El estilo de juego de aquella partida no recordó a las correosas maniobras posicionales del mundial de 1927, sino que fue más bien un duelo de triquiñuelas, como si Capablanca estuviese jugando a “cazar al cazador”.

Alekhine se dejó de precauciones e hizo una de sus famosas combinaciones enrevesadas, quedando con una muy ligera superioridad de piezas (dos poderosas torres frente a dos alfiles y un caballo).

Era justo la clase de combinación con la que Alekhine había vencido a tantos de sus rivales, así que se lanzó alegremente a por ella. Pero resultó que Capablanca había entendido mejor la situación en el tablero y, haciendo creer a su rival que tenía la sartén por el mango, “se dejó hacer” previendo de antemano un final de partida donde pese a su ligera inferioridad material tendría una posición mucho mejor, en la que las dos torres de Alekhine quedarían aisladas.

El ruso finalmente entendió que su ventaja material era inútil sin también una ventaja posicional, supo que no podía ganar y se rindió para perplejidad de analistas y espectadores, que en un principio no terminaron de entender por qué el ruso no seguía jugando una partida en la que parecía poder optar como mínimo a unas tablas.

Pero, efectivamente, Capablanca le había ganado en su propio terreno, el de las combinaciones geniales, con una sutileza propia de viejo campeón.

Tras desquitarse con aquella brillante victoria sobre su denostado enemigo, el cubano finalizó el torneo a un extraordinario nivel, compartiendo el primer lugar con Botvinnik mientras que Alekhine, por causa precisamente de la derrota frente a Capablanca, se veía relegado a una modesta sexta posición.

Lo único que impidió al cubano ganar el torneo en solitario fue una derrota inesperada frente al checo Salo Flohr, dejándose un punto atrás contra pronóstico —y un punto en ajedrez es mucho—, pero aun así la impresión que dejó en el torneo fue la de que una vez más volvía a ser el mejor jugador del mundo.

Cómo no, mucha gente tomó aquella victoria aislada sobre Alekhine como una muestra de la innata superioridad del cubano a la hora de evaluar la posición, y una evidencia palmaria de por qué Alekhine sentía tanto terror ante una posible revancha. Capablanca merecía una revancha. Tenía que haber una revancha.

Pero la exhibición de Nottingham fue el canto del cisne del gran Capablanca. El glorioso retorno a la cumbre no duró mucho más. Alekhine siguió sin ofrecerle esa revancha, se repitieron las circunstancias de años anteriores y ya llovía sobre mojado.

Capablanca se percató rápidamente que el campeón seguiría buscando cualquier excusa para no darle la oportunidad de desafiarle, y se desanimó nuevamente. Su nivel de juego empezó a decaer de manera muy pronunciada, aunque esta vez no influía sólo su falta de interés, sino una hipertensión mal diagnosticada que empezó a causarle serios problemas incluso mientras jugaba los torneos.

También el juego de Alekhine estaba decayendo debido a la edad y al alcoholismo, aunque mantenía el título porque siempre se las arreglaba para jugárselo frente a rivales asequibles.

Capablanca y Alekhine se encontraron de nuevo en 1938, durante un torneo en Holanda, aunque por entonces ya ninguno de los dos podía ser considerado el mejor del mundo. En dicho torneo Capablanca obtuvo la peor clasificación de su carrera (una séptima posición) ya que estaba padeciendo síntomas de su enfermedad.

En el torneo a doble ronda, los viejos rivales jugaron dos partidas, las últimas dos veces que el mundo los contemplaría sentados ante un mismo tablero. Empataron una de las partidas, donde pese a estar frente a frente, negociaron las tablas a través del árbitro porque sencillamente no querían hablarse. La otra partida se celebró justo el día en que Capablanca cumplía cincuenta años, además de haber sufrido nuevamente las consecuencias de su mal estado de salud durante la jornada.

En un estilo de juego abierto y lleno de riesgos que convenía perfectamente a Alekhine, Capablanca perdió por pensar demasiado y sobrepasar el límite de tiempo. Era únicamente la segunda vez en toda su carrera que su reloj alcanzaba el límite durante una partida oficial, ya que la rapidez de pensamiento había sido siempre su principal característica.

Pero la hipertensión estaba afectándole seriamente. Fueron dos partidas crepusculares entre dos genios que afrontaban el declive; aunque seguían despertando el morbo de ver a los dos enemigos irreconciliables en otro duelo de voluntades, ya no eran los mismos de antaño.

