por Ximena de la Barra.

El fracaso de la gestión de la Democracia Cristina (DC) y su escisión con la creación del MAPU, cambió la correlación de fuerzas electorales en Chile, dando paso a la formación de la Unidad Popular (UP) y a la última y exitosa candidatura presidencial de Salvador Allende.

La campaña movilizó a las masas en torno al Programa de la UP. No había quien no tuviera un ejemplar resumido, en versión escrita o en “comic” para que no hubiera quien no lo entendiera. Luis Advis y Segio Ortega crearon una versión musical, El Canto al Programa, interpretada por el popular grupo Intillimani, que el pueblo cantaba junto con Venceremos y La Canción del Poder Popular en un ambiente festivo de eventos culturales masivos.

Además de responder a las necesidades básicas de la población, como lo habían hecho anteriores frentes populares, este Programa se dirigía también a las raíces de los problemas: el capitalismo, el imperialismo, los monopolios, los recursos básicos en manos extranjeras y la concentración de la propiedad de la tierra. La clase obrera estaba unida y apoyada por la pequeña burguesía. No había centro de trabajo o población donde no hubiera un Comité de la UP que llevara el liderazgo organizativo de la campaña.

El 4 de septiembre de 1970, la izquierda marxista, los Socialdemócratas, los Cristianos por el Socialismo, y sectores progresistas independientes, unieron fuerzas alrededor del Programa de la UP, superando a las dos fuerzas contendientes, la DC y el Partido Nacional (PN). El triunfo de Allende representaba la primera elección libre de un marxista comprometido con una transformación fundamental del orden vigente dentro del marco legal existente. Si bien Allende había sido el candidato más votado con 36,6% de votos, no equiparaba la suma de la de sus contrincantes que no tardaron en aliarse entre sí y con el gobierno estadounidense, formando una poderosísima fuerza contra-revolucionaria.

En su Discurso de la Victoria desde los balcones de la Federación de Estudiantes de Chile, Allende afirmó que el triunfo era de los trabajadores, haciendo un llamado a los Comités de Unidad Popular (CUP) a mantenerse vigilantes respecto a las tareas para poner en marcha al país y hacer cumplir el Programa. Concluyó diciendo: “A la lealtad de Uds., responderé con la lealtad de un gobernante del pueblo; con la lealtad del Compañero Presidente” (1970). Y lo cumplió siempre.

De acuerdo con la Constitución, la candidatura ganadora debía ser ratificada por el Congreso dominado por la oposición, que, aunque supuestamente democrática, se tornó golpista gozando de amplio financiamiento por parte de los EE.UU. Los intereses de las transnacionales estadounidenses, estaban en juego por lo que el Presidente Nixon ordenó a la Agencia Central de Inteligencia impedir la ratificación de Allende.

Ésta empleó su arsenal habitual, incluida la guerra psicológica, la presión económico-financiera, los sobornos, e incluso orquestó un primer intento de Golpe de Estado con el secuestro que concluyó en asesinato del General constitucionalista, René Schneider. Chile no tenía una historia vinculada al asesinato político, por lo que el repudio a esta acción abominable permeó al Parlamento, que decidió, el 4 de Noviembre de 1970, ratificar el triunfo de Allende, no sin antes imponer un Estatuto de Garantías Constitucionales.

Esto no significó que disminuyeran los afanes anti-democráticos ni que la clase trabajadora se consolidara como fuerza dominante. La UP recurrió entonces al fortalecimiento de la consciencia de clase y a la unidad de los trabajadores, así como también a forjar una coexistencia con los sectores de clase media dentro de la oposición. La fuerza real del gobierno de Salvador Allende se encontraba en el apoyo de los trabajadores donde la correlación de fuerzas a su favor en elecciones sindicales, cerca del 70% de los votos, era muy superior a las del proceso electoral.

Allende entendía al Socialismo como una forma perfeccionada de la democracia, principio inspirador de la Vía Chilena hacia el Socialismo. “La democracia política es infecunda en la hora actual, la democracia económica y social es un imperativo” (1943). La UP reconocía que el socialismo no significaba ruptura de la democracia y del Estado de derecho, sino su plena realización al no renunciar a su carácter revolucionario, poniéndola al servicio de las masas y de la lucha de clases.

La revolución latinoamericana…deberá ser, además de anti-imperialista y anti-feudal, democrática, a fin de que la sientan, compartan y comprendan las masas ciudadanas. Deberá ser profundamente humana, al preocuparse de la realidad de la vida opaca, gris, sin destino ni juventud del hombre común latinoamericano, y darle un futuro de trabajo, salud y educación (1960).

