existen pruebas más que suficientes de que el Cibercomando, al mando de Nakasone, desencadenó la primera ciberguerra de la historia, al menos en la escala que merece esa nueva categoría.

Por de pronto, el sabotaje electrónico a los sistemas de comando de la central hidroeléctrica del Guri, que provocó los graves y prolongados apagones en Venezuela, en los meses de marzo y abril de 2019, reconoce esa paternidad. .

El 22 de junio de 2019, tras el derribo de un dron estadounidense en Irán, día en que Trump canceló un ataque contra objetivos militares a última hora, agentes del Cibercomando inocularon descargas de virus informáticos de última generación, en los sistemas electrónicos de la defensa iraní.

Medios rusos han publicado que el Cibercomando ordenó una operación contra la red eléctrica del país, consistente en la implantación de virus informáticos, para activarlos en caso de conflicto.

“Hemos montado un grupo para Rusia, en la línea de lo que han estado haciendo los servicios de inteligencia después de 2016 y 2017”, reconoció Nakasone, en el foro de seguridad de Aspen, el 23 de julio de 2018.

Señaló a Rusia y China como a los adversarios en los que la fuerza se centrará en lo inmediato: “Si Estados Unidos se mantiene al margen, corre el riesgo de que sean sus adversarios los que definan lo que harán en este dominio”.

Entre las actividades de estos “adversarios”, pasibles de ser castigadas por armas de la guerra cibernética, el director de la NSA apuntó a robo de propiedad intelectual, robo de secretos militares, robo de datos personales, creación de discordia social, e intentos de desbaratar procesos electorales. “Todo ello por debajo del nivel bélico”, concluyó. (20)

En suma, tecnología de última generación, aplicada a la agresión imperial contra gobiernos considerados hostiles, enemigos, amenaza contra la seguridad mundial, ejes del mal o simplemente progresistas, ante el silencio cómplice del sistema mediático internacional.

No es que no informe; desinforma. Normalmente eso se traduce en que lo que publican los medios, apoya, defiende o justifica, las políticas de agresión e intervención del poder imperial, y su secuela de abusos.

Mientras silencian la grave y genuina amenaza que para la convivencia democrática y la paz mundial, representan las operaciones secretas del Cibercomando, participan activamente en la ofensiva política contra gobiernos como los de Venezuela, Cuba, Nicaragua, China, Rusia, Irán, o el país que el poder hegemónico designe como enemigo de la democracia, la civilización y la estabilidad mundial.

Con todo, al final del día, las chapuzas del imperialismo en las redes digitales incluyendo las filtraciones de Assange, Snowden y Chelsea Manning; los repetidos fracasos en el intento de derrocar a Maduro, y su impotencia para impedir la expansión económica y técnica de China, muestran que, en ciertos, casos, tecnología, política y lucha social marchan por carriles paralelos; sin que, necesariamente, se interfieran, y que la sola disposición de la primera no entrega ventajas irremontables o decisivas, respecto de las segundas.

Dune y después

Entre los efectos perturbadores habitualmente citados en el debate sobre las tecnologías de la información, está la posibilidad, en la intersección entre el big-data y la inteligencia artificial, de emulación de conocimiento, en función de algoritmos capaces de construir rudimentarios criterios de validez, al ser cruzados con patrones de reiteración del comportamiento de los usuarios. La antesala de Dune. (21)

Cuatro modelos de inteligencia artificial con aprendizaje profundo para procesamiento de lenguaje natural, PLN, están generalizándose en el mundo corporativo: TransFormer, ELMo, BERT y GPT-2. Todos han escalado notablemente sus capacidades en los últimos dos años.

El algoritmo de GPT-2, de OpenAI, de Elon Musk, tiene capacidad de realizar acciones complejas del lenguaje, como elaborar textos completos en base a una sola frase, lo cual, hipotéticamente, puede generar noticias falsas creíbles en fracciones de segundo.

Hasta qué punto estas tecnologías son capaces de predecir, manipular, controlar, condicionar e inducir el comportamiento humano, tanto en su dimensión individual, como en su condición social, esfera cultural, y -especialmente- opción política, constituye hoy, sin duda, el principal debate sobre la industria de los medios de comunicación. Es la reedición de la cíclica controversia entre conocimiento científico, filisteísmo académico y determinismo tecnológico.

A grandes rasgos, predominan dos enfoques; uno determinista, cerrado, y el segundo, abierto, en el sentido de que la aplicación tecnológica no garantiza ningún resultado predecible.

En el determinismo tecnológico conviven los que creen en la tecnología el alfa y el omega de la solución de los problemas, y quienes ven en ella un engendro demoníaco, que viene a perturbar el orden natural de las cosas.

En el enfoque abierto, la aplicación tecnológica representa la acumulación histórica de conocimiento; y por tanto, hay que utilizarla y apropiarse de ella, en la medida en que eso sirva a los fines.

Es indiscutible que el monopolio mediático le asigna tiempo a la actual hegemonía del capital; y que el imperialismo está utilizando su ventaja en las redes militares y tecnologías de la información, sobre cualquier factor que considere una amenaza a sus intereses, incluyendo, crecientemente, la democracia liberal.

Los riesgos de la híper-conexión no deben soslayarse, como tampoco la amenaza omnisciente de los servicios de espionaje e inteligencia del imperio. La minería de datos atropella derechos elementales de usuarios que, en general, ignoran lo que sucede con la información que suministran. Por motivos distintos, oligopolios mediáticos y movimientos de ultraderecha coinciden en el objetivo de degradar la verdad; con información sesgada, o campañas de fake news. El cruce de datos personales con diversas bases de datos, puede construir perfiles de electores e influir en el comportamiento electoral de masas desencantadas.

Todo eso es cierto, e incluso puede ser peor, pero no es el punto que interesa discutir acá.

Las mismas tecnologías aplican en campos que aumentan el nivel de bienestar de los individuos y la sociedad, tales como ciencia, conocimiento, salud, cultura, educación, entretención, trabajo, negocios y un largo etcétera.

También se utilizan en fines políticos legítimos, como el voto electrónico, o difundir programas políticos, o instruir a la gente sobre sus derechos, o luchar por ellos, o crear medios de comunicación contra-hegemónicos, o crear comunidades de activismo virtual, organizar bases de conocimiento público o construir redes seguras, protegidas por encriptación, entre muchas aplicaciones posibles.

Las mismas tecnologías pueden ser utilizadas tanto para oprimir como para democratizar, para concentrar o distribuir, salvar vidas o matar.

El determinismo tecnológico le asigna a la tecnología la capacidad autónoma de dirección de la sociedad, de organizar el desarrollo socioeconómico y de desempeñar el papel central en los cambios sociales, a través de la historia.

Es la deducción positivista del aceleramiento del tiempo histórico, iniciado con el método científico, la revolución industrial, y la revolución científica y técnica resultante, que no solo no ha parado, sino aumenta su velocidad a ritmo exponencial.

La crítica al determinismo tecnológico no entra en el objetivo de este trabajo, pero los que adscriben ese pensamiento no pueden negar que el poseedor de una tecnología obtiene una ventaja respecto de los que no la tienen.

Si eso es así, la tecnología se integra en la vertiente de la historia, donde el conflicto político se retroalimenta de la lucha de los intereses enfrentados.

En la visión determinista, la ventaja técnica es absoluta. Es una imagen, una certeza fugaz, una moda. No hay espacio para la duda, porque al momento de plantearla, ya ha llegado una nueva oleada de aplicaciones tecnológicas, que plantea nuevos interrogantes, que tampoco serán respondidos.

Su extrapolación conduce a Dune, y después.

En la perspectiva abierta, no hay nada determinado por sí. La tecnología es un factor, importante, qué duda cabe, pero en conjunción con otros no menos relevantes, tales como intereses en disputa, correlaciones de fuerza, estrategia de desarrollo, estructura de clases sociales, sistema económico, distribución de la riqueza, pautas culturales e integración social, entre muchos.

En el enfoque dialéctico de Marx, la tecnología condiciona y es condicionada por el conflicto político. La mirada abierta es dinámica en tiempo y espacio.

La propia lógica competitiva del capitalismo es la que conduce al ciclo de introducción, maduración y naturalización de una tecnología, momento en que cesa la ventaja, por cuanto su acceso se universaliza, instante en que irrumpen nuevas tecnologías, que vuelven a reasignar ventajas, en ciclos cada vez más cortos, espasmódicos y vertiginosos.

En esta visión, lo determinante no es la tecnología en sí, sino cómo entra en el flujo del movimiento histórico, lo que, en último término, significa quién la usa, para qué fines, con qué resultados, y principalmente, al final del día, cuál saca mayor provecho de ella.

Es la política, estúpido

El determinismo de la imbatibilidad de la industria de las comunicaciones no muestra correlación con el desarrollo de los sucesos mencionados al principio.

En los casos del Brexit, Trump y Bolsonaro sucedió lo contrario a la apuesta de la hegemonía mediática, por razones que no fue capaz de calcular ni prevenir.
Para sorpresa general, emergió un abigarrado, voluminoso y estridente corrimiento a la derecha de proletariados desechados por la prolongada hegemonía del sistema neoliberal.

