Navarro, el Pecador Confeso

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El flujo noticioso en torno a los casos Penta y Dávalos es tan intenso que resulta difícil seguir el detalle de cada tema. Incluso, pueden pasar inadvertidos nuevos antecedentes que van armando un rompecabezas que apesta, como dijo el sábado en Nápoles el Papa Francisco. En este cuadro, vale la pena detenerse en algunas reacciones empresariales de los últimos días que no parecen ayudar a recuperar el prestigio de los hombres de negocio.

 

El presidente de Icare, Guillermo Tagle, eligió una concurrencia masivo de empresarios, autoridades públicas y líderes de opinión, en el foro “Cómo viene el 2015”, para criticar las audiencias públicas de la Justicia en el caso Penta. Las calificó como “un reality show”.

Aunque varios de sus colegas empresarios repitieron la analogía, lo cierto es que Tagle se equivoca. Nada más alejado de la realidad que los reality show, mientras las audiencias públicas en que fueron formalizados los controladores y ejecutivos de Penta fue realidad pura y dura.

Fiscales, querellantes y defensores, expusieron –con antecedentes y documentos concretos– cómo se realizaban las operaciones contables y financieras de las empresas, socios y funcionarios del grupo. Nada más alejado de un espectáculo (palabra castellana para show). Fue justamente por esos elementos de verdadera realidad que dichas audiencias impactaron tan fuerte en la opinión pública.

Ver a los Carlos de Penta en el banquillo de los acusados, para luego salir rumbo a la cárcel, es sin duda una imagen indeleble. Con seguridad Guillermo Tagle y otros empresarios quisieran borrarla de la memoria, pero equivocan el camino. No son las audiencias públicas las responsables de su desprestigio, es la defraudación al fisco y otros delitos lo que tiene a los empresarios en la mira de la opinión pública.

Las acusaciones contra los tribunales no ayudan a restablecer confianzas. Por el contrario, desmienten su declarada preocupación por el país, ya que no dudan en atacar la reforma más relevante del último siglo: la reforma procesal penal. Sin ella, estas audiencias no hubiesen existido, la investigación habría estado marcada por el secreto y el juicio se habría prolongado por décadas. Nada de eso ocurre hoy, cualquier delito es juzgado públicamente, sea quien sea el acusado.

Es una lástima que los dirigentes empresariales critiquen y no aplaudan un sistema judicial que fortalece la democracia y ayuda a combatir la corrupción.

El empresario Andrés Navarro coincidió con Tagle. No se trata de uno más, sino del dirigente que aspira a dirigir la Sofofa, destronando a Hermann von Mühlenbrock a través de una campaña que busca transmitir la imagen del empresario bueno y transparente.

Inspirado quizás en el estilo del ex candidato presidencial Andrés Velasco, puso el dedo en la llaga de las irregularidades para financiar a los políticos y se autoinculpó como autor de tales prácticas a manera de prueba de transparencia y corrección. Parafraseando a Velasco, Navarro pretende distinguir entre el buen y el mal empresario. Peligrosa estrategia.

A Velasco no le fue bien. Al verse envuelto con el Grupo Penta, su lema de la buena política se convirtió en un búmeran que le dio en plena cara.

La pericia para los negocios no es la misma que se requiere para la política. Y ganar una elección –aunque sea en la Sofofa– es siempre un acto político.

Navarro confesó que había contribuido a campañas políticas, que lo hizo a cambio de facturas ideológicamente falsas que usó para incrementar gastos y disminuir sus impuestos. Y terminó notificando que –por suerte– eso fue hace más de 10 años y ya todo está prescrito.

Es decir, defraudó al fisco tal como lo hicieron quienes hoy están presos por el caso Penta, pero a él nada le puede pasar porque ya “pasó la vieja”, como señala el dicho popular.

Junto con develar sus pecados, el candidato dejó en claro que los suyos eran sólo veniales.

Aseguró no haber pedido favores a cambio de sus dádivas: “Yo nunca lo hice por conseguir ningún favor en especial, sino que por un simple ánimo de ayudar a personas que me merecían confianza y que pensaba que podían desempeñar un buen papel en la función pública”.

Estas afirmaciones, claro, indican que hay otros –los malos– que sí pedían retribuciones luego de ayudar en las campañas electorales. ¿Cómo habrán caído tales declaraciones en la Sofofa?

También cabe preguntarse si Navarro resultó creíble para la opinión pública. Porque lo cierto es que su práctica de transparencia quedó a medio camino. Se negó a revelar quienes se beneficiaron de sus aportes, y se limitó a reiterar lo que ya se sabía: que aportó a la campaña del ex Presidente Ricardo Lagos y que lo hizo público cuando el ex Mandatario lo criticó por la mala gestión de Sonda en el Transantiago.

Pero quizás lo más relevante es que Andrés Navarro no dijo cuál es el monto de los impuestos que dejó de pagar hace ya una década. La transparencia no llegó a tanto, aun sabiendo que –a estas alturas– ni siquiera tendrá que pagar una multa.

Dentro de un mes, los socios de la Sofofa tendrán que decidir entre Andrés Navarro, el pecador confeso, y Hermann von Mühlenbrock, el actual presidente que ante la Reforma Tributaria amenazó con una fuga de capitales.

¿Acaso no hay empresarios sin tejado de vidrio?

(*) Periodista

Fuente: El Mostrador

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