por Marcos Roitman R. (*).

Octubre de 1969, Chile entraba en dinámica electoral. Las presidenciales, el 4 de septiembre de 1970. Gobernaba el democratacristiano Eduardo Frei Montalva, anticomunista avalado por Estados Unidos.

Su triunfo, cimentado en la campaña del miedo y la guerra psicológica, le otorgó mayoría absoluta. “Revolución en libertad” fue su eslogan para combatir los movimientos de liberación nacidos a rebufo de la Revolución cubana. Su sexenio, un cúmulo de frustraciones.

Desgastado, con reformas inconclusas y extrema violencia, continuó el camino de su predecesor, el derechista Jorge Alessandri (1958-1964). Salvador Allende describe la sucesión de ambos gobiernos: “(…) al fracaso del capitalismo típico de Alessandri se sucede implacablemente el fracaso del reformismo demagógico de la Democracia Cristiana y el Gobierno de Frei” (1).

La demanda de una candidatura unitaria de izquierda estaba en el aire. Desde 1952, comunistas y socialistas habían unido fuerzas en las tres últimas presidenciales. Su candidato: Salvador Allende. Pero la alianza venía de lejos. Ambas organizaciones participaron en la creación del Frente Popular en 1936. Coalición liderada por el Partido Radical, organización laica y progresista. Triunfó en las presidenciales de 1938.

La coyuntura demandaba frenar el avance del nazi-fascismo y modernizar el país. El Frente Popular gobernó hasta 1952, pero su último presidente, González Videla, traicionó la alianza. En 1948, ilegalizó al Partido Comunista con la ley de defensa de la democracia. Pero en 1970, la unidad policlasista otorgaba el protagonismo a socialistas y comunistas. Salvador Allende: “El año de 1938, luchábamos por ser la izquierda de un régimen y de un sistema. En 1970 no luchamos por ser la izquierda de un régimen capitalista, luchamos por sustituir el régimen capitalista…” (2).

La izquierda se redefinía. Los no alineados, los tanques en Praga. La guerra de Vietnam. El antiimperialismo, el bloqueo a Cuba. El asesinato del Che y las dictaduras amparadas en la doctrina de la seguridad nacional. En ese contexto, nacía en Chile el MIR, Movimiento de Izquierda Revolucionaria, partidario de la insurrección popular. Por otro lado, la Unidad Popular definía su proyecto. Abrir un camino no recorrido, respetando la institucionalidad vigente para allanar la transición al socialismo. Fue la denominada vía chilena. El Che, sabedor de sus concepciones políticas, redactó la siguiente dedicatoria en su ensayo La guerra de guerrillas: “A Salvador Allende, que por otros medios trata de obtener lo mismo. Afectuosamente, Che”.

Así, la vía chilena tuvo la peculiaridad de “reunir un síndrome de elementos definitorios, políticos, sociales, económicos, militares, que la convierten en la experiencia más moderna hasta la fecha de revolución anticapitalista, conteniendo los gérmenes de una modalidad de transición al socialismo nunca antes desarrollada hasta un nivel comparable: plena vigencia de la democracia como forma de vida en el seno de los sectores y organizaciones integrantes del bloque social popular, reconocimiento de derechos políticos y civiles iguales a la oposición, respeto del Estado de derecho como norma de regulación de la vida colectiva, rechazo de la guerra civil como vía de resolución de las contradicciones sociales, libre ejercicio de las libertades de organización, conciencia y expresión sin más restricciones que las contempladas en el régimen legal fundamentado en la voluntad nacional manifestada a través del sufragio universal, libre, secreto y con pluralidad de partidos” (3).

Salvador Allende lo enfatiza:

“De allí la importancia que tiene la Unidad Popular, que reitero, es un instrumento del pueblo de Chile, nacido de su experiencia y su realidad, no es el producto de la cábala de unos cuantos dirigentes que buscan ubicación en función de ventajas personales o de posibilidades electoreras. Es la responsabilidad histórica de los que nos damos cuenta de que este país o hace posible dar un paso hacia adelante en el proceso de auténtica democratización, o caeremos en una dictadura civil implacable o en un golpe militar” (4).

Chile era una sociedad politizada. La derecha se encontraba unificada en el Partido Nacional. El movimiento sindical había forjado su unidad en 1953, bajo la Central Única de Trabajadores (CUT). La izquierda se agrupaba mayoritariamente en torno a socialistas y comunistas.

