Para Qué Sirve ser Doctor en Ciencias: El Plan de Vida

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por Luis A. Montero Cabrera (*).

La principal interrogante que se hace un joven que va avanzando en la formación de nivel universitario es acerca de su futuro, su planificación vital.

Es algo que quizás no le era tan evidente durante su largo recorrido por la educación primaria y secundaria, donde para muchos o sus padres la meta se limitaba a pasar al nivel siguiente. Pero en este nivel se afronta un cambio que nunca antes había ocurrido: inevitablemente y pronto se va a terminar la vida de estudiante y comenzar la laboral.

Los tiempos en el Alma Mater donde estudie le forjan una capacidad de razonar acerca de lo que le rodea que será decisiva para el éxito profesional durante el resto de su vida. Si es un ingeniero, por ejemplo, ya nunca más verá un puente como un simple instrumento para cruzar un vado.

Inevitablemente lo observará como una obra de seres humanos con cálculo y diseño, que fue mal o bien concebida y fabricada, y que puede hacerse mejor o peor con su propia creatividad.

El plan de la vida se suele comenzar a dibujar en la mente del estudiante en algún momento antes o después de su graduación. Suele venir acompañando la aparición de una pareja con la que se podría compartir íntimamente una parte importante o toda su existencia futura. Y eso requiere un techo en el que cobijarse y que pueda ser personalizado para las necesidades de sus individualidades y las de la posible descendencia. Y también de un trabajo útil en el que pueda realizar su intelecto en bien de la sociedad que lo ha rodeado y ayudado a ser.

También así ganarse una recompensa salarial que le permita una vida razonablemente feliz y completa, al menos de forma modesta y sin carencias inhumanas. Resulta evidente que el plan de vida de un ciudadano que ha alcanzado el nivel universitario merece la atención explícita de la sociedad socialista y de sus políticas.

Además de lo que hacemos para garantizar a todos nuestra dorada educación universal y gratuita, debemos también ayudar a cada nueva generación profesional para que retribuya ese regalo que le hicieron dando el máximo de si, en bien de todos. Y deberíamos también proveerle a cambio la recompensa de bienestar personal, siempre proporcional a cuanto contribuya con su propio trabajo para el de todos.

Y entre las tantas alternativas, ¿para qué le puede servir a un joven cubano y a la sociedad de nuestros tiempos hacerse “doctor en determinada área del conocimiento”, tal y como establece la reciente Decreto-Ley No. 372 de nuestro Consejo de Estado el pasado 5 de septiembre de 2019?

El desarrollo de la humanidad fue requiriendo de la educación escolar como el período de adaptación informativa de todos los individuos para su vida social adulta. Ocurre ahora que la estancia en las aulas se ha ido haciendo más larga en la medida en que más adelantamos y somos más sabios. Tener un sexto grado podía ser aceptable y hasta culto hace un siglo.

Hoy es imposible que un país progrese si su población no tiene una proporción adecuada de personas que se haya escolarizado durante al menos 16 años de su vida infantil y adolescente.

En ese largo camino escolar moderno se puede ser solo un asimilador de conocimientos, aprender pasivamente. Sin embargo, ya desde hace más de dos siglos se manifestó la necesidad de que en el período final de cuatro o cinco años, el de la educación universitaria, se debe coexistir entre la asimilación y la creación de conocimientos.

Para tener una buena universidad hoy es necesario que los que profesen en ella no solo sean conocedores de lo que enseñan, sino que sepan arrancarle también nuevos conocimientos al universo natural o social que los rodea.

Tiene que ser una universidad que genere al mismo tiempo conocedores y conocimientos. Y para ello es preciso investigar con la ciencia o con la tecnología. También se necesita que la labor investigativa la lleven adelante tanto los docentes como los estudiantes, cada uno con lo que les corresponda de ese hermoso quehacer.

