La palabra cambio quedó instalada en el inconsciente colectivo de los ciudadanos en Chile en los recientes cuatro o cinco años. Trató de usarla el candidato Piñera, cuando se encaramó en el gobierno en 2010, gracias al fracaso y la derrota de la Concertación y al triunfo de la derecha con el gentil auspicio de Marco Enriquez Ominami y, con el paso del tiempo, fueron los movimientos sociales los que se apoderaron de la palabra cambio y le dieron nuevos significados.

¿Hablemos de cambios entonces?

Ahora, a tres meses de la elección presidencial y parlamentaria, si hay una palabra a la que le tiene pavor la derecha gobernante es al cambio.

En campaña usó el cambio para marcar las diferencias, pero ahora la demanda de cambios se le volvió en contra, cuando los ciudadanos reclaman educación pública gratuita y de calidad, salud pública de calidad y gratuita, una reforma tributaria en serio para que paguen los que más ganan, el fin al lucro en la educación, una nueva Constitución y cambios en la institucionalidad que abran las compuertas a la participción de la ciudadanía en las instituciones.

Y debjo de su miedo a hacer los cambios que el país urge, el argumento conservador de la gobernabilidad pretende contraponerla a los cambios. En Chile es perfectamente posible desplegar cambios sociales y políticos, sin perder la gobernabilidad básica de las instituciones democráticas: lo otro sería querer paralizar el movimiento social bajo el argumento que las expectativas superan la capacidad del Estado.

Las desigualdades son tan enormes en Chile, que todo cambio en dirección de una mayor equidad, es en sí mismo un paso positivo hacia una mejor gobernabilidad.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here