La Haya: ¿Callejón sin Salida o Una Oportunidad?

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En la víspera de que se conozca el fallo de la Corte Internacional de Justicia en La Haya sobre el diferendo planteado por Perú para redefinir la frontera marítima con Chile, cabe preguntarse si después nos quedaremos en la lógica del pasado o transformamos el problema en una oportunidad. La pregunta es si seguiremos hablando de límites y soberanía los próximos cien años o empezaremos a hablar de integración, complementación y soberanía latinoamericana.

Callejón sin salida

Escasos analistas han puesto en evidencia que el gobierno de Chile llegó a la Corte en La Haya en la peor situación en la que se puede encontrar un negociador: sentarse en torno a una mesa donde no tiene nada que ganar y su único objetivo es defender el statu quo. Al contrario, Perú llegó en la mejor situación, aquella donde no se tiene nada que perder. Este es el retrato simple de lo que ocurre con Chile y Perú en La Haya. Chile no tiene nada que ganar en la Corte salvo que, en el mejor de los casos, se ratifique la frontera marítima actual, caso hipotético muy difícil de ocurrir. En cambio, lo más probable es que la Corte modifique la delimitación marítima, otorgando a Perú algo de lo solicitado.

¿Cómo llegó Chile a una posición tan incómoda? ¿Qué ocurrió con la capacidad diplomática del país para que una Corte internacional modifique una frontera que creíamos estaba claramente definida por un tratado?

Por ahora digamos que éste es el resultado de una diplomacia chilena conservadora que prefiere el camino fácil del inmovilismo en materia vecinal. Mientras el país ha sido capaz de insertarse en las corrientes mundiales de comercio y ser escuchado en los foros internacionales, no ha logrado desanudar los conflictos con sus vecinos del norte. Mientras los gobiernos chilenos sigan diciendo que “no hay nada que discutir” en materia fronteriza con Perú y Bolivia, el país seguirá en una posición defensiva y frágil.

Las Cancillerías chilena y peruana siguen prisioneras de definiciones que eran válidas en el siglo XIX. Trabajan con conceptos de soberanía y de frontera anticuados. Le dan más importancia a la cantidad de kilómetros de superficie que a la gravitación e influencia alcanzada por las ideas e intereses nacionales. No vislumbran las ventajas de una integración a nivel profundo, la sinergia de la amistad vecinal y los beneficios de la confianza mutua.

Desde el día que la Cancillería chilena en 1985 dejo sin respuesta la solicitud peruana para definir la frontera marítima y se refugió en la tesis que esa delimitación había sido establecida por los acuerdos pesqueros de 1952 y 1954, entramos en un camino que nos llevó a un callejón sin salida. Estamos en una situación en la cual no habrá solución real a los problemas limítrofes, solo se cumplirá una nueva etapa en el conflicto vecinal.

Pacientemente la diplomacia peruana construyó un caso legal para llevarlo a la Corte Internacional de Justicia en La Haya, mientras los sucesivos gobiernos chilenos respaldaron y reiteraron la política de negarse a conversar el tema con el argumento de la existencia de tratados limítrofes vigentes (la misma argumentación que se utiliza para negarse a conversar con Bolivia).

A última hora, la Cancillería ha ideado un recurso para no ser simple perdedores en La Haya. Se ha argumentado que ésta es una oportunidad para cerrar definitivamente las diferencias con Perú.

Con la carta negociadora de los mayores o menores plazos para la ejecución del fallo que se dictará en La Haya se ha solicitado a Perú un compromiso formal de no levantar nuevas demandas de tipo fronterizo o territorial en el futuro. No cabe duda es un poco tarde para sentarse a negociar con Perú, eso debió hacerse antes de llegar a La Haya. Pero este planteamiento refleja, principalmente, la incomprensión del verdadero tema de fondo que se encuentra en las fronteras del norte chileno.

Los problemas reales

Para tener una opinión sobre lo que está en discusión en La Haya y el impacto de la decisión de la Corte, así como para definir la política a seguir después que se conozca el fallo, es indispensable poner sobre la mesa los temas y los argumentos que se esconden detrás de la disputa por la frontera marítima entre ambos países.

Si no se abordan los problemas reales es ilusorio pensar que con el fallo de la Corte en la Haya se cierran definitivamente las diferencias entre Chile y Perú. Lo mismo se debe hacer en relación a las relaciones de Chile con Bolivia.

El problema que se expresa tras la demanda peruana es la proyección al siglo XXI de la Guerra del Pacífico. Por una parte está la herida aún abierta en el sentir nacional peruano por la derrota sufrida en la Guerra de 1879 y la desconfianza frente a un vecino – Chile – que le disputa la gravitación internacional. Por otra parte está la aspiración boliviana de obtener una salida al mar por territorios que fueron peruanos – una franja al norte de Arica – que dejaría al Perú sin frontera con Chile.

En la región de Arica confluyen la demanda boliviana por una salida al mar con el interés estratégico del Perú de conservar su derechos en esa región – el muelle peruano, el ferrocarril Tacna-Arica y el derecho a veto sobre una posible cesión de territorio a un tercer país.