La auténtica democracia…no puede limitarse a la periódica entrega de un mandato representativo. La democracia se vive, no se delega. Hacer vivir la democracia significa imponer las libertades sociales (1972).

Si en lo económico tenemos como tarea la de realizar una política de guerra, debemos tener conciencia de que en el campo político hay que afianzar el poder de los trabajadores. Esta es la mayor garantía de la democracia, de la auténtica libertad y del pluralismo. Es garantía de estabilidad y progreso para Chile. Es garantía de paz (1972b).

Al apelar a la democracia participativa, la UP resulta ser precursora de las pocas democracias directas que se han intentado en el Socialismo del Siglo XXI donde el poder constituyente no abandona la escena después de haber instituido el poder, sino que se mantiene activo, acompañando y controlando al poder instituido, tomando decisiones y vigilando que estas se pongan en práctica.

Los cambios de orientación de la UP eran tan profundos y afectaban de tal modo al funcionamiento del sistema económico que actuar de acuerdo a un plan participativo y descentralizado, era imprescindible. Solo se lograrían resultados en lo económico, social y cultural controlando una parte importante de los excedentes generados. Para ello se constituyó una fuerte área de propiedad social y mixta con participación de los trabajadores en su gestión.

En una primera fase, la estrategia consistía en disminuir las disparidades, incorporando masivamente a la población a los procesos de cambio por la vía de la participación popular, de un gran aumento del empleo y de un sustantivo aumento real de sueldos y salarios de los estratos de menores ingresos. En una segunda fase, otra parte del excedente pondría en marcha la totalidad de la capacidad instalada subutilizada, y se emprenderían nuevas estrategias de desarrollo, e inversión en la expansión de la economía.

Entre las tareas inmediatas, se planteó la construcción del área de propiedad social de la economía con el objetivo de poder reemplazar el modo de producción capitalista mediante un cambio cualitativo de las relaciones de propiedad y de producción. Integrar un centro productivo al área social representaba un hecho absolutamente distinto al de un simple cambio de patrón. Se iniciaba una transformación radical en las relaciones de trabajo y en el modelo organizativo, dignificando al hombre de trabajo y su labor creadora. La socialización traspasaba a los trabajadores y a la sociedad la capacidad de utilizar los medios de producción en correspondencia a los intereses de la mayoría.

…la construcción del área de propiedad social tiene un significado humano, político y económico. Al incorporar grandes sectores del aparato productor a un sistema de propiedad colectiva, se pone fin a la explotación del trabajador, se crea un hondo sentimiento de solidaridad, se permite que el trabajo y el esfuerzo de cada uno formen parte del esfuerzo colectivo (Allende, 1971).

La ampliación del área social o bien se logró sobre la base de negociaciones; de la apertura de un poder comprador estatal de acciones; y de intervenciones o requisiciones en caso de infracciones legales o de la necesidad de terminar con monopolios, fueran nacionales o foráneos. El área social de la economía se desarrollaba simultáneamente con las áreas mixtas y privadas, respondiendo las dos primeras al plan acordado.

Trascendental para la historia de Chile y para la construcción del Área Social de la economía fue recuperar la propiedad del cobre. La DC la había iniciado en el periodo anterior con los fracasados procesos de Chilenización del Cobre y de Nacionalización Pactada. A pocos días del inicio de su mandato, en Diciembre de 1970, el Presidente envió el Proyecto de Nacionalización del Cobre al Congreso. El Mensaje que lo acompañaba denunciaba que las cuatro grandes empresas norteamericanas que habían explotado en Chile estas riquezas, habían obtenido de ellas en los últimos 60 años, ganancias equivalentes al patrimonio nacional logrado en cuatrocientos años.

Además, “afirmaba enfáticamente que por tratarse de la principal riqueza básica del país y porque su nacionalización daba paso a la “Segunda Independencia Nacional”, la Nacionalización del Cobre debía estar consagrada no en una simple ley, sino en la Constitución Chilena”. (Caputo/Galarce, 2020). “Quienes administran esta riqueza y quienes la extraen de la tierra, tienen en sus manos no solo su propio destino o su propio bienestar, sino que el destino y el bienestar de todos los chilenos” (Allende, 1971).

Tras un prolongado debate, el 11 de julio de 1971, la Reforma Constitucional sobre la Nacionalización del Cobre fue aprobada por unanimidad en el Congreso. Aunque la oposición estaba consciente que se estaba dando un espaldarazo a Allende, hubo de reconocer que la medida contaba con una gran apoyo, incluyendo en sectores de la DC.

