Extraño el razonar de la derecha. Enfrentada a la más cruda de sus crisis, insiste en mentir. Habría sido tan fácil asumir la realidad, llamar las cosas por su nombre, demostrar arrepentimiento y aceptar las consecuencias. Pero no, era más fácil mentir, tratar de hacernos creer realidades inexistentes, llamar error involuntario al delito, exceso al abuso, apremio a la tortura, situación de calle a la pobreza y tantos otros eufemismos vacíos.

 

Conversando con un senador de derecha, el parlamentario reflexionaba acerca de las mentiras de doña Ena. «La credibilidad es la fortaleza del que está en política, su mayor bien, si lo pierde, está acabado». Y tiene razón. Pero los embustes de doña Ena, dichos sin arrugar un músculo, mirando a las cámaras, frente a todo Chile, ¿son un hecho aislado? ¿Es solo ella o bien hemos presenciado en los últimos meses un recrudecimiento de esta vil herramienta, la mentira política, hábilmente manipulada por la UDI?

Y revisando la prensa, de inmediato saltan a la vista un montón de falsedades provenientes de personeros de dicho sector. Elaboradas afirmaciones, unas más burdas que las otras, pero en que todas buscan transformar la realidad que les perjudica en una oportunidad de escapar de lo que les perjudica o de enlodar a otros, para no caer solos.

La inefable Ena

No crea estimado lector que mentir les es fácil. Lo primero es creerse la mentira, es la única manera de luego hablar con apariencia de verdad. Terrible sería tartamudear mientras se miente, ese sería un mal político. Vea usted las distintas conferencias de la senadora sobre el caso Penta. En las primeras que dio en TVN y CNN negando que hubiera pedido dinero, fue agresiva, encaró a los entrevistadores y afirmó, sin tapujo, que ella no mentía y que estaba cansada de ese tipo de preguntas.

Un par de meses después, enfrentada a la realidad y sin poder escabullir el bulto, nuevamente enfrentó a la prensa, pero esta vez manipuló los términos. «Error involuntario» llamó al delito, «calmada reflexión» a esconderse, «confusión» a la mentira. Si usted mira con detenimiento la grabación que circula en la web, verá cómo, antes de comenzar sus «sentidos lamentos», la risa y la ironía dominaba su actitud.

Jamás pidió disculpas, sino que «lamentó la confusión y las molestias» de quienes le escucharon. Ella no se equivocó, fue usted, pues no entendió que se refería a otra cosa. Con altanera soberbia, se negó a responder preguntas e incluso se atrevió a criticar políticas públicas. ¿Qué tenía que ver eso en la conferencia donde debía pedir perdón? Nada, porque lo que buscaba era engatusar a la audiencia, jamás reconocer. Es de rotos, debe haber pensado. Pero no ha sido lo único. Con una desfachatez sin nombre, al día siguiente, en la Cámara, llamó a sus pares a actuar con «transparencia» (sic). Juzgue usted.

El «socio Silva»

Pero no es el único. Recuerde a Ernesto Silva, el presidente de la UDI declarando con todo desparpajo ante la prensa que «ningún dirigente de la UDI está en proceso de investigación», el pasado 29 de septiembre. En esa fecha sabía absolutamente que esa no era la verdad. Pero qué importa, si lo que vale no es la verdad sino qué quiso transmitir como verdad, aunque no lo sea.

Un par de meses después, el mismo Silva enfrentó una vez más a las cámaras. Esta vez pidió «perdón por la conducta de algunos de sus militantes que aparecen involucrados en «financiamiento irregular» de campañas -y agregó con impudicia-, que se investigue con igual celo a miembros de otros sectores políticos que resulten comprometidos en similares conductas». Como afirmara con gran acierto Tocqueville, «la democracia acaba siempre igualando las condiciones».

¿Esa era la verdad de lo que acontecía? ¿Eso era lo que pensaba el pueblo? No. Pero eso era lo que nos querían hacer creer, una especie de mentira sofisticada, que truca los términos y achaca a otros la justificación de sus propios hechos. Es lo que la prensa ha llamado la política del empate.

