Informe Sobre Desigualdad Global: Rumbo de Colisión

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El 1% de las personas más ricas del mundo ha capturado en estos casi cuatro decenios un tercio de los ingresos mundiales, mientras que el 50% de los más pobres solo ha ingresado el 12%. Las clases medias mundiales, al contrario de lo que dictaba el tópico, son las que han visto más estancados sus ingresos y las que menos han ganado con la globalización.


Esta es una de las muchas conclusiones a las que llegan los más de 100 investigadores de los cinco continentes que han participado en la elaboración del Informe sobre la Desigualdad Global 2018 publicado el jueves 14 de diciembre por el World Inequality Lab.

«Este informe es el más completo hecho hasta ahora porque incluye información de todo los países, incluso de aquellos de los que no la había hasta ahora como China, Rusia o Brasil», asegura Clara Martínez-Toledano, investigadora participante en el estudio. Los datos arrojados son una fotografía muy detallada de la evolución de la desigualdad (tanto por ingresos como de riqueza) en el mundo hasta la actualidad.

Los autores, coordinados por el economista Thomas Piketty, especialista en desigualdad económica y distribución de la renta, no se limitan a exponer las estadísticas obtenidas tras cruzar millones de datos, sino que además apuntan las causas que las explican.

«Puede ayudar mucho a analizar la situación de los países y poder diseñar políticas encaminadas a combatir la desigualdad», añade Martínez-Toledano. Este no es un objetivo caprichoso de los redactores del documento, sino que lo manda el número 10 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la ONU que, entre otras metas, llama a «lograr progresivamente y mantener el crecimiento de los ingresos del 40% más pobre de la población a una tasa superior a la media nacional» para 2030.

De la lectura de los datos, los investigadores describen los factores que han influido en el mayor o menor aumento de la desigualdad en cada región y país.

«La diversidad de tendencias observadas desde 1980 muestra que la dinámica de la desigualdad de ingresos se encuentra influida por los contextos institucionales y políticos nacionales», aseguran.

Ejemplo de ello es el diferente ritmo de aumento de la desigualdad que han experimentado países que antes eran comunistas o con una rígida regularización y han vivido procesos de desregulación y privatización de la economía.

«El incremento fue particularmente abrupto en Rusia, moderado en China y relativamente gradual en India, reflejando diferentes tipos de políticas de desregulación y apertura llevadas adelante por estos países en las últimas décadas», explican.

«Otro de los factores que afecta es la política fiscal. Cuando los impuestos son bajos y poco graduales, como en Estados Unidos, se produce más concentración de los ingresos», expone Martínez-Toledano.

En este caso, la historia es reveladora. Europa occidental y Estados Unidos contaban con niveles similares de desigualdad en 1980, el 1% de la población que más ingresaba representaba el 10% del total de la renta en cada uno de los territorios. Sin embargo, en 2016, las situaciones son radicalmente distintas. En Europa occidental, ese 1% privilegiado percibió el 12% de todos los ingresos, mientras que en EE UU recibió el 20%.

Y no solo los que más ganan se quedan con una parte más grande del pastel, sino que los que menos ingresan vieron mermar sus ganancias. El 50% de las rentas más bajas se repartían el 20% del total del ingreso nacional en EE UU en 1980; el año pasado, la porción se redujo al 13%. Esta tendencia es compartida por todas las regiones aunque con números distintos.

«En Europa, sin embargo, la concentración es menor porque hay políticas fiscales más progresivas», apostilla Martínez-Toledano.

Además de las citadas políticas fiscales, hay otras causas que explican esta evolución. «También influye el acceso a la educación y el empleo. Así como la proporción de trabajadores que hay en los comités de toma de decisiones de las empresas», detalla Martínez-Toledano.

En este sentido, el informe dice:

«Investigaciones recientes muestran que puede existir una brecha inmensa entre el discurso público acerca de la igualdad de oportunidades y las que efectivamente existen en el acceso a la educación. En Estados Unidos, por ejemplo, de cada 100 niños cuyos padres pertenecen al 10% más pobre, apenas entre 20 y 30 acceden a educación universitaria, mientras que dicha proporción asciende a 90 en el caso entre los hijos del 10% más rico».

