por Sergio Zubiría Samper (*)

Hemos sostenido que estamos cabalgando, de manera sincrónica, sobre cuatro profundas crisis, que tienen raíces históricas profundas: la crisis capitalista, la crisis de hegemonía de la potencia norteamericana, la crisis de las formas de subjetivación y la catástrofe ecológica.

La producción teórica sobre la confluencia de estos fenómenos ha sido importante y ha mostrado como la pandemia ha desnudado sus rostros de horror. En el campo de las crisis de las subjetividades se ha iniciado un debate sobre las dificultades que experimentan las izquierdas a nivel planetario.

Una polémica que también tiene hondas raíces históricas y que no puede evadirse con el argumento reduccionista de que está avanzando la derecha.

Partimos de la existencia de diferentes nociones de lo político pero, en general, el pensamiento crítico recupera la tradición de adjudicarle a la praxis política el estatuto de escenario privilegiado para la emergencia de la autodeterminación y autorrealización de lo común, de lo colectivo, la multitud, en que los explotados libremente toman las riendas de su destino histórico.

En ella se despliega la capacidad de las subjetividades colectivas, los pueblos y los oprimidos para crear y recrear formas sociales asociativas elegidas y proyectadas por ellos mismos. “El singular éxito del marxismo, su constante renacimiento, (…), se debe a que, resumidas cuentas, muy a pesar de los deseos de las organizaciones políticas en el poder o en la oposición y de sus sabios-sirvientes y sus académicos de todas las ramas, existe una fuerza materialmente activa entre los oprimidos” (Chatelet, 1977, p. 17).

El presente escrito intenta aportar elementos para diagnosticar y comprender el proceso de “desestructuración” de un grupo amplio de las “izquierdas institucionales”.
Otorgamos a la noción de “desestructuración” el sentido de pérdida, dispersión, debilitamiento de una estructura que tenía relativa profundidad, consistencia y estabilidad; utilizamos la categoría de “izquierda institucional”, evocando el significado que les otorga Marx en La Lucha de clases en Francia a ciertas organizaciones políticas que terminan convertidas en “partidos del orden”, porque en sus programas electorales proclaman “la dominación de la clase burguesa, es decir, la conservación de las condiciones de vida de su dominación, de la propiedad, de la familia, de la religión, del orden” (Marx, 1976 p. 258).

La díada izquierda/derecha y los partidos de izquierda, con cerca de tres siglos de existencia, ha experimentado flujos y reflujos, pero con el colapso del “socialismo realmente existente”, entre 1989 y 1991, el proceso de desestructuración teórica y práctica ha sido profundo.

Desconocerlo sería un tipo particular de “negacionismo” histórico, que rompe la regla de oro ética de Rosa Luxemburgo:

“La autocrítica despiadada no es únicamente un derecho vital, sino el deber supremo de la clase obrera” (Luxemburgo, 2015, p. 108).

Pretendemos ubicar las manifestaciones de esta desestructuración de las izquierdas institucionales en tres momentos. En primer lugar, lo que podemos denominar su “decadencia ideológica” (G. Lukács). En segundo nivel, las limitaciones y deformaciones de su “acción política”. En tercer momento, las expresiones más notorias del abandono de la perspectiva anticapitalista.

Excurso histórico y declive ideológico

Tres fenómenos históricos caracterizan el clima espiritual del cierre del siglo XX: la bancarrota del denominado “socialismo real”, el avance del proyecto neoliberal y la cooptación del discurso de los “derechos humanos” por parte de cierto plan hegemónico del Pentágono.

Aunque el diagnóstico instantáneo es un juego peligroso tanto como la predicción instantánea (E. Hobsbawm), sorprende el poco diagnóstico realizado por los partidos institucionales de izquierda sobre el derrumbe del modelo soviético a tres décadas del suceso.

Colma de perplejidad su escasa autocrítica sobre los aprendizajes en medio de las derrotas. Tampoco existen posiciones teóricas rigurosas sobre los seis modelos dominantes de explicación de las causas del colapso:

a) Los defectos inmanentes del socialismo;
b) La oposición popular subterránea;
c) Los factores externos;
d) La contrarrevolución burocrática;
e) La falta de democracia y el exceso de centralización;
f) El factor Gorbachov (R. Keeran y T. Kenny).

El análisis sobre sus efectos también es deficitario, en contravía de la famosa anticipación del historiador marxista, Eric Hobsbawm, que en 1990 ya proclamaba:

“Y compadezcámonos del señor Francis Fukuyama quien proclamó que 1989 significaba el …fin de la historia…y que en lo sucesivo todo sería un camino de rosas, liberal y con mercado libre. Pocas profecías parecen haber tenido una vida tan corta como ésta” (1991, p. 136).

