Alekhine había dedicado años de su vida a encontrar la forma de vencer al genio cubano, esforzándose al máximo, estudiando, preparándose, analizando…  dejándose la piel mientras Capablanca jugaba al billar, acudía a fiestas de sociedad y se entretenía con bailarinas y actrices. Cuando finalmente los enormes esfuerzos del ruso dieron fruto y pudo destronar a su casi invencible adversario, Alekhine supo que la venganza de Capablanca sobre el tablero podría ser terrible.

Sintió el vértigo de saber que el cubano había aprendido una valiosa lección: no debía volver a confiarse. Su talento natural era excepcional, pero necesitaba prepararse mejor para asegurarse la victoria. Y si a Alekhine le había costado tanto vencer a un Capablanca que no había entrenado, ¿qué sucedería si el cubano decidía ponerse a trabajar duramente antes de una hipotética revancha?

Las perspectivas de un nuevo enfrentamiento no eran nada halagüeñas para Alekhine. Y el ajedrez lo era todo para él. No supo afrontar la amenaza que se cernía en el horizonte. Se acobardó, parapetándose allí donde Capablanca no pudiese alcanzarlo.

Como veníamos diciendo, tras su derrota de 1927, Capablanca perdió quizá parte de su aura de intocable, pero no perdió su superioridad ajedrecística. Seguía siendo el mejor, o como mínimo seguía estando a la altura del nuevo campeón, aunque no había forma de comprobarlo puesto que ya nunca jugaban entre sí. Capablanca, decepcionado y dolido por el curso de los acontecimientos, comenzó a detestar visceralmente a Alekhine.

Cuando comprendió finalmente que la revancha no se iba a producir, que Alekhine le evitaba incluso en los torneos y que por tanto no iba a tener ocasión de vengarse sobre los tableros, no pudo evitar desanimarse.

En 1931 perdió el interés por el ajedrez competitivo. Jugó un último match de diez partidas contra uno de los grandes jugadores del momento, el holandés Max Euwe, y ganó fácilmente con un resultado de +2-0=8. Pero ya no estaba motivado. El Mozart del ajedrez abandonó los tableros.

Durante los años siguientes, José Raúl Capablanca no volvió a aparecer en la competición de élite. Sólo se dejaba ver por el club de ajedrez de Manhattan para jugar algunos torneos informales, sobre todo de ajedrez rápido o “blitz”, el equivalente ajedrecístico de la pachanga futbolística.

Fuente: Jot Down

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