Un Vaso de Agua Fría para un Marxismo Templado

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por Jesús Rodríguez Rojo (*).

Recientemente se ha popularizado un eje trazado por E. Bloch (y ratificado por autores del porte de M. Löwy o D. Bensaïd) que separa el marxismo en dos grandes vetas: una cálida, que es romántica y comprometida, y una fría, que se reivindica como científica y se apoya en cierto determinismo económico.

Aunque esta división, como casi todas, tiene algo de arbitraria, bastante de interesada y, por tanto, mucho de imperfecta, asumiremos gustosamente ese espacio de debate.

Lo hacemos para tratar de demostrar las virtudes, frecuentemente olvidadas, de la segunda corriente, la fría; no tanto para que se abrace esta segunda, sino para generar un balance algo más sensato.

Haciendo uso de la metáfora de origen leninista del bastón, creemos que hoy se encuentra curvado hacia ese marxismo de altas temperaturas, lo que nos obliga a, para llevarlo a parámetros térmicos más adecuados, verterle encima un jarro de agua fría.

Asumimos que entramos en un ámbito de debate complicado y, ante todo, agradecemos al medio la disposición para acoger esta pequeña nota que no aspira a más que a despertar una necesaria (y sana) polémica. Sin más dilación, comencemos.

En 2014, Löwy, en una entrevista, refrendaba la propuesta de Bloch de poner el marxismo frío, científico, “al servicio de la corriente caliente, del sueño y de la utopía” 1/.

En ese mismo lugar, asegura que es imprescindible rescatar esa corriente cálida, la que, según sostiene, sería heredera del romanticismo. Habría que traer de nuevo a la palestra a autores tales como Benjamin o Mariátegui para redoblar y enriquecer la lucha contra el capitalismo en planos que trascienden la explotación entendida como extracción de plusvalía.

“También somos anticapitalistas porque el capitalismo es destructor, lo destruye todo, la comunidad humana, los valores éticos, la solidaridad, el contenido humano de la vida social, la naturaleza. […] En mi opinión, para que el anticapitalismo mantenga su fuerza ética y cultural debe tener en cuenta estas críticas” 2/.

Nuestra posición podría formularse de manera especular a la expuesta por Löwy: para que el marxismo tome fuerza, debe recuperar lo que, consideramos, está siendo casi por completo eclipsado por los planteamientos románticos, éticos, como se los quiera llamar.

Según constatamos —al menos a través de nuestra experiencia— en el panorama académico, pero también militante, tanto Benjamin como Mariátegui son autores que, junto al joven Lukács, Korsch y otros entre los que cabría destacar al omnipresente Gramsci, están asumiendo un lugar prominente.

Mucho más peligro de extinción corren los postulados históricos y contemporáneos del marxismo frío. Los problemas que atañen a las tendencias de la acumulación capitalista han quedado en nada al lado de los que conciernen a la conciencia inmediata.

Los Sweezy, Mandel, Mattick o Bettelheim de nuestros días (Shaikh, Roberts, Kliman, etc.) no pueden ni soñar con gozar de la notoriedad entre los activistas que estos llegaron a disfrutar. Este fenómeno merece una explicación, o al menos una aproximación algo más detallada.

El economicismo, el determinismo, el mecanicismo, el historicismo y otros ismos de similar pelaje en realidad han sido siempre denostados con argumentos ciertamente efectivos por la izquierda. El marxismo cálido se hace eco y agudiza estas críticas formulando una idea-fuerza que podría resumirse apelando a la desconfianza respecto a leyes independientes de nuestra conciencia y acción política, que lleven a la humanidad hacia un punto determinado.

Ya Benjamin en sus Tesis sobre el concepto de historia afirmaba que no podíamos depositar nuestros anhelos y aspiraciones en fuerzas situadas sobre nuestra praxis 3/.