Paralelamente a la caída de la revolución socialista más relevante de la historia contem-poránea se consolida el avance del proyecto neoliberal y la cooptación del discurso de los “derechos humanos” y la “democratización”.

El primero altamente diagnosticado por la izquierda y las ciencias sociales, mientras que el segundo, escasamente teorizado, se transmuta en un dispositivo invisible de cooptación de la izquierda institucional y de instaurar un Estado internacional de derecho es reemplazado por la produc-ción de una nueva clase de Estado. Esta norteamericanización intenta crear las condiciones para realizar prácticas intervencionistas en países y pueblos que según el rasero estadunidense no cumplen los estándares “democráticos”. Unos “derechos humanos” al servicio del “declive” (N. Guilhot) del derecho internacional, las intervenciones militares en nombre de la “democratización” y un Estado de excepción gringo expandiéndose por el mundo.

El cierre del siglo XX se puede caracterizar como la experiencia de un declive o inercia ideológica de la izquierda en ámbitos estratégicos: la ausencia de comprensión o negacionismo del derrumbe del “socialismo real”; los limitados aprendizajes de la derrota y las escasas transformaciones autocríticas; el afianzamiento ideológico del proyecto neoliberal; la expropiación y domesticación de la discursividad de los derechos humanos.

Manifestaciones teóricas e ideológicas de la desestructuración

Dos textos de raigambre italiana se convierten en emblemáticos en los años posteriores al derrumbe.

La compilación elaborada por G. Bosetti, con el desgarrador título Izquierda punto cero (1993) y la obra de N. Bobbio Derecha e Izquierda (1994). Esta última constituyó, en pocas semanas, un éxito editorial y, como lo señala el pensador italiano en su Introducción, “nunca” se había escrito tanto en contra de la distinción entre derecha e izquierda como en esos días.

La primera manifestación es el desdibujamiento o indeterminación de la categoría de “izquierda” cuidadosamente analizada en estos dos textos. La izquierda institucional contribuye a esta desestructuración por vía de no confrontación o apoyo a los argumentos que postulan la inutilidad, anacronismo o impertinencia de la distinción.

Cinco son algunas de las conciliaciones ideológicas más desestabilizadoras:

La primera, es mejor para el éxito político sustituirla por el binomio más atractivo de “progresistas” versus “conservadores”.

La segunda, experimentamos una supuesta “crisis de las ideologías”, que hace imposible mantener la distinción izquierda/derecha.

Tercera, es tan relativa al contexto y a la época histórica que nunca se podrá establecer una nítida diferenciación.

Cuarta, al existir también “terceras vías” o posiciones de “centro” no tiene valor absoluto la distinción.

Quinta, entre la izquierda y la derecha ya no existen diferencias programáticas, porque ambas están hablando de los mismos temas y soluciones.

La segunda expresión es la ausencia de teorización sobre la “crisis de la política”, las teorías de la democracia y la “orfandad estra-tégica” (E. Sader).

La izquierda institucional subvalora la profundidad de la “crisis de la política” al limitarla a un asunto de partidos, de representación, de garantías para la oposición, de normas jurídicas, de reglas electorales, etc.; como tampoco teoriza sobre los distintos tipos de democracia política existentes y posibles.

Problemas complejos como las relaciones entre ética y política, democracia y capitalismo, las tensiones entre medios y fines en sociedades donde la racionalidad instrumental ha colonizado las esferas de la vida social, la desideologización y fetichización de la política, entre muchos otros, son reprimidos o escamoteados. Las distinciones entre democracia “gobernable”, “institucionalista”, “elitista”, “deliberativa”, “radical”, “socialista” no se realizan o no se estudian; y todo orienta hacia la legitimación de aquella “democracia” signada en las constituciones existentes y un borramiento de las fronteras ideológicas entre la democracia burguesa y la democracia socialista.

Pero también se carece de pensamientos estratégicos que orienten procesos políticos ricos, emancipatorios y diversificados. Una “orfandad estratégica” que condena a a izquierda institucional a vivir en la “coyuntura”, la inmediatez acrítica, la imitación de modelos ya fracasados en otras experiencias políticas.

A pesar de contar con importantes procesos de transformación, pueblos con inmensa capacidad de lucha y dirigentes revolucionarios emblemáticos, nuestro continente no produce la teoría de su propia práctica, con escasas excepciones (E. Sader).

La tercera manifestación de esta desestructuración ideológica es el abandono de la teorización sobre el poder y el Estado, que ha producido consecuencias devastadoras en la comprensión de las interrelaciones entre reforma social y revolución socialista. Los partidos de la izquierda institucional transitan hacia dos equívocos teóricos ya anticipados y denunciados por C. Marx en La Cuestión Judía.