El filósofo italiano Franco Berardi lo describió con lucidez:

“La dinámica social que ha hecho posible la ola neorreaccionaria contemporánea, desde el Brexit a Trump, y desde Duterte a Bolsonaro, es la misma que llevó a la victoria de Hitler en 1933. Hitler ganó porque convenció a los trabajadores empobrecidos y humillados de Alemania que no son trabajadores derrotados, sino guerreros blancos arios. Es lo que está pasando en la época de Trump; es lo que pasa hoy en Europa: los trabajadores, empobrecidos por la maquinaria financiera y humillados por la izquierda neoliberal, se rebelan en el nombre de la identidad, de la raza, de la nación. Los humillados como clase social se reafirman como clase guerrera”. (22)

No es que las campañas de noticias falsas, desinformación o propaganda personalizada jugaran un papel desdeñable; por el contrario. Pero pocos supieron ver que eran, en verdad, el anuncio de ese viraje.

Son causas privativas del campo político, las que explican el fenómeno.

La hegemonía neoliberal de las cuatro últimas décadas, el retroceso de los derechos del trabajo, la ideología de la competencia y la naturalización de la razón de la rentabilidad en todos los planos de la convivencia social, ha tenido efectos desastrosos en la condición de trabajadores precarizados y crecientes capas de exclusión, que se sienten abandonados y traicionados.

En los tres casos, al no percibir alternativa en izquierdas derrotadas, disminuidas, o ausentes, sectores de esa condición social, arriaron las banderas de la solidaridad, aceptaron la lógica de la competencia, y se entregaron a liderazgos por los que poco antes, nadie daba un adarme, porque les ofrecieron la ilusión del retorno a un pasado glorioso o el pasaje a un futuro esplendor.

En último término, se trata de disputas entre facciones corporativas del capital.
Independiente de los énfasis y matices de sus discursos, Trump, Bolsonaro y la ultra derecha británica carecen de programa político definido, que no sea un neoliberalismo rampante, autoritario y radical.

No tienen capacidad, ni intención, ni espacio para cumplir sus promesas, o alterar la división internacional del trabajo, aparte de alardes amenazantes contra China, Venezuela e Irán o contra cualquier enemigo, inventado o real.

Independiente del tiempo, otra facción corporativa, o una coalición interclasista, o un movimiento popular, o un partido revolucionario, o un acuerdo de salvación nacional, o cualquier combinación de las anteriores, los mandará al basurero de la historia.

Independiente del curso de los acontecimientos, su origen siempre será político; en cuanto sucederán en el espacio normativo, social y cultural del presente perpetuo de la especie humana denominado historia.

En ese análisis, Lula no está preso solo por la conjugación de factores tales como la demolición mediática, el golpe parlamentario y la guerra judicial. También lo está por la derrota política del Partido de los Trabajadores, que no supo leer las señales de las protestas de 2013-14, ni fue capaz de defender al gobierno en la calle.

Sin esa derrota, no habría habido espacio para la grotesca conspiración, que si bien no terminó en victoria para sus autores, al menos eliminó al enemigo principal. El PT optó por un estatus de convivencia con el capitalismo corporativo, apuesta que perdió sustentación cuando el deterioro de los términos de intercambio condujo a la crisis económica de 2014-15, que a su vez determinó el proceso de destitución de Dilma Rousseff, ante la impotencia del partido que sostenía al gobierno.

Cuando ya no pudo financiar la canasta, muchos de los seguidores le dieron la espalda, no lo defendieron y se pasaron al populismo de ultraderecha. Los hechos demostraron que no tenía estrategia alternativa; en rigor, ni siquiera plan B.

Cuando al final del día el PT comprendió que el objetivo último del lawfare consistía -precisamente- en sacar a Lula de la contienda, le pasó el testimonio a Fernando Haddad, pero ya era demasiado tarde.

La hegemonía mediática demolió la democracia -apoyando la prisión de Lula- a sabiendas de que sus candidatos, Ciro Gomes y Geraldo Alckmin, no tenían la menor posibilidad.

A la inversa, en Argentina y Chile fue factor preponderante en las victorias de Piñera y Macri.

Mas, si solo fuera por ella, Pinochet no habría perdido el plebiscito de 1988, mientras que en Argentina, lo que sorprendió fue, precisamente, que un candidato de derecha derrotara al peronismo.

En ambos casos, la causa determinante fue la división de la coalición gobernante en el caso de Chile, y del justicialismo, en Argentina.

No llores por Macri, Argentina

El 21,39% de votación obtenida por Sergio Massa (peronista escindido) impidió la victoria de Daniel Scioli, del oficialista Frente para la Victoria (37,1%) en la primera vuelta presidencial de octubre de 2015; del mismo modo que el triunfo de Macri en segunda vuelta, se explica más por la integración a la coalición derechista de la Unión Cívica Radical, tradicional escolta del peronismo y de perfil socialdemócrata, y del partido Coalición por una República de Iguales (ARI), de la diputada Elisa Carrió, del mismo perfil, que por el sostén de la hegemonía mediática.

Si de ésta dependiese, los próximos presidentes de ambos países deberían ser Macri y Lavín.

En vísperas de las primarias preparatorias, PASO, del 11 de agosto, las encuestas difundidas en las últimas semanas coincidían en mostrar al binomio Alberto Fernández-Cristina Fernández, del Frente de Todos, delante de Mauricio Macri y Miguel Angel Pichetto, de Juntos por el Cambio, por un margen de entre cuatro y cinco puntos. (23)

Cualquiera sea el resultado de las PASO, lo seguro es que ambas fórmulas se enfrentarán en las elecciones presidenciales del 27 de octubre, y eventualmente, en segunda vuelta, el 24 de noviembre.

Sin embargo, las condiciones son distintas a las que prevalecían en 2015.

Como no ocurría desde el primer gobierno de Cristina Fernández, el peronismo concurre unido en el Frente para Todos; salvo la aventura personal del senador justicialista Miguel Angel Pichetto, que para sorpresa general, se inscribió como compañero de fórmula de Macri, y la candidatura testimonial de Roberto Lavagna, ex ministro de economía de los gobiernos de Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner, por el pacto Consenso Federal.

De las catorce elecciones a gobernadores provinciales registradas durante 2019,
doce las ganaron candidatos de partidos y movimientos del Frente para Todos; una Juntos por el Cambio, y una el regionalista Movimiento Popular Neuquino.

La evolución de la indomable crisis económica será determinante, en octubre.

Si los fondos de rescate provenientes del FMI la aplacan, o al menos postergan sus efectos más críticos, mejoran las abolladas pretensiones de Macri. En cambio, si no bastan, y ésta no remite, sus posibilidades se desploman casi a cero.

Un tercer factor a considerar son los altos niveles de rechazo que suscitan Macri y Cristina Fernández. Con hábil sentido táctico, ésta dio un paso al costado y le cedió el protagonismo a Alberto Fernández, otrora acerbo crítico, lo cual fue el último ladrillo que cimentó el pacto del heterogéneo, lábil y peculiar universo justicialista; que dicho sea de paso, no ha perdido elección cuando ha ido unificado.

Macri, en cambio, debió imponer su candidatura a las PASO mediante un golpe de autoridad, puesto que el denominado «círculo rojo», integrado por grandes empresarios, medios de comunicación e inversores nacionales y extranjeros, estaba promoviendo su «bajada», debido a la carga negativa de su imagen.

Esas son las variables que decidirán al próximo presidente de Argentina; con abstracción e independencia de lo que haga la hegemonía mediática; lo que no significa, en modo alguno, que no esté haciendo la pega.

En lo inmediato, está jugando la ficha del empate técnico, mientras infla la candidatura de Lavagna.

Un estudio de 2.149 artículos de los diarios Clarín y La Nación, el periódico electrónico Infobae y la agencia oficial Télam, sobre actualidad política, económica, social y judicial realizado por Comunicadores de la Argentina, COMUNA, entre febrero y mayo de 2019, estableció que el 61% de los títulos
fue favorable al gobierno; mientras que el 88% de los referidos a la fórmula justicialista tuvo una orientación negativa. De los 56 días estudiados, solamente en nueve no hubo títulos desfavorables al sector kirchnerista. (24)

La política editorial de respaldo al oficialismo se expresó también en la omisión o escasa visibilidad de «malas noticias» para el gobierno, como la inflación, el aumento del desempleo y la pobreza, y el cierre de fábricas y comercios, que absorbieron apenas 78 títulos, es decir 7,8% del total dedicado a actualidad política, económica y social, y 3,6% del total de las noticias estudiadas.

Resulta llamativo el énfasis editorial contra Venezuela, que fue objeto de 147 artículos, es decir, el 45% de un total de 327 de la sección internacional. De ellos, el 87,7% de los casos, contenían enunciados o pronunciamientos contrarios al gobierno, contra sólo 12% neutrales o favorables.

La mano de Steve Bannon está presente en los métodos de Jaime Durán Barba, jefe de campaña para la reelección de Macri.