El MIR, fundado en 1965, guevarista e insurreccional, decidió apoyar críticamente la candidatura de Allende. Y la Democracia Cristiana en 1957, procedente de la Falange, abrevó en el pensamiento de José Antonio Primo de Rivera y Ramiro de Maeztu.

En su programa se lee: “La Iglesia está por encima de los partidos (…) rechazamos el marxismo, concepción materialista y antirracional de la vida, que fomenta la lucha de clases, conduce a la tiranía y ha fracasado en sus experiencias” (5).

En 1970, el mapa electoral estaba definido. La derecha conservadora presentó al septuagenario Jorge Alessandri; la Democracia Cristiana, a Radomiro Tomic. ¿Y la izquierda? Cristianos, laicos, marxistas, socialistas, comunistas, socialdemócratas habían confluido. En diciembre de 1969, el programa de la Unidad Popular se hizo público. Lo firman el Partido Socialista, el Partido Comunista, el Partido Eadical, el Movimiento de Acción Popular Unitario (MAPU), Acción Popular Independiente (API) y el Partido Social Demócrata (PSD).

Conocido como las “cuarenta medidas básicas”, destacan la supresión de grandes sueldos, jubilaciones justas, seguridad social para todos los chilenos, leche para todos los niños, alimentación para los niños en situación de exclusión, vivienda digna, agua y electricidad, reforma agraria real, asistencia médica gratuita en los hospitales, creación de centros de atención primaria y consultorio materno-infantil, disolución de los cuerpos represivos de carabineros, no más impuestos a los alimentos, creación del instituto del arte y la cultura, entre otras.

La Unidad Popular tenía proyecto. Su último reto: nominar candidato. El Partido Radical propuso a un destacado intelectual: Alberto Baltra; el MAPU, a Jacques Chonchol, exministro de Frei e impulsor de su reforma agraria; el Partido Comunista, al poeta Pablo Neruda; y API, al senador Rafael Tarud.

El Partido Socialista, sumido en un debate interno, tenía dos postulantes: Salvador Allende y Aniceto Rodríguez, a la sazón secretario general del partido.

Allende lograría 13 de los 27 votos, con 14 abstenciones. Partidario de una firme alianza con los comunistas y la construcción de amplias bases de apoyo, no contaba con el beneplácito de un sector de su partido. Consideraban que estaba “gastado”.

El 22 de enero de 1970, fue elegido candidato de la Unidad Popular. El 4 de septiembre de 1970, ganará sobre una derecha dividida. Salvador Allende: 1.075.616 votos; Jorge Alessandri: 1.036.278 votos; Radomiro Tomic: 824.849 votos.

Su triunfo supuso el inicio de una conspiración que acabaría con el bombardeo del Palacio presidencial el 11 de septiembre de 1973, con la imposición del neoliberalismo y un régimen de terror.

Salvador Allende fue objeto de todo tipo de ataques. Médico de profesión, exministro de Salud Pública en 1938, presidente del Colegio Médico, impulsor del Servicio Nacional de Salud, exdiputado y expresidente del Senado, concentraba toda la inquina y odio de la derecha. El periódico de la plutocracia y la derecha, El Mercurio, cuyo dueño, Agustín Edwards, fue a solicitar la ayuda de Nixon y Kissinger para impedir que Allende asumiera la presidencia, no perdía oportunidad para calumniarlo.

Le hizo propietario de un yate de lujo, y lo publicó en primera plana. La respuesta fue inmediata. Remolcó la barca, un bote a remos, hasta Santiago y lo expuso frente a La Moneda para todo aquel que quisiera verlo. Asimismo, lo acusaron de negar su membresía masónica. Su respuesta, lacónica: “He recibido como única herencia un nombre limpio, una vocación para servir al pueblo nacida de la formación masónica de mis antepasados”.

Y en 1967, protagonizó uno de los actos más nobles que se recuerdan en el Senado. El ministro de Hacienda de Frei, Andrés Zaldívar, defendía la ley de reajuste salarial. Mientras intervenía, su mujer fue ingresada de urgencia por un parto prematuro. Allende, sabedor de la noticia, tomó la palabra y dijo a los senadores que el ministro tenía un grave problema familiar y pidió suspender la sesión. Zaldívar relata que nunca ha podido superar el gesto humano de Allende.

