“No sé qué me pasa”

Fue lo primero que dijo José Raúl Capablanca al terminar la primera jornada. Su indisciplina le había pasado factura. Acababa de perder una partida contra Alekhine por primera vez en su vida y probablemente se arrepentía de no haberse tomado el enfrentamiento lo bastante en serio, de haberse dispersado justo antes del comienzo de la final.

La victoria inicial de Alekhine fue una pequeña (o gran) sorpresa pero parecía fácil de explicar porque era público que Capablanca no había estado centrado en la previa. De hecho, durante las siguientes partidas el cubano le dio rápidamente la vuelta al resultado: tras unas tablas en la segunda partida —ambos contendientes parecían tan sorprendidos por lo sucedido en la primera que jugaron con mucha cautela— y ansioso por igualar, se impuso con claridad en la tercera. 1-1.

El empate a un punto se convirtió en ventaja de 2-1 para el cubano cuando ganó también la séptima partida. Se había recuperado del tropiezo en solamente seis partidas y el susto inicial, creían muchos, se había quedado en eso: en un simple susto.

Pero aunque Capablanca había tomado por fin la delantera, algo no estaba marchando como se suponía que debía marchar. Alekhine no estaba jugando exactamente con el estilo que se esperaba de él.

Su juego era ahora más posicional, más lógico y más seguro, con menos jugadas espectaculares pero también con menos errores. Más parecido al del cubano, algo que desde luego nadie había previsto. Era como ver a Federer imitando repentinamente el estilo de Nadal, o viceversa.

Y lo más sorprendente, no se percibía la apabullante superioridad de otros tiempos, cuando Alekhine estaba condenado a aspirar como mucho al empate. Capablanca se había respuesto rápidamente con dos victorias, sí, pero estaba teniendo que trabajárselas más de lo previsto. El ruso estaba jugándole casi de tú a tú… ¿cómo era esto posible?

Convencido de que nunca podría vencer al campeón con aquellas arriesgadas combinaciones de ataque en las que Capablanca encontraría siempre fallos que aprovechar, Alekhine había pasado mucho, muchísimo tiempo estudiando el estilo de su rival.

En una época donde se consideraba que el ajedrez de Capablanca era inatacable porque sencillamente se basaba en la superioridad innata de sus procesos de pensamiento, Alekhine se había tomado la —en principio inservible— molestia de analizar al más mínimo detalle cuáles eran los tics habituales del estilo del campeón, cómo solía concebir sus planes, cómo respondía a los planes del contrario.

Alekhine, el artista, había trabajado duramente para ser capaz de jugar también de forma muy parecida a una máquina. Aquella transformación estilística hasta el punto de casi equiparar su juego al de alguien que lo practicaba de manera natural desde los cuatro años de edad era algo que nadie había considerado posible.

Y mucho menos lo había creído posible el propio Capablanca, que no daba crédito al rendimiento del ruso. Durante aquella final, incluso las partidas que terminaban en tablas estaban empezando a ser tensas, disputadas y costosas. Pese a la ventaja del campeón en el marcador, el público y los comentaristas se agitaban sorprendidos. Alekhine, usando términos pugilísticos, había dejado de salir al ring para noquear al contrario como era su costumbre; ahora se limitaba a responder a cada golpe de Capablanca con un golpe similar.

En tales circunstancias de imprevista “casi” igualdad, un 2-1 a favor de Capablanca, empezó a parecer una ventaja demasiado pequeña: bastaba un pequeño cambio para que la “casi” igualdad se transformase en igualdad completa.

El ambiente de la final, pese a que sólo se había llegado a un desenlace decisivo en tres partidas, empezó a espesarse. La tensión crecía día a día. Era como ver a Mozart sentado al piano improvisando… y que de repente otro músico hubiera sido capaz de improvisar prácticamente tan bien como él.