Alejandro Bercovich, del diario electrónico BAE Negocios, documentó la inédita micro-segmentación del mensaje del candidato oficialista:

“A diario se despliegan 37 spots diferentes para 37 públicos distintos. Anteayer, en Facebook e Instagram, se podía ver un récord de 419 avisos diferentes de Juntos por el Cambio…cuatrocientos diecinueve spots son 419 microhistorias, 419 secuencias de imagen, 419 apelaciones a la emoción”. (25)

Por ahora, es noticia en desarrollo. Pero si a pesar de ese enorme esfuerzo, Macri es derrotado en octubre o noviembre, el credo del determinismo mediático habrá experimentado una ruda derrota; aparte de que representaría una muestra de que se puede ganar una elección sobre la base de mentiras, información sesgada y fake news, pero eso no sirve para gobernar.

El fracaso de la guerra mediática

«Populismo», «falta de libertad de expresión», «persecución a opositores», «presos políticos», «represión», «dictadura», «crisis humanitaria», «ineficiencia», «corrupción», «populismo», «desabastecimiento», «hambre», son los apelativos corrientes e invariables utilizados por los grandes medios, para referir cualquier hecho relativo a la Revolución Bolivariana de Venezuela y al presidente Nicolás Maduro. No es casualidad; es una técnica, producto de una decisión política.

En su libro Antiperiodistas: confesiones de las agresiones mediáticas contra Venezuela, el doctor en comunicaciones de nacionalidad española, Fernando Casado Gutiérrez, describió estos estereotipos como sound bites (sonidos cortos) que resumen ideas complejas. (26)

Al mencionar a Maduro, estos sound bites serán siempre «autócrata», «caudillo», «dictador»; si el tema es la libertad de expresión y medios de comunicación, «último canal de oposición», «persecución a periodistas», «ausencia de prensa libre», «dictadura mediática», como puede leerse en numerosos medios de comunicación venezolanos, controlados por la oposición; si se trata de demonizar a algún líder que ponga en tela de juicio al neoliberalismo, le dirán «compinche de Maduro», «populista», «chavista», «tonto útil a Venezuela», y así.

En opinión de Casado, “estos sonidos cortos han logrado que el costo político de atacar a Venezuela sea cero”. En su investigación, realizó más de cien entrevistas a editores y periodistas de once diarios de habla hispana, entre ellos, El Tiempo y El Espectador, de Colombia; Clarín y La Nación de Argentina; El Mercurio de Chile; El Comercio de Ecuador; ABC Color de Paraguay; El Universal de México; El País, El Mundo y ABC, de España, además de Le Figaro, de Francia.

En cambio, periodistas y editores de los principales medios norteamericanos, The Washington Post, The Wall Street Journal y The New York Times y la agencia de noticias Associated Press (AP), negaron su colaboración a la investigación de Casado.

En ella demostró que el comportamiento de la prensa internacional es similar en todos los países occidentales. Pero no solo eso. Documentó la creciente imbricación de la hegemonía mediática con los centros neurálgicos de la hegemonía del capital:

“Al analizar el funcionamiento de la producción informativa, observaremos que las empresas productoras de contenidos informativos suelen estar organizadas en conglomerados de gran influencia y vínculos con el poder establecido, tanto a nivel político como económico. Como resultado de estas estrechas relaciones con el poder, se constata que los grandes medios de comunicación han abandonado en muchos casos su función de controlar al poder y servir como contrapeso, para pasar a compartir los mismos intereses y objetivos”.

En su opinión, el modelo político de Venezuela constituye una amenaza al sentido común hegemónico basado en la visión económica de libre mercado de la sociedad, especialmente en los actuales momentos de crisis del sistema capitalista.

Esto significa que la alternativa de Venezuela, que aspira a construir un sistema social basado en el socialismo del siglo xxi y el buen vivir, no debe prosperar bajo ningún concepto; de idéntico modo como el imperialismo obstruyó la vía democrática al socialismo de Salvador Allende, con el mismo pretexto: su expansión representaría una amenaza para el orden mundial imperante.

Mientras detente la hegemonía, el sistema liberal capitalista utilizará todos los mecanismos a su alcance para conjurar el peligro. Por ahora, el asedio a Venezuela se limita a la guerra económica y mediática, pero el sistema está trabajando para que la opinión pública global acepte la alternativa militar.

Concluye Casado: “los casos de estudio pueden recordar al mago enmascarado que explicaba y desmontaba con todo lujo de detalles los trucos de magia. El ilusionista más odiado por su gremio escondía su identidad, pues sabía el daño que le estaba haciendo a la profesión. Pero mientras los magos viven de sus trucos y todos sabemos que lo son, los periodistas viven de la veracidad, pero en muchas ocasiones nos mienten y muestran una realidad engañosa usando la imagen y palabra como si fueran ejercicios de prestidigitación. No se trata de acabar con el periodismo, como hacía el mago enmascarado con sus colegas, sino que el periodismo responda a unos valores éticos que pareciera se han olvidado en las grandes empresas de la comunicación”.

Poco más que agregar, salvo la constatación del fracaso de la guerra mediática contra Venezuela, no sólo por ausencia de resultados, sino porque, en espiral descendente, el efecto rebote de las expectativas frustradas, espoleadas por los mismos medios, desalienta a una tropa de suyo abatida y perpleja.
La guerra mediática no ha conseguido quebrar el núcleo político de la resistencia del régimen bolivariano, consistente en la capacidad de movilización popular y el control de las Fuerzas Armadas. Sin embargo, mientras persista la agotadora guerra económica de desgaste y planee en el horizonte la posibilidad de la agresión militar, cabe añadir, por ahora.

Relaciones incestuosas

En Chile, la industria de los medios de comunicación está estrechamente ligada, por afinidad ideológica y títulos de propiedad, a la hegemonía del capital, de forma que su alineación con el dogma neoliberal es irreductible, impenetrable y cerril.

En términos relativos, tiene una influencia mayor que la media de países comparables, por la sencilla razón de la casi total ausencia de prensa alternativa o independiente -liquidada por la dictadura y rematada por la ex-concertación- salvo, en alguna medida, en el espacio digital.

No sólo eso. Por un inexplicable misterio, políticos de casi todo el espectro experimentan una atracción fatal por El Mercurio, comparable a la que excita en las polillas una fuente de luz; al punto que no vacilan en transar sus versátiles principios, si eso conduce a salir en las páginas sibilinas.

Sin embargo, como en todos los casos estudiados, la sola posesión de los medios no garantiza resultados.

En términos estadísticos, registra una tasa de éxito del cuarenta por ciento en las diez mediciones electorales desde 1973 a la fecha, o del veinte por ciento, si se considera que en los dos fraudes plebiscitarios de la dictadura, la «consulta» de 1978 y el plebiscito de 1980, que empotró el modelo neoliberal en la estructura institucional del Estado, el resultado estaba dado, con abstracción de los medios. .

En cambio, ha perdido en seis; el plebiscito de 1988 y cinco elecciones presidenciales.

Las dos victorias de Piñera obedecen, naturalmente, a la hegemonía mediática, pero también a la crisis de alternativa al predominio del modelo; y a la maestría con que ejecuta el papel del payaso simpático con una mano, para distraer, mientras que con la otra, a sotto voce, pero con fría determinación, impone el programa de profundización neoliberal, con el apoyo de los que olvidan que cuando se gana con la derecha, es la derecha la que gana; o más bien, a los que les pagan por olvidar.

Como en todos los casos analizados, serán cálculos, estrategias y maniobras políticas las que barajarán el naipe, en el inminente ciclo corto electoral. No hay que engañarse con la caída de Piñera en las encuestas, entre otras razones, porque su nombre no estará en la papeleta presidencial del 21 de noviembre de 2021.

Lo central, en cambio, es la firme determinación que ha mostrado en la misión de completar el modelo neoliberal, contra viento y marea, por medio del refuerzo a las reformas de su hermano José y la derogación de las reformas del gobierno de Bachelet. Lo es por dos motivos. Primero, evidentemente, porque deja planteadas tareas de futuro. Pero en lo fundamental, por la habilidad en incitar y lograr la complicidad del ala liberal de la ex-concertación; en esta vuelta, la DC, pero también de emboscados del PRSD, del PPD e incluso del PS, cuando es necesario.

Se trata de una elaborada operación política del partido orgánico, que consigue invariablemente justo los votos necesarios en cuestiones de neoliberalismo estratégico, y rota los nombres de los parlamentarios concertacionistas que dan esa ajustada mayoría, para simular casualidad y contingencia. La identidad de los emboscados se puede inferir del cruce de votaciones en sala, en proyectos de esa naturaleza, con los parlamentarios de partidos de la ex-concertación investigados y/o mencionados en el financiamiento ilegal de la política, en los casos Penta, Corpesca y SQM.

Tratándose de la DC, los emboscados ascendieron a tiradores francos, toda vez que la negociación con el gobierno ya es posición oficial del partido. El corrimiento a la derecha de la DC, a pretexto del «camino propio», hace explícito el quiebre de la oposición, el segundo dato relevante de la coyuntura.