Los trabajadores del cobre no serán dueños de las minas para beneficio exclusivo de ellos, son dueños de las minas en cuanto las minas les pertenecen al pueblo, y los trabajadores del cobre forman parte del pueblo, y los trabajadores del cobre tienen que entender, lo saben y lo van a vivir, que el esfuerzo de ellos estará destinado a hacer posible que cambie la vida del niño y la mujer chilena, que el esfuerzo de ellos y el cobre estarán destinados al progreso de la patria, y al sudar trabajando el fondo de la mina están haciéndolo por un Chile distinto, por una sociedad nueva, por el camino que abrimos hacia el socialismo.

Compañeros mineros, trabajadores duros del rojo metal: una vez más debo recordarles que el cobre es el sueldo de Chile, así como la tierra es su pan (1971b).

Al determinar las indemnizaciones a las empresas estadounidenses, a modo de reparación histórica y de acuerdo con la norma constitucional aprobada, se dedujeron las utilidades más allá de las normales desde 1955. Las apelaciones de las compañías estadounidenses no se dejaron esperar. La Administración Nixon orquestó un boicot internacional e incluso provocó una baja sustancial en los precios del cobre al poner en el mercado sus reservas estratégicas.

A esto se sumó el boicot, las huelgas, los sabotajes y las infundadas acusaciones de mala administración desde la oposición. A pesar de todo ello, se logró un aumento de la producción. David Silberman, el Gerente General de Chuquicamata, hasta ahora “desaparecido” por la Dictadura, como tantos otros, lo ilustraba diciendo: “La conclusión es una sola: cifras más, cifras menos, problemas más, problemas menos, los chilenos se la han podido. La nacionalización es un éxito, pese a quien pese” (Lawner et all, 2008).

La gesta heroica en el cobre chileno se vio truncada por la Dictadura y los Gobiernos de la Concertación que, entre tantos otros crímenes, contraviniendo a la Resolución de Naciones Unidas de 1962 respecto a la soberanía permanente sobre los recursos naturales, y a contracorriente de los intereses del pueblo chileno, desnacionalizaron la mayor parte del “sueldo de Chile”.

El gran desafío para la UP consistía en avanzar hacia el socialismo siendo que sólo se había conquistado el Poder Ejecutivo. La oposición parlamentaria usaba todos los medios posibles para frenar al Programa de la UP, incluyendo acusaciones constitucionales contra los miembros del gabinete y bloqueo de los presupuestos. El apoyo electoral a la UP creció en las elecciones locales de abril de 1971 pasando del 36 al 49% en tan solo cinco meses y en Marzo de 1973, en elecciones parlamentarias, con 43,4% de los votos, a pesar del acoso permanente que paralizaba al país.

La UP buscaba cambiar la correlación de fuerzas en el Congreso para poder aprobar una Nueva Constitución que hiciera posible los proyectos revolucionarios.

El Congreso elabora la institucionalidad legal, y así regula el orden social dentro del cual se arraiga; por eso durante más de un siglo ha sido más sensible a los intereses de los poderosos que al sufrimiento del pueblo.

El pueblo de Chile está conquistando el poder político sin verse obligado a usar las armas. Avanza en el camino de su liberación social sin haber debido combatir contra un régimen despótico o dictatorial, sino contra las limitaciones de una democracia liberal.

Someteremos a la voluntad soberana del pueblo la necesidad de reemplazar la actual Constitución de fundamento liberal, por una Constitución de orientación socialista. Y el sistema bicameral existente por una Cámara Única (Allende, 1973).

Tampoco faltaron discrepancias en el seno de la UP. El PS al que se unió el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) que no formaba parte de la UP, planteaba la necesidad de destruir la institucionalidad vigente calificándola de Estado Burgués. Allende se opuso vigorosamente argumentando que el poder de la burguesía no se alojaba en las instituciones -que más que destruidas debían ser modificadas- sino que en su poder económico.

El PS no aceptaba los ritmos políticos que el proceso demandaba, exigiendo “avanzar sin transar” con políticas públicas que iban más allá de las capacidades legales y políticas que maniataban a la UP, y con movilizaciones sociales que aumentaban la polarización. El PC apoyaba a los órganos de Poder Popular (trabajadores y pobladores organizados) entendiéndolos como un poder integrado al gobierno, antagonizando al MIR que lo consideraba un poder independiente y alternativo al “Estado Burgués”. El PS tampoco aceptaba la ampliación de la base política abriéndose al ala izquierda de la DC, fundamentalmente seguidores de la Teología de la Liberación. Por el contrario, avalaban las prácticas violentas del MIR que provocaban a la derecha.