Este marxismo crítico (como también es llamado), que en aquel momento pasó desapercibido, respondió de forma pionera a las legaliformes formulaciones de cierta ortodoxia apelando a la conciencia: la retórica de la enajenación o el fetichismo se impuso sobre aquella que aspiraba a enunciar tendencias generales u objetivas.

Aquellas reflexiones son retomadas con fuerza en un periodo donde cuesta reconocer (como le costó reconocer a Benjamin en su abominable contexto) en el horizonte cercano nada parecido a la liberación de la humanidad. Más bien todo lo contrario. La embestida del capital pone al movimiento obrero en una encrucijada de la que una parte de este escapa por la vía del voluntarismo.

De algún modo, el auge del marxismo cálido responde a la necesidad de una contraofensiva en algunos momentos desesperada. La conciencia revolucionaria ve como única forma de escapar del callejón el cargarse a su espalda el peso de la liberación humana:

¿cómo podrían (podríamos) aceptar que los cambios tendrían lugar a pesar de todo el tiempo, esfuerzo y sacrificio invertido en que ocurran?

Aceptar tal cosa nos ubicaría, desde un punto de vista psicológico, en los albores de una más que notable disonancia cognitiva.

Es más, ¿cómo íbamos a reconocer que las revoluciones acaecidas fueron independientes de los deseos que llevaron, no solo a sus principales próceres, sino a miles de personas, a comprometerse hasta las últimas consecuencias en sus causas?

El caso es que no es fácil dar con algún autor o autora, incluso entre los sectores más deterministas, que sostenga algo así como que los cambios sociales son por completo independientes de la conciencia o de la implicación política.

Resulta tan difícil encontrar visiones de un idealismo tan burdo que considere que las circunstancias son indiferentes para la acción transformadora, como un materialismo lo suficientemente vulgar como para pensar que el socialismo caerá sobre nosotros aun permaneciendo inmóviles en nuestros hogares.

La mayor parte de quienes son o fueron tachados de deterministas veían en su propia acción política o la de sus organizaciones la realización de la necesidad de poner a su sociedad rumbo al socialismo.

No podemos olvidar que mentes tan prominentes como las de Luxemburg (quien sentenció que la “tendencia objetiva de la evolución capitalista hacia [… el] desenlace es suficiente para producir, mucho antes, una agudización social y política de las fuerzas opuestas, que tenga que poner término al sistema dominante” 4/) o el propio Marx (que no dudó en emplear términos como “inevitable [unvermeidliche]” o “fuerza inexorable [Notwendigkeit]” para hablar de la conquista del poder político por la clase obrera 5/) supieron compaginar perfectamente un agudo optimismo histórico con un férreo compromiso político.

No creemos que haya, por tanto, correlación alguna entre tener la convicción de que el socialismo es una necesidad histórica y la pasividad respecto a la práctica revolucionaria.
Asumir que cuando nos organizamos lo hacemos únicamente movidos por la convicción de que nuestra presencia es esencial para cambiar las cosas resulta desde todo punto de vista inadmisible. El hecho de que haya donde haya capital hay resistencias debería llevarnos a pensar que este lleva consigo la necesidad de su propia réplica.

Igualmente, cada victoria o derrota debería llevarnos a preguntarnos por las causas que han promocionado, según el caso, el triunfo o fracaso; y estas deben ir más allá de depositar todo el peso sobre la conciencia.

De lo contrario, corremos el riesgo de asumir las nefastas consecuencias de dar por hecho que el triunfo siempre es posible y las derrotas son siempre nuestra responsabilidad.

Algo difícil de soportar, si se toma seriamente, por cualquier subjetividad militante.

Lo que la crítica de la economía política nos ha enseñado es que lo que en primera instancia se presenta como brotando de la subjetividad libre contiene en su ser determinaciones de más difícil constatación.

No creemos que sea demasiado extravagante aplicar aquello que Marx afirmó directamente para el intercambio mercantil a otras formas de acción; al fin y al cabo, algo debe significar aquello de que es “la realidad social la que determina la conciencia” 6/, ¿no?