La división de la oposición -en rigor, su decantación- significa, en lo inmediato, la clausura del ciclo de la denominada centro-izquierda; lo cual tiene impactos diferenciados en todas las fuerzas que la integran

En principio, el pragmático giro a la derecha de la DC –no en vano en la mesa directiva predomina el sector de los «colorines»- descarta una segunda versión de un acuerdo amplio, como el de la nueva mayoría, e incluso, deja escaso margen al reagrupamiento de la ex-concertación; aunque, dada su atracción por el poder, no cabe descartarlo.

En cambio, si eso se proyecta a un pacto electoral, como el de la UCR con Macri, la posibilidad del bloque dominante, de conservar el poder ejecutivo, se acrecienta de manera indudable.

A su turno, el polo socialdemócrata (PS, PPD y PRSD) conformó la Convergencia Progresista, mientras que los partidos Comunista, Progresista y Federación Regionalista Verde Social, anunciaron el pacto Unidad para el Cambio, con miras al ciclo electoral de 2020-21.

Están en curso conversaciones para configurar una alianza anti neoliberal, entre el Frente Amplio, el Partido Comunista y otros sectores de la izquierda histórica. (28)

Si fructificase, y llevara a un candidato potente, como el alcalde de Recoleta, Daniel Jadue, o el que se imponga en primarias democráticas, no sólo tendría objetivas posibilidades de pasar a segunda vuelta, sino también de sacudir el modelo; para lo cual incluso bastaría un acuerdo de apoyo recíproco en segunda vuelta.

Eso supondría superar resistencias provenientes tanto desde los sectores liberales como de posiciones anticomunistas en el Frente Amplio; lo cual constituiría un síntoma de madurez política que permitiría empezar a perfilar una propuesta estratégica. Pero, por ahora, no queda claro si el horno de la contingencia está para esos bollos unitarios.

En la vereda del frente, la derecha se ha distinguido por una férrea unidad y disciplina en torno a la preservación del modelo neoliberal desde 1980 a la fecha.

De su táctica habitual de influir y manipular a través de las encuestas, cabe deducir que se decanta por Joaquín Lavín. Pero sea él u otro, en primera vuelta enfrentará una némesis proveniente de su derecha: el pinochetismo recalcitrante acaudillado por José Antonio Kast; un dato nuevo en la ecuación que ha deparado grandes sorpresas, como Trump, Bolsonaro y el Brexit.

Con ese juego en los flancos, el escenario más probable es una primaria dirimente en primera vuelta, acompañada de una profusión de candidaturas bizarras y pintorescas.

Más allá de la caída de Piñera en las encuestas, las posibilidades del bloque dominante, de retener el Poder Ejecutivo son elevadas tanto por la fragmentación opositora, como por la ausencia de una propuesta alternativa.

En el caso de una segunda vuelta entre el candidato de la derecha y el de algo parecido a la ex-concertación, sin el Partido Comunista, el estatu quo no se habría movido un solo milímetro.

Más aún, el próximo ciclo electoral ocurrirá en las habituales condiciones de asimetría de recursos financieros, comunicacionales e influencia electoral, lo cual torna ilusorio el principio de igualdad del voto ante la ley, y consagra el retroceso a una democracia censitaria. (27)

El candidato del bloque dispondrá, además, la ventaja de su experiencia en el uso de técnicas de última generación, en aplicaciones y disciplinas como micro-segmentación, marketing electoral y propaganda personalizada, cruzadas con otras variables, como comportamiento bancario y comercial, estadística electoral, georreferenciación y en general, todo dato o estadística que contribuya a construir el perfil de cada elector del país más acabado que sea posible.

Ninguno de los partidos de oposición siquiera lo tiene presente.

De acuerdo a los dos principios generales de la hegemonía, precedentemente citados, el partido orgánico del neoliberalismo, diseminado en partidos de casi todo el espectro político, grupos económicos, inversores internacionales, gremios empresariales, mercados financieros, alta dirección pública, universidades, medios de comunicación fundaciones culturales, altos mandos de las fuerzas armadas, dignatarios del alto clero y la embajada de Washington, no entregará ninguna esas ventaja, sin previa derrota política.

Es un escenario improbable en el horizonte inmediato debido a la descomposición de la oposición; y al desgaste ocasionado por la impenetrabilidad de la constitución de Pinochet -aún vigente para los que lo han olvidado- que le permite al bloque de poder encajar derrotas electorales sin grandes daños en la arboladura, porque mientras mantenga la segunda mayoría electoral, le basta para bloquear cualquier reforma al neoliberalismo estratégico y su estructura institucional.

En esa perspectiva, la política de alianzas de la izquierda histórica oscila entre variantes de dos perspectivas antitéticas, cada una con sus propias escalas temporales y énfasis discursivos: persistir en la construcción de las alianzas más amplias que sea posible; o bien, inaugurar un nuevo ciclo político, con candidatura presidencial y reposición del programa de la izquierda. .

Morfología de un retroceso

En el plebiscito del 5 de octubre de 1988, la opción Sí, en esencia, el mismo bloque hegemónico actual, obtuvo el 44% de los votos. El 17 de diciembre de 2017, Piñera obtuvo su segundo mandato presidencial con el 54,8% de las preferencias.

El ascenso electoral de la derecha implica, correlativamente, un retroceso de la izquierda, no sólo en los planos electoral, comunicacional y cultural, sino también en el ámbito legislativo, en el mundo social y la batalla de ideas.

Con un discurso simple hasta el lugar común, y repetido como un mantra, Piñera consigue aprobar -o al menos hacer avanzar- reformas que encastillan las reformas neoliberales de su hermano José, en trabajo y previsión, y derogan reformas del gobierno de Bachelet, en sistema tributario y educación.

A la inversa, el discurso de la izquierda no logra simplificar las conexiones causales entre esas reformas neoliberales y el cada vez más apremiante deterioro en las condiciones de vida de las mayorías desposeídas; cubierto por el manto de la deuda de los hogares y la aparente normalidad.

Piñera perfecciona el régimen del actual bloque hegemónico, a caballo de la impostura del incremento de las pensiones, la creación de empleo y el aumento de la inversión.

En cambio, el discurso de la izquierda no consigue esclarecer que la precarización del trabajo y la apropiación del ahorro forzoso de los trabajadores en el sistema privado de pensiones, son condiciones necesarias para el restablecimiento de las tasas de acumulación del capital, obstruidas por la legislación social del siglo veinte y las luchas del movimiento popular.

Con infatuado cinismo, Piñera se ufana de que la reintegración del sistema tributario traerá inversión y crecimiento.

El discurso de la izquierda no logra develar que los impuestos que no pagan los híper-millonarios, los endosan alegremente a las mayorías asalariadas, o como se dice eufemísticamente, las familias; que es más o menos lo mismo que un carterazo en la vía pública perpetrado Andrónico Luksic o Roberto Angelini.

En la «reforma» de Piñera, a través de la mantención del IVA en 19%, uno de los más altos y regresivos del mundo, y otros impuestos al consumo, tales como los peajes o el impuesto a los combustibles, que eleva su precio con efectos multiplicadores en la economía nacional; el aumento de las contribuciones y del impuesto a alcoholes y tabacos; y la incorporación de las plataformas digitales a la faltriquera tributaria del Estado.

El discurso de la izquierda no integra en su análisis la crítica y la denuncia de las extremadamente riesgosas consecuencias de un previsible colapso del capitalismo rentista y financiarizado; preludio del cual evidenció el circunspecto ministro de Hacienda, Felipe Larraín, cuando pidió a monjas de un hogar de ancianos, rezar para que se solucione la guerra comercial desatada por Estados Unidos contra China.

No es que sean temas ausentes del discurso de la izquierda; por el contrario, habitan profundamente en su tradición. Pero no está sabiendo decírselo a audiencias mayoritariamente despolitizadas; al punto que a veces parece asistirse a monólogos paralelos. El discurso de la izquierda no está cautivando a capas de población joven, especialmente, sectores de perfil tecnológico, y capas marginales, ni ofrece alternativa de lucha estratégica a proletariados fragmentados, trabajadores precarizados, minorías combatientes y mayorías desmovilizadas.

Además de desventaja técnica, o exclusión mediática, entre las causas de ese retroceso también cuentan limitaciones impuestas por la política de alianzas; el debilitamiento de la lucha social; una prolongada crisis orgánica; el relajamiento del compromiso de una parte del activo militante y el distanciamiento de sectores de intelectuales, artistas y profesionales.

Parece momento oportuno para una introspección autocrítica, un replanteamiento estratégico y una evaluación de la política de alianzas; pero, aparte de que es decisión de cada colectivo de la izquierda histórica, tampoco cabe en el objetivo de este trabajo.

La insoportable intolerancia del discurso neoliberal

Cualquier análisis crítico parte de una posición. Estas reflexiones sobre comunicaciones y hegemonía, o más bien, la hegemonía de las comunicaciones, proponen que la respuesta de la izquierda debe articularse en torno a tres ejes: refrescar la oferta estratégica, depurar la crítica a la chirriante hegemonía del capital, y apropiarse de las ventajas de las redes sociales y tecnologías de la información para mejorar la gestión política y multiplicar comunidades enfocadas en el cambio de paradigma de desarrollo.