Ante el aumento del poder electoral de la UP y su restricto apego al régimen legal, la alianza DC-PN intensificó la política confrontacional y comenzó la conspiración en busca de una salida militar. El vacío en la estrategia política-militar de la UP, redujo progresivamente su capacidad de defensa”. El ataque a la casa presidencial con el apoyo entusiasta de Washington, resultó en la muerte del Presidente, en la destrucción del Estado que Allende había defendido con todas sus energías. y en el nacimiento de un nuevo Estado dictatorial liderado por el General traidor, Augusto Pinochet, basado en el terror, la tortura, y el desmantelamiento de todo programa revolucionario.

Irónicamente, Pinochet, sin consulta ni oposición alguna, proclamó la Constitución de 1980, vigente hasta el día de hoy. Los gobiernos “democráticos” que lo sucedieron a partir de 1990, nunca tuvieron la intención de cambiarla a favor del pueblo. Aun hoy, en que al pueblo Chileno se lo busca apaciguar con una nueva fórmula para el cambio Constitucional, esta no resulta ser más que un nuevo engaño antidemocrático iniciado por la derecha en el poder ejecutivo y secundado por la ex- Concertación desde el parlamento. El pueblo chileno se encuentra en un dilema en que no puede permitirse cumplir los deseos de la derecha rechazando el plebiscito, pero tampoco puede permitir un cambio para que no cambie nada.

Solo nos queda la fuerza del pueblo chileno y el ejemplo de Allende y la UP que hasta el día de hoy ilusionan a los movimientos progresistas en el mundo. El legado histórico de Allende es el de un hombre que luchó junto al pueblo, y que no lo abandonó jamás, así como tampoco abandonó sus compromisos con el mandato popular. Sus últimas palabras en La Moneda en llamas lo atestiguan.

Trabajadores de mi patria: …Siempre estaré junto a Uds. La historia es nuestra y la hacen los pueblos (1973b).

Fuente: Agencia Latinoamericana de Información

Referencias

Allende, Salvador, (1943, 25 de octubre). Discurso de Homenaje al Triunfo del Frente Popular, (Modak, Frida coord.), Salvador Allende, Pensamiento y acción, CLACSO 2008. http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/coedicion/modak/

Allende, (1960, 27 de julio). Cuba y la revolución latinoamericana, (Modak, Frida coord.), Salvador Allende, Pensamiento y acción, CLACSO 2008. http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/coedicion/modak/

Allende, (1970, 5 de septiembre). Discurso de la Victoria, (Patricio Quiroga ed) Obras escogidas (1970-1973) Editorial Crítica. 1989.

Allende, Salvador (1971, 21 de mayo). Primer Mensaje del Presidente Allende ante el Congreso Pleno (Patricio Quiroga ed) Obras escogidas (1970-1973) Editorial Crítica1989.

Allende, (1971b, 11 de julio), En el Día de la Nacionalización del Cobre, (Patricio Quiroga ed) Obras escogidas (1970-1973) Editorial Crítica 1989.

Allende, Salvador, (1972, 21 de mayo). Mensaje del Presidente Allende Ante el Congreso Pleno, Talleres Gráficos Servicio de Prisiones.

Allende, Salvador, (1972b, 3 de Noviembre). Cuenta al pueblo al cumplirse dos años de Gobierno.

(Martner, Gonzalo compil.), Salvador Allende Obras Escogidas, Centro Estudios Políticos Simón Bolivar y Fundación Salvador Allende, Editores 1992

Allende, Salvador, (1973, 21 de mayo). Tercer Mensaje Presidencial (Patricio Quiroga ed) Obras escogidas (1970-1973) Editorial Crítica 1989.

Allende, (1973b, 11 de septiembre). Las Últimas Palabras, (Patricio Quiroga ed) Obras escogidas (1970-1973) Editorial Crítica. 1989.

Caputo, Orlando y Graciela Galarce, (2020,13 de julio). A los 49 años de la Nacionalización del Cobre, Le Monde Diplomatique, Edición Chilena. https://www.lemondediplomatique.cl/a-los-49-anos-de-la-nacionalizacion-del-cobre-por-orlando-caputo-y-graciela.html

Lawner, Miguel, et all, (2008). La Nacionalización del Cobre, Salvador Allende, Presencia en la Ausencia, Lom Ediciones

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