El primero, la tendencia a la subsunción de la política en la institución estatal, convirtiendo al aparato Estado-Nación en el enclave único y último de la acción política.
Las consecuencias de este primer equívoco son:

a) La naturalización de una forma única de la política que siempre es institucional y estadocéntrica; la despoli-tización de la sociedad y la hiperpolitización del Estado;
b) La conversión de la política en simple continuidad mecánica de la economía;
c) La declaratoria explícita o inconsciente de grandes campos de la vida social como “no-políticos” o “antipolíticos” (Marx ubicaba el “nacimiento”, “nivel social”, “cultura” y “ocupación”);
d) Abandono de la teoría de la dualidad de poderes;
e) El copamiento y control de la política por el liberalismo y el reformismo.

El segundo equívoco es la suposición de que “tomar el poder” es participar o tener representación en las instituciones estatales y el gobierno de turno, abandonando toda la tradición de Lenin y Gramsci sobre los problemas relativos al poder como construcción de hegemonía.

Las tareas hegemónicas de consolidación del bloque histórico a través de la correlación de fuerzas entre las clases, la dirección moral e intelectual y las transformaciones de los modos de vida son suplantadas por acuerdos de los “directivos” por las alturas, supresión de las diferencias entre izquierda y entro, onciliación de clases y pragmatismo.

El cuarto síntoma es el avance de la “subje-tividad reformista” en la izquierda institucionalizada y sus partidos, analizado en dos obras ya clásicas del pensamiento marxista revolucionario: Reforma social o Revolución(1898) de R. Luxemburgo y Marxismo y Revisionismo (1907) de V. Lenin.

Ambos pensadores revolucionarios coinciden en calificar el reformismo como “cierta hostilidad” (R. Luxemburgo) hacia la teoría, porque tener principios teóricos sólidos siempre impone limitaciones éticas a la actividad práctica, mientras que su declive hace lo imposible, por lo menos, probable. Es decir, en palabras más directas, la “subjetividad reformista”, al suspender los “principios ideológicos”, puede ir tras resultados prácticos inmediatos y elaborar una práctica política independiente de su “teoría”.

Y en ese declive de los principios van sugiriendo realizar “enmiendas” al marxismo, en puntos estratégicos como la lucha de clases, la teoría de las crisis, revolución por democracia, dualidad de poderes, dictadura del proletariado, etc.

El complemento natural de este “giro reformista”, actualmente hegemónico en la izquierda del “orden”, es la frase proverbial de E. Bernstein “el objetivo final no es nada; el movimiento lo es todo”, porque al convertirse el “activismo político” en el todo se debe estar preparados para virajes inesperados e imprevistos, entre ellos, que las reformas son prioritarias a la revolución, que ahora la lucha es por la democracia, que los intereses cardinales de los explotados pueden esperar y, porqué no, que el capitalismo tiene un “rostro humano”.

La descripción que hace el pensador y revolucionario brasilero E. Sader es contundente:

“La lógica reformista subestima o abandona tanto la lucha ideológica como la de masas. Busca espacios de menor resistencia para avanzar, en la medida de lo posible, y tiende a alterar gradualmente la correlación de fuerzas sin tocar el tema central de las relaciones de poder (…) Aunque haya sido responsable de una parte importante de las conquistas económicas y sociales durante varias décadas, el reformismo fracasó como estrategia de transformaciones graduales de las relaciones de poder, en su intento de hacer que los triunfos parciales resultaran cambios cualitativos en las relaciones de poder e introdujeran un nuevo sistema político” (Sader, 2010, p. 149).

Por ahora, hemos recorrido el excurso histórico que da nacimiento al declive ideológico y la desestructuración de las “izquierdas del orden”, explorando algunas de sus manifestaciones ideológicas y teóricas más preocupantes. Ahora iniciamos su desestructuración en la acción política práctica y el abandono de su horizonte anticapitalista.

(Continuará)

(*) Profesor departamento de filosofía, Universidad de Los Andes; docente investigador doctorado en bioética, Universidad El Bosque

Fuente: Revista Izquierda

Referencias

Bobbio, N. (2000). Derecha e izquierda. Madrid, España: Taurus
Chatelet, F. (1997). Los Marxistas y la política, T.1. Madrid, España: Taurus.»

Hobsbawm, E. (1993). “Adiós a todo eso”, en Blackburn, R. (e d .). Después de la caída. Barcelona, España: Crítica.

Keeran, R y Kenny, T. (2013). Socialismo traicionado. La habana, Cuba: Editorial de Ciencias Sociales.

Lenin, V. I. (1961). Obras Escogidas. Moscú, Rusia: Editorial Progreso.

Lukács, G. (1981). Marx y el problema de la decadencia ideológica. Ciudad de México, México: Siglo XXI.

Luxemburgo, R. (2015). Textos Escogidos. China: Biblioteca Marxista.

Sader, M. (2010). El nuevo Topo: los caminos de la izquierda latinoamericana. Buenos Aires, Argentina: Siglo XXI.

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