El «presidenciable» Moreira

Y sume. Iván Moreira señaló el mismo 29 de septiembre: «Tengo las cuentas claras. Mi rendición fue aprobada por el Servel y es público. Cualquier persona que tenga dudas puede ingresar a la página web del Servel (…) investiguen todo, partamos con las más costosas, con las presidenciales y no sólo con las de (Andrés) Velasco (…) que yo sepa a mí no me están investigando».

No pasó mucho hasta que el 7 de enero de este año, en una sentida conferencia, declaró: «Quiero reconocer que el mecanismo utilizado para tales efectos fue irregular, pues se realizó a través de honorarios a terceros».

El «mentor» hombre del maletín

Por su parte, Jovino Novoa el 1 de octubre del año recién pasado expresaba frente al país: «La publicación (reportaje de prensa que lo acusaba de financista), en lo que se refiere a mi persona, es absolutamente falsa. No existe ni ha existido un sistema de financiamiento ilegal para la UDI. Yo jamás he participado en ningún financiamiento que no esté de acuerdo a ley de financiamiento de los partidos y jamás he actuado en forma ilegal en mi vida».

Terminada su declaración como imputado en la Fiscalía de Delitos de Alta Complejidad, volvió, con osadía, a afirmar: «Han aparecido declaraciones en que se me pretende vincular a hechos que no son efectivos. Le señalé al Fiscal que quería conocer exactamente esas declaraciones, de manera de refutarlas en mi declaración (…) volveré en algunos días a declarar, una vez que mis abogados hayan revisado los antecedentes que me interesan».

Las declaraciones de su secretaria personal en el Estudio Jurídico que le exigió la renuncia, varios testigos, quien dio las boletas y que asegura que hasta su firma fue falsificada en ellas e incluso los dueños de Penta, lo sindican sin dudas como el articulador del maletín negro de las platas de Penta a la UDI. ¿Merece comentarios lo anterior? La pseudología primó sobre el fantasma de la verdad, porque este obliga a un innecesario remordimiento.

Pablito, el niño malo

Y ¿dejaremos fuera la estrella de laa falacia? Claro que no. Quien se ha llevado todos los «deshonores» ha sido el serio Pablo Wagner. El 30 de octubre aseguraba ufano:

«Afirmo categóricamente que mientras me desempeñé como Subsecretario nunca tuve alguna participación, directa o indirecta, con algún proyecto minero relacionado con la familia Délano y, por cierto, tampoco instruí o intervine de alguna manera en posibles decisiones referidas a esa materia. Afirmar lo contrario es una infamia, que carece de todo sustento en la realidad, no es correcto enlodar la honra de las personas de forma tan liviana».

Bueeeeno, unos cuantos mail en que coordinaba con Penta el negocio de La Dominga, la minera de Délano, las declaraciones del Seremi en que recuerda que Wagner le interrogaba obre los avances del proyecto, sus sentidos ofrecimientos a Lavín de «ponerse a su entera disposición para lo que necesite», los 42 millones recibidos bajo cuerda mientras era subsecretario de Piñera, las boletas falsas que hizo dar a su cuñada y que salieron de la sociedad que mantiene con Ernesto Silva, etcétera, desmienten al personaje del año.

Tres delitos imputados hasta ahora, entre ellos el más grave, lavado de activos, lo colocan en la cima de la mitomanía (que por cierto comparte con otros). Por último, sus increíbles declaraciones en que pide perdón a la UDI y a su familia, merecen un párrafo aparte. ¿Y dónde diablos quedó el país, ah? ¿No sería lo primero pedir perdón a Chile por arriesgar el Litio en condiciones miserables por unas cuantas chauchas? Se imagina usted si hubiera prosperado su proposición (que junto a Golborne entregaron a Piñera) de nombrar como director de Codelco a Carlos Délano. Mejor que no.

Desde luego, no son los únicos, pero el editor no me permite seguir con ejemplos, pues he agotado los caracteres asignados. Una última reflexión mirando la historia. Maquiavelo afirmó, sin conocer a ninguno de los que hoy son sus discípulos: «Los hombres son tan simples y se sujetan a la necesidad en tanto grado, que el que engaña con arte halla siempre gente que se deje engañar». El problema, querido lector, no es que nos mientan, es que les creamos, como la monserga de que son «centro derecha»,  sin centro, claro.

Fuente: Cambio 21

 

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