Otro Golpe

En la undécima partida, Alekhine simplificó el juego haciendo precisamente lo que teóricamente convenía a Capablanca y lo opuesto de lo que teóricamente le convenía a él. Jugando con la “sencillez” más propia de su rival, Alekhine llegó al final de la partida con un peón pasado, una ligera ventaja de esas que tan bien había explotado el cubano durante toda su carrera.

En un larguísimo, tenso y delicadísimo final de partida, donde el más imperceptible error podía suponer la derrota, Capablanca se intentó defender como gato panza arriba ante alguien que estaba jugando exactamente a lo mismo que él había jugado siempre, y que además estaba haciéndolo igual de bien.

Alekhine, con una precisión y sangre fría admirables, conservó su pequeña ventaja para llegar a un desenlace milimétrico a su favor. Empate a 2. El ruso había igualado de nuevo la eliminatoria haciendo lo que se consideraba imposible: ganando a Capablanca con el estilo de Capablanca, en su propio terreno y con sus propias armas.

Aquella segunda derrota ya no podía ser considerada un accidente. Quienes analizaban la partida se daban cuenta de que simple y llanamente Alekhine había sobrepasado al cubano en su propio juego.

El “shock” que sufrió el hasta entonces intocable Hijo de los Dioses fue tan pronunciado que perdió también la siguiente partida, en la que —afectado por una repentina inseguridad— no consiguió estar suficientemente concentrado y seguro de sí mismo. 3 a 2 a favor del aspirante, y lo que había sido un paseo cantado para el campeón se estaba transformando en un drama psicológico al que la prensa empezó a describir como “una guerra”. Y eso que la I Guerra Mundial estaba bien reciente. Así de tensas estaban las cosas.

Capablanca, sin embargo, se recompuso del bache provocado por el repentino descubrimiento de que había alguien en el mundo que podía sobrepasarle en su especialidad y volvió a concentrarse en defender su título. Pero para entonces Alekhine no sólo había comprobado que podía plantarle cara al cubano, sino que sabía que el tiempo jugaba a su favor.

El ruso era un jugador acostumbrado a la lucha y la tensión continuas, mientras que Capablanca siempre lo había tenido fácil, nunca había tenido que luchar para vencer y no estaba acostumbrado a los titánicos esfuerzos mentales —y sobre todo anímicos— que requería un enfrentamiento largo y duro como aquel.

Era el Mozart del ajedrez, sin duda, y podía sentarse ante el piano y tocar con más facilidad que nadie… pero Alekhine lo estaba obligando a construirse un piano nuevo desde cero. Ese era una clase de esfuerzo que Capablanca jamás había tenido que afrontar.

Con Alekhine ahora por delante en el marcador la batalla se transformó en una tortura mutua. Con un igualadísimo nivel de juego terminaron en empate nada menos que ocho partidas consecutivas, y no eran empates fáciles, sino luchas intensísimas marcadas por la incertidumbre en las que empataban porque ninguno de los dos quería ceder un milímetro, jugando al límite de sus posibilidades. La final llevaba camino de cumplir un mes desde la primera partida, estaba habiendo muchas tablas y quedaba todavía mucho por decidir.

Lo cierto es que nadie había esperado una batalla tan épica. Quienes había vaticinado que Capablanca barrería (esto es, prácticamente todo el mundo del ajedrez salvo excepciones como el gran maestro Richard Reti, quien había visto trabajar a Alekhine y, completamente contracorriente anunció lo que iba a suceder) ni siquiera sabían qué decir al respecto. Si se miraba las partidas sin saber quién llevaba blancas o negras, apenas podía distinguirse a uno del otro.

Todo el estudio y preparación de Alekhine habían dado su fruto y había alcanzado por el trabajo el mismo nivel de claridad que Capablanca tuvo desde niño como un regalo de la naturaleza. A lo que había que añadir su fantasía ofensiva —que apenas estaba empleando, pero que podía surgir en cualquier momento y Capablanca lo sabía, lo cual le obligaba a redoblar precauciones— y también había que sumar, como decíamos, su entrenamiento, disciplina y capacidad de lucha, muy superiores a las del campeón cubano acostumbrado a divertirse entre una partida y otra.

