“Los propietarios de simple fuerza de trabajo, los propietarios de capital y los propietarios de tierras, cuyas respectivas fuentes de ingresos son los salarios, la ganancia y la renta de la tierra, es decir, los obreros asalariados, los capitalistas y los terratenientes, forman las tres grandes clases de la sociedad moderna, basada en el régimen capitalista de producción.»

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Con estas palabras inicia Marx el capítulo cincuenta y dos del tercer libro de El Capital, del cual sólo alcanzó a escribir una página, que tituló precisamente «Las Clases.»

En Chile siglo y medio más tarde, los que mandan son éstos últimos, quienes se han apropiado la tierra, el subsuelo y las aguas, cuya principal fuente de ingresos es la renta que proporciona su escasez relativa, así como la que generan artificialmente coludidos en todos los demás mercados.

Son empalagosamente omnipresentes además, puesto que se aplauden solos todo el tiempo desde su monopolio de medios de comunicación.

Los auténticos capitalistas, es decir todos aquellos que contratan trabajadores para producir bienes y servicios y venderlos en mercados competitivos, son muy numerosos, de tamaño mediano y pequeño en su abrumadora mayoría, bastante bien preparados y se sacan la mugre a diario, esquilmados por los banqueros y monopolios de todo tipo y sin protección mayor del Estado, cuyas políticas están dictadas por los grandes rentistas, quienes han cooptado all sistema político por medios legales e ilegales.

Se los ha confinado a industrias que tienen protección natural, como la construcción, transporte y servicios productivos diversos como cafés, restaurants, e infinitos otros que brotan todo el tiempo por todas partes como los brotes verdes después de la lluvia.

Los obreros asalariados, por su parte, parecieran haberse extinguido. De ellos no se habla nunca, excepto para decir que ya no existen y ni siquiera se los llama por su nombre, a pesar que su número ha alcanzado un récord de diez millones sobre una población de 13,9 millones de personas mayores de 16 años.

En un mes promedio más de cinco millones y medio están contratados formalmente, contingente que hasta febrero del 2016 seguía creciendo más de dos por ciento por año. Las personas ocupadas cambian todos los meses, puesto que constantemente son contratados y despedidos de trabajos asalariados de corta duración.

Sólo uno de cada diez permanece contratado todo el año, mientras dos tercios perciben salarios un mes si y el otro no, en promedio. En el intertanto laboran por cuenta propia o permanecen cesantes y casi un millón de mujeres ni siquiera busca trabajo fuera de temporada. La economía chilena ofrece empleos muy precarios.

Los asalariados ocupados a febrero del 2016 están en su récord histórico de 40 por ciento de la población de 16 años y más, proporción que alcanza a 47,6 por ciento en el caso de los hombres y 32,8 por ciento las mujeres, las que hoy representan un 72 por ciento del contingente masculino.

Las mujeres ocupadas aumentan más rápido que sus compañeros hombres, explicando más de la mitad del incremento del empleo asalariado en las últimas dos décadas, período en que su número se ha multiplicado dos veces y media mientras los asalariados ocupados totales se han duplicado.

La importancia de las asalariadas mujeres es aún más relevante en años recientes, puesto que la proporción de ocupadas respecto de la población femenina de 16 años y más ha seguido creciendo, mientras la proporción respectiva de hombres de hecho ha venido retrocediendo levemente desde que el precio del cobre empezó a caer en el 2011.

En el último año ellas explican el 62 por ciento del incremento del número de asalariados.

La proporción de asalariados ocupados respecto de la población de 16 años y más es quizás el indicador más preciso del empleo y la estructura social de un país y por lo tanto de su actividad económica general.

En el caso de los EE. UU., por ejemplo, dicha proporción  alcanzaba a mediados del siglo pasado a un 40 por ciento, similar a la chilena de hoy. Desde entonces ha venido oscilando hacia arriba, reflejando claramente cada uno de los ciclos económicos de corto plazo y también las turbulencias de las crisis seculares de las décadas de 1970 y 2000.

De este modo, alcanzó un récord histórico de 62 por ciento de la población de 16 años y más en el año 2001, para luego retroceder hasta 55 por ciento el año 2012, desde cuando se ha venido recuperando hasta un 56,7 por ciento en febrero del 2016.

En el caso chileno, los asalariados ocupados representaban un 29 por ciento de la población de 16 años y más en 1995, proporción que subió hasta 31 por ciento en 1998 en la víspera de la crisis asiática, para luego retroceder a niveles de 30 por ciento durante todo el gobierno de Lagos y no recuperar sino hasta el 2006 su nivel anterior al inicio de la crisis.

Desde entonces ha continuado creciendo hasta alcanzar su récord histórico actual de 40 por ciento de la población de 16 años y más, aunque gracias a las mujeres desde el 2011.

