El senador Ignacio Walker una vez más ha hecho noticia por criticar la, tal vez, más emblemática de las reformas de la Nueva Mayoría: el proyecto que busca desarrollar, de manera progresiva, un sistema de educación superior que sea gratuito.

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Específicamente, el ex presidente de la Democracia Cristiana (DC) declaró que “la gratuidad universal es conceptualmente dudosa e imposible de financiar“.

De esta forma, para el senador la gratuidad no sólo sería una medida inviable (por la falta de recursos), sino también una política no deseable, ya que sería injusta, toda vez que con su aplicación los más pobres estarían subsidiando la educación de aquellos que podrían pagar sus propios estudios.

Aunque en columnas anteriores hemos desarrollado algunos argumentos conceptuales para discutir la lógica de algunos de estos argumentos, las posibles consecuencias y las vicisitudes de esta política, el inminente envío del proyecto de ley sobre la materia hace necesario reflexionar y discutir sobre las declaraciones realizadas por el personero DC.

I. La profecía auto-cumplida y el modelo de desarrollo

Una primera discusión tiene que ver con la idea de que la gratuidad es inviable económicamente. Al respecto, creemos posible esbozar dos argumentos en contra de esta idea.

En primer término, y desde una mirada histórico-política del problema, cabría preguntarse en qué medida la supuesta falta de recursos para la implementación de la gratuidad no es más que una “profecía auto-cumplida”. Vale recordar que la reciente reforma tributaria tenía como principal finalidad financiar la futura gratuidad universitaria.

Coincidentemente, los sectores que al interior de la Nueva Mayoría se han opuesto a esta política fueron los principales articuladores de la “cocina” que terminó por restringir el alcance de la reforma tributaria, comprometiendo de esta manera los recursos necesarios para la ampliación de la gratuidad.

Visto en perspectiva, vale la pena preguntarse entonces: ¿No hubo tras de esas maniobras un intento de inviabilizar, desde sus orígenes, la política de la gratuidad? ¿En qué medida la gratuidad es realmente una política inviable, y en qué medida esta inviabilidad fue puramente fabricada?

Desde nuestra opinión, la idea de la inviabilidad es una pura construcción técnica-política, desarrollad por el partido transversal, a través de un entendimiento rígido de la política fiscal (ya que piensa la recaudación como algo inamovible), de la macropolítica (ya que supone escenarios conservadores) y de la economía política (ya que restringe los beneficios de mediano y largo plazo de esta política).

En segundo lugar, y desde una perspectiva más conceptual, es importante recordar que la idea de la inviabilidad de la gratuidad se sustenta en la sostenida baja que ha sufrido el precio del cobre, materia prima responsable por la mayor parte de nuestro PIB y de la recaudación fiscal.

Sin embargo, es posible preguntarse ¿no es la caída del precio del metal rojo una clara señal de nuestra dependencia y vulnerabilidad económica y, por tanto, una alerta respecto de la necesidad de repensar nuestra matriz productiva y nuestro sistema educativo?

Si consideramos que en el sistema de educación superior (técnico y profesional) y en el desarrollo de una política de Ciencia y Tecnología consistente están las posibles claves para la superación de nuestra posición subordinada en la división internacional de trabajo; entonces la caída del precio del cobre más que llevarnos a pensar que la educación es un “costo” prescindible, debería convencernos de que es, más bien, una “inversión” para que nuestro proyecto de país no dependa de los vaivenes de la Bolsa de metales de Londres. Desde esta lógica, el proceso de desaceleración no haría menos inviable la implementación de la política, todo lo contrario: la hace más necesaria.

II. La injusticia de la gratuidad y la visión de conjunto

El segundo argumento del senador afirma que, además de inviable, la implementación de la gratuidad en la educación superior sería innecesaria, pues representaría una política injusta. Pero, ¿es realmente injusta la implementación de la gratuidad? Dos pequeños comentarios pueden hacerse a este respecto.

En primer término, y partiendo de una visión de conjunto de toda la política de educación superior, es necesario indicar (recordar a estas alturas) que la implementación de la gratuidad no se desarrolla “en la nada”, sino que está organizada como una medida más que permita generar un sistema que entienda a la educación como un derecho.

En este sentido, la implementación de esta medida no se limita sólo a la entrega de un beneficio, ya que construye (en términos sociológicos, performatea) la propia realidad que pretende transformar, rehaciendo lo que se entiende por universidad  (la que se entiende como un espacio común y no diferenciado de construcción de ciudadanía) y por educación (la que se entiende como un bien público y no privado).

De esta forma, la implementación de la gratuidad no es solo la implementación de un beneficio económico, siendo una política de transformación de la realidad universitaria.

Por otra parte, y desde un punto de vista más empírico, es importante reconocer que actualmente las Universidades del Consejo de Rectores concentran a sus alumnos en los deciles de mayores ingresos, por lo que la implementación de la gratuidad podría beneficiar proporcionalmente más a estos estudiantes.

Este argumento, sin embargo, es errado por dos motivos. En primer lugar, por que desconoce el carácter dinámico de los sistemas, que se transforman de manera importante cuando se introducen cambios como este.

Por otra parte, porque este argumento desconoce que la política de gratuidad puede (debe) necesariamente ir acompañada de una política de ingreso y admisión que corrija las desigualdades provocadas por el Sistema de Educación Superior (sistemas de ingreso complementarios, propedéuticos, programas de acompañamiento, cuotas para estudiantes de colegios públicos y de bajos ingresos, por ejemplo), que permita corregir el sesgo de clase que actualmente posee nuestro sistema de ingreso, generando así las condiciones para que los principales beneficiarios de la gratuidad sean los estudiantes más vulnerables.

III. Conclusión

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Hoy, la promesa de educación gratuita está en un punto crítico: en los próximos meses definiremos el futuro de la educación superior de los próximos 15 o 20 años.

Pero, más que estar en una verdadera crisis, todo parece indicar que lo que se ha construido es un “tigre de papel” o un “espectro fantasmal” poco real, del que Ignacio Walker ha sido uno de sus principales gestores y fabricantes.

Fuente: Red Seca

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