En rigor, a dos, porque la reposición de la oferta estratégica de la izquierda y el desarrollo de la crítica al sistema capitalista, constituyen dos facetas del mismo problema, recíprocamente condicionadas.

El discurso neoliberal es intransigente, totalizador; no sólo no acepta cuestionamientos, sino que pretende representar normalidad y, simultáneamente, controlar las singularidades; de forma que fuera de él, no habría sino el caos, el populismo y la anarquía. Convencido de su derrota, ha hecho cierto abandono del «comunismo» entre los demonios a exorcizar.

Dos ejemplos recientes muestran ese autismo irreductible.

A pesar de que Piñera no puede ignorar -en rigor, nadie en Chile- el clamor que exige fin a las AFP, envió una reforma que las robustece; al punto que, incluso, cebadas, pretenden administrar el cuatro por ciento de cotización adicional. Tampoco puede desconocer que la extrema concentración del ingreso, y la desigualdad consiguiente, constituyen uno de los principales problemas de la frágil economía nacional; situación que redobla con la reintegración del sistema tributario, que le ahorra a lo menos US$800 millones por año a los ultra-millonarios, partiendo por él.

A contramano de la estrepitosa derrota de Macri, el empresario Horst Paulmann, presidente del grupo Cencosud, con importantes intereses en Argentina, declaró, impertérrito, en El Mercurio:

“A Macri hay que ponerle un monumento, porque él quiso llevar a Argentina hacia una economía abierta de mercado y ojalá que alguien se atreva a hacer lo mismo en un futuro. Ningún argentino nunca más va a hacer algo así, porque le falta ese valor, esas ganas de hacer algo especial. Era muy bueno lo que estaba haciendo Macri, lo mejor que podía haber pasado en Argentina”. (29)

Que alguien le avise que perdió por quince puntos, y que Argentina está en la ruina, gracias a las ganas de Macri.

El discurso neoliberal oculta la explotación del trabajo, naturaliza relaciones sociales de desigualdad, absolutiza la propiedad privada, promueve el individualismo, destruye el tejido social y endurece la dominación de oligarquías detentoras del poder económico, político y militar, sobre el conjunto de la sociedad.

Eso, naturalmente, no lo puede reconocer, más aún cuando todavía no renuncia oficialmente a hablar en nombre del bien común. Precisamente para eso está el estridente repiqueteo del sistema mediático orientado a desviar la atención hacia la banalidad; blindar el modelo y silenciar o condenar la crítica.

Incluso el traje de la democracia liberal le quedó estrecho.

En su insaciable voracidad de rentabilidad y beneficio, la hegemonía del capital no vacila en atropellar valores que en su etapa revolucionaria promovió como emblemas de modernidad, templanza y humanismo tales como austeridad, civismo, fraternidad, honor, igualdad, libertad, probidad y responsabilidad, entre otros.

Es la tiranía de la plutocracia, de la minoría de la minoría, del puñado de multimillonarios, que en nombre del crecimiento, gobierna para sí.

Eso también requiere un cuidadoso encubrimiento, que a su vez explica la renuncia de la hegemonía mediática a la responsabilidad social de las comunicaciones, y su decaída hacia la desinformación, la farándula, el deporte y las fakes new.

El laberinto de la mentira

La reconversión del discurso de izquierda que nutra y se enganche con el movimiento real, a la cuadra del primer tercio del siglo veintiuno, no puede ser a expensas de valores y convicciones que han resistido las pruebas más rudas.

Menos aun cuando la crítica sistemática a la distopía capitalista se hace más urgente que nunca.

Por de pronto, debe ser extremadamente riguroso con la verdad. “La verdad es el primer deber de todo revolucionario” decía el invicto Fidel.

La credibilidad es un factor extremadamente importante, que puede diferenciar la oferta de la izquierda del discurso conservador y/o neoliberal.

Aún en el río revuelto de las redes sociales el apego a ese principio esencial no tardará en revelar que la mentira, la desinformación y las noticias falsas, son un recurso efímero, insostenible en el tiempo e inofensivo para individuos, partidos y movimientos dotados de conocimiento, consciencia y convicción de la necesidad del cambio de paradigma de desarrollo.

En efecto, numerosos estudios muestran que a mayor conocimiento y cultura política de las audiencias, menor efecto y penetración de la desinformación y las fake news.

Es cierto, por lo visto en los últimos tres años, que pueden condicionar un voto que expresa más posición moral, subjetividad cultural y motivación emocional, que cálculo racional e interés objetivo.

En general, se trata de un votante mal informado, que desconoce lo básico de la
política, o que está lo suficientemente indignado, como para aferrarse a un falso discurso de cambio, construido por laboratorios que saben excitar los instintos primarios.

Pero ese es un camino corto y ciego, que no sólo no reintegra esos proletariados abandonados al sistema, sino que les infiere un nuevo desengaño, por lo que no genera lealtad.

Al igual que la guerra del gas en las batallas del Marne, Verdún e Yprés, la nube tóxica de la mentira y las fake news, envuelve a los combatientes de ambos lados de las trincheras; incluidos los que las lanzaron, que terminan enredados en los laberintos de sus propias mentiras.

En psicología, la agresividad negativa, que incluye violencia verbal, gestual o física, la mentira y la culpabilización del otro, es un mecanismo de compensación de los desajustes de la personalidad de un individuo.

Cuanto más extemporáneas sean sus estallidos emocionales, y frecuentes sus mentiras, mejor estará representando la dimensión de sus trastornos.

Quién apele a esos subterfugios está preso del dilema de la castración: si no lo mato, me mata. En cambio, el fuerte en lo mental y emocionalmente maduro, prescinde de ellos; primero porque los juzga éticamente inaceptables, pero, en lo fundamental, porque no los necesita.

De modo análogo, y por extensión, la mentira, el montaje, la media verdad, la cita fuera de contexto y la noticia publicada sin el debido protocolo de chequeo, constituyen, en realidad, una manifestación de debilidad; sin perjuicio de que, con frecuencia, no tardan en quedar al descubierto.

Cuestión de preguntarle a Piñera.

Contraofensiva al borde del abismo

Más que rediseño, en aspectos esenciales, entre ellos, las comunicaciones, se trata de recuperar y revalorizar capacidades y métodos que hunden raíces en los orígenes de las luchas burguesas de la revolución francesa y las luchas proletarias de la revolución industrial.

En términos teóricos, la síntesis entre el “conócete a ti mismo y conoce a tu enemigo” de Sun Tzu; el análisis concreto de Lenin y el estudio sistemático de Marx, con el apoyo de sólidas bases de conocimiento, posibilitadas por las tecnologías de la información, y el uso intensivo de redes sociales, para difundir y generalizar ese conocimiento.

Es necesario entender – y saber explicar- que la resiliente y ubicua ultraderecha europea, y fenómenos aparentemente extravagantes -para la propia hegemonía mediática y del capital- como Trump, Bolsonaro y el Brexit, son en realidad, expresiones de la crisis del capitalismo financiarizado, incapaz de controlar sus pulsiones suicidas.

Debe poder esclarecer que el neoliberalismo, en tanto capitalismo real, despojado de bozal, enfrenta límites que lo aproximan al colapso no bien alcanza determinado nivel de desarrollo, debido a insalvables contradicciones de índole económica, ambiental y político-social.

En cada uno de esos planos, un paso en falso o una salida de control pueden desencadenar tragedias colectivas de nivel planetario, de magnitudes insospechadas.

La crisis del capitalismo se manifiesta en los tres planos, de manera simultánea, de forma que numerosos autores la designan como crisis civilizatoria.La denuncia de Rosa Luxemburgo, de que capitalismo es barbarie, formulada hace 103 años, cobra más vigencia que entonces. Están en juego la supervivencia del planeta y la especie humana. Así de seria es la cuestión.

Elementos para la discusión programática

El aporte de la izquierda histórica a la constitución de un nuevo sujeto social dispuesto a defender sus derechos, y de pasar a la ofensiva cuando su empuje lo permita, radica, precisamente en su más que centenaria experiencia de lucha.

Nada que esconder; mucho que reivindicar con orgullo.

Hay tres tradiciones en el fondo la historia del movimiento popular, útiles en todo tiempo y lugar, que no han perdido un ápice de vigencia y actualidad.

La primera, es la inspiración de Recabarren, de articular lucha política y lucha social; con la consiguiente tendencia a la organización.

La segunda, también debida a él, la debida atención al valor estratégico de las comunicaciones y la activación del movimiento cultural como agente catalizador de la toma de consciencia colectiva.

La tercera, la capacidad de estudio sistemático del intelectual colectivo -el partido- en función del análisis concreto de la situación concreta, con arreglo a la filosofía de la praxis.

Una anécdota particular ilustra la relevancia del punto.

En entrevista para el libro Operación Cóndor, Regreso a la Esperanza, Gladys Marín narró que una de las rutinas de las extremadamente complejas y riesgosas reuniones clandestinas de la dirección del Partido Comunista, durante la dictadura, consistía en discutir el informe de alguno de sus integrantes, sobre materias cuyo estudio le hubiese sido encomendado.

