Chile es un país mayoritariamente molesto y descontento. Es un dato de la realidad y tal estado de subjetividad se expresa transversalmente. Hay numerosas y múltiples causas objetivas que explican esta situación, y que son parte de una historicidad, de un acumulado cotidiano que cruza a varias generaciones. No estamos por tanto frente a un momento episódico.

Señales de este cuadro humano-nacional, ya los daba hace bastante más de una década el estudio cualitativo sobre Chile del PNUD (ONU), dirigido por el sociólogo Nolbert Nechler. Allí se mostraban, entre otros asuntos,  los miedos de los chilenos: A  perder el trabajo; a la precariedad en la salud, en la educación, en las relaciones interpersonales; el temor al otro; a la inseguridad, entre otras cosas relevantes.

Gradualmente, tal estado subjetivo ha comenzado a expresarse en los espacios públicos; en la crítica abierta; en la desconfianza al sistema de vida en su totalidad; en el rechazo a la desigualdad; en expresiones y manifestaciones en la calle; y también en los espacios privados.

Las mayorías nacionales (y hay señales contundentes en tal sentido) ya no desean sólo ser consultadas. Quieren y necesitan participar.

Dentro de la crisis de representación realmente existente, una de las cuestiones que se desploma es el paradigma de la democracia delegada a las elites, y el espacio mediático como forma de representación política y social, que privilegió al individuo-consumidor, en contraposición negativa al ciudadano republicano inserto en movimientos de masas o sujetos sociales, que no son solamente actores.

Tal vez, ahora, adquiere una nueva resignificación el libro de Tomás Moulián, Anatomía de Un Mito, para comprender la profundidad del momento que vivimos.

Pero también Chile es un país en donde se comienza a construir y a expresar una gran esperanza nacional por cambios estructurales, que mejoren la vida de chilenas y chilenos. Una esperanza ciudadana, popular, con diversas vertientes  socio-políticas, que se hace permanente e incidente precisamente porque supera lo episódico.

Es cierto, la mayoría de chilenas y chilenos que hoy expresan esa subjetividad por cambios, lo hacen parcialmente por ellos, porque esos cambios es muy probable que sólo en parte incidan en sus vidas. Éticamente, lo hacen convencidos de que la vida puede y debe ser mejor para chilenas y chilenos del futuro.

Este es un rasgo del  “ser nacional” que ni el neoliberalismo ni el pos modernismo aplicado en Chile, pudo ya cambiar en la idiosincrasia de los que vivimos en este territorio. Aunque empeños se han realizado, y muchos e intensos.

Las movilizaciones sociales en nuestro país tienen también una historia, pero ciertamente el año 2011 fue un hito decisivo y determinante. Todo lo que ha ocurrido después en buena medida ha sido gatillado por ellas.

Proporcionalmente, las movilizaciones chilenas son mucho más grandes que las que han ocurrido en todo el mundo, hasta hoy. La clara y patética diferencia, es que en Chile el poder ejecutivo no ha cedido en nada sustantivo a las demandas de estas expresiones ciudadanas y populares.

Y ese estado de movilización continúa, adquiere formas y expresiones diferentes, por momentos más intensas y transversales; por momentos acotadas y fragmentadas; con tonalidades  participativas y propositivas diversas. Es el rasgo de los sujetos sociales en construcción, que superan el espontaneísmo y lo momentáneo.

Tal hecho y sus magnitudes es lo que ha cambiado la situación política chilena, y podría ser determinante en la transformación del país en el corto plazo.

Es esta realidad, particularmente en Chile, la que hace irreal seguir insistiendo en la falsa dicotomía entre lo social y lo político, puesto que se trata de procesos absolutamente dialécticos, interrelacionados, expresión de los mismos fenómenos. Buena parte de los movilizados, en Chile, votaron también en la primaria presidencial. Y seguramente muchos de los que no lo hicieron, lo harán en las elecciones presidenciales y parlamentarias de fin de año.

Por eso, es casi absurdo seguir apostando al desgaste del descontento social; seguir tratando de reprimirlo y domesticarlo; llevarlo a su cauce “normal” y torcerle la mano sobre supuestos que no calzan con esa subjetividad y esa realidad.

Todo esto hace que el Paro Nacional convocado por la Central Unitaria de Trabajadores, CUT, tenga características específicas y especiales.

La CUT ha logrado convocar a sus afiliados, pero también a sectores de asalariados que no son parte de la central o tienen una mirada crítica de la multisindical chilena.

Se ha sumado el diverso mundo de los movimientos que demandan educación pública, de calidad y gratuita. Estudiantes, profesores, apoderados y trabajadores del sector.

La territorialidad del Paro será también la medida de una expresión social territorial que, bajo el domesticador sistema institucional que emergió pos dictadura, se ha fracturado y fragmentado fuertemente. Territorialidad que se relaciona con los sindicatos, los partidos políticos, las organizaciones sociales de diferente tipo que laboran cotidianamente en barrios, comunas y regiones.

Entonces, aún cuando no se quiera, el Paro Nacional tendrá una incidencia política que, por el contexto que se vive, apuntará directamente al actual ordenamiento y al actual cuadro de las correlaciones sociales y políticas que vive Chile.

Incidirá en la matriz derechista y su gobierno, que seguramente apelará a los “grandes acuerdos nacionales”; denunciará una polarización en la cual ellos mismos están empeñados (para supuestamente incidir en el centro); y reafirmará su estoica postura hasta ahora sostenida, de no diálogo, para mantener una agenda que sigue golpeando a las mayorías nacionales.

Esa es la apuesta política de un bloque de fuerza, que empieza  a asumir su derrota electoral.

El Paro Nacional influirá en la agenda y en la direccionalidad de una nueva mayoría nacional que se construye, porque tanto del punto de vista programático, como en lo socio-político, los espacios que se abren a lo menos generan buenas condiciones de diálogo y permeabilidad mutua entre la CUT, los movimientos sociales, y esta nueva convergencia que también es nueva porque asume que Chile cambió.

No se trata de una relación de dependencia. Es de interacción, y el punto de encuentro radica en la dinámica de los procesos sociales que, para ser incidentes en un estado nacional, necesariamente deben asumir caminos, vías y salidas políticas en un sentido nacional, también.

El estatus y la referencia que esta nueva mayoría le da a la CUT y a los movimientos sociales, es diferente a todo lo pasado. Y eso ha quedado demostrado en declaraciones y pronunciamientos de sus dirigentes, y en particular de la candidata presidencial, Michelle Bachelet.

Pero es un proceso que está en construcción.

El Paro Nacional será un momento de “encuentro” en la movilización, entre movimientos sociales diversos. Esto refiere a lo que algunos, desde la historia y la teoría, nunca han querido asumir. Y es que el sujeto social trabajadores, en Chile, es una realidad cualitativa que ayuda significativamente a la confluencia de movimientos y expresiones sociales. Y ayuda a la construcción de una plataforma que, desde lo social, tiene un componente de direccionalidad política extraordinariamente potente.

Por eso, este Paro Nacional continuará incidiendo más allá de día en que se realiza.

Aunque ese día, será determinante.

(*) Integrante Comisión Política Partido Comunista.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here