Al menos, creemos, debería significar que las conciencias reflejan, tomadas de forma relativamente agregada, lógicas externas a sí mismas. Esas lógicas, además, deberían ser cognoscibles a través del estudio atento de los procesos que observamos.

Tanto si negamos que tales determinaciones existan como si las situamos en un plano inaccesible a nuestra razón, estaríamos —además de faltando a la verdad— dándonos a un politicismo ciego que engendraría una acción privada de las potencialidades de la acción propiamente consciente.

Si ignoramos las necesidades de nuestra acción revolucionaria, o sea, si renunciamos a la posibilidad de llevar a cabo una lucha en alguna medida autoconsciente, estaríamos arrebatándonos la posibilidad de gestionar en libertad nuestra propia forma de transformar la realidad 7/.

Quedaríamos presos de las impresiones de la coyuntura y sus exigencias aparentemente ineludibles.

No hay obstáculo alguno alrededor de la acción revolucionaria que la haga impenetrable por la elaboración científica.

Bastaría una lectura más o menos atenta de El capital para percatarnos de que tanto la acción política de la clase obrera como las determinaciones que podrían alumbrar un modo de producción diferente y superior al capitalista se encuentran presentes entre sus páginas 8/.

Por supuesto que a día de hoy no podemos afirmar que la revolución sea absolutamente inevitable, puesto que ni siquiera estamos en disposición de asegurar que la vida humana sobre el planeta se vaya a mantener por muchos años más.

Eso, sin embargo, no puede tomarse como impedimento para reconocer y analizar las fuerzas que desde los albores del modo de producción capitalista y hasta nuestros días presionan para que conozcamos una forma de organización del metabolismo social que no pase por el mercado ni ninguna otra forma de enajenación.

En ese sentido, y aunque aquí no lo podamos desarrollar, creemos que no resulta en absoluto descabellado, más bien lo contrario, blasfemar contra el famoso aforismo gramsciano 9/ que oponía el “optimismo de la voluntad” al “pesimismo de la inteligencia” para asumir por conducta una suerte de optimismo de la razón.

(*) Integrante del Laboratorio de Ideas y Prácticas Políticas, UPO.

Fuente: Viento Sur

Notas:

1/ Löwy, M. “No podemos volver al pasado. Pero quedar en el vacío presente como proponen los ideólogos de la burguesía es insoportable. Entrevista con Michel Löwy”. Marxismo crítico. 2014. Disponible en En: https://marxismocritico.com/2014/10/13/no-podemos-volver-al-pasado/ (consultado a 03/02/2020)

2/ Idem.

3/ Benjamin, Walter. Iluminaciones. Madrid: Taurus. 2018, p. 313.

4/ Luxemburg, R. “La acumulación del capital, o en qué se han convertido los epígonos de la teoría de Marx. Una anticrítica”. En R. Luxemburg, La acumulación del capital (pp. 365-454). Barcelona: Grijalbo. 1978, p. 392.

5/ Marx, K. El capital. Crítica de la economía política. Tomo I. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales. 1973, p. 438 y 700. El alemán original: Marx, Karl. Das Kapital. Kritik der politischen Ökonomie. Erster Band. Frankfurt: Verlag Marxistische Blätter. 1976, p. 512 y 791. El segundo término podría traducirse por “necesidad”.

6/ Marx, K. Contribución a la crítica de la economía política. Madrid: Alberto Corazón. 1970, p. 37.

7/ Engels describía la acción libre, según él mismo siguiendo a Hegel, como aquella consciente de la necesidad. Aquí nos remitimos a tal definición. Engels, F. Anti-Düring. La Habana: Instituto Cubano del Libro. 1975, p. 139.

8/ Tratamos de mostrar tal cosa en Rodríguez Rojo, J. La revolución en El capital. Significados y potencial de la lucha de clases. Madrid: El garaje. 2019.

9/ Gramsci, A. Cuadernos de la cárcel. Tomo III. México DF: Era. 1984, p. 74.

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