Cuando no competía y lejos de dedicarse a estudiar ajedrez, a Capablanca le gustaba desenvolverse entre la alta sociedad, donde era muy bienvenido por sus maneras elegantes, propias de galán cinematográfico. Era mujeriego, disfrutaba jugando al billar y al póker, pero sin embargo su imagen pública no era la de un golfo vividor sino que resultaba un embajador impecable para el deporte de los escaques.

Era extremadamente educado, con el punto justo de modestia. Amable con todo el mundo, encantador sin excesivas zalamerías, y nunca tenía un mal gesto para nadie. Capablanca poseía, además de talento, cualidades de estrella: de hecho, se transformó en toda una celebridad mundial, algo que no volvería a suceder con un ajedrecista hasta la llegada de Bobby Fischer. Pero al contrario que Fischer, Capablanca no estaba obsesionado con el tablero y disfrutabaalegremente  los placeres de una existencia mundana. La vida sacrificada del ajedrecista era algo que él no conocía.

Una derrota ocasional de vez en cuando, en una partida aislada, es algo que incluso el mejor jugador del mundo sufre habitualmente. Es muy raro que en un match importante entre dos de los mejores maestros del mundo uno de ellos no consiga al menos un punto. Al igual que en el tenis, donde en las grandes finales es improbable (por no decir casi imposible) ver un 6-0, 6-0, 6-0. En el ajedrez de élite, el más pequeño fallo —imperceptible no sólo para aficionados sino incluso para muchos especialistas— puede conducir a perder una partida.

Todos los jugadores son humanos y todos pierden una partida de vez en cuando. Estas ocasionales derrotas eran lo único que recordaban a José Raúl Capablanca que era, de hecho, humano. Con todo, su porcentaje de partidas perdidas era ridículamente bajo.

Su superioridad sobre todos los demás jugadores era tal que se le había apodado “la máquina del ajedrez”. Nadie, ni aun los propios grandes maestros, podía entender muy bien de dónde provenía aquella capacidad para jugar de forma tan aparentemente perfecta. Especialmente teniendo en cuenta que nunca se molestaba en estudiar o entrenar. Pero, ¿de dónde provenía aquella superioridad?

Llama la atención el que al principio no tuviese ni siquiera un único rival de entidad que pudiese preocuparle. Sabemos que Kaspárov tuvo a Kárpov y que Fischer tuvo a Spassky, pero durante bastantes años Capablanca no fue puesto en aprietos por nadie. Estaba él, y después, tras un considerable abismo, estaba el resto de ajedrecistas. Lo más curioso es que su estilo de juego era relativamente sencillo. Él mismo lo explicaba:

“El estilo de mi juego no se corresponde totalmente a mi temperamento sureño. Siempre juego con cautela y evito los riesgos, porque me gusta la sencillez… tengo por principio no arriesgarme en las partidas decisivas”

Su forma de jugar era simple en apariencia, como simples en apariencia son las melodías de Mozart frente a las complicadísimas armonías y contrapuntos de Bach. Capablanca no jugaba al ataque ni se metía en complicaciones. Sólo miraba el tablero, detectaba una pequeña debilidad en la estrategia de su adversario y se dedicaba a hacer siempre la jugada correcta sin más ambición que mantener esa pequeña ventaja hasta el final de la partida.

Ni los jaques sorprendentes ni tampoco las combinaciones “imposibles” iban con su forma de jugar, lo suyo era el ajedrez “posicional”. Si su arma era la sencillez, lo era precisamente porque le resultaba tan fácil detectar de un vistazo y explotar el más mínimo desequilibrio estratégico en la posición del adversario.

No necesitaba hacer más que esperar a que dicho desequilibrio apareciese sobre el tablero. Mientras sus rivales calculaban desesperadamente cómo hacerle frente, Capablanca se limitaba a responder con un ajedrez sin florituras, pero sin fallos. Su porcentaje de errores era muy bajo y en una época en que no existían los ordenadores,  lo más parecido a una computadora que la humanidad conocía se llamaba José Raúl Capablanca.

Cuando de vez en cuando perdía una partida, como decíamos, esto le recordaba que no debía distraerse más de la cuenta. Pero es que durante un periodo de siete u ocho años llegó a no perder ¡siquiera una partida aislada! Eso es algo que no ha hecho Roger Federer en el tenis, por ejemplo. Es fácil imaginar lo frustrante que aquello resultaba para sus rivales. Especialmente para uno de ellos: “el mejor de entre todo el resto”.

Fuente: Jot Down

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