Algo ha cambiado en Chile porque hoy es posible tener en prisión preventiva a dos grandes empresarios, representativos de la más alta finanza del país, herederos de las privatizaciones de la Dictadura. Lo que no fue posible con Pinochet –llevarlo a la cárcel– hoy es una realidad para Carlos Eugenio Lavín y Carlos Alberto Delano, los dueños de las empresas Penta. Además, en los últimos días hemos visto como empieza a desmoronarse el imperio de Julio Ponce Lerou –ex yerno del dictador Pinochet– mientras la Fiscalía incauta la contabilidad de su empresa insignia, Soquimich.

 

Desde hace semanas que venimos observando los escándalos que uno a uno salen a la luz pública. Desde el fraude al FUT organizado por funcionarios corruptos del Servicio de Impuestos Internos, hasta las boletas de honorarios “ideológicamente falsas” por medio de las cuales las empresas Penta, así como Soquimich, junto con defraudar al fisco, le pasaban plata a sus esposas, a amigos de la UDI y también a algunos miembros de la actual Nueva Mayoría.

Por otra parte, el caso Cascadas ya tenía a Ponce Lerou en la Fiscalía y hoy – a pesar de los intentos por impedirlo – también lo investigan por hacer pagos ilegales a políticos de todos los colores. Y no podemos olvidar el negocio inmobiliario Davalos-Compagnon-Luksic que dejo en evidencia las facilidades que tienen los que están cerca del poder para especular y ganar dinero fácil.

En la misma medida que la opinión pública se ha enterado de los detalles de estos escándalos han aparecido los discursos morales y éticos condenatorios, como si nunca hubiésemos sabido lo que se cocinaba en el sistema heredado de la dictadura y que se siguió cultivando en más de veinte años de Concertación.

Creo que es un insulto a la inteligencia de los ciudadanos medianamente informados expresar sorpresa por lo que estaba ocurriendo en la trastienda de las empresas y la política.
La ética nunca ha existido en el mundo de la empresa. Ya en su tiempo Adam Smith dejó en claro que el sistema capitalista, en su propia lógica de maximizar las utilidades, llevaba a los empresarios a buscar cualquier medio para salirse de la fila y tomarle la delantera a su competencia.

Y, en ese camino, el modelo neoliberal llegó a la glorificación de la libre empresa y del dinero como los valores supremos de la sociedad. La famosa frase que preconiza la libertad como un principio superior, esconde la trampa del precio que hay que pagar por ella. Solo son libres los que tienen el dinero para comprar los espacios de libertad que desean. Todos los demás deben conformarse con las migajas que les permite alcanzar su línea de crédito.

Tampoco el mundo de la política es impoluto. Desde Maquiavelo que sabemos las reglas que siguen los gobernantes para mantenerse en el poder y lo lejos que se encuentran de cualquier valor ético o moral.

Los Partidos políticos, que se desarrollaron con la democracia como la mejor herramienta para pasar de los intereses particulares de los individuos al interés general de la sociedad, han perdido su sentido original y los vemos manipulados por pequeños grupos de “operadores políticos” sin principios ni programa político que les dé un sentido a su actuación.

Peor aún, Partidos como el Socialista de Chile financian sus gastos fijos con la renta financiera del capital que recibió del Estado en compensación por la expropiación de sus locales partidarios durante la Dictadura.

¿Puede un Partido cuestionar el modelo neoliberal si simultáneamente se financia gracias a los mecanismos de la explotación financiera?

Pero la sociedad, las personas de a pie, no están atadas de manos. No estamos condenados a observar impotentes a las elites que se reparten el poder y el dinero. Eso lo aprendimos de la historia de las revoluciones que han cambiado el mundo. Y, sin ir más lejos, en nuestra pequeña escala, tuvimos una magnifica lección el año 2011 cuando los movimientos sociales, especialmente los estudiantes, pusieron el dedo en la llaga y dejaron al Rey “Lucro” desnudo, abriendo más amplias alamedas para una sociedad más justa.

Han nacido nuevos Partidos políticos al calor de las luchas sociales e, incluso, han llegado hasta el Parlamento con un discurso que refresca y renueva las ideas y las formas de mirar los problemas del país.

Las exigencias de transparencia y de respeto de las reglas elementales de una sociedad democrática cada día son mayores. El reclamo por mayor igualdad no es el discurso de minorías iluminadas sino la voluntad de los cientos de miles de chilenos que se han sentido robados por las cadenas de farmacias, por La Polar, por el Cartel de los productores de pollos, por las Universidades que estafan a sus alumnos, por las AFP que se quedan con la plata de los jubilados, etc.

¿Sera capaz el sistema político de dar respuesta a las nuevas exigencias de la sociedad chilena? La duda es muy grande. Es increíble que después de 25 años de democracia sigan vigentes, con todo su peso, los amarres de la Dictadura que le impiden la mayoría ciudadana modificar la Constitución.

¿Tendrá que llegar al gobierno un Hugo Chávez (un coronel nacionalista y populista) para que se hagan posibles los cambios? ¿Sera necesario un Arturo Alessandri (un político de derecha populista) para romper los cerrojos de la dictadura?

Lo peor que puede ocurrir es que en el marco de descredito de la política y de los empresarios entremos en un ciclo de alternancia entre Derecha y Nueva Mayoría que nos lleve a algo más malo que la situación actual.

Siempre habrá un empresario oportunista como Berlusconi para apoderarse de las riendas del gobierno.

Quizás, como decíamos antes, la solución vendrá de la calle, de las personas de a pie, de los movimientos sociales y las nuevas formaciones políticas ciudadanas. Tal como en 2011 cuestionaron el “lucro” como ley sacrosanta, este año 2015 pueden lanzar la Constitución de Pinochet al tarro de la basura e imponer la idea de una Asamblea Constituyente.

Esperamos que así sea.

(*) Cientista político y economista.

Fuente: Primera Piedra

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