Renuncia sin Realismo: la Doctrina Bachelet para Perder el Poder

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La tesis de moda afirma que el Gobierno tenía que dar un giro al realismo, entendiendo a este como el debilitamiento de la agenda de derechos sociales y el retorno de las prácticas, símbolos y códigos de la transición. La noción de ‘realismo’ para esta doctrina no merece más de un párrafo, pero al menos merece uno corto.

 

El Gobierno (y la derecha) llaman realismo a un conjunto orgánico de acciones: centrarse en el crecimiento, limitar las reformas, aumentar sus tiempos de aplicación cuando no se han suprimido, evitar los procesos conflictivos a nivel político, mejorar las relaciones con los empresarios, mejorar las relaciones con la Iglesia católica y reducir el peso de los actores sociales en las decisiones. Puede usted llamar a esto ‘democracia de los acuerdos’, si lo necesita. Pues bien, habrá que señalar a los ‘teóricos’ del ‘realismo bacheletista’ que la primera tesis del verdadero realismo político es que se debe acumular poder; la segunda, que siempre hay conflicto; y la tercera, que las instituciones políticas deben ser más fuertes que otras entidades (no políticas).

Pues bien, no es difícil observar que este Gobierno se ha dedicado a perder poder, que ha tratado de evitar el conflicto y que ha desconfiado siempre del poder de la política sobre los empresarios o la Iglesia católica. Este Gobierno no es realista. Ni lo fue con Peñailillo, ni lo fue con Burgos, ni lo es con Eyzaguirre (sí, señor Burgos, seamos realistas, es él quien ocupa su cargo hoy).

Si no es realismo, entonces ¿qué es? El siguiente ejercicio permitirá la respuesta.

Para analizar la política puede usted seguir la lección más simple: busque los lugares donde eficazmente impera un principio ilógico. Allí hay poder. Por ejemplo, dicen que Chile no está creciendo y hay que moderar las reformas, pero no explican la relación entre la necesidad de aumentar el PIB y no permitir el aborto terapéutico. O señalan que en crisis no se puede invertir en educación.

¿Cuál es el consejo de Naciones Unidas a los países europeos luego de la crisis bancaria de 2008? Invertir en educación y en obras públicas (Informe de 20 economistas, 4 Nobel). O dicen que el escenario internacional no es propicio, mientras agregan que Chile está creciendo bajo la media del subcontinente. Todas estas contradicciones tienen una explicación: no es la razón, es el poder.     

En mi libro La Nueva Mayoría y el fantasma de la Concertación (2014) predije el fracaso de la Nueva Mayoría por superar el destino de su predecesora como una coalición incapaz de instalar la agenda política de la centroizquierda y que simplemente administró el modelo (los detalles de la investigación no serán apuntados aquí).

Afirmé que la Nueva Mayoría fue un esfuerzo por cambiarse de lado del mesón en la estructura de la ilegitimidad que manda en Chile hoy (abusadores versus abusados), donde la imagen de Bachelet era central para tal objetivo. Probablemente creyó que tendría el poder suficiente al ser ella la depositaria del afecto social.

Ello carecía de ‘realismo’. Por el contrario, Gutenberg Martínez se preocupó (hace un año) de fijar la estructura de poder con claridad, cuando dijo que la Nueva Mayoría no era un pacto político y la comparó más bien con un contrato de arriendo. Valía la pena preguntarse, entonces, ¿quién es el arrendador y quién el arrendatario?

Una pregunta difícil. Para contestarla, vamos al mismo Gutenberg Martínez en su reaparición un año después, más fuerte y poderoso, en Estado Nacional de TVN: “Cuando se planteó (…) el programa de Gobierno (…) sabíamos que no se iba a poder”. Pero firmaron el programa como partido, ocuparon a Bachelet de rostro, la mandaron a ganar por lejos, eligieron tantos diputados y senadores como requerían para gobernar sin la derecha, en fin, la lista es infinita.

Pero en la Galaxia Gutenberg todos sabían que no se podría. Y es que era un contrato de arriendo: la Concertación no había fallecido, solo había arrendado a la Nueva Mayoría. Y claro, habrá que enseñarle a Bachelet: tener un programa y partidos que lo firmaron como garantía no es realista. En cambio, firmar (como la DC) un programa de transformación, afirmar que es la base del pacto, criticar duramente las reformas derivadas del programa, boicotearlo, exigir la cabeza de quienes lo redactaron, señalar que no se cumplirá y luego señalar que siempre se supo que no se cumpliría; pues bien, eso sí es realismo político. Y es verdad. Gutenberg Martínez tiene razón. Él sí es realista político. Michelle Bachelet no lo está siendo.

¿Y qué hace Michelle Bachelet entonces?

Simplemente renuncia. Abandona todo bosquejo de bacheletismo, renuncia a su programa y sale a ofrecer el mismo producto de antes: el arriendo. Pero ya no es a los partidos de su coalición, sino a todo el sistema político, al empresariado y a la Iglesia. Su precio ha bajado, lo sabe. Solo pide que no la traten como una chavista. Y su producto es claro: dejar en evidencia que todo reformismo es horroroso para Chile, que todo reformismo es utópico, que todo derecho social conduce a la Europa del Este, que toda ambición social es réplica de la Unidad Popular.

Michelle Bachelet arrendó barato un producto caro cuando arribó al país en 2013 (cuando ella era una estrella rutilante en un firmamento mustio). No impuso el programa, planteó condiciones menores y no exigió una discusión del tipo de pacto previa a la elección. Hoy Michelle Bachelet ha sido presionada para arrendar a precio módico su rostro nuevamente. Pero ahora el producto que quieren arrendarle no es el carisma (ya extinto desde Caval), sino la derrota del reformismo y de su agenda. No le arriendan su fortaleza, sino su debilidad. Le piden que se traicione, que olvide su programa y que se olvide también del proceso social de malestar y movilización social. Y el precio que le ofrecen es muy simple: terminar la campaña sobre el arribo del socialismo a Chile. Ella acepta el trato. Pero desde el día siguiente (literalmente) siguen sin dejarla en paz. Lo hacen porque es obvio, porque ella está débil y se la puede acorralar más. Eso es realismo político. Lo de ella es renuncia.

Fuente: El Mostrador

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