El estallido de la Segunda Guerra Mundial terminó de hacer imposible una revancha que, de todos modos, ya nadie esperaba ver materializada. Capablanca se retiró nuevamente de la competición, esta vez de manera definitiva. Como había hecho durante su primer retiro, sólo aparecía por el club de ajedrez de Manhattan para jugar u observar partidas informales.

En 1942, mientras miraba una de aquellas partidas, se levantó de repente, pidió ayuda para quitarse el abrigo, y a continuación se desplomó inconsciente en el suelo. Ingresado en el hospital, murió a las pocas horas a causa de una hemorragia cerebral, producida por la hipertensión crónica que padecía. El mundo acababa de perder a uno de los genios innatos más notables de la Historia. Tenía cincuenta y tres años.

Alekhine recibió la noticia con palabras de elogio para quien, según él, era “el más grande ajedrecista que ha existido”. Una despedida elegante, al menos. Pero el ruso, ahora ciudadano francés, no dejó de ser un personaje polémico hasta el último día de su vida.

En aquellos años, durante la ocupación nazi de Francia, aparecieron publicados unos artículos firmados por Alexander Alekhine en los que defendía ideas antisemitas propias de la ideología nacional-socialista, aunque después de la guerra Alekhine afirmó que no eran de su autoría y que habían sido manipulados por los alemanes, añadiendo tintes raciales a unos textos suyos que originalmente tenían carácter puramente formal.

Es difícil saber hasta qué punto se lo puede tachar de antisemita, aunque sus simpatías por el régimen nazi parecían más que evidentes. De hecho, tras la guerra Alekhine era considerado prácticamente un colaboracionista y se refugió en la España franquista.

Ya no se lo invitaba a torneos celebrados en otros países occidentales, aunque sí jugó en España, donde el nuevo niño prodigio del ajedrez Arturo Pomar logró empatarle una célebre partida. En una ocasión se llamó a Alekhine desde las Islas Británicas para participar en un torneo, pero las airadas protestas de otros ajedrecistas consiguieron que terminase no acudiendo. Tal era la reputación del campeón mundial de ajedrez.

Además de la ambigüedad de su relación con los nazis, hubo otra acusación que dio mucho que hablar en el  mundillo. Según se decía, en sus libros Alekhine inventaba partidas que no había jugado realmente o modificaba algunas existentes y poco conocidas para hacerlas más bellas de lo que realmente habían sido. Aquella acusación fue algo más que un mero rumor popular, ya que varios ajedrecistas importantes airearon el asunto públicamente.

Y cómo no, quedó aquella tercera acusación, la de no jugarse el título frente a rivales que pudieran vencerle. Toda la magia que Alekhine era capaz de crear sobre el tablero —que era mucha, bellísima y fascinante— estaba siendo desprestigiada por la imagen cada vez más tenebrosa que proyectaba fuera de él.

Su fuerte carácter tampoco contribuyó a que el público le tuviese demasiado afecto. Una de las anécdotas más célebres que se le atribuyen sucedió en una aduana por la que pretendía pasar sin identificarse tras haber extraviado su pasaporte.

Ante los impedimentos de los funcionarios, el ajedrecista respondió airado: “Soy Alexander Alekhine, campeón mundial de ajedrez, ¡no necesito pasaporte!”.

Tras unos últimos años marcados por estas oscuras polémicas, además de por el alcoholismo, y como no podía ser menos, el ruso tenía que protagonizar una muerte igualmente controvertida. Alexander Alekhine murió en 1946 —también a la edad de cincuenta y tres años, como Capablanca— manteniendo todavía el título de campeón mundial.

Su fallecimiento se produjo oficialmente a causa de un ataque al corazón mientras comía. Pero un supuesto testigo de la autopsia disparó la noticia de que realmente podría haber fallecido debido a un trozo de carne sin masticar que había taponado su tráquea, asfixiándolo.

La aparente disparidad entre la autopsia y el motivo oficial de su muerte disparó los rumores de que pudo haber sido asesinado por un comando secreto como venganza por su colaboracionismo con los nazis. Incluso el propio hijo de Alekhine apoyó esta idea, diciendo que su padre había sido asesinado por órdenes de Moscú.

Sea o no cierto el asunto del asesinato político, la tétrica controversia sobre su misterioso adiós no podía estar más en consonancia con la oscuridad del personaje.

Fuente: Jot Down

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