La recuperación de esa disciplina de estudio, que no tiene costo económico, hoy se facilita de muchas maneras, con las redes digitales y las tecnologías de la información.

El principio de la eficiencia y economía de recursos indica que el discurso debe concentrarse en los nudos estratégicos en disputa.

La corrección y pertinencia del proyecto de la diputada Camila Vallejos, de la reducción de la jornada laboral a cuarenta horas, generó impacto directo e inmediato en los trabajadores, concitó elevadas preferencias en las encuestas, y descolocó al gobierno.

La crisis de la democracia representativa -torpedeada hasta por las oligarquías de cuño neoliberal- debe ser superada, en la propuesta de la izquierda, por la democracia participativa, con sus dos instrumentos tipificantes: el plebiscito como cámara de poder popular y la revocación de cualquier autoridad elegida por sufragio popular.

Las redes digitales y las tecnologías de la información ofrecen el sustrato técnico y material que lo permite. En Chile, los desastres del sistema neoliberal muestran el camino.

Para una etapa que no se vislumbra corta, el discurso de la izquierda debe aproximarse lo más posible a su programa, y fortalecerse en la crítica, la propuesta y la movilización acerca de los seis nudos del neoliberalismo estratégico:

– terminar con los sistemas privados de previsión, salud y educación.
– restituir los derechos del trabajo;
– remover cualquier traba que obstruya la inversión y gestión pública.
– reestablecer un sistema tributario progresivo; con sobretasa al extractivismo;
– recuperar los recursos naturales y nacionalizar los servicios básicos, y
– rigurosa regulación al capital financiero.

Documentarse, especializarse en cada uno de esos temas; desmontar el discurso justificador de la doctrina neoliberal, especialmente el eterno chantaje del terror económico; explicárselo con llaneza a las mayorías, e instalar propuestas que sean percibidas como viables y movilicen, rinde inmediato impacto positivo, como acaba de suceder con el proyecto de la diputada Camila Vallejo.

La confianza en la corrección de las políticas que apunten en esa dirección puede contribuir a clarificar la política de alianzas, toda vez que tenderá naturalmente al agrupamiento de las fuerzas que compartan ese horizonte estratégico.

Las redes digitales y tecnologías de la información proveen herramientas útiles para ese desarrollo político.

La reactivación del debate en la izquierda

Con cierta pedantería de filisteísmo académico, la izquierda, al principio, guardó una distancia condescendiente con las redes digitales y las tecnologías de la información -cuando no ha sido reactiva- imbuida en la convicción de que su acceso reproduce factores de desigualdad y se convierte en uno de ellos.

Es lo que se denomina brecha digital, consistente en la distancia que media entre individuos, empresas, países y áreas geográficas, en el acceso a la información, las redes digitales y las tecnologías de las telecomunicaciones.

Esa postura no carecía de validez en la primera decena del siglo veintiuno, cuando el acceso bordeaba el cuarenta por ciento de la población mundial.

Ahora es insostenible.

Según el informe anual Mobile Economy de la GSMA, en 2018, el número de abonados a la telefonía móvil alcanzó los cinco mil millones de personas -una penetración del 66%- 3.300 millones con acceso a internet; que se eleva a 7.800 millones, si se considera el número de tarjetas SIM, el 103% de los habitantes del planeta.

Esto significa que por primera vez en la historia, la penetración de una tecnología superó la población mundial, calculada en 7.600 millones de personas. (30)

Así de rápido va todo; una muestra elocuente de la diferencia de velocidades entre tecnología y teoría.

Sin embargo, los mismos sucesos de los últimos cuatro años, motivo de estos apuntes, han reactivado la discusión en la izquierda.

Fueron el eje del debate del Taller de Comunicación Política del Foro de Sao Paulo, que sesionó en Telesur, el 27 de julio y del foro “Articulación de la comunicación política como estrategia regional”, celebrado en el Congreso de Diputados de Ciudad de México, el 6 de mayo, ambos de 2019.

En el Taller del Foro de Sao Paulo, se plantearon interrogantes como las siguientes:

¿Puede el ciudadano del siglo veintiuno escapar a una red digital que a falta de normas también carece de ética de parte de quienes la tejen?; ¿tiene la izquierda latinoamericana un frente que, desde la ética y desde la ciencia, pueda reaccionar ante esta artillería? (31)

Naturalmente, el diagnóstico más socorrido apuntó:

“Hay que salir de los interminables diagnósticos, enfocarse en el diseño de estrategias y crear propios instrumentos para pasar a la ofensiva”.

Hubo consenso en que la respuesta de la izquierda debe darse no sólo en relación con el contenido sino con la forma:

“Con las emociones que estos contenidos proveen, con qué consenso se busca, qué orden, qué libertades y cuál es la verdad que se oculta, no sólo detrás de las burbujas en las que nos encierran, sino exactamente dentro de ellas”.

También, coincidencia en el llamado:

“Hay que activar y entrelazar las redes de comunicadores de cada organización y prepararse para desarticular el dispositivo del marketing de alta tecnología que acompaña hoy a la derecha transnacional”.

Y en la conclusión:

“El desafío es seducir, superar las fronteras locales, atender a los micro escenarios y penetrar en círculos antes inaccesibles y confinados en la autocomplacencia ideológica de quienes solo quieren convertir este mundo en un lugar más inhóspito de lo que ya es”.

La vicepresidenta de Agitación, Propaganda y Comunicación del Partido Socialista Unido de Venezuela, Tania Díaz, propuso la activación de la Universidad Latinoamericana de la Comunicación y la consolidación de la red de comunicadores sociales de izquierda en torno al Foro de São Paulo.

En su análisis del impacto de las redes sociales, las consideró una oportunidad para la conversión de los objetivos de difusión de información.

En su intervención en el foro “Articulación de la comunicación política como estrategia regional”, el doctor en comunicaciones y profesor de la Universidad Católica de Valparaíso, Pedro Santander, colocó el punto en la auditoria política y la contraloría social como elementos de contrapeso al poder de la hegemonía mediática, con especial énfasis en la amenaza de las fake news.

En su opinión, el campo del poder se está desplegando como nunca antes y de manera cada vez más refinada en el aspecto comunicacional, al tiempo que las tensiones de la lucha de clases también se expresan en ese plano de manera inédita. Afirma que se asiste a una nueva forma de concentración y control en y a través de las comunicaciones; lo cual obliga a las fuerzas anticapitalistas y antiimperialistas a elevar sus estrategias de defensa y contraofensiva a un nivel superior:

“Nuevos desafíos, por ejemplo, cómo lograr que los algoritmos reconozcan nuestros contenidos como relevantes, entender las lógicas de la viralización, construir nuestras propias cámaras de eco, formar cuadros en lo tecnológico-informacional, revalorar la comunicación directa, entender por qué y cómo servicios de mensajería se convierten en redes sociales o saber enfrentar la proliferación de fake news, deben ser parte de nuestra agenda en la batalla comunicacional”. (32)

Dedicó parte importante de su análisis al fenómeno de las fake-news, que no vacila en calificar de extremadamente peligroso. Al respecto plantea preguntas para las cuales todavía no hay respuesta:

“¿Vamos a usar o no fake news para nuestros propósitos políticos?; ¿las emplearemos en campañas electorales o sólo las combatiremos?; ¿es suficiente con denunciarlas?; ¿vamos a apostar sólo a la racionalidad de la audiencia y al desmentido?”.

Uno de las mayores amenazas de esta demoníaca plaga digital radica en su abismante tasa de proliferación.

Las fake news tienen un setenta por ciento de mayor de probabilidad de viralizarse que una noticia común; debido a los algoritmos.

Santander sostiene que un mensaje se viraliza cuando rompe las cámaras de eco y supera los filtros algorítmicos con algoritmos más sofisticados.

Un estudio británico calculó que al año 2022, el cincuenta por ciento de las noticias que circularán por medios y redes serán fake news.

Un segundo grado de dificultad reside en la paradoja de cómo combatir las fake news sin contribuir a su propagación; de lo que desprende una interpelación:

“Si los desmentidos son ineficaces ¿podemos centrar parte importante de nuestras energías en combatir las fake news con desmentidos?”

Dentro de los escasos estudios académicos, se han establecido dos correlaciones; una etárea y otra política.
Uno recientemente publicado en la revista Science, detectó que a mayor edad, más se cae en la trampa de las fake news, y que, a la inversa, los más jóvenes presentan mayor inmunidad y capacidad de detección.

En la variable política, otra publicación estableció que gente que se identifica con la derecha y valores conservadores, es más propensa a propagar fake news, aun sabiendo o intuyendo que lo son: mientras más a la derecha, mayor predisposición a difundirlas, y menor dilema moral en hacerlo.

Luego, enumera las dificultades de la izquierda para responder estos desafíos desde la ciencia.

Primero, el estado del arte es muy incipiente, y lo que hay proviene de la academia funcionalista, no de la crítica,

Enseguida está el problema de la trazabilidad: con algoritmos y programas de computación es fácil esconder la huella de la mentira; sin trazabilidad es difícil probar algo científica y empíricamente.