La conducción del trabajo de investigación científica y tecnológica les corresponde a personas preparadas para ello, que esencialmente deben saber hacerlo de forma independiente. La forma moderna de educar a un investigador que pueda hacerlo es la formación doctoral. Suelen ser los doctores en alguna rama de la ciencia o la tecnología, también conocidos como PhD (doctor en filosofía o afinidad al saber), los que mejor logran la capacidad de conducir el proceso investigativo.

También, quedan muy capacitados para ejercer de forma óptima muchas profesiones no científicas con las poderosas herramientas y procedimientos aprendidos para formarse como investigadores, si ese es el camino por el que optan en su vida.

La investigación y sus procedimientos son la puerta de la innovación, lo mismo en una industria de alta tecnología, que en un centro comercial, que en un cargo directivo: ¿cómo se puede conducir la innovación sin saber cómo se innova o no haber innovado nunca?

Si hace medio siglo, el desarrollo económico y social de un país era inalcanzable sin una sociedad alfabetizada, hoy lo es sin una sociedad capaz de crear nuevos saberes. Esta es una de las razones por la que una política nacional de formación doctoral se ha convertido en una necesidad para el desarrollo en el mundo moderno. Es una de las razones del Decreto – Ley arriba mencionado.

La inclusión de la formación doctoral en el plan de vida de un estudiante universitario parece imprescindible si queremos que se alcancen nuestros objetivos sociales de bienestar y libertad plena para todos, bien repartidos y sin privilegios inmerecidos.

Parece evidente así la conclusión de que eso debe incluir también todo lo necesario para que puedan alcanzar una vida decente y competitiva con las de otras geografías, hoy muy atractivas cuando se trata de personas tan bien educadas como las de la Cuba revolucionaria.

Es cierto que la gran ventaja de trabajar para el bien de la Patria y de los seres más cercanos y queridos tiene un valor importante en la construcción del plan de vida de los jóvenes científicos sobre los que puede descansar el futuro de nuestra Patria y su Revolución.

Pero también lo es que el cimiento de tal actitud está en tener al menos la esperanza, al terminar los estudios universitarios, de que más temprano que tarde se solucionarán problemas vitales como la vivienda y el transporte, aunque sea modestamente y en proporción con el esfuerzo que ese graduado aporte a su sociedad.

¿Tenemos adecuadamente legislado y promovido el proceso completo, tanto para la formación doctoral como para la realización social de una inversión tan valiosa como son nuestros jóvenes doctores?

(*) Doctor en Ciencias. Preside el Consejo Científico de la Universidad de La Habana. Miembro de mérito y coordinador de ciencias naturales y exactas de la Academia de Ciencias de Cuba.»

Fuente: Cubadebate


Para qué sirve ser Doctor en Ciencias (II): La conciencia social

por Luis A. Montero Cabrera

Acto de entrega de títulos de Doctor en Ciencias, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, en Cuba, el 10 de abril de 2018. Foto: Abel Padrón Padilla/ ACN/Archivo.

La ciencia, la tecnología, el carácter innovador, el ejercicio de las normas y procederes para encontrar la verdad en la práctica socioeconómica, son formas de la conciencia social. La Revolución Cubana, sobre todo gracias a Fidel y al Che, tiene en su haber que se cambió la conciencia social decadente de la primera mitad del siglo XX, donde el saber y los sabios eran motivo de choteo, risa o lástima, por otra donde en la mayoría de la población predomina el respeto y apreciación por la sabiduría. Es algo que se menciona poco, ni siquiera en las muchas apologías que desbordan nuestros medios. En algunos momentos de la historia revolucionaria la ciencia casi llegó a tener el mismo sitial de admiración popular que nuestra antológica cultura artística o nuestro deporte.

