De Números, Política y Ciudadanía

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En los últimos meses se han puesto en marcha algunas campañas orientadas a fomentar el estudio de las matemáticas y el uso cotidiano de los números. La más mediática tuvo como protagonista a la Federación Rumana de Fútbol, que en marzo último decidió reemplazar los números dorsales en las camisetas de su selección con juegos y operaciones matemáticas simples.

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A ello se sumó una serie de ejercicios numéricos, oportunamente difundidos por la prensa, que desafiaban a los hinchas a calcular la distancia recorrida por los jugadores en el campo de juego, el puntaje acumulado por la selección en las eliminatorias o los goles marcados por los delanteros más reconocidos.

Todo esto era parte de un programa nacional impulsado por el gobierno de ese país para revertir los altos índices de ausentismo escolar. El maridaje entre matemáticas y fútbol fue una de las fórmulas escogidas.

Estas iniciativas no son muy usuales, pero deberían serlo si tomáramos en serio una preocupación recurrente entre especialistas en educación y profesores de matemáticas y estadísticas: las enormes brechas existentes en términos de “numerización” o “alfabetización numérica”.

 Se trata de un problema grave, pero que parece alarmar menos que el deterioro en la comprensión lectora. Si bien matemáticas y lenguaje tienden a ser las disciplinas básicas en todos los programas de medición de calidad educativa, las preocupaciones tienden a enfocarse en los resultados de la segunda, desestimando lo que se diga respecto a la primera.

Hábitos como este son los que diversos académicos e investigadores están tratando de derrotar haciendo visible el problema, reconciliando distintos tipos de saberes y masificando herramientas para la interpretación crítica del uso de material numérico.

Destacan aquí los trabajos de Terezinha Nunes, quien lleva décadas investigando las estrategias de reforzamiento de la aritmética escolar mediante la validación de la “matemática de la calle” (esa que ponemos en práctica al calcular un vuelto), o el de David Spiegelhalter, profesor de la Universidad de Cambridge, quien ha centrado parte de su trabajo académico en ayudar a la ciudadania a comprender de manera correcta la información que se transmite en gráficos y cuadros estadísticos, poniéndola en guardia frente a las manipulaciones que inundan el debate público y la prensa.

Más allá de las implicancias cognitivas y prácticas, los trabajos de Nunes, Spiegelhalter y tantos otros apuntan a una cuestión central de la imaginación política: la idea del ciudadano numerizado.

Que la expresión suene extraña es el síntoma más claro de que hablamos de un nexo que el tiempo y la política han vuelto ajeno, que aludimos a algo que escapa a nuestro sentido común. Esa distancia hoy se explica por el naturalizado convencimiento de que nuestros órdenes políticos se construyeron únicamente sobre la ubicuidad de la palabra escrita y el prestigio de los juristas.

Es una representación eficaz que cobra todo su sentido si pensamos en el ideario republicano y la imagen normativa del ciudadano moderno, ese sujeto alfabetizado que con el auxilio de las letras participa activamente en la construcción de su comunidad. Es un ciudadano que lee, pero que al parecer no cuenta. Es un ciudadano que escribe y descifra constituciones, pero que transita lejos del cálculo y la fiscalización de presupuestos. Es un ciudadano que respira al ritmo de la palabra y esquiva la regularidad del número.

Sabemos, sin embargo, que la numerización o alfabetización numérica fue uno de los frentes cruciales en la construcción de los órdenes políticos que siguieron al colapso del Imperio Español. En esa encrucijada, saber sumar era tan importante como leer. Hay un ilustrativo ejemplo sobre este punto.

En 1824 se planificó en Chile un censo de población que jamás llegó a realizarse. En el padrón donde se iban a registrar los datos de los encuestados, específicamente en la sección de alfabetización, se incluyó una pregunta que solo a nosotros puede parecer novedosa: aparte de rastrear lo esperable, esto es, cuántos ciudadanos leían, cuántos escribían y cuántos manejaban ambas destrezas, la autoridad quiso también saber cuántos podían contar. No hay registros de que la pregunta por la adquisición y uso de habilidades matemáticas haya aparecido en censos chilenos posteriores.

Se trataría de una pregunta olvidada. Lo que sí sabemos es que esta no era una preocupación excepcional en el contexto latinoamericano. Así lo demuestra una descripción estadística del distrito de Tulancingo, México, publicada en 1825.

En el cuadro referido a las escuelas de primeras letras, se anotó el total de estudiantes –por pueblo, hacienda o rancho– junto a la especificación del tipo de instrucción recibida, distinguiendo a los estudiantes que se formaban en materias religiosas de aquellos que aprendían a leer, escribir y contar.

Aunque haya sido más tarde ignorada, la pregunta incluida en el padrón del fallido censo de 1824 apunta a una temática relevante para los tiempos que corren: el bajo nivel de familiaridad de la ciudadanía con los numéros y sus diversas representaciones. Tal como en la comprensión lectora, aquí también reside un peligro.

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La ubicuidad numérica en la discusión pública contemporánea, el papel de las estadísticas en la elaboración y evaluación de las políticas públicas, la efectividad de un gráfico en el discurso político cotidiano, el uso de las matemáticas, en definitiva, como herramienta de persuasión en las sociedades modernas, todo debería alertarnos respecto a la necesidad de ampliar la visión convencional de lo que llamamos “alfabetización” y la urgencia de actualizar el vínculo entre educación numérica y ciudadanía. De seguro esto no nos hará mejores. Pero al menos nos blindará frente a las chapucerías que hemos debido tolerar en los últimos días.

Fuente: Red Seca

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