A Pesar de la Gran Traición: Los Triunfos de la Revuelta

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por Adolfo Estrella (*).

Se está consolidando la gran traición, desde arriba, a la Revuelta. Una clase política desprestigiada avanza en el cierre de filas frente a las demandas de un país hastiado y movilizado.

La estrategia es la conversión de todo lo que ha ocurrido en calles y plazas en un binarismo, simplista pero efectivo, entre democracia y violencia. Y, por ende, entre demócratas y “violentistas”. La violencia “ha puesto en peligro a la democracia” dice Insulza, quien llamó a la represión en la primera hora de los acontecimientos. Waissbluth califica de “ayudistas” a todos aquellos que no comulguen con su paranoia gaga que ve conspiraciones por todos lados. Piñera tiene pesadillas con su enemigo “implacable y poderoso”.

Los discursos del poder alternan comprensión y condena a partes más o menos iguales. A la hipocresía de la compresión de las demandas sociales y los mea culpa beatos, sobreviene la voluntad de castigo por la transgresión que ha significado la Revuelta y el miedo que les ha suscitado. Su gran triunfo está siendo la conversión de la protesta en un asunto de orden público.

La estrategia consiste en construir mediáticamente la confusión entre el mayoritario deseo de revuelta y justicia social con el minoritario deseo de violencia y destrucción nihilista (aunado y mezclado con el policial). Los revoltosos son violentos por acción u omisión, declama el coro.

Las reivindicaciones sociales pasan ahora segundo plano detrás de las humaredas, barricadas y saqueos, más interesantes mediáticamente, aunque de oscuro origen, que los cabildos asambleas y, en general, todas las redes de cooperación social y de producción de vínculos que ha hecho posible la Revuelta de octubre.

La clase política, toda, mientras transmite burda ideología de matinal, se reúne un poco más seriamente y revisa su situación. Piñera almuerza con seis “analistas” entre los que se encuentra, como no podría ser de otra manera, Eugenio Tironi, siempre dispuesto a ofrecer sus servicios al mejor postor.

Se va consolidando la restauración neoliberal del modelo, probablemente con “rostro humano”. Se rescatan los “bonos” propios de la filantropía focalizada de los gobiernos concertacionistas, mientras se aumentan las dotaciones policiales y se continúa manteniendo su institucionalidad podrida.

Se busca que una crisis “del” sistema sea una crisis “en” el sistema. La voluntad impugnadora de la Revuelta y sus demandas apunta en la primera dirección. La voluntad restauradora de toda la clase política apunta en la segunda.

Se trata de la restauración del orden post-dictadura que esta revuelta se propuso derribar. La estrategia del poder es la de la contradicción: escucho demandas y declaro la guerra. El partido del orden vuelve con voluntad reparadora con ciertas pinceladas de aggiornamiento del orden previo.

Sobre la construcción mediática se está actuando y tomando decisiones que apuntan al diseño y restitución de una especie de Transición bis, es decir, un régimen político construido sobre la captura y domesticación de las energías sociales, primero liberadas en la lucha contra la dictadura. Ahora se pretende hacer lo mismo con las energías y utopías de la Revuelta.

En ambos casos se trata de tomar las riendas del poder, por arriba, instalándose como garantes de la posibilidad de su institucionalización.

El Frente Amplio está pagando su pecado original: su paupérrima vinculación con lo que han llamado desde siempre “movimientos sociales”. Nunca tuvieron tal vinculación porque la sociedad chilena en estas últimas décadas es una sociedad desarticulada y porque el llamado movimiento estudiantil, que proporcionó el grueso de la militancia en los grupúsculos iniciales, más algunos pocos gremios profesionales, no constituyen, en rigor, “movimientos sociales” sino más bien estructuras corporativas burocráticas.

La revuelta, que sí es expresión de la sociedad viva, los pilló enredados en batallitas menores, vergonzantes y caníbales, sin sensores organizacionales que les permitieran “ponerse delante de las demandas sociales”.

Probablemente la historia será cruel con el Frente Amplio que ahora sólo sobrevive asentado en el espectáculo triste de sus figuras más mediáticas y, por lo tanto, más alejadas de la energía social liberada en estos meses.

Su voto positivo a la ley “antisaqueos” y un inmediato y patético arrepentimiento, rubrica, una vez más, su deriva y su agotamiento como expresión política válida. La autodisolución debería ser su conducta ética más apropiada.

La expresión callejera de la Revuelta, comienza a dispersarse. Pero no su deseo. No sabemos las características de su latencia ni las circunstancias concretas de una nueva explosión. Toda revuelta es inefable. Siempre existe un resto no decible y no interpretable. Una revuelta es una vivencia no un campo estratégico.

La Revuelta no puede medirse por triunfos institucionales concretos ahora. Sin embargo, hay logros.

Entre ellos están los siguientes:

a) producción de una subjetividad rebelde y demostración de las energías des-constituyentes y dis-constituyentes de nuevas generaciones de chilenos.;

b) empoderamiento colectivo y aparición de nuevas identidades y reconocimientos mutuos;

c) cuestionamiento radical del orden neoliberal y sus vejámenes;

d) profundización y aceleración del proceso de deslegitimación de la clase política;

e) liberación de la palabra y ampliación del campo de lo “decible”. Nuevos temas, nuevos argumentos pronunciados por nuevos sujetos;

f) aparición y ampliación de espacios de creación e imaginación colectiva;

g) punto de partida para la configuración de formas organizativas cooperativas distintas a las tradicionales. Aparición de nuevos nodos y redes de cooperación horizontal y gestión del común…

Esto puede ser poco o mucho, según como se mire.

Para los impacientes y nostálgicos de las revoluciones y de la toma de los palacios de invierno, seguramente será insuficiente. Para los centristas de todo tipo, aquellos que gustan de insurrecciones ordenadas, con demandas «en la medida de lo posible » la revuelta es demasiado caótica y es deseable un camino de declive y absorción institucional.

Para los que creemos que los procesos sociales son de largo plazo y que es posible ampliar y vivir espacios liberados aquí y ahora, si bien la Revolución puede está clausurada, la Revuelta sigue abierta.

(*) Sociólogo, columnista del Diario La Quinta de Valparaíso

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