Sin embargo, no estamos hoy sobre un lecho de rosas sin espinas. Hay bastantes. Muchos colegas piensan que esta situación de prestigio popular del saber y de los sabios se está revirtiendo ante la precaria situación que ha tenido el sostenimiento de nuestra ciencia en las primeras décadas de este siglo. Muchos comentarios al anterior artículo de esta serie dejaron entender que personas activas, intelectualmente lúcidas, dejaban opiniones impregnadas de un pragmatismo nihilista de la ciencia como sistema. Algunos manifestaron verdadera animadversión y hasta desprecio por la formación doctoral.

Esto parece ser un retoño desde las raíces de la conciencia social de nuestro pasado republicano que atisbó de nuevo en los años previos al período especial. Durante cierto tiempo, a finales de los 80 y principios de los 90 del pasado siglo, aparecieron críticas bastante generalizadas a los doctorados que venían desarrollándose con bastante éxito tanto en Cuba como en los países socialistas de Europa y la URSS. Esto se manifestó incluso dentro de los círculos de dirección de la propia comunidad científica cubana.

Su justificación se basaba en exigir un protagonismo desmedido de los resultados científicos inmediatos para el desarrollo del país. Algunos directivos que no estaban familiarizados con los procederes de la ciencia y la tecnología modernas esperaban que los científicos aplicaran y les trajeran de la mano la solución de los problemas a partir de sus propios resultados.

Se pensaba que si la ciencia es para desarrollarnos y si estaban formándose muchos doctores con primorosas tesis nacionales y europeas, ¿por qué no se sentía la utilidad de los resultados que obtenían para obtener el grado? ¿O es que esas tesis estaban siendo solo para recrearse egoístamente con el saber, satisfacer los intereses de sus tutores, y por lo tanto resultaban inservibles para crear riquezas a la sociedad que los formó con tanto sacrificio? A esto se sumaron algunos procedimientos corruptos de sociedades en descomposición en países del este de Europa. Algunos afirman que se llegaron a conceder en algunos casos ciertos “doctorados de solidaridad” a cubanos que no los merecían.

Afortunadamente, este tipo de razonamientos nunca se aplicó para objetar la música sinfónica, o el ballet clásico, o la poesía. Todas estas y muchas más manifestaciones artísticas y deportivas enriquecen nuestra conciencia social, pero son costosas económicamente y fuertemente presupuestadas en cualquier país del mundo. Su valor espiritual es inmenso, igual que el de las ciencias básicas, sin producción directa de riqueza material alguna.

La madurez y sabiduría de algunos de nuestros dirigentes, entre los que es preciso mencionar al Dr. Fernando Vecino Alegret, a la sazón ministro de educación superior, salvó la formación doctoral en esos tiempos. Se logró así preservar la competitividad de nuestras universidades en tiempos muy duros frente a un mundo diverso que se nos presentaba como única alternativa al desaparecer por su propio peso el sistema socialista europeo liderado por la URSS.

Todos hemos aprendido que la creación de una sociedad del conocimiento es tan compleja como el propio saber. Casi nada es consecuencia directa de otra cosa, salvo en casualidades muy contadas. Por otra parte, centros de ciencia para aplicaciones inmediatas creados por Fidel, del valor y la trayectoria de Instituto de Ciencia Animal (ICA) o la Estación Experimental de Pastos y Forrajes “Indio Hatuey”, han producido cientos de resultados perfectamente utilizables con los que Cuba podría ser el primer productor de proteína animal del mundo tropical.

Pero como no han existido políticas económicas y comunicacionales adecuadas, eso no ha ocurrido. La dura realidad es que todavía hoy las decisiones centrales de la agricultura en una oficina de La Habana son siempre más determinantes que la recomendación y la sabiduría de la ciencia y la tecnología para los productores directos.

Pueden producirse cientos de tesis doctorales y de doctores, algunas con aplicabilidad inmediata, y nada tendremos si no existe el sistema que permita que la economía del país sea innovadora. El socialismo europeo se lo trazó como consigna teórica, pero fracasó generalizadamente en ese aspecto, a pesar de los importantes éxitos en la carrera espacial y algunos otros campos, donde la centralidad era esencial y la competencia era internacional.