No cabe duda que detrás del tema del límite marítimo con Perú y del acceso al mar con Bolivia hay una necesidad de cada uno de estar presente e influir en el Pacífico Sur y en la conexión marítima de América del Sur con Asia.

Uno de los aspectos que están en el fondo de estas disputas es la proyección de cada nación hacia el Océano Pacífico, actual centro de la actividad económica mundial.

El error es abordar esta nueva realidad con una mirada estrecha y nacionalista, siendo ésta la mejor oportunidad para complementar esfuerzos frente a los gigantes que confluyen en el Océano. La dimensión estratégica de los tres países sumados sigue siendo mínima frente a las inmensas oportunidades que ofrece el Océano Pacífico.

Pero, además, Perú y Bolivia tienen derecho a una reparación moral de parte de Chile, con la generosidad del triunfador en la guerra. La historia no puede reescribirse, las fronteras no pueden volver a los tiempos de la Colonia ni los europeos pueden ser expulsados de nuestro Continente.

Pero la reparación moral es una deuda.

Un error estratégico de los gobernantes de Chile es fundar y proteger la soberanía del país en el extremo norte sobre la base de la presencia militar en la zona. Hasta la irrupción de la dictadura de Pinochet había un política de desarrollo económico para Arica, la que fue abandonada para replegar la frontera económica a Iquique.

Desde entonces todos los planes de fomento de Arica han sido meros paliativos que no han logrado revertir el proceso de decaimiento de esa zona. El retorno de la democracia no significó un cambio en esta orientación, al contrario, los sectores neoliberales de la Concertación intentaron privar a la región de las ventajas tributarias de la Zona Franca que sustenta su actividad económica. Arica está viviendo un proceso de dependencia creciente de Tacna, lo que no sería malo por sí mismo, pero en el contexto actual es un arma de doble filo.

Chile tendrá problemas fronterizos en el extremo norte mientras no se encuentre una solución que satisfaga a las tres partes presentes en la región.

La única forma de dar un salto al futuro en las relaciones vecinales es rompiendo el statu quo y construyendo una nueva relación de integración y suma de intereses que permita a los tres países pasar de la desconfianza a la cooperación, complementación y solidaridad mutuas.

El futuro deseable

El diferendo planteado por Perú se inserta en una estrategia que busca reparar en parte lo que se siente en ese p aís como una herida abierta desde la Guerra del Pacífico. Si en Chile no se comprende esa faceta del problema será imposible dar vuelta la página y entrar a una nueva relación con el país del norte.

Desde el primer día que Perú solicito conversar sobre el límite marítimo, en lugar de responder con la lógica del siglo XIX, Chile debió poner sobre la mesa una oferta de negociaciones centrada en el futuro y adaptada a las nuevas realidades del mundo globalizado. En lugar de decir que “no hay nada pendiente” entre los dos países se debió transformar la demanda peruana en una palanca para saltar al futuro con imaginación y transformar las dificultades en oportunidades.

Nunca es tarde para corregir las políticas. Hoy existe la oportunidad – con el cambio de gobierno – modificar el enfoque inmovilista y defensivo de las relaciones vecinales de Chile con una mirada del integración de nuevo tipo. No es una tarea fácil, las incomprensiones surgirán en los tres países, habrá que realizar una importante labor de explicación a la ciudadanía para cambiar los prejuicios ideas dominantes.

Las ideas para transformar el problema en una oportunidad están sobre la mesa hace tiempo. En el extremo norte chileno, el sur peruano y el occidente boliviano se dan las condiciones para crear una zona especial de integración trinacional. Las propuestas han surgido de todos los lados de la frontera pero ha faltado la voluntad política para abrir una negociación que rompa prejuicios y mitos pero abra las puertas del futuro.

Chile debe elaborar una propuesta que vaya más allá de las concepciones decimonónicas de soberanía. Se debe abandonar la mirada que mide el patriotismo en metros cuadrados de territorio. Con la misma agilidad con que ha negociado Tratados de Libre Comercio que insertan la economía del país en las corrientes comerciales del mundo se debe abrir la región de Arica a las inversiones y el comercio de Perú y Bolivia. Se deben romper los dogmas de la economía neoliberal y de las definiciones territoriales para abrir una negociación con Bolivia y Perú que realmente ponga punto final a los resabios de la Guerra y sientes las bases para que los tres países se proyecten al Pacífico y traigan bienestar a sus pueblos.

Los tres países tienen mucho que ganar en una negociación de permita superar los resabios de la Guerra del Pacífico y les permita integrarse de manera concreta convirtiendo las zonas de Arica, Tacna y Oruro en un ejemplo de complementación. En el siglo XXI se pierde el sentido de las fronteras y gana espacio la interdependencia y la integración, la unificación de las economías y los sistemas de educación, salud, seguridad social, sistemas laborales y cultura. La región integrada del norte chileno, el sur peruano y el occidente boliviano puede ser un ejemplo para todo el continente Latinoamericano.

Fuente: Primera Piedra

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