Por eso, los autores sugieren «realizar cambios en los mecanismos de admisión y financiamiento», de tal modo que se iguale el acceso entre todas las capas económicas de la sociedad.

Sus conclusiones son que «a escala mundial —con datos de China, Europa y Estados Unidos— el 1% más rico posee, en 2017, el 33% de la riqueza mundial, cinco puntos por encima que en 1980 (28%). El 50% más pobre, la mitad de la humanidad, nunca se ha tenido más del 2% de la riqueza global durante todo este período.

«Si las tendencias en cuanto al crecimiento de la desigualdad de la riqueza continúan, el 0,1% de la población más acaudalada poseerá más riqueza que la clase media global para 2050», alertan.

El Informe se basa en la recolección, producción y armonización de evidencia llevada a cabo por más de cien investigadores de cinco continentes, que contribuyen a WID.world y a la
World Wealth and income database.

El Mapa de la desigualdad

El Informe sobre la desigualdad global 2018, además de ofrecer una imagen del incremento de la desigualdad mundial, permite observaciones comparativas entre países y continentes, y levanta un cierto mapa geopolítico de los desequilibrios de riqueza y de ingresos.

Las cifras, ordenadas por este centenar de economistas, ayudan a comprender la evolución política del mundo desde el final de la Guerra Fría e incluso a establecer algún tipo de correlaciones con la crisis de la democracia representativa, el surgimiento de los populismos y las dificultades de gobernanza mundial. Rasgan, en cierta forma, el velo de una visión ingenua de la globalización y permiten pensar en un inquietante horizonte de inestabilidad mundial si sigue el crecimiento desenfrenado de las desigualdades entre países y dentro de ellos.

Un mundo más desigual es un mundo más inestable. El mapa de las desigualdades presenta correspondencias también con el mapa de la violencia, sea en forma de guerras civiles, sea en forma de violencia política o urbana.

Tal como ha señalado Martin Wolf, el incremento de la desigualdad que estamos experimentando a nivel mundial “es un pésimo augurio, no para la paz social, sino incluso para la supervivencia de las democracias estables basadas en el sufragio universal que emergieron en los siglos XIX y XX en los países actualmente de mayor renta” (Financial Times, 19 de diciembre).

El colmo de la desigualdad, como cualquier observador puede intuir, se halla en Oriente Próximo, donde el desnivel de riqueza es doblemente sangrante, entre los países petroleros del Golfo y el resto; y dentro, entre los ciudadanos de los países del Golfo y los trabajadores sin ciudadanía que hacen funcionar sus servicios y su sistema productivo. Solo en Brasil y Sudáfrica se encuentran unos niveles de desigualdad comparables. No es extraño que Oriente Próximo sea ahora mismo la región del mundo con más zonas de guerra y mayor flujo de refugiados.

El mapa de las desigualdades señala a Estados Unidos y Asia como las regiones de mayor crecimiento en estas cuatro décadas, a pesar de que es también en Asia, y especialmente en China, donde más personas han salido de la pobreza y donde las clases medias mayor provecho han sacado de la globalización.

Donde ha crecido la desigualdad con más moderación ha sido en Europa, que sigue siendo el continente más igualitario, en el que se mantiene lo esencial del Estado de bienestar construido en la posguerra mundial. Este es el territorio donde el 10% de los más ricos acumula menos riqueza, el 37%, en comparación con Oriente Próximo, donde se quedan casi con el doble, el 61%. Siguen India y Brasil, con el 55%; África Subsahariana, el 54%; EE UU y Canadá, el 47%; Rusia, el 46%, y China, curiosamente la más próxima a Europa, el 42%.

No hay Gobierno sin estadísticas ni hay Gobierno democrático sin debate público a partir de las estadísticas. Y eso es particularmente cierto cuando las estadísticas tratan sobre la distribución de la riqueza y, por tanto, afectan a las políticas de redistribución, es decir, a los sistemas fiscales, a la educación y a las inversiones públicas en infraestructuras. Los trabajos de Thomas Piketty nos anuncian un futuro muy próximo en el que el procesamiento y el análisis de los datos estadísticos globales, gracias al big data, abrirán caminos al conocimiento que ahora ni siquiera sospechamos, especialmente sobre la distribución de ingresos y patrimonios.

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