Sin acceso a las gigantescas bases de datos que acumulan las GAFAM tampoco se puede establecer científicamente la morfología de las fake news.

Luego de reconocer que “esto avanza más rápido de lo que somos capaces de comprender” Santander afirmó que plantea desafíos de naturaleza conceptual, profesional y política.

Aboga por modelos inteligentes de verificación social, que permitan control a la sociedad civil en dimensiones de la convivencia común que le conciernen.

Agregó que las leyes de medios Argentina, Uruguay y Venezuela crearon instancias de contraloría social, que de una u otra forma, en mayor o menor medida, posibilitaron participación de las audiencias en decisiones acerca de la programación y los contenidos e incidencia en la renovación o licitación de frecuencias y licencias de transmisión.

Postuló que el control de las fake news pasa por la auditoría a los algoritmos: con algoritmos de detección se puede identificar algoritmos que hayan participado en su circulación y distribución. .

Para ello, basta conocer los parámetros de entrada y las órdenes que se le imparten al programa. .

Finalmente, abordó el tema de las sanciones, por ejemplo, excluir de las encuestas a candidatos que hayan sido sorprendidos en el uso de fake news o bots para inflar cifras o apariciones en las redes sociales; o en una etapa más avanzada, cancelar su candidatura, o revocarlo del cargo. .

En la larga y estrecha faja de la república neoliberal, ese debate no pasa la línea de la exclusión.

A la política lo que es del César

Para iniciar el abordaje del problema de la hegemonía mediática desde la perspectiva de la izquierda histórica, parece razonable situarse en una posición que tienda a evitar simultáneamente tanto la subutilización de la tecnología por desconocimiento o prejuicio, como el determinismo tecnológico.

Acaso la ecuación justa consista en convenir que la tecnología y las redes sociales no ganan elecciones, pero hoy es más difícil ganar a los que las usan con profusión y eficiencia; y entender que el modelo de comunicación en red reduce la dependencia de los canales tradicionales y ofrece la oportunidad de difundir discursos propios y promover acciones políticas hacia audiencias que hasta hace un lustro no existían.

En la historia, la tecnología ha cumplido la función de amplificar las capacidades humanas. Si la rueda, el arado, el vapor y el motor a explosión extendieron el hueso, el tendón y el músculo; la radio, el cine y la televisión ensancharon los sentidos de la audición y la vista.

Los principios sobre los que operan las redes digitales y las tecnologías de la información imitan funciones superiores de la fisiología humana, tales como la memoria y las conexiones sinápticas del sistema nervioso central.

La ampliación del acceso a la información y la posibilidad de producirla, potencialmente a gran escala y a bajo costo, modifica sustantivamente el escenario de la intervención política.

A esta altura, y con las turbias aguas que han pasado bajo los puentes en los últimos cuatro años, no hay espacio para la queja, ni por la exclusión o discriminación del sistema mediático, ni por el ensanchamiento de la brecha digital.

Primero, puesto que el adversario político está explotando su ventaja técnica con profusión, pero fundamentalmente, porque hay muchos medios para desplegar políticas propias en los campos de la información, la comunicación y la batalla de ideas.

De ello se desprende una segunda consideración. Antes que en la tecnología, el nudo del problema radica en las comunicaciones; y por tanto, en la habilidad de construir mensajes eficaces.

Hay principios y técnicas, en marketing y comunicaciones, de probada vigencia y utilidad. Entre ellos, conocer a la audiencia. En periodismo, identificar el público objetivo, y saber por qué lo es, resulta de gran ayuda para orientar decisiones de política editorial.

Relacionado con lo anterior, la capacidad de escuchar; es decir, recabar información sin suposiciones ni prejuicios ni extrapolaciones de lo que no se dijo, antes de llegar a una comprensión acabada de la materia en cuestión.

Del marketing proviene el decálogo de las cinco c: la eficacia de un mensaje está determinada por su comprensión, congruencia, conexión, contagio y credibilidad.

Nunca será majadería insistir sobre lo último.

Frente a la mentira de las fake news, y la tramposa omisión de fuentes de la hegemonía mediática, que degrada la noticia al limbo de la media verdad, el mensaje de la izquierda debe identificar con claridad quién dijo o hizo qué, cuándo, e idealmente, por qué.

De usual aplicación en el marketing es, también, el storytelling, una técnica muy eficaz, que apunta a conectar con los usuarios a través de un relato de personajes y su trama, en una atmósfera mágica y optimista, y que apela directamente a la dimensión emocional. La «narrativa», como le dice la gente del «sector»,

No se trata de excluir este tipo de técnicas, ni menos el componente emocional del mensaje, pero condicionadas a un riguroso control de veracidad.

La gente lee cada vez menos y se habituó al lenguaje casi telegráfico de las redes sociales. De eso se desprende el principio de la concisión: nunca decir en tres palabras lo que se puede en dos.

La tercera consideración metodológica en el examen de la cuestión, sin duda la más importante, obedece a la concepción de que tanto la hegemonía mediática como la respuesta de la izquierda, cualquiera sea esta, suceden en el horizonte de sucesos de la política, y por tanto, obedecen a sus lógicas, regularidades, cálculos y estrategias.

Entendiendo que hay definiciones pendientes en el horizonte estratégico de la izquierda histórica, y del Partido Comunista en particular, la cautela aconseja mesura, puesto que, como está señalado, cada una de las alternativas implica diversidad de escalas de tiempo, tonos y matices discursivos.

Entonces, y por ahora, cabe obedecer los consejos de don Tino a doña Prudencia, «cuídate de opiniones sin cuesco» o del Quijote a Sancho: «peor es meneallo».

Por la misma razón –no anteponer la carreta a los bueyes, ni los medios al fin- tampoco procede acá un análisis exhaustivo del arsenal de medios, recursos y aplicaciones que ofrecen las redes digitales y las tecnologías de la información en el campo de la lucha política y social.

Pero para efectos de enunciar el problema, cabe distinguir herramientas orientadas a producir información, de otras apropiadas para difundirla.

A modo de ejemplo, entre las primeras, la construcción de grandes bases de conocimiento público sobre la base del mapeo, taxonomía y conexión hipertextual de la masa de conocimiento ya disponible.

Entre las segundas, las comunidades virtuales de las redes sociales; los medios electrónicos contra-hegemónicos; los blogs o bitácoras, que permiten construir una página web sin conocimiento de programación o diseño.

Aplicaciones de descarga gratuita, como Drupal, WordPress y Joomla! permiten montar sistemas complejos y de alta prestación en la producción y difusión de noticias, contenidos multimediales y bibliotecas de conocimiento.

Nada que no hayan utilizado, con demostrada eficacia, las redes y movimientos internacionales de resistencia a la globalización neoliberal.

Aplicaciones de mensajería electrónica, como Whatsapp o Telegram, han experimentado un explosivo crecimiento debido a su adaptación a la telefonía inteligente y la computación de bolsillo.

Otra línea promisoria, para fuerzas políticas sujetas a los bamboleos, tensiones de la contingencia y asperezas del conflicto, apunta a la construcción de comunicaciones seguras, mediante criptografía asimétrica o de doble clave; o protocolos basados en algoritmos de autentificación digital, como DSS, PGP,SSL y TLS.

Desarrolladores de software libre ofrecen versiones de descarga gratuita y código abierto; que en todo caso, requieren de un conocimiento técnico avanzado.

Relacionado con lo anterior, existe una amplia gama de herramientas y plataformas orientadas el adiestramiento, capacitación y pedagogía en tecnologías digitales, muchas de ellas disponibles en línea y sin costo.

Agotar las posibilidades que ofrecen estas tecnologías en el campo de la lucha política y social, requerirían de un espacio superior al ocupado hasta acá.

Pero es un ejercicio inútil sin análisis riguroso de visión diagnóstica, plan estratégico, metas y plazos, protocolos operativos y división del trabajo

Es una tarea que sólo puede abordar el intelectual colectivo.
Nada que el partido ni muchas células desconozcan, o no estén haciendo.
Pero se puede optimizar con método, disciplina y organización.
Nada que el partido no haya hecho.

Desde ese punto de vista, una recomendación que fluye naturalmente de este esfuerzo de síntesis, apunta a la organización de una jornada, seminario o encuentro de todas las instancias partidarias vinculadas a esta decisiva temática, con el fin, aunque más no sea, de iniciar la la discusión.

Dos palabras para terminar.

La neutralización de la ventaja técnica de la hegemonía del capital en el campo de la información y las comunicaciones, se puso súbitamente al alcance.

Sin embargo, una cosa es lo que esas tecnologías pueden contribuir a ese objetivo, pero otra muy distinta es la decisión política que la precede y el ritmo de la implementación. .

En esa encrucijada nos encontramos.

