El Sublime Retorno de la Fronda

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No hay que confundirlos con “los cuicos”, pues Chile es hoy un país lleno de “cuicos pobres”, es decir, miembros de las clases altas que mantienen sus niveles de consumo y circuitos sociales sobre la base de la deuda y la esclavitud voluntaria. La Fronda es otra cosa, es una red de operaciones y de símbolos, cuyo norte no es más que el éxito y la acumulación del poder. Sumar un episodio tras otro permite observar que el piso de la Fronda está peligrosamente resbaloso, algo similar a los años 20. Se percibe que el asunto solo puede empeorar; sus trenzas, cada día más evidentes, ya no alcanzan para evitar lo inevitable, el régimen de la transición ha tocado un fin.

 

Para ellos la política y los negocios son lo mismo, formas de articular el poder que no conoce de fronteras públicas o privadas. No es de extrañarse que reaccionen como una manada de fieras melancólicas, cargando caras largas y discursos pesimistas. Se lo han repartido todo, desde industrias pesqueras hasta la última notaria pública en algún pueblo que no figura en los mapas. Mandan a sus hijos a los colegios más exclusivos, no para asegurarles educación sino para asegurarles capital social, verdadero espíritu santo del modelo.

La reforma educacional puede tocarlo todo, pero no puede tocar al Saint George, al Verbo Divino o al Grange, eso sería inadmisible para la Fronda. Han construido universidades fastuosas y distantes del centro de la ciudad, ideales para escenificar su distancia del corazón del país. Viajan para decir que viajan, simulan ser hombres de mundo para humillar de locales.

Son una Fronda, una casta de privilegiados para quienes la transición no fue otra cosa que un juego de poder. Elites empresariales, mezcladas con las elites políticas, sazonadas con grupos tecnocráticos, santificados por grupos de curas, rabinos, monjes, profesores de Harvard, brujos y adivinos de toda índole. En treinta años se consolidaron, compartieron en cócteles y seminarios, compusieron sus porcentajes y sus cuotas, negociaron sus cupos y consiguieron “las lucas”.

Todo esto en nombre del progreso y del bien de la patria, llevando siempre en alto la bandera que tocara, repitiendo el eslogan en latín ideado para la ocasión. Ahora, como reyes desnudos, sus artimañas y componendas están visibles, todos se ríen y se ofuscan ante tamaña impudicia. Ellos, entre avergonzados y cínicos, oscilan entre decir que son casos puntuales hasta sostener que todos lo hacían, vieja manera de pendular entre la histeria y el conformismo.  

El concepto “Fronda Aristocrática” proviene del historiador conservador Alberto Edwards y de su famoso libro La Fronda Aristocrática, publicado en 1928. Se trata de un volumen que recopila una serie de columnas escritas por Edwards en El Mercurio entre 1921 y 1927, momento de profunda efervescencia política en las bases y de crisis de sentido en las elites.

Según Edwards, Chile se enfrentaba a la corrupción de sus elites, el desenfreno de una casta dominante que contaba con un sistema de privilegios y prebendas, la mayoría de estos provistos y custodiados por el Estado.

La solución de Edwards era el regreso al espíritu portaliano, el autoritarismo necesario para aplacar a la Fronda. El General Ibáñez primero –con Edwards de ministro de Educación–, y Alessandri después, encarnaron ese espíritu antioligárquico que les permitió irrumpir como caudillos.

De esa época heredamos la Constitución de 1925, la “Constitución de Alessandri” que ya venía manuscrita, dicen, en el barco que lo trajo de vuelta de su exilio. Allí está su figura, a la entrada del Palacio de La Moneda, evidente testimonio de la ascendencia del personaje sobre el inconsciente colectivo de las elites.

Hoy, largas décadas después y habiendo vivido Chile un siglo de fiebres y torturas, podemos encontrar ciertas similitudes entre la Fronda de los años 20 y nuestra Fronda del año 2015.

 Allí están los privilegios, los usos, las costumbres, las expectativas comunes de una casta que ha gobernado los destinos del país. Una forma de concebir el poder, una trenza histórica entre las elites políticas y empresariales, hoy incrédulas ante el ocaso de sus ídolos.

No hay que confundirlos con “los cuicos”, pues Chile es hoy un país lleno de “cuicos pobres”, es decir, miembros de las clases altas que mantienen sus niveles de consumo y circuitos sociales sobre la base de la deuda y la esclavitud voluntaria. La Fronda es otra cosa, es una red de operaciones y de símbolos, cuyo norte no es más que el éxito y la acumulación del poder. Sumar un episodio tras otro permite observar que el piso de la Fronda está peligrosamente resbaloso, algo similar a los años 20. Se percibe que el asunto solo puede empeorar; sus trenzas, cada día más evidentes, ya no alcanzan para evitar lo inevitable, el régimen de la transición ha tocado un fin. Eterno retorno de un país al sur del mundo.

Fuente: El Mostrador

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