Fue un ejemplo de cómo la preparación en ajedrez iba a marcar el futuro de ese deporte. Tras aquellos ocho tortuosos empates consecutivos Alekhine ganó una nueva partida, adelantándose 4-2… ya sólo necesitaba dos victorias para ser campeón y la tensión alcanzó niveles volcánicos. Se mascaba el drama no ya en cada partida, sino en cada movimiento.

Después vinieron ¡otros siete empates seguidos! que no modificaban el marcador pero iban agotando progresivamente a Capablanca, sometido a una presión y exigencia completamente nuevas para él. La final se estaba convirtiendo en uno de los eventos competitivos más crudos y prolongados del siglo XX. Ambos jugaban como máquinas, sin cometer apenas errores  y por tanto estaba siendo el match por el título más largo que se había visto jamás.

La partida nº29 (ya llevaban veintiocho partidas, ¡y sólo seis veces habían podido quebrarse mutuamente!) fue ganada por el campeón: en otra larguísima y tensa demostración de sutilezas posicionales por parte de ambos jugadores, el cubano llegó al final con un peón de ventaja y lo aprovechó con su metódica precisión… no sin tener que esforzarse ante la tenaz resistencia del aspirante. 4-3.

Capablanca se había acercado en el marcador, pero para entonces ya era demasiado tarde y había alcanzado sus límites de resistencia. Abrumado después de semanas y semanas de insoportable tensión emocional, su poder fue quebrantado por Alekhine quien, bastante más entero, se anotó las dos victorias que necesitaba durante las cinco partidas siguientes.

Así pues, Alexander Alekhine, el hasta entonces eterno número dos, se proclamó campeón del mundo, con un resultado total de +6-3=25 (¡veinticinco durísimos empates en total!) frente a la “máquina del ajedrez”. El mundo de las sesenta y cuatro casillas entró en estado de “shock”. El invencible había sido vencido.

La derrota de Capablanca fue un acontecimiento de enorme repercusión internacional, porque parecía romper el aura mágica que había rodeado al que era considerado uno de los mayores genios vivientes, un intelecto superior que había despertado intriga y admiración a lo largo y ancho del globo y que tenía en su época una reputación no muy distinta a la de un Einstein.

Por descontado, ni que decir tiene, la palabra que inmediatamente estuvo en boca de todo el mundo era la palabra “revancha”. Era de dominio público que Capablanca había descuidado su preparación y que Alekhine, a base de estudio y análisis, le había tomado por sorpresa.

Pero ¿qué ocurriría si por una vez en su vida el genio cubano se ponía a trabajar en su entrenamiento? ¿Podría Alekhine seguir estando a su mismo nivel? Capablanca se mostraba visiblemente ansioso, casi desesperado, por celebrar esa esperadísima revancha cuanto antes.

Siempre se había tomado el ajedrez con la ligereza propia del virtuoso elegido por algún designio celestial, pero ahora recuperar su título y su estatus era cuestión casi de vida o muerte. Desde que tuvo cuatro años de edad nada ni nadie había puesto en tela de juicio su grandeza… hasta que Alekhine le había destronado con todos los méritos y sin excusas posibles.

Era hora de vengarse. Pero la rivalidad iba a tomar un giro desagradable que nadie podía prever. La rivalidad deportiva iba a transformarse en una enemistad personal repleta de rencor y odio cuando los acontecimientos no siguieron el curso esperado.

Las respectivas personalidades de ambos rivales iban a revelarse en todas sus luces y sombras ante el mundo entero, en una sucesión de desencuentros que primero sorprenderían, después indignarían y más tarde frustrarían a aficionados de todo el planeta. La primera batalla había terminado, pero la guerra iba a ser eterna… y de ninguna manera limpia.

Fuente: Jot Down

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