La educación doctoral es un componente indispensable del desarrollo en los tiempos actuales. Se trata de la fuente natural y superproductiva de personas formándose para que aprendan a investigar e investiguen con los métodos de la ciencia moderna, donde la verdad imparcial, innovadora y transparente es el principal estandarte. Los programas doctorales son parte de los recursos que cualquier país invierte en hacer avanzar la ciencia y la tecnología.

No se trata solo hacer doctores para llenar las plantillas de investigadores y docentes en universidades y centros científicos. Muchas organizaciones y consorcios los emplean para muchísimas actividades económicas, productivas y de apoyo donde resulte conveniente su nivel, iniciativa y saber hacer. Las personas entrenadas en el método científico suelen ser exitosas en muchas facetas de la vida. Los países avanzados en la economía, lo son también en la formación doctoral.

Un caso paradigmático para el empleo de los doctores en ciencias es para cuadros de dirección, y no solo de la ciencia, donde es obligado. Muchas organizaciones comerciales importantes tienen muy en cuenta favorablemente si la persona que van a emplear en un cargo gerencial tiene un doctorado. Para aplicar eso en nuestra realidad tendríamos que tomar en serio el saber, como hizo Fidel. Y no solo en nuestras consignas, sino en la práctica de la gestión diaria. La dirección del país lo tiene como sitio común en todas las intervenciones recientes. Tenemos que revertir deterioros y sembrar progreso e innovación en las bases, y también sostener nuestra conciencia social de respeto y amor al conocimiento.

Fuente: Cubadebate


Para qué sirve ser Doctor en Ciencias (III): Los doctores y la verdad

por Luis A. Montero Cabrera.

Varios doctores que han recibido premios y reconocimientos de la Comisión Nacional de Grados Científicos, del Ministerio de Educación Superior de Cuba. Foto: Ladyrene Pérez/ Cubadebate.

Lo mejor, lo más útil y trascendente de una política proactiva de formación doctoral son los doctores que gracias a ella se incorporan a la vida social. Un pueblo donde una proporción importante de su población está imbuida de las formas de hacer y crear de la ciencia y la tecnología tiene que ser un rico y capaz de prosperar ilimitadamente, aun en las condiciones más adversas. Una persona que se haya esforzado y aprendido la forma de hacer y crear hasta alcanzar el nivel de doctor en ciencias o tecnologías puede cambiar el mundo para bien, si se lo propone. Si además lo hace con todos y para el bien de todos es excelente.

Las tesis y los resultados que en ella se vierten son importantes, y pueden serlo mucho en algunos contados casos. Pero siempre están esencialmente destinadas a aportar una gota más de conocimiento en el gran caudal del saber de toda la humanidad. Nadie que esté familiarizado con la ciencia, y sobre todo con la ciencia contemporánea, puede concebir que su tesis tenga que necesariamente cambiar el mundo o aportar algo que haga mejores y más ricos a los humanos. Es solo la ciencia de todos, de la que esa tesis debe formar parte, la que lo puede hacer. En el mundo de hoy son muy pocos los resultados científicos “rompedores” que lo cambian todo. Es el saber de todos en todas partes, bien aprendido y aplicado el garantiza el progreso.

Una tesis doctoral puede ser de muy diversa índole. Puede consistir en el diseño de una nueva cuchilla para las máquinas cortadoras de caña y la demostración de sus ventajas o novedades de diseño. También puede ser el hallazgo de la presencia de un elemento químico en los anillos de Saturno. En cualquiera de los dos casos, uno enfocado directamente a una actividad de creación de valor económico y el otro a la creación se saberes, prevalece el propósito principal de formar un investigador independiente, un doctor.

Ese proceso de aprendizaje de la investigación independiente es el que conforma la formación doctoral donde un joven, y también no tan joven. Así nos damos cuenta de que lo que estamos edificando está basado en lo antes aprendido y publicado por cientos de otros autores. Al doctorando le toca poner su propio ladrillo en ese edificio del conocimiento humano. Si es oportuno, puede ser trascendental, pero si no, también cumple la misión más importante de hacernos más humanos con los nuevos saberes.