Aunque no tuvo escrúpulos para avalar el golpe de Estado en 1973. Ya presidente, volvió a mostrar su señorío en defensa de la dignidad del pueblo de Chile. Viajó a Naciones Unidas para pronunciar su discurso ante la Asamblea General en diciembre de 1972. George Bush, embajador de Nixon, pidió entrevistarse con Allende.

Este fue el diálogo:

Allende: “Quiero reiterar a su Gobierno que el pueblo de Chile desea tener las mejores relaciones dentro del mutuo respeto. No identifico al pueblo de EE.UU. con las acciones de la CIA en los asuntos internos de mi país”.

Bush: “Señor presidente, la CIA es también el pueblo de EE.UU.”.

Allende, levantándose del sillón: “Señor embajador, le ruego se retire”.

Bush, sonrojado y confuso, balbucea: “Señor presidente, ¿he dicho algo improcedente?

Allende: “La entrevista ha terminado. Adiós”.

Y así, hasta el día del golpe de Estado. El general de Ejército Ernesto Baeza Michelsen llamó a La Moneda pidiendo la rendición del presidente. Oswaldo Puccio, secretario personal del presidente, relata la conversación telefónica:

“Le preguntó a Baeza cómo estaba su señora y el general le respondió que bien… A continuación le inquirió sobre su estado de salud, ya que había sufrido un infarto (…). Allende le aconsejó cuidarse mucho y evitar cualquier inquietud. De alguna manera, el general reunió ánimos para trasmitir el mensaje del jefe de los golpistas. Lo que no se sabe es si los tuvo para trasladarle la respuesta de Allende: ‘Dígale que no sea maricón y que venga a buscarme personalmente’”.

El día del triunfo electoral, la derecha puso en marcha su estrategia. Primero, evitar que Allende asumiera la presidencia el 4 de noviembre de 1970. Sin mayoría absoluta, los miembros del Congreso podían decantarse por una de las dos mayorías relativas. El plan se frustró con el asesinato del general en jefe de las Fuerzas Armadas René Schneider días antes de la votación. Fueron tres años de estrangulamiento económico, atentados y conspiraciones.

Allende lo subraya en su última alocución: “Trabajadores de mi patria: quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que solo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra de que aceptaría la Constitución y la ley, y así lo hizo.

En este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, quiero que aprovechen la lección: el capital foráneo, el imperialismo, unido a la reacción, creó el clima para que las fuerzas armadas rompieran su tradición, la que les enseñara Schneider y reafirmara el comandante Araya, víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas esperando con mano ajena reconquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios”.

El 11 de septiembre de 1973, la decisión de Salvador Allende de mantenerse combatiendo demuestra la fuerza de sus principios y convicciones y mantienen vivo su aporte al pensamiento socialista, antiimperialista y anticapitalista (6).

(*) Profesor titular en la Facultad de Ciencia Política y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid. Autor de Por la razón o la fuerza. Historia y memoria de los golpes de Estado, dictaduras y resistencias en América Latina, Siglo XXI, abril de 2019.

Fuente: Le Monde Diplomatique

Notas:

(1) Salvador Allende, “Alocución en el templo de la Gran Logia de Chile el 14 de abril de 1970”; en Juan Gonzalo Rocha, Allende, Masón. La visión de un profano, Editorial Sudamericana, 2000, Santiago de Chile, página 41.

(2) Ibídem. Op. cit. página 44

(3) Joan Garcés, Allende y la experiencia chilena. Las armas de la política, Editorial Siglo XXI, Madrid, 2013, página 15.

(4) “Alocución en el Templo…”, Op.cit. pág. 43.

(5) AA.VV: Documentos del siglo XX chileno, Editorial Sudamericana, Santiago de Chile, 2001, página 178.

(6) Para este periodo: Gonzalo Martner García, Los mil días de una economía sitiada, Ediciones Facultad de Economía. Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1975. Joan Garcés, El estado y los problemas tácticos en el gobierno de Allende, Editorial Siglo XXI, Madrid, 1974. Víctor Pey (compilador), Salvador Allende: Obras escogidas, Fundación Presidente Allende, Madrid, 1996.

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