Agosto 2019

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Notas y referencias

(1) Serafino, Willian, El Big Data cambió la política (y el poder y la guerra) para siempre; Misión Verdad; http://misionverdad.com/TRAMA-GLOBAL/el-big-data-cambio-la-politica-y-el-poder-y-la-guerra-para-siempre

(2) Frosini, Fabio; Historia, crisis y revolución en Gramsci; Marx desde Cero; https://kmarx.wordpress.com/2019/05/15/historia-crisis-y-revolucion-en-gramsci/.

(3) Richard Buckminster Fuller, diseñador, arquitecto, inventor y futurólogo estadounidense desarrolló la denominada Curva de duplicación del conocimiento en la que explicaba que si tomamos como base unitaria la cantidad de conocimiento generado hasta el año 1 DC, a la humanidad le tomó 1500 años duplicar dicha cantidad de conocimiento (pasar de 1 a 2), la siguiente duplicación (pasar de 2 a 4) tomó 250 años, para el año 1900 la humanidad había producido 8 veces más conocimiento que en el año 1, para 1945 el conocimiento se duplicaba cada 25 años, en 1975 cada 12 años, y actualmente se estima que se duplica cada 2 años.

(4) En la acepción utilizada acá, entropía es el grado de desorden de un sistema. Si bien es un concepto de la física que describe procesos termodinámicos que llevan al desorden, usualmente se aplica el concepto a estructuras sociales o gubernamentales, para referir su nivel de desorden.

(5) Lo logramos – ¡Europa resiste!; Avaaz; https://secure.avaaz.org/campaign/es/eu_elections_reportback_may_2019/

(6) Fosini; ibídem.

(7) Las empresas de comunicación más poderosas del mundo; Periodismo.com; https://www.periodismo.com/2014/07/24/las-empresas-de-comunicacion-mas-poderosas-del-mundo/

(8) Como e por que o Intercept está publicando chats privados sobre a Lava Jato e Sergio Moro; https://theintercept.com/2019/06/09/editorial-chats-telegram-lava-jato-moro/

(9) The World’s Billionaires; Forbes; https://www.forbes.com/billionaires/list/
(falta Steve Jobs (Apple), fallecido el 5 de octubre de 2011).

(10) Lucas, Antonio; Los periódicos ante el abismo: ¿lograrán sobrevivir?; El Mundo; https://www.elmundo.es/papel/historias/2017/02/19/58a5a91e468aeb9d608b4579.html

(11) Negrón Valera, José; Cuarta Revolución Industrial y Nuevo Orden Mundial; Kontrainfo; https://kontrainfo.com/tecnologia-5g-cuarta-revolucion-industrial-y-nuevo-orden-mundial-por-jose-negron-valera/

(12) En informática, un algoritmo es una secuencia de instrucciones que llevan a cabo ciertos procesos y dar respuesta a determinadas necesidades o decisiones. Son conjuntos ordenados y finitos de pasos, que permiten resolver un problema o tomar una decisión: Fuente; https://concepto.de/algoritmo-en-informatica/

(13) Facebook ganó US$22.112 mlls. en el 2018, un 39% más que el 2017; El Comercio; https://elcomercio.pe/economia/negocios/mar-zuckerberg-facebook-gano-us-22-112-mlls-2018-39-2017-noticia-602831

(14) Buen Abad Domínguez, Fernando; Los daños sociales de la des-información; Alainet; https://www.alainet.org/es/articulo/200526

(15) Peña, Eder; En esta nueva fase del capitalismo el producto eres tú; Misión Verdad; http://misionverdad.com/columnistas%20/en-esta-nueva-fase-del-capitalismo-el-producto-eres-tu

(16) Partarrieu, Bárbara; Jara, Matías; Los correos que alertaron sobre la compra del poderoso programa espía de la PDI; Ciper; https://ciperchile.cl/2015/07/10/los-correos-que-alertaron-sobre-la-compra-del-poderoso-programa-espia-de-la-pdi/

(17) Cadwalladr, Carole; ‘I made Steve Bannon’s psychological warfare tool’: meet the data war whistleblower»; The Guardian; https://www.theguardian.com/news/2018/mar/17/data-war-whistleblower-christopher-wylie-faceook-nix-bannon-trump?utm_source=instagramstories&utm_campaign=Wylie

(18) Qué es lo que pasó con Facebook y Cambridge Analytica: Descubre las claves del conflicto que afecta a la red social; Emol; https://www.emol.com/noticias/Tecnologia/2018/03/21/899505/Que-es-lo-que-paso-con-Facebook-y-Cambridge-Analytica-Descubre-las-claves-del-conflicto-que-afecta-a-la-red-social.html

(19) Elizalde, Rosa Miriam; El Foro de Sao Paulo en el Salvaje Oeste de la comunicación política; Cubadebate; http://www.cubadebate.cu/opinion/2019/07/28/el-foro-de-sao-paulo-en-el-salvaje-oeste-de-la-comunicacion-politica/

(20) El Cibercomando de EEUU crea una unidad para combatir a Rusia; HispanTV; https://www.hispantv.com/noticias/ee-uu-/383311/Cibercomando-nsa-nakasone-amenaza-rusa

(21) Dune es una novela de ciencia ficción escrita por Frank Herbert, de gran éxito a mediados de los 60; al punto que abrió una de las sagas más importantes de la literatura fantástica y de ciencia ficción de todos los tiempos, integrada por seis títulos de Herbert, denominados Crónicas de Dune, y otros seis escritos por su hijo Brian y Kevin Anderson, agrupados como Leyendas de Dune. Para efectos que interesan, las máquinas adquirieron tal poder, que dominaron cruelmente a la humanidad durante milenios. Tras una sangrienta guerra que casi termina con los dos bandos en disputa, la humanidad vence a las máquinas, y las proscribe para siempre; salvo en el planeta IX, una compleja maquinaria de producción, que burla las prohibiciones morales y jurídicas de la Jihad Bulteriana, ante la vista gorda de las autoridades del Imperio y del parlamento galáctico, porque, a fin de cuentas, alguien tiene que suministrar tecnología.

(22) Íñigo Ibáñez, Juan; Fenomenología de la mentira; Other News; http://www.other-news.info/noticias/2019/06/fenomenologia-de-la-mentira/

(23) La fórmula Fernández-Fernández le sacó casi 15 puntos de diferencia al binomio Macri y Pichetto (47,37% vs. 32,30%), resultado que en primera vuelta, le habría bastado para recuperar el gobierno. Quedan de manifiesto la manipulación por medio de las encuestas y el discurso autista, escindido de la realidad, del neoliberalismo. En efecto, en lugar de la menor autocrítica, Macri le echó la culpa a la oposición, e incluso al conjunto de los votantes, de la violenta corrida del dólar, a consecuencia del resultado de las elecciones. Tampoco olvidó la campaña del terror: «Si el kirchnerismo gana, esto es solo una muestra de lo que puede pasar. Es tremendo lo que puede pasar. Hoy ante el resultado favorable para el kirchnerismo, el dólar volvió a subir. El problema que tenemos es que la alternativa no tiene credibilidad. El mundo ve eso como el fin de la Argentina. Los argentinos debemos decidir si vamos al pasado, que nos lleva a lo que pasó hoy”.
Macri dio un discurso para echar culpas y meter miedo; Página 12; https://www.pagina12.com.ar/211933-macri-dio-un-discurso-para-echar-culpas-y-meter-miedo

(24) Mayoría abrumadora de títulos favorables al oficialismo; Alainet;
https://www.alainet.org/es/articulo/200502

(25) Bercovich, Alejandro; Microsegmentación y valor: un pleno a las redes antes de la batalla clave; BAE Negocios; https://www.baenegocios.com/economia-finanzas/Microsegmentacion-y-valor-un-pleno-a-las-redes-antes-de-la-batalla-clave-20190725-0088.html

(26) Casado Gutiérrez, Fernando; Antiperiodistas: confesiones de las agresiones mediáticas contra Venezuela; Fundación Editorial El perro y la rana; http://www.elperroylarana.gob.ve/wp-content/uploads/2017/06/cantos_de_vacias_tinieblas.pdf

(27) Se entiende por democracia censitaria, aquel sistema político que se fundamenta en un régimen electoral restringido a solo una parte de la población; sea por razones económicas (acreditar propiedades o rentas); nivel de instrucción, (saber leer y escribir); sociales, (pertenencia a determinado grupo social) o cualquier otro criterio de restricción, como en el caso de Chile, desigualdad en las condiciones de competencia electoral.

(28) Por izquierda histórica entendemos acá a fuerzas, partidos, organizaciones o movimientos que permanecen fieles a la herencia política del allendismo, y reivindican lo sustancial de su proyecto.

(29) A Macri Hay que Ponerle un Monumento; El Mercurio; Economía y Negocios; https://digital.elmercurio.com/2019/08/18/B/PC3LBDBF#zoom=page-width

(30) El número de líneas móviles supera por primera vez a la población mundial; El País; https://elpais.com/tecnologia/2018/02/27/actualidad/1519725291_071783.html

(31) Elizalde; op.cit.

(32) Santander Molina, Pedro; ¿Cómo combatir las fake news sin contribuir a su propagación?; Cubadebate; http://www.cubadebate.cu/opinion/2019/06/25/como-combatir-las-fake-news-sin-contribuir-a-su-propagacion/

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