La derrota de la derecha este domingo no fue cualquier derrota. Si bien hace meses-incluso años- sabíamos que la próxima presidenta de Chile sería nuevamente Michelle Bachelet, lo del domingo fue más que una pelea de caras, de sensibilidades y lindas sonrisas: fue algo de proyectos, de esperanzas y de visiones de un futuro que, según se espera, debe ser más claro y palpable que en años anteriores.

En esta elección la derecha fue minoría en todo momento. Su visión de sociedad y su concepción de lo que está bien o mal visto no predominó como en otras elecciones. El domingo no estaba en juego simplemente un cambio de coaliciones, sino ansias de cambio de algo que estaba presente en todo momento pero que lo dábamos por olvidado: Pinochet y su legado.

En esta oportunidad, de manera real y concisa,  decidimos cuestionar lo que el dictador había dejado bajo la alfombra. Algo que ya estaba expeliendo un olor bastante fuerte y casi inaguantable. Chile se dio cuenta de que no era natural lo que nos habían enseñado que sí lo era.  Y junto con nosotros, los de a pie, también se dieron cuenta los políticos  progresistas que habían dejado de serlo hacía muchos años. Unos progresistas que creían que estaban viviendo en una socialdemocracia que sólo existía en sus cabezas, pero que en la realidad era- y es aún – el paraíso de la desregulación y el campeo libre del poco escrúpulo.

Chile, a pesar de ser gobernado por una coalición de centroizquierda por veinte años, recién hoy se atrevió a levantar esas ideas en voz alta, tratando así de poner de manifiesto la necesidad de que, debido al éxito económico, de una vez por todas se pueda implementar también el éxito social, en donde los derechos sean respetados y no  tranzados.

El símbolo de la derrota para una visión de país terminó siendo-tal vez sin quererlo- Evelyn Matthei. La última carta que tuvo el oficialismo para demostrar que podían competir de igual a igual con una mujer. La última oportunidad que vieron sin entender que, aunque muchos tuviéramos la duda, ésta era una elección de ideas, de paradigmas y no así de caras.

Evelyn y los suyos eso lo entendieron tarde- como todo en esta campaña- y comenzaron a tirar golpes de ciego hacia un viento que no estaba a su favor, tratando de sumar evangélicos y al que pudiera darles votos, sin pensar en las consecuencias.

Matthei  fue el instrumento de un sector desesperado. Fue la figura para demostrar que detrás de la candidatura no había una idea central aparte que conservar el modelo tal cual está. Por lo mismo se desdijeron muchas veces en temas que no entendían y hasta levantaron banderas que dejaron marcando ocupado incluso a los suyos. Pero principalmente volvieron a levantar un conservadurismo valórico que dice ser moral, para seguir ignorando que la verdadera inmoralidad que se está condenando es la de la destemplada  injusticia socioeconómica.

Tal vez Bachelet no represente nada de lo que se pide y no cumpla las expectativas. A lo mejor sea otro gobierno concertacionista sin ningún avance en materia estatal. Quizás el Estado siga brillando por su ausencia y no sea capaz de dar ni siquiera las mínimas garantías a sus ciudadanos.

Pero la idea está presente y más que antes existe la pretensión de que esta sociedad avance hacia una justicia, hacia una regulación de la inmoral brecha de desigualdad, pero de manera democrática, reformista y prudente. Porque nos dimos cuenta de que la única imprudencia y la violencia “revolucionaria”-y reaccionaria a la vez- que se ha ejercido en los últimos cuarenta años en Chile no fue llevada a cabo por quienes representan a la izquierda, sino por quienes detentan el poder económico y político.

Nos dimos cuenta de que un proyecto de sociedad no se hace de manera poco razonable, porque el poco razonamiento al momento de hacer política impide que la sociedad continúe, fluya. Y nos deja pegados en el miedo, en el terror que mucho tiempo le tuvimos a las armas de unos militares que sirvieron para que los poderes de facto pudieran implementar de manera despiadada algo con lo que tuvimos que crecer porque nunca nos preguntaron si nos gustaba o no.

En estos últimos años la idea de la democracia y de la desacralización de ciertos mitos triunfado.

El cuestionamiento y la opción de poder votar por algo que se acerque más a una socialdemocracia ha estado-independiente de una inmensa abstención de quienes creyeron ser rebeldes pero quedaron como pequeños burgueses sin opinión-presente y ha sido opción, tanto en esta segunda vuelta como en la primera.

Ya no existe una sola visión de cómo debe ser afrontada la economía, la política y la vida sexual de los ciudadanos. Y ése ha sido el gran triunfo de una sociedad que aspira a más ámbitos de democratización.  Y ha sido la gran derrota de la una sola visión. Una visión que predominó y nos dijo que no había otra forma de hacer las cosas.  Que lo demás eran extremismos o cosas irrealizables, aunque fueran pequeños matices.

En definitiva perdió la inamovilidad y ganó la movilidad del pensamiento y las ideas. Pero no se equivoque, esto viene sucediendo desde el 2011, por lo que no se debe atribuir solamente a la candidata triunfadora, sino a un Chile más despierto, más pensante.

Fuente: El Dínamo

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