Resulta incontrovertible también que el progreso científico y tecnológico que hemos alcanzado como especie se debe a que lo desarrollamos sobre verdades objetivas. Se nos debe educar para encontrarlas, demostrarlas, divulgarlas, discutirlas y hacerlas patrimonio de toda la comunidad humana.

De alguna forma, la calidad de los sistemas educativos se mide no solo por el saber alcanzado y demostrado de los alumnos, sino también por las habilidades que exhiban para buscar nuevas informaciones, verdades, en la realidad objetiva. Una clase de “El mundo en que vivimos” en la que una niña o niño cubano se entere por sí mismo y muestre al maestro y sus condiscípulos la forma de germinar de un frijol, o las similitudes entre dos especies de mariposas, es la antesala de la formación de esos hábitos científicos de buscar y encontrar la verdad.

Estamos refiriéndonos a lo que muchos denominan como el método científico. Sus definiciones siempre son variadas y dependen de los autores de los textos dedicados a ello y que aceptemos como válidas. Pero hay formas de pensar y operar que resultan invariantes para cualquier definición y todas se basan en la búsqueda de la verdad, basada en evidencias, demostrable, divulgada y aceptada por todos, que además la pueden comprobar por sí mismos.

Esta práctica de la verdad es tan importante para el hallazgo de una nueva y revolucionaria utilidad del grafeno (material derivado del grafito), como para conducir un central azucarero con éxito, o como para gobernar y hacer prosperar una sociedad. Resulta bastante evidente que las habilidades para encontrar verdades objetivas que favorezcan estas actividades pueden adquirirse desde las clases de “El Mundo en que Vivimos” en la enseñanza primaria. Su máximo desarrollo se debe lograr con una avanzada educación especializada, la formación doctoral.

Los nuevos conocimientos que se obtengan en cualquier trabajo para la formación doctoral en muchas ramas del conocimiento en Cuba deben ser también refrendados por su publicación con incuestionable credibilidad. Para ello son sometidos a la crítica de revisores independientes y generalmente anónimos, en alguna parte del mundo, que permiten o no que el nuevo hallazgo se publique como algo original, que nadie haya encontrado antes. Estos procederes de “revisión por pares”, muchas veces anónimos para anular compromisos perturbadores, tienen una utilidad enorme para que podamos confiar en la verdad científica de un nuevo descubrimiento.

¿No sería muy bueno que de una forma u otra el método científico se incorporara a muchos procederes de la vida administrativa y política de una sociedad de todos como es la socialista? Por ejemplo, si un procedimiento de gestión comercial no logra satisfacer la demanda, que es su propia razón de ser, no se puede exhibir como exitoso, aunque haya sido concebido con las mejores intenciones y se haya implantado con la mayor dedicación. Un decisor con ciertas convicciones políticas y confianza en sus propios procederes puede orientar de cualquier forma que el mencionado procedimiento comercial deba seguirse usando. Sin embargo, si tiene una adecuada formación en la búsqueda de la verdad, la científica, cambiaría el procedimiento tanto como sea éticamente aceptable hasta que funcione realmente. Esta es una razón por la que la formación científica es hoy inexcusable para la conducción de cualquier proceso de la sociedad moderna.

Esperemos que una toma de conciencia social del valor de la formación doctoral y del papel que los doctores en ciencias y tecnologías deben desempeñar para el bienestar de la sociedad cubana nos permita incrementar su número, y que además podamos contar con ellos para el bien de la Patria. Es una forma de poner la verdad científica, aplicada a todo, en el lugar privilegiado que debe tener, tanto en la realización de la ciencia misma como en la gestión de todos los procesos de los que depende un socialismo que realmente sea próspero y sostenible.

Fuente: Cubadebate

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