Éstos y otros rasgos de los asalariados chilenos se conocen con extraordinaria precisión gracias a las estadísticas del sistema de AFP, el único aspecto indiscutiblemente positivo de este esquema, las que comprueban también el carácter del mismo, diseñado precisamente para expoliar una parte, bueno, de los salarios.

Mensualmente se revisan las cuentas individuales de sus diez millones de afiliados, los que representan el 72 por ciento de la población de 16 años y más, proporción que sube hasta más de 98 por ciento en las cohortes entre 30 y 55 años que son las más activas.

La abrumadora mayoría registra cotizaciones en los últimos tres años y la casi totalidad de éstas corresponden a trabajadores dependientes. De este modo, las estadísticas mensuales de la Superintendencia de  Pensiones representan un censo de la fuerza de trabajo real y concreta, identificada con RUT, nombre y apellido.

En base a ellas, CENDA ha construido un conjunto de indicadores mensuales de actividad económica interna, IMACEI-CENDA, de los cuales se obtienen los datos de esta nota.

Resulta sorprendente la correlación entre el número de cotizantes totales y la actividad económica. Se mueven casi exactamente al unísono, lo que permite calcular el producto interno bruto (PIB) sólo en base a los primeros con notable precisión.

Ello permite afirmar, por ejemplo, que el aumento del empleo femenino explica casi por sí sólo la mitad del crecimiento del PIB en las últimas dos décadas, período en que se ha duplicado al igual que el número de cotizantes totales.

Desde 1995, el número de cotizantes ha venido creciendo a una tasa promedio de 3,4 por ciento anual, muy parecido al PIB que creció al 3,6 por ciento. Las remuneraciones imponibles reales han subido un 2,6 por ciento por año, por lo cual la masa de remuneraciones, es decir el número de cotizantes multiplicado por su ingreso imponible, ha venido aumentando a una tasa de seis por ciento anual, poco menos del doble que el PIB.

Por este motivo, la participación de la masa de remuneraciones en el PIB ha subido desde un 22,5 a un 35,5 por ciento en este período. Esa participación sigue siendo muy baja, puesto que en los países desarrollados es del 60 por ciento del PIB o más.

Adicionalmente, el sistema de AFP reduce dicha participación, puesto que se apropia de una parte significativa de la masa de remuneraciones. En efecto, en marzo del 2016, el sistema de AFP en su conjunto, incluyendo AFP y compañías de seguros, pagó un total de 1.128.656 pensiones con un monto promedio de $202.192 por persona, lo que amonta a un total de 228.206 millones de pesos en el mes.
A una tasa de 12,54% de las remuneraciones imponibles, las que promediaron $687.718 por persona, las cotizaciones obligatorias recaudadas sumaron 488.682 millones de pesos, es decir, más del doble de lo pagado.

En los últimos doce meses las cotizaciones obligatorias recaudadas por las AFP fueron 2,18 veces superiores a las pensiones pagadas y el excedente resultante de cotizaciones obligatorias menos pensiones pagadas alcanzó a 2,41 por ciento del PIB.

Las clases sociales no son invento de Marx. Las acá mencionadas eran claramente identificables ya en la Inglaterra decimonónica y su denominación correspondía al sentido común de su época.

Aparte de éstas que son las que corresponden al modo de producción capitalista, en las formaciones sociales concretas coexisten otras de modos anteriores, como la pequeña producción independiente que es bastante extendida en países como Chile, donde los trabajadores por cuenta propia y familiares no remunerados representan poco menos de un tercio de los asalariados en un mes cualquiera, según estima el INE.

Por otra parte, existen muchísimas personas que no están involucradas en la producción y venta de mercancías, incluidos algunos asalariados como el servicio doméstico, funcionarios del Estado y todos los que no venden lo que producen, además, por cierto de los que no trabajan.

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En fin, la economía política es asunto complejo de muchas facetas y la sociedad muchísimo más.

El tema de las clases sociales es complejo pero una cuestión es clara: la clase de los asalariados no ha desaparecido en Chile ni mucho menos.

¿Porque una clase tan numerosa aparece hoy tan disminuida en su influencia?

La respuesta es asimismo compleja y desborda con mucho el espacio de la economía política, pero al menos un aspecto de la misma pertenece a este ámbito.

La hegemonía de los rentistas ha reducido el espacio de su ocupación productiva a menos de la mitad. El resto se encuentra ocupada en el comercio y servicios personales y sociales, actividades que generan poco valor agregado y por lo tanto resta a sus trabajadores capacidad de influencia.

Pero queda en pie lo fundamental.

Los diez millones de afiliados a las AFP son quienes mueven el país entero. Uno de estos días se lo van a recordar a los que mandan dejando de hacerlo. Entre otras demandas seguro que van a exigir terminar con las AFP, pero van a conservar sus estadísticas.

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