Es un lugar común, sin duda, pero ello no lo hace menos cierto. Se trata de la estrecha relación entre la elevación de las luchas populares, la presencia de los trabajadores y en general de las capas sociales más postergadas en la arena política, de una parte; y de otra parte, una expresión más elaborada y atractiva de ese mismo sector en el terreno cultural, el arte y la teoría social.

¿Qué está primero, jugando el papel de causa; y qué viene luego, como un efecto, una consecuencia, de lo anterior?

Discusión inútil, se dirá, o al menos ociosa, pues a quién le importaría tal polémica. Y ello, por la simple razón de que tanto el “movimiento real” como su reflejo artístico tienen una base común e incluso sus protagonistas o exponentes se reclutan en la misma cantera.

Todos concuerdan en la enorme importancia del arte muralista, de la música “de combate”, la poesía y el teatro, en la gesta que abrió camino a la Unidad Popular y el gobierno de Salvador Allende en 1970. Del canto tributario de melodías pedidas en préstamo a los cancioneros de la Guerra Civil Española u otras gestas de su tiempo, o al muralismo mexicano, se pasó en un acelerado proceso a una “producción propia” en la que se desplegaban tanto el Movimiento Muralista como la Nueva Canción Chilena, el teatro, la danza, el cine y la poesía, el testimonio social y una reflexión más acabada sobre la historia nacional, con un fuerte énfasis en la formación de las clases sociales en los albores del capitalismo nacido desde el desarrollo de las fuerzas productivas locales aunque fuertemente impulsado por la incorporación -o absorción- del país a un mercado mundial hegemonizado por las grandes potencias imperialistas en pugna.

En el caso de Chile, como de otros países de América Latina con sus características específicas, jugaron un gran papel y tuvieron una real incidencia en la formación de una “contra cultura” los hechos, muchas veces luctuosos, que acompañaron el surgimiento del movimiento obrero, la formación de las centrales sindicales y, luego, de los partidos identificados con los intereses y aspiraciones de ese sector social.

Las sucesivas crisis del modo de producción dominante a nivel mundial no podían sino incidir en las clases y capas sociales de los países periféricos, particularmente si, como en el caso de Chile, se hallaban fuertemente penetrados por los intereses extranjeros, como en el Chile del salitre, primero, y luego del cobre como materias primas a explotar con fines de exportación.

Las guerras mundiales, expresiones a vasta escala de las contradicciones inter imperialistas, afectaron particularmente en las décadas de los 30 y 40 del siglo pasado a países que, como Chile, se hallaron aislados del acontecer mundial sin otro papel, como ya está dicho, que el de productores de materias primas y “material estratégico” para el conflicto bélico.

Así, con el propósito y ante la necesidad de “sustituir” las importaciones dado que las potencias económicas “proveedoras” se hallaban sumidas en su “esfuerzo de guerra”, se inicia un proceso de industrialización que, al crear fuentes de trabajo en gran escala, apura el fortalecimiento de las organizaciones obreras, provoca significativos grados de migración del campo -en su mayoría latifundiario- a la ciudad y marca el ascenso y entrada de lleno a la arena política de los sectores medios.

No es una casualidad que el movimiento más influyente en el campo de las letras haya sido bautizado como “Generación del 38”, el mismo año del acceso al poder del Frente Popular en una coalición que, aunque sin participar directamente en la gestión de gobierno, integraba entre otras fuerzas de izquierda el Partido Comunista.

Este momento de la vida política del país adquiere una importancia decisiva, al crearse instituciones que jugarían luego un rol capital en el desarrollo de una cultura con vocación nacional y democrática, propiciatoria de grandes transformaciones sociales. Es el caso de la formación de orquestas sinfónicas, escuelas y conjuntos de teatro y danza, nuevas y renovadoras tendencias en las letras, etc.

Al calor de la solidaridad con la República Española, se forma la Alianza de Intelectuales, institución que simboliza el compromiso cada vez mayor y activo de valiosos exponentes de la intelectualidad nacional, tanto del terreno del arte como de la ciencia y la educación superior.
Los hechos ocurridos en nuestra América –intervenciones e incluso invasiones norteamericanas a varios países- darían necesariamente paso a la elevación de la conciencia de una pertenencia común, lo que alcanza un grado más alto al culminar la gesta de los rebeldes con la caída de la dictadura de Batista, en Cuba.

En Chile, los sectores de izquierda –particularmente los partidos socialista y comunista- unen sus esfuerzos para hacer avanzar las dos mayores reivindicaciones que venían sustentando desde siempre: una Reforma Agraria y la Nacionalización del Cobre, principal riqueza básica del país.

Es en el marco de esas luchas sociales y políticas que desde la propia base social obrera y campesina, con sectores ilustrados que hacen profesionalmente su aporte, se van conformando los grandes movimientos que, como el Canto Nuevo, el Muralismo, la literatura crítica, los estudios sociales y políticos, la efervescencia reformista, en un sentido progresista, en las universidades, darían el sustento intelectual y artístico a lo que sería el triunfo de la Unidad Popular en septiembre de 1970.

Los mayores nombres de la música, la plástica, el teatro, las letras, se pronuncian activamente por las grandes transformaciones sociales. Para ilustrar este proceso, conformémonos con mencionar a un Pablo Neruda, un Francisco Coloane o un Humberto Díaz-Casanueva, en literatura; Luis Advis, Gustavo Becerra, Sergio Ortega, en la música “docta; Violeta Parra en la poesía y en la música; Roberto Matta en la plástica y la Ramona Parra entre otras brigadas muralistas que recreaban la historia nacional y hacían la propaganda estética de su identidad y sus anhelos.

El movimiento real había influido radicalmente en la superestructura, ahora le correspondía a ésta “devolverle la mano”.

Y eso hizo el gobierno de Salvador Allende. Algunos hitos: creación de una empresa editorial estatal, Quimantú, que revolucionó el mercado de libros y revistas con los tirajes más altos de la historia, una oferta atractiva nacional y universal y precios y garantías a los creadores y trabajadores del área como nunca se habían pensado en el país.

Convenios de una universidad estatal –la Técnica de Estado- con las organizaciones sindicales para el acceso de trabajadores a condiciones hasta ese entonces inalcanzables para ellos dado el carácter elitista que imperaba en la educación superior.

Adquieren nuevos impulsos las artes plásticas, la música en todas sus manifestaciones, la danza, el cine, las letras.

“Trenes de la Cultura” recorren el país a lo largo de sus 5.000 kilómetros de extensión, con conjuntos de diversas disciplinas  conformados esencialmente por artistas que emergían de los departamentos de cultura de sindicatos de trabajadores de las más diversas áreas y sectores productivos o de servicios, que llegan hasta rincones hasta entonces inaccesibles para toda manifestación artística.

Fue esta “explosión cultural” la que, en parte, se volcó a jugar un papel de capital importancia en las múltiples acciones que la solidaridad internacional prodigó a quienes en el interior del país resistían y combatían a la dictadura de Pinochet.

(*) Escritor, Director del Semanario El Siglo. Artículo publicado en el diario Morning Star

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