Lo que nos Une, lo que los Separa

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Como nunca, tantos candidatos presidenciales. Pero, ¿por qué?. En la derecha “tradicional”, sólo una candidata, aunque en el fondo hubo al menos cuatro: Allamand, de una parte; del otro lado del “sector”, Golborne, Longueira y finalmente Matthei. A ellos hay que sumar a Parisi.

Pero, son 9: ¿qué los distingue, une o separa?

Con matices, por decir lo menos, se podría adelantar un criterio: defensa o rechazo del “modelo”.

¿Por qué se pelean en la derecha? ¿Se trataría de diferentes y contrapuestos intereses de clase? Todo indica que no. ¿Y entonces? Tal vez se trate de distintas miradas a un pasado común: la instigación y la complicidad -activa o “pasiva”- con el golpe de Estado y los horrores en materia de derechos humanos. O del grado de beneficios hasta hoy impunes obtenidos con el saqueo a la Hacienda Pública.

Se saben minoría social y política, sólo disimulada por las disidencias en el centro y en la izquierda. Corren hoy a perdedor, y apuesta la mayoría de sus exponentes a retener sus posiciones en el parlamento para hacer de él la trinchera de contención de los cambios.

Pero, ¿de qué cambios?

Si desprendemos del lote de Los Nueve a los ya mencionados Matthei y Parisi, ¿qué nos queda? ¿Están por cambios reales los siete restantes? La respuesta: seguramente, todos no. Pero quedan varios que sí se manifiestan por alterar de manera significativa el orden impuesto por la dictadura. ¿Son, ellos, sinceros? No habría por qué negarlo. ¿Que hay grados, matices, énfasis?: sin duda. También es innegable y “un dato de la causa” que no faltan las desconfianzas y aun las descalificaciones. ¿Son todas infundadas?: habría que ser ciego para no aceptar que en muchos casos las reticencias están, si no justificadas, al menos “explicadas” por antiguas conductas.

Y, sin embargo, hay un denominador común: la voluntad de cambiar el estado de cosas: Constitución Política impuesta desde la antidemocracia, Código Laboral como expresión de la dictadura del gran capital prevalecientemente transnacional; abandono del papel activo y rector del Estado en materias económicas y de control social. Y mucho más.

Una conclusión de todo lo expuesto en un necesariamente brevísimo “recorrido” por las personas y programas que concurrirán el 17 de noviembre para elegir entre los candidatos a la presidencia de la república, nos indica que hay un punto de unión: lo repetimos, el rechazo al modelo.

En sus programas y actividades, enfatiza cada candidato lo que le parece más importante, argumenta sus méritos, establece los mecanismos para llevar a cabo sus buenos propósitos.

¿Acaso ignora cada uno que, para mejor cumplir, debe movilizar tras su programa y equipos de gobierno a mayorías tan amplias como se requiere para contrarrestar la resistencia de la minoría que se encastillará en sus posiciones de poder para mejor obstruir todo cambio positivo, todo avance en los derechos y prerrogativas del pueblo?

A los sectores que constituyen la derecha la separan los distintos modos de concebir una defensa de sus intereses, matices que van desde el libre juego de “las instituciones” hasta la extrema tentación totalitaria y el ya probado recurso al fascismo.

A la izquierda, en sus variadas expresiones, la une la certeza de que ningún programa, por trabajosa y “académica” que haya sido su elaboración, puede cumplirse sin el apoyo de las mayorías movilizadas.

Al final de cuentas, y apelando a la sinceridad de cada una y de cada uno de los actores de este proceso a veces tan confuso, el dato innegable es que vivimos en una sociedad profundamente dividida “en clases”. Y los fragmentos de clases, o estamentos o “sectores sociales”, por mucha voluntad, imaginación o aun ingenuidad que pongan en ello, no pueden ni podrán escapar de esa lógica inexorable: estamos con nosotros o estamos con “ellos”.

Y allí se funda la posibilidad de alcanzar, cuando las condiciones así lo demanden, las necesarias convergencias para de una vez por todas y a la manera de una marea incontenible proclamar el No a la derecha y el Sí a la verdad, la soberanía económica y la justicia social.

(*) Editorial semanario El